Maduro y la ley del orsai

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Cuando vi a Mauricio Macri sentado el primero a la izquierda de Xi Jimping en la Cumbre del Cinto y la Ruta de la Seda, recordé que Reynaldo Bignone, el último Presidente argentino dependiente de la Junta Militar, había terminado en el Pacto de Varsovia.

A la derecha de Xi estaba Vladimir Putin. El protocolo era estricto. Entre los doce “primeros mandatarios” que concurrieron a la cumbre en China (la mayoría de los países que fueron encabezaron sus delegaciones con vicepresidente o canciller), Putin era el socio principal y Macri el Presidente del siguiente geopolíticamente más importante país de los que habían enviado presidente. Si Macri no hubiese concurrido, tal vez el primero a la izquierda de Xi hubiese sido Michelle Bachelet, la Presidente de Chile, también presente en la reunión.

Recordé a Bignone y a un joven puntero de Colón, en el Parque Bossio contra El Tanque (hace mil años), que en su afán de revertir el resultado caía en orsai cada vez más frecuente y le discutía al línea, pero eran tan flagrantes sus posiciones adelantadas que terminó discutiendo con sus propios hinchas.

En la nota 15 escribí que Macri es una excepción a la tendencia actual de los políticos profesionales de “Occidente” a no manejar sobreentendidos de fútbol con tanta frecuencia como lo hacían antes, pero no me referí al orsai en que suele quedar cuando lo hace. Va al G-20 en Hamburgo y bromea que Argentina le va a ganar a Alemania la próxima final, pero nadie lo babosea, le sonríen sin contestarle o, mejor dicho, le contestan con una sonrisa, lo dejan en orsai. O, mejor aún, le hacen constatar que está en orsai, porque al realizar en diciembre la reunión de la Organización Mundial del Comercio y en julio el próximo G-20, la final va a ser con las protestas en un momento de crisis.

En el otro extremo del espectro político continental está Nicolás Maduro con su llamado a la Constituyente, en medio de un devenir económico tan determinante con su crisis como el argentino, pero con una oposición que se fue al monte (últimamente inducida por el chavismo, como provocación, en el sentido en que la indujeron e inducen desde el norte), mientras la oposición argentina juega en todas las canchas.

El cierto que el programa personal de Macri ya lo cumplió. Ya se autoperdonó miles de millones y cerró los principales negocios que se había propuesto, pero la dirección de la economía macro va a contrapelo de la anunciada. En lugar de capitales norteamericanos llegando a carradas a Buenos Aires tras el pago a los fondos buitres, lo que ocurre es que a los inversores las cuentas no les cierran tan brillantes como a Macri sus negocios. Si Argentina paga a los buitres y recauda menos por principio neoliberal de Macri, ¿qué le queda para que el consumo viabilice las inversiones?

Para peor le tocó Donald Trump que, asesorado por un grupo de economistas no menos respetables que el grupo asesor de Clinton, desanduvo el TTP con el argumento de que a través de ese tratado, iban a entrar a Estados Unidos productos chinos (fabricados en los países socios) con arancel cero. Al pueblo norteamericano le va a costar entender que desde hace mucho tiempo se trata para sus intereses nacionales de elegir el mal menor. Desde hace años sostengo que Estados Unidos e Inglaterra van camino a convertirse en eslabones débiles de la cadena imperialista, que no sería asombroso que una revolución radical pueda sacudir sus estructuras, pero Argentina ya es estructuralmente y para su bien, socia menor de EEUU y a Macri lo deja fuera de juego su dirección política neoliberal, que inutiliza en fermento, sus manotazos de ahogado a otros centros de poder, tal como le ocurrió a Bignone ya desahuciado.

La oposición venezolana, con movilizaciones y violencia terrorista, quiso forzar el cambio de régimen antes de las presidenciales ordinarias. Hasta ahí agregaba terrenos de lucha donde el poder mediático y Luis Almagro en la OEA presionaban para adelantar elecciones, pero Maduro, sin sustituir otras elecciones (llamó a comicios para gobernadores en diciembre) citó a Asamblea Nacional Constituyente a votarse ya este domingo y la oposición no quiso o no supo o no pudo transitar de la exaltación a jugar en las dos canchas. Además el Departamento de Estado de Estados Unidos radicalizó al chavismo con sanciones o, si se prefiere, sancionó al chavismo por radicalizar la democracia con una instancia electoral en la que el pueblo sí decide algo sustancial.

