El “Flaco” Arismendi, un ser humano, antes que nada

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Uypress | Este 21 de marzo no fue un día más. Fue distinto. Pensé en vos, querido Ari, querido Flaco, toda la jornada anterior y me desperté esta mañana con la necesidad de tenerte cerca, de hablar con vos, de escucharte.

No es la primera vez que me pasa, ni será, seguramente, la última. Desde que te fuiste para siempre aquél 27 de diciembre de 1989, una y otra vez vuelvo a vos. No ya como una referencia del marxismo-leninismo sino como aquél ser humano abierto, culto, hábil polemista, siempre de buen humor, dispuesto al abrazo y a la sonrisa.

Se cumplían 108 años de tu nacimiento, querido Rodney.

Todo el mundo sabe que fuiste un teórico y práctico del marxismo leninismo reconocido a nivel mundial. Pruebas de ello abundan y no son motivo de esta nota, pero tus viajes alrededor del mundo, tus reuniones con estadistas y líderes (Fidel, el Che, Yasser Arafat, Indira Ghandi, entre tantos y tantos) lo confirman.

Todo el mundo sabe que fuiste quién encabezó, junto a muchos otros en 1955, los cambios que llevaron al Partido Comunista del Uruguay a ser una organización de cuadros y masas con decenas de miles de afiliados al momento del Golpe de Estado fascista del año 1973.

Alcanza con recorrer cualquiera de tus 27 años como diputado comunista, desde 1947, para comprobar tu apego inclaudicable a los trabajadores, sus necesidades y su futuro en la construcción de la sociedad y de esa maravillosa herramienta política que fue el Frente Amplio, expresión ejemplar para el mundo de la firme alianza de la clase obrera, las capas medias y lo mejor de la cultura de este país para poder avanzar y profundizar la democracia.

Todos saben, aunque a algunos les cueste aceptarlo, que aquellos comunistas fueron incansables en la lucha contra la dictadura.

Y todos deben recordarte, a partir de tu regreso en 1984, dirigiendo al partido, por ejemplo, polemizando con Jorge Batlle en canal 10, en lo que aún hoy se recuerda como un intercambio profundo y serio sobre dos posiciones antagónicas en lo ideológico, pero civilizadas a la hora de debatir.

Más de uno de los que escriben columnas en Uypress, y fueron camaradas, podrían ahondar en ese aspecto con mucha más preparación que quién estas líneas escribe. Quiero dedicarme al recuerdo vívido que tengo del ser humano.

Por esas historias mínimas o maravillosas que conforman la vida, te enamoraste y uniste tu destino con Alcira Legaspi, una de las hermanas de mi viejo. Tus cuñados comentaban lo difícil que fue para Don Alfredo Legaspi, a la postre tu suegro, aceptar que ingresaras a la casa: Cuentan los más memoriosos, que por un momento dejaba de lado su tartamudez para expresar «¡no quiero a un comunista en esta casa!». Pobre abuelo, ya tenía más de uno en la familia, Alcira, Haydée, sus hijas, desde hacía tiempo. Finalmente, aceptó y te integraste a una familia que, según reconociste en aquella entrevista-libro de Álvaro Barros Lemes, «Forjar el viento», fue tu familia. Toda una declaración del amor y la unidad, que tenía un ida y vuelta permanente.

La sana y maravillosa costumbre de tu concuñado, el Pocho Sanguinetti, que filmaba las reuniones familiares, nos inmortalizó a varios de tus sobrinos sentados en tu falda, en tus brazos o rodeándolos a ti y Alcira, entre risas y charlas, en cuánta reunión familiar sucedía anterior al golpe.

Los más pequeños recordamos las conversaciones de aquellas largas sobremesa, los domingos, cuando batllistas, blancos y tú conversaban y debatían, con tanto respeto, sobre la situación en el país y el mundo.

Te recuerdo, siendo muy pequeño (apenas 7 años), siempre cariñoso, de buen humor, y exigente, a la vez, con aquél permanente consejo, a nuestros padres y a nosotros mismos: «lean, lean mucho» que nos marcó, de manera definitiva.

Después, vino el golpe, la dictadura y tu detención en Cárcel Central. La familia se turnaba para llevar a Alcira a visitarte. Esperábamos en los autos «el parte» de cómo estabas.

Después vino tu expulsión, rodeada de aquella canallada inmunda, echada a correr por los fascistas, que «habías entregado el archivo del Partido». En fin. La miseria de los militares repetida por otros que no eran militares, ni civiles «del proceso», aunque compartían la misma miseria.

