Lector de La Diaria llego a conocer un artículo donde un sedicente especialista en el estudio de las derechas “neopatriotas” contemporáneas inventa un mote, un apodo, o un pasatiempo literario – que todo eso cabe en la definición de mote – para calificar a Gustavo Salle y a su partido Identidad Soberana.
No conozco al especialista doctor en ciencia política ni al político y doctor en derecho y ciencias sociales, Salle. Me limitaré a demostrar que el “rojipardismo” es un invento de baja estofa, que confunde hechos del pasado y del presente, que carece de sustento serio y cuyo uso debe ser rechazado precisamente por lo que encubre.
“Rojipardismo” encubre al fascismo
El “rojipardismo” y por tanto los políticos “rojipardos” se deberían “a la conjunción de los mundos del fascismo y del comunismo”. De este modo, los “rojipardos” promueven una agenda política de derecha pero con algunas resonancias de izquierda. El politólogo también recordó, como para dar fuerza a su invento, “que hubo un sinnúmero de fundadores del Partido Comunista Italiano que murieron fusilados junto a Mussolini” (ya veremos más adelante porque mencionamos esta afirmación).
El invento apela a los viejos esquemas de los politólogos, sobre todo anglosajones y europeos guerreros de la Guerra Fría, que enfrentó desde fines de la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos y la Unión Soviética. Al igual que los historiadores y divulgadores revisionistas
alemanes que intentaban justificar o amortiguar los crímenes del nazismo, la teoría del totalitarismo equiparaba a la Alemania nazis con la URSS. Esa era la clave de la “guerra cultural” financiada por los Estados Unidos: la democracia estadounidense versus el comunismo a nivel mundial. Bajo el paraguas de la teoría del totalitarismo reptaban otros efectos perversos: en lo fundamental blanquear al fascismo y los diversos regímenes que subsistieron después de la guerra. Uno de los casos más patéticos fue el de Hannah Arendt que consideraba que el régimen franquista, autoritario pero no totalitario, era menos malo que el Tercer Reich, la Italia de Mussolini o la URSS. Teóricos estadounidenses como Friedrich y Brzezinski se ocuparon, en la década de 1950, en transformar el antifascismo patriótico de la Segunda Guerra Mundial en odio al nuevo enemigo comunista.
El “rojipardismo” no es más que un revival de la Guerra Fría y por ende tiene como efecto perverso el de ponerle un apodo al fascismo en todas sus variantes, tanto en el pasado como en la actualidad. Robert O. Paxton, en su magistral Anatomía del Fascismo [i], puso las cosas en su lugar hace veinte años. “Los fascistas – dijo Paxton – están próximos al poder cuando los conservadores empiezan a tomar prestadas sus técnicas, apelan a sus “pasiones movilizadoras” e intentan integrar a los seguidores fascistas. Armados con el conocimiento histórico, debemos ser capaces de distinguir las imitaciones desagradables pero aisladas de hoy, con sus cabezas afeitadas y sus tatuajes de la cruz gamada, de los equivalentes funcionales auténticos en la forma de una alianza fascista-conservadora madura. Prevenidos, debemos ser capaces de detectar lo auténtico cuando aparezca”. Hasta aquí Paxton de principios de siglo.
Los equivalentes funcionales del fascismo ya aparecieron y crecen en Europa. La Le Pen en Francia, la Meloni en Italia, Orbán en Hungría son funcionalmente fascistas. Trump es funcionalmente fascista, Bolsonaro es funcionalmente fascista, Milei es funcionalmente fascista. Todos a su manera. Calificarlos como “rojipardos” es una tontería capaz de confundir.
De este modo, lo que hay que hacer es estudiar los nuevos procedimientos, discursos y fundamentos del fascismo contemporáneo y al hacerlo quedan claramente demostradas las inocultables características que unen a los fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX con los actuales de todo el mundo pero también las diferencias reales o aparentes entre aquellos y estos fascismos actuales.
Vamos a aproximarnos a una definición del fascismo que debe aplicarse tanto a sus inicios como en su madurez. Considerar al fascismo simplemente como un instrumento del capitalismo – que era la fórmula rígida que sostuvo la Tercera Internacional y Stalin – tenía el inconveniente de menospreciar las raíces “nacionales” del fascismo y la atracción que tuvo en los pueblos. “Capitalismo y fascismo – dice Paxton – se hicieron compañeros de cama factibles (aunque no inevitables y no siempre cómodos)”. Después del fin del Tercer Reich y de Mussolini, los empresarios y capitalistas hicieron grandes esfuerzos para exculparse (incluso los jefes de IG Farben que usaron en su imperio industrial a los esclavos de Auschwitz-Birkenau se presentaban como víctimas del fascismo).
