No todos son lo mismo ninguno se parece al “Silencio del 20 de Mayo”

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Como olas del mar

El 20 me entretuve con un escrito al que no podía encontrarle el cierre y cuando quise acordar eran las 19 y 30. Salí a escape, con mi bastón y el paraguas en la otra mano y llegue a la esquina-no esquina que elegí para esperar la marcha: 18 y Barbato.

Llegue junto con la cabeza de la columna. Ante mi desfilaron las pancartas con las fotos al paso lento, solemne y silencioso de los familiares.

Hay silencios y silencios. No todos son lo mismo y ninguno se parece al “Silencio del 20 de Mayo”, Ese rumor de decenas de miles de pies avanzando. Esas caras serias, más allá de alguna breve sonrisa cuando se encuentran dos conocidos. Ese andar que no pretende ser solemne pero lo es. Por su cuidadosa lentitud, por la resolución de marchar y exigir por el tiempo y con el tiempo que sea.

En fin… no hay nada que se parezca a las “Marchas del Silencio” de los 20 de Mayo. Tampoco hay forma de compararlas, cada una parece ser mayor a la anterior. En realidad, lo son y tienen alcance nacional. Serán cada vez mayores y ya nos acercamos al cuarto de siglo.

Como olas del mar desfilaban frente a mí las filas, silenciosas, indiferentes al agua que caía y atentas al nombre que se pronunciara para responder con el “Presente”.

Pasaron viejos y jóvenes en una proporción favorable a los jóvenes. ¡Hasta bebés en brazos de sus padres. Desfilaron varios jubilados que me reconocieron y abrazaron; pasó una prima que hacía tiempo no veía con su hija señorita; pasó Luis XV preso como yo en el Sexto de Caballería; pasó el “Boca”. Esa locomotora siempre activa. Me deslomó de un abrazo y siguió. Pasaron miles, decenas de miles que ni conozco ni me conocen pero ¡estábamos allí!

¡No se suspende por lluvia!

Yo los veía desfilar y revisaba mi mochila.

Porque, cada uno de nosotros la tiene y la lleva consigo. Los viejos con toda una vida ya cargada, los jóvenes con toda una vida por vivir.

Es inevitable que los recuerdos y las cavilaciones giren en torno al motivo mismo de la marcha: los desparecidos, el pétreo silencio de quienes deberían hablar y no lo hacen equivocando lealtades.

No es a “sus camaradas” que ensuciaron el uniforme y los obligan a callar en un silencio cómplice. Su lealtad es con la Verdad y la Justicia. ¡Tiene que ser para que su existencia se justifique!

¿Qué sentido tiene la existencia de una institución armada si no es una institución republicana, democrática, honesta y limpia? Si no son el brazo armado y respetuoso del pueblo, ¿qué son? Una banda armada, ajena a los poderes constituidos, enfrentada al pueblo que, a su vez les exige y los rechaza  y sin un fin específico.

Una especie de perro feroz que se apropió de un hueso desproporcionado y gruñe amenazante a cualquiera que se le acerque.

¿Cuánto puede durar esta situación?

No son únicamente “los huesitos” como califican despectivamente a los restos que no aparecen. Es su papel en nuestra Sociedad. Es saber y aceptar que, si son “parte” de nuestra sociedad, no tienen “fuero exculpatorio”. Que están sometidos a las mismas reglas de decencia y honestidad institucional que todas las demás instituciones.

Y que son una institución subordinada al orden institucional.

Pero, no me quiero apartar de lo que pensaba viendo desfilar ante mí las olas ciudadanas, cada cual con sus mochilas. Una a la espalda, Cada vez más cargada en nosotros y aún liviana en los jóvenes que cargan con más futuro que pasado.

Uno piensa en sus muertos. Durante el proceso y luego de el mismo.

Porque, vivir es sobrevivir. Y como en la novela de Arguedas, los límites no son tajantes… se trasgreden constantemente en el pensamiento.

Pensaba en una muerte en particular. En la noche del 14 al 15 de Junio de 1977, colgado al lado mío, expiró Eduardo Arigón.

Sus restos no han aparecido.

No es fácil morir así y no se muere sin sufrimiento. Pese a que, en el tramo final, el túnel de dolor desaparece y ya nada tienta más que morir.

Pero, no se muere de golpe, ni te mata uno sólo. Te mató el que puso tu nombre para que te detuvieran. Te mató el que te torturó salvajemente y terminó la sesión haciendo que te colgaran, con las manos esposadas a la espalda.

Prolijos y veteranos, antes de esposarte te hacían  vendar para que los grilletes no se hincaran en la carne y dejasen huellas. ¡No por piedad!  El dolor sería mucho más intenso cuando te colgaran. Para no dejar huellas visibles.