Recuerdo aquella fresca mañana de enero de 1975, cuando en la Base Aérea Nº1, la familia te despidió, rodeada de metralletas. El odio de los fascistas representado en los soldados rodeando a la familia y apuntándonos con las metralletas, enfrentado al amor de quienes le poníamos toda la tibieza de que éramos capaces los Legaspi.

Nunca pude olvidar ese momento. Yo tenía 10 años.

De allí en más, el contacto fue epistolar. Te escribíamos una carta cada núcleo familiar, que era llevada por manos amigas a Perú y de allí a España o Italia, para llegar a tus manos, en Moscú o dónde estuvieras. Sabíamos que recorrías el mundo reuniendo a los uruguayos, sin importar credos o creencias políticas, para enfrentar y aislar a la dictadura.

Cuando venía la respuesta, escrita de puño y letra por Alcira, esperábamos el final: «Saludos de Ari» o las dos o tres últimas líneas, recomendando leer y estudiar, escritas y firmadas por ti.

Todos, blancos, colorados o frentistas, escuchábamos la frecuencia de onda corta de Radio paz y Progreso, de Moscú, con tu voz o la de Saxlund.

Eso nos mantenía cerca.

Nosotros, con mis padres y algún vecino comunista, te escuchábamos en aquella casa del balneario El Bosque, donde, unos cuántos años atrás, terminaste de escribir «Problemas de una revolución continental» o «Lenin, la Revolución y América Latina», ya no recuerdo exactamente cuál.

Tuve que esperar algún tiempo más, todavía, para volver a abrazarte, volver a sentir tu tremenda humanidad, querido Flaco.

Los jóvenes, de todas las filiaciones políticas, fuimos determinantes en el empuje antidictatorial para correr el velo oscurantista desde el plebiscito del 80, que significó la derrota de las pretensiones fascistas por perpetuarse en el poder.

Intensificamos la movilización y se produjeron los primeros acercamientos entre partidos políticos y régimen en busca de salidas. Así surgieron las elecciones internas de los partidos políticos (Nacional, Colorado y Unión Cívica) y la primera expresión clara frenteamplista, el voto en blanco.

Aquellas elecciones significaron otra derrota del régimen, pues en los partidos triunfaron los sectores anti dictadura. Movilización, acumulación y diálogo fueron los elementos determinantes para acordar el retorno a la democracia.

Todos sentíamos que cada paso dado acercaba más el reencuentro.

Los blancos de la familia (entre ellos, mis viejos y yo) militábamos desde el Movimiento Nacional de Rocha, la Casa de Los Lamas y así atravesamos el plebiscito y las elecciones internas, cruzándonos con comunistas dónde fuera que íbamos. Tanto, que algunos de tus sobrinos decidimos afiliarnos a la UJC.

Feliz te lo comuniqué en alguna de aquellas cartas de 1983. Feliz también, se lo dije a Alcira cuando pasamos unos días con ella en Buenos Aires. Papá, pobre, no comprendía: «¡Vos estás loco! ¡Afiliarte cuando están cayendo comunistas presos!». Respondí, recuerdo, tan breve como pude: «Precisamente, viejo».

Tres semanas estuvo sin hablarme. Después, aceptó y entendió.

Este camino, de movilización y diálogo, significó debates intensos a la interna de la izquierda. Finalmente, aceptamos la proscripción de Seregni, la tuya y la de otros queridos compañeros.

Anunciado tu regreso, en medio de aquella «desproscripción de hecho» planteada por el partido, antes de las acordadas elecciones, supe que el reencuentro estaba cerca. Te había despedido un niño, y en aquella maravillosa caravana de pueblo, te recibió, en 1984, un hombre, que además, era comunista.

La familia volvió a reunirse, por fin.

El recuerdo de los abuelos Alfredo y Argene y de algunos tíos, muertos durante la dictadura, nos rodeaba de dolor, pero tu regreso y el de Alcira significaban un alivio a tanto dolor. Ya no habría separaciones impuestas.

Esa noche de tu regreso, cansado de tantas emociones, recibiste el amor de tu familia hasta tarde, que retribuiste como siempre, con humor, alegría y abrazos.

De ahí en más, nos veíamos seguido. Ya fuera en una actividad partidaria, o en una familiar. Todas eran motivo del fuerte abrazo, tu sonrisa y tu acostumbrado «piñazo al abdomen», para ver si estaba firme: «Hay que estar preparados», decías entre risas, las tuyas, y dolores y media risa, los míos.

Y siempre demostrando tu condición humana.