Otras tendencias en la interpretación del fascismo muchas veces se quedan en las excentricidades de sus líderes. Mussolini y sus poses vanidosas, su donjuanismo, su adicción al trabajo, su habilidad para maniobrar en las cortitas y su pérdida final del cuadro principal, eran muy evidentes. Hitler y su hermetismo, su hipocondría, su narcisismo, su espíritu vengativo y su megalomanía, lo compensaba con una mente ágil, una capacidad para ser encantador cuando quería y una habilidad táctica excepcional. De todos modos, el más autorizado biógrafo de Hitler, Ian Kershaw, concluyó que, en lugar de detenernos en sus excentricidades se debía prestar atención al papel que el público alemán proyectó en él y que el Führer consiguió mantener casi hasta el fin.
Esto se aplica perfectamente a las excentricidades o características de otros líderes fascistas (como Franco que andaba con un brazo de santa disecado para arriba y para abajo, o Milei insultando y gritando como un desaforado, o Trump y sus declaraciones provocativas).
Se puede definir al fascismo como una forma de conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia de la comunidad, su humillación o victimización, y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza, en que un partido con una base de masas de militantes nacionalistas comprometidos, trabajando en colaboración con las élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue con violencia redentora y sin limitaciones éticas o legales objetivos de limpieza interna (racismo, anticomunismo) y expansión exterior (colonialismo).
A riesgo de una simplificación excesiva pero necesaria Paxton sostiene que la mejor forma para deducir las ideas que subyacen a las acciones fascistas es partir precisamente de esas acciones, muchas de las cuales pertenecen al reino de los sentimientos viscerales.
He aquí lo que él llama las nueve “pasiones movilizadoras”: 1) un sentimiento de crisis abrumadora ante la que son inútiles las soluciones tradicionales; 2) la supremacía del grupo, la raza,respecto a la cual cada uno tiene deberes superiores a cualquier derecho humano o universal; 3) la victimización del grupo, sentimiento que justifica cualquier acción ilimitada contra enemigos internos y externos: 4) miedo a la decadencia del grupo por los efectos corrosivos de la lucha de clases o la influencia extranjera; 5) la integración más estrecha de una comunidad pura ya sea por consentimiento o por la violencia; 6) necesidad de autoridad a través de jefes naturales (siempre varones) que encarnan el destino histórico del grupo; 7) superioridad del instinto del caudillo respecto a la razón abstracta y universal; 8) belleza de la violencia y eficacia de la voluntad; 9) derecho del pueblo elegido a dominar a otros sin limitación alguna (darwinismo social).[ii]
Los tránsfugas en política
Cuando el especialista sostuvo para reforzar su tesis “que hubo un sinnúmero de fundadores del Partido Comunista Italiano que murieron fusilados junto a Mussolini”. Se equivoca y mucho, posiblemente por ignorancia. Sin embargo, trae a colación un tema interesante que ha sido y es motivo de estudio, especialmente en Europa: los tránsfugas en política, los que cambiaron de bando. Para el especialista parecen ser importantes los que llegaron a la derecha desde la izquierda, así que vamos a porfundizar un poco.
Citamos ampliamente un artículo de Steven Forti [iii]. Lo primero y muy interesante es que los tránsfugas no fueron una rareza en la política europea del siglo XX. “Al contrario, hubo un número no desdeñable de dirigentes políticos que pasaron de una familia política a otra durante ese siglo. En los años de entreguerras no fueron pocos los comunistas, los socialistas, los republicanos de izquierdas, los sindicalistas revolucionarios y los anarcosindicalistas — pero también los dirigentes de otros partidos políticos y otras organizaciones sindicales — que pasaron a los movimientos y/o a los regímenes fascistas en los diferentes países europeos”.