Sé que no le es fácil a la oposición hacer esa transición en un escenario donde el Ministro de Defensa Vladimir Padrino, le está jugando bastante parecido a como le jugó Ramón Trabal, entonces  jefe de Inteligencia del Ejército en Uruguay, a los tupamaros, exponiendo ante la población los atentados, sabedor de que la victoria había de ser política antes que militar. Pepe Mujica resumió preciso esa experiencia a mediados de los 90’: “estoy contra la lucha armada, pero si se viene el malón el último tiro es para mí”. Todo es respuesta desde que nada empezó hoy (cuando se habla de fútbol de respuesta, por ejemplo, pienso que también el llamado de propuesta es de respuesta al de respuesta –Capablanca, Botbinik, Fisher, Karpov, Kasparov, en la sucesión ajedrecística, por ejemplo-, dialéctica del devenir).

La victoria militar en Venezuela se dirime en la interna de las Fuerzas Armadas venezolanas y en su unidad con el pueblo, incluso ante una posible invasión directa de Estados Unidos. Por el momento el factor principal, la unidad, en el bloque de poder chavista es bien fuerte y no dificulta la táctica, como sí le ocurre a la oposición ante la instancia constituyente.

Cada historia es distinta y la verdad siempre es concreta, pero es un buen ejercicio hacer comparaciones en algunos aspectos metódicos -aunque en nada se parezcan otras circunstancias-. A nosotros no nos fue fácil participar del plebiscito del 80 y menos aún hacerlo todos juntos a favor del NO. Con excepción de Rumania, Yugoeslavia, algunas escaramuzas aisladas y poco más, todo el llamado bloque socialista centro y este europeo y en parte euroasiático cayó por vía electoral. Los ejércitos permanecieron mayormente intactos, una vez que se aseguraron el cobro de sueldos, bajaron unas banderas e izaron otras. Lo cual no es irrelevante desde la perspectiva de poder, porque cuando el de Ucrania, por ejemplo, fue enviado al Dombas, no peleó, debió ser sustituido por milicias nazis que no pudieron derrotar al Dombas, pero también es significativo de que allí donde existen elecciones se trata de ganarlas, por baja o alta que se considere o sea la calidad democrática. No participar es quedar fuera de juego.

En cuanto al tema de fondo: la calidad democrática, depende de lo garantista o no, antioligárquica, antiplutocrática (antimediocrática), de la resistencia a la censura del imperialismo que resulte la Constituyente. A Maduro no hubo que apurarlo, no la demoró como Kerenski. Es síntoma de su afán de profundizar y, sobre todo, de su disposición a darle al pueblo permiso para luchar, en un momento en que la resignación marca el abstencionismo de las mayorías absolutas en las naciones supuestamente más civilizadas, donde la gente ya sabe, de sobra, que cuando vota cambiar, el sistema le demuestra que no se puede.

Y más de fondo, si la audacia revolucionaria puede cambiar por fin la matriz de la economía venezolana para satisfacer los mapas deseantes de la población. La dignidad del destino en manos propis es fundante, pero no es el único.

Al decir de Luis Hernández, los aprendices tropicales del ISIS son “paramilitares colombianos, lúmpenes pagados, bandas de delincuentes y grupos de choque con entrenamiento en guerra irregular. Y al de Sandra Russo, la Buenos Aires macrista “ha adquirido el rictus de una vieja mala con anillos de oro en cada dedo, que mira displicente a los desamparados”. Sin embargo, por su economía macro que da seguridades, el dinero, paradojalmente, llega a Uruguay, aquella antigua isla de desinvención hasta muy entrada la primera década de este siglo, que hoy propone colaborar con Venezuela, ganándose todas las medallas de los denuestos de la televisión abierta.

(continúa)

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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