En una recepción, en plena campaña de 1984, en Sayago, en casa de un reconocido médico y camarada, llegamos con Gilberto Ríos, candidato a diputado por la lista 10001, Democracia Avanzada, «el Chupete» Fernando Miranda, y el «Peteco», hijo del dueño de casa, te alegraste tanto que me dejaste tu copa de vino con el mensaje «tu tía me está controlando, tenela vos y cada vez que quiera vengo y tomo un poco». Claro, ante los ojos de Alcira y los presentes, tu sobrino era «una bestia» con dos copas de vino. Pero yo lo disfrutaba.

Para quienes dudan aún de tu «carácter abierto» alcanzaría con recordar aquél congreso de la UJC en el Palacio Peñarol, cuando el querido amigo y poeta Elder Silva pidió la palabra y dedicó, buena parte de su intervención, a criticar el funcionamiento interno, la falta de democracia… Es cierto que las intervenciones se limitaban en el tiempo para permitir la mayor participación posible, pero un compañero, de quién preservo su nombre, tuvo la infeliz idea de cortarle el micrófono. Tú estabas presidiendo el debate, junto a León Lev. Y ante el corte de micrófono tu voz no necesitó amplificación: «¡El compañero está hablando y no se le corta el micrófono!». Elder continuó con su intervención y el compañero no estuvo más en la mesa. Eso marca una actitud.

No digo nada que no se sepa si afirmo que eras tan culto como abierto. La vez que el artista Oscar Larroca expuso sus dibujos en la Biblioteca Nacional se alzaron voces desde la izquierda, algunas muy notorias, como la del general Seregni, a decir que aquellas obras eran pornografía y debían ser quitadas del lugar donde serían vistas por niños y adolescentes. Una vez más, tu voz se alzó clara y contundente, para decir que aquellos dibujos eran arte, y no tenían nada de pornográficos, ya que los cuerpos estaban apenas sugeridos bajo telas, con un trazo que destacaste y admiraste, mientras recorrías la muestra.

Volvimos a los encuentros familiares en los cumpleaños, las fiestas de fin de año. Confirmaste tu vocación humana y alegre, como aquella vez, en casa de tía Negra y Pocho, en Punta Gorda, sacando los parlantes al jardín del frente, y bailando toda la familia al ritmo de murga y candombe.

Los vecinos, algunos ex militares, veían sorprendidos al Secretario General del Partido Comunista del Uruguay bailando sobre el césped. Para nosotros, eras el Flaco, el de siempre.

En 1986 recibí mi carnet del Partido de tus manos, en un acto del Sector Universitario de la UJC en el teatro Astral, que en su cara posterior contenía una frase tuya: «No somos una secta ni un grupo escogido de conspiradores, nacemos de la Clase Obrera y el Pueblo, somos pues, hombres comunes, sencillos, y alegres… Amamos el oscuro heroísmo del trabajo revolucionario de todos los días, y no tememos el otro trabajo, cuando toca, de vencer la tortura, las balas o la muerte». Hoy una frase así tendría detractores de todo tipo, de género principalmente. Otra época, sin duda.

En 1987 viajé a Cuba, excusa ideal para otra reunión familiar, esta vez en la casa de mis viejos, en El Bosque. Bebimos, charlamos, y en un momento me pasaste el brazo por los hombros y al oído me dijiste: «vas a ver, sobrino, que los cubanos te hacen cortar el pelo y afeitar la barba, ¡en la isla revolucionaria sólo se permite un barbudo, Fidel!», exclamaste entre risas.

Una vez nos encontramos en La Habana, en Cubanacán, aquellas casas del protocolo cubano. Habías viajado con Jaime, el Tano Valenti, Daniel Baldassari, y algún compañero más que no recuerdo. Me llevabas diarios uruguayos, cartas de la familia y el abrazo fuerte de siempre.

Al año volví con el pelo y la barba más largos aún. Cosa de vasco, sin duda. Cuando me viste, a la distancia, tu risa era estruendosa: «¡Ni los cubanos pudieron!», atinaste a decir.

Ese fin de año, de 1988, nos juntamos, como era habitual, en tu casa de Rivera y Rimac. Mesa larga, toda la familia reunida, en la cabecera vos y Alcira. Como siempre y cada vez, surgió el tema de mi aspecto «poco comunista». El pelo muy largo, la barba espesa, según tu opinión, no eran propios de un comunista. En medio de la cena insististe con ese comentario. Y el vasco explotó.

No importa que dije, aún hoy me da vergüenza hasta pensarlo. Pero lo dije claro y fuerte, con todas las letras.