Te mataron, cumpliendo órdenes, los soldados que lo hicieron, y luego te alzaron para que un tercero atara la cuerda que te dejó bamboleando en el aire. Y te mató el que pudiendo haberte hecho bajar no lo hizo.

Uno de los dos estertoraba y yo no podía saber si era el otro o era yo. No sé lo que es “estertorar” y ni siquiera sé si la palabra existe

No la voy a buscar.

Supongo que, si existe la RAE la describirá como el penoso respirar de alguien que agoniza. Yo, de alguna manera tengo que describir ese penoso y agónico inspirar que daba la impresión de ser el último.

Ahora que “El Observador” convirtió a Gavazzo en estrella, para su satisfacción. ¡Encantado, porque los torturadores y los ortibas aman las candilejas! Nos ilustró: confesó que “un médico” le había dicho que esposado a la espalda se aprietan “las venas de los pulmones”.

Debe ser cierto, no lo sé y no importa. Colgado se respira muy mal, apenas un jadeito…¡un estertor” porque, te estas muriendo.

Me tomé un respiro, corrí las cortinas, encendí la estufa y me hice un café. ¡Es tan lindo estar vivo!

Aunque te duela la espalda y los años se carguen sobre ti…¡es tan lindo estar vivo!

Mis reflexiones iban  para el lado de los muchos que mataron a Eduardo y a tantos y en las elucubraciones de Hanna Arendt

Acerca de “La Banalidad del Mal”. Creo que le nacieron a partir del Juicio que el Estado de Israel le montó con toda espectacularidad a Eichmann.

Lo raptó, lo llevó a Israel, lo juzgó con toda espectacularidad y lo ahorcó.

Bien muerto está, pese a que argumentó que únicamente era un tinterillo. Un eficiente tinterillo que condujo a la muerte en los campos de exterminio a millones de judíos, gitanos, soviéticos, opositores y todo eso.

A Eichmann no se le atrasaban los trenes. Con perfecta eficacia planificó el traslado de millones y su llegada a los campos donde serían ejecutados o morirían de hambre y frío.

¡Hasta el último tren ese titerillo condujo a la muerte a millones!

Perdida la Guerra se escondió, consiguió la complicidad de la Iglesia Católica (que no ha pedido perdón por Pío XII) y en el 56 emigró a la Argentina en donde ya no mandaba Perón  pero había una red de apoyo Allí vivió oscura y pobremente con su nombre falso pero, ¡dejó huellas!

Lo localizaron, lo raptaron, lo juzgaron y lo ahorcaron.

Uno se pregunta por qué no se rebeló cundo lo llevaron a juicio público. No puedo creer que él confiase en que el Estado de Israel aceptaría que únicamente “estaba cumpliendo órdenes” y no le cabía responsabilidad personal.

¡Imbécil! Cobarde e imbécil. Aferrado a una excusa inaceptable en una instancia en que era absolutamente irrelevante el hecho de si únicamente cumplía órdenes o tomaba decisiones.

¡Haciéndose el chiquito para tratar de salvar el pellejo!

¡Era Eichmann y nada podría excusarlo! Y el Estado de Israel estaba dando un aviso: “Donde estén y cuando sea”.

Yo pensaba en eso de la “Banalidad del Mal” y en todos los que mataron a Arigón. Fundamentalmente en el médico.

El soldadito que nos custodiaba se dio cuenta de que la cosa venía mal y tuvo el coraje de llamar al médico. El Doctor, un Profesional Universitario, con grado militar, se comportó como un cobarde.

¡Un titerillo cobarde! Un “poca cosa” cuando tenía en sus manos una vida.

Estaba diciendo que sí, que estábamos muy mal y que “ habría que bajarnos” cuando irrumpió “Isidorito” a quien yo había humillado cuando hizo que me esposa recogiera del wáter los restos de papel que no se había llevado el agua.

-“Te van a nombrar “Oficial de la Semana” – le dije, caliente.

Se acordó, me reconoció y se me colgó del pescuezo añadiendo su peso al mía y me gritó: -“Oficial de la Semana, eh…” y ordenó, ignorando al médico: –“Sigan…¡y póngales ponchos por la cabeza”

Así murió Arigón y espero que el médico lo recuerde como yo lo recuerdo.

Cobarde, ¡tenía grado y título para imponer el fin de la sesión, pero no lo hizo! Se achicó, defendió su carguito y lo dejó morir.

¡Qué me vienen con “La Banalidad del Mal”!

Por Eduardo Platero
26 de mayo de 2019

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