La reunión terminó ipso facto. Te fuiste a tu estudio, entre las exclamaciones de horror y reproche. Salí atrás tuyo, no sé a qué, porque estaba furioso. Te alcancé en la puerta. Me mirabas con furia: «¡Sos un grosero!», gritaste. Abajo, imperaba el silencio. Alcira, al pie de la escalera, nos miraba con la acostumbrada seriedad serena. «¡Vos también!», te grité. «¡Me tenés podrido con el tema!», alcancé a decir antes que cerraras la puerta.

Me fui saludando rápidamente a todos. La reunión había concluido.

Pasaron meses, sin vernos ni cruzarnos en ningún lugar. Por supuesto, el barbudo y peludo, dejó de serlo, en claro arrepentimiento.

Después vino tu quebrantamiento de salud y tu internación en el CASMU. Y una tarde, sin previo aviso, fui a verte, antes del 24 de diciembre. Había sido electo cuarto senador por la 1001. Un amigo de entonces, secretario de la FUS, a quién bien recuerdo, pero no me interesa nombrar, me acompañó hasta tu habitación.

Entré y Alcira te dijo: «Ari, mirá quién vino». Giraste tu cabeza hacia la puerta. Sonreíste como antes, como siempre. Llorando te abracé pidiéndote disculpas. Tu voz, fuerte y segura, pese a la enfermedad me abrazó cálidamente: «Sobrino, no hay nada que disculpar, estás acá y eso es lo que importa». Bromeamos sobre tu llegada al Senado, y nos comprometimos a reunirnos todos el 31 en tu casa.

La muerte, «esta puta vieja y fría, nos tumba sin avisar», dijera el Sablero, y así fue.

Hoy, cuando te recuerdo en la redes sociales, no falta el amigo, compañero, camarada o cualquiera que cuestiona por qué te quedaste a vivir en la URSS, o por qué no dijiste nada de la debacle del socialismo, que ya ocurría mientras aún vivías, o por qué aceptaste una cena de honor en tu nombre con Ceasescu, el rumano, o Honecker, el alemán.

La respuesta es sencilla, y cruda al mismo tiempo. Quizás no viste o no quisiste ver.

Muchos deben recordar tu discurso en la conferencia del partido del año 1987, cuando te eligieron presidente del PCU, y diste un completo informe internacional marcado por aquella autocrítica fuerte, para el momento, pero tibia para el siglo XXI, al hablar de que los comunistas uruguayos habíamos incurrido en el «servilismo ideológico» hacia la URSS y demás países socialistas. Conociendo el papel que jugaste dentro del movimiento comunista internacional, para mi fue una dura autocrítica. Pero hay quienes no lo ven así.

No entienden o no quieren aceptar que fuiste un hombre de tú época, que era esa, y no la que vino después. Siempre he dicho, entre amigos de aquellos años, que siento que moriste en el momento justo, que te evitó dolores que no podrías soportar. Y eso lo sostengo.

Lo ocurrido en el «campo socialista» nos alcanzó a muchos para digerir que la dictadura del proletariado no era un principio determinante ni un fin en si misma, así como tampoco era aceptable el «centralismo democrático», que de centralista tuvo todo y de democrático nunca tuvo nada. Sospecho que esto hoy, si vivieras tal vez no lo entenderías.

Tu velorio y posterior entierro fue un acto de amor. Trabajadores, jóvenes, adversarios políticos y pueblo te acompañamos en ese camino desde el local del Comité Central, a pie, hasta el cementerio Central, dónde te abracé por última vez.

Sin embargo, desde tu muerte, hay quienes, una y otra vez, han tratado de «adivinar» que hubieras hecho en tal o cuál situación, del Partido, del Frente, del país, o del mundo.

Y eso es imposible, por ser cortés, o directamente una bajeza, lisa y llana. Trataron y tratarán de «hacerte decir» años después de tu muerte, qué hubieras hecho o dicho ante cada situación crítica o condenable ocurrida en los ámbitos que fuiste determinante. Y se equivocan. Eso es imposible.

El marxismo-leninismo, tal como lo entendías, o lo pretendías, no es, ni existe. Muchas cosas pasaron, siguen y seguirán pasando al respecto, que merecen otro análisis.

Lo que no cambiará nunca, querido Flaco, es que fuiste, sos, un hombre muy humano, honesto, culto, abierto, y tolerante que nos enseñó a amar la vida, valorar la democracia, defenderla a muerte y luchar por mejorarla.

Ese es y será tu mejor legado.

¡Salud!

Por José W. Legaspi

 

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