Solo en Italia, Francia y España se localizaron más de cincuenta dirigentes políticos de izquierdas, de primera o de segunda fila, que entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial pasaron a los movimientos fascistas que se crearon en esos tres países. Alrededor de unos treinta fueron tránsfugas del comunismo al fascismo. Se trata de casos distintos, como lo son las vidas de estos dirigentes políticos, sus orígenes, clase social, profesión y militancia. “En muchos casos – dice Forti – los tránsitos responden a estas diferencias, pero cobran importancia las dinámicas similares y las analogías en el discurso y en el lenguaje político utilizado después del tránsito que, como veremos, son notables sobre todo en lo que concierne a la lectura que hacen del comunismo”.

La afirmación del sedicente politólogo, acerca del sinnúmero de tránsfugas italianos fusilados junto a Mussolini no es veraz. En Italia fueron ocho los dirigentes comunistas que acabaron en filas fascistas. El más conocido es Nicola Bombacci: secretario del PSI entre el final de la Gran Guerra y el bienio rojo, fundador del Partido Comunista de Italia con Gramsci, Terracini, Togliatti y Bordiga en 1921, representante de los comunistas italianos en el funeral de Lenin en 1924. Bombacci se convirtió en propagandista de las conquistas del régimen fascista en la segunda mitad de los años treinta y acabó sus días fusilado a orillas del lago Como, aunque no junto con el Duce. Más tarde si sería colgado de los tobillos en la estación de servicio de Piazzale Loreto de Milán, junto a Mussolini y Claretta (aunque durante años pidió el carnet del PNF nunca se lo dieron, Mussolini lo prohibió).
En Francia, donde se han localizado quince casos, la figura crucial es la de Jacques Doriot, joven cuadro del comunismo galo, alcalde de Saint Denis, que rompió con la Internacional Comunista en 1934, fue el fundador del colaboracionista Parti Populaire Français (PPF) y acabó alistándose en las SS para participar en el ataque a la Unión Soviética; en 1944 huyó a Alemania y allí fue ametrallado en su vehículo por aviones desconocidos.
En España el caso más interesante es el de Óscar Pérez Solís, tanto por los cargos políticos que ocupó (dirigente del PSOE en Valladolid en la década de 1910, fundador del PCOE en abril de 1921 y secretario del pequeño PCE en 1925) y el papel que jugó en los debates políticos y culturales en la España del primer tercio del siglo XX como por la estrafalaria trayectoria durante su vida: desde el anarquismo al falangismo, pasando por el socialismo reformista, el comunismo y el catolicismo social.
Sobre el discurso anticomunista en la Europa de entreguerras se ha escrito bastante. El de los tránsfugas del comunismo al fascismo es, sin duda, un pequeño campo para la investigación de esta cuestión dentro de lo que podríamos definir como el mundo anticomunista de aquellos años. (…) “Nos parece extremadamente interesante para comprobar si también personajes que tuvieron en su trayectoria política e ideológica un pasado de militancia comunista mantuvieron los mismos patrones anticomunistas utilizados por la derecha más o menos radical y también por el liberalismo democrático. Al mismo tiempo, este análisis nos permite comprobar también la fuerza que tuvo la propaganda anticomunista desarrollada en aquellos años y su capacidad de convertirse en un modelo para todos los que compartieron un espacio político similar”.
Lo verdaderamente interesante y muy distante por no decir distópico con el “rojipardismo” es el resultado de las investigaciones sobre los tránsfugas para contestar a una serie de interrogantes: ¿cómo vieron y hablaron del comunismo después de abandonar el Partido Comunista y haberse incorporado al fascismo? En el caso de los que viajaron a la Unión Soviética ¿cómo relataron esa experiencia?¿qué tipo de condena hicieron del comunismo?
“Finalmente – dice Forti – hay tres cuestiones menores que despiertan cierto interés: la primera: ¿qué reconstrucción hicieron estos tránsfugas de su propio pasado comunista? La segunda: ¿cuál es para ellos el papel que deberían jugar en la nueva fase política? ¿Consideran que tienen más conocimientos que los demás para poder actuar en contra del comunismo? La tercera: ¿cómo juzgaron los excompañeros de partido y también los nuevos camaradas fascistas la trayectoria de estos dirigentes políticos? El discurso que estos dirigentes políticos formulaban acompañaba en muchos casos a la actividad política o bien, cuando esto no fue posible, al intento de volver a tener un protagonismo político”.
A través del estudio de estos tránsfugas se percibe una progresiva radicalización del discurso anticomunista a partir de comienzos de la década de 1930. De una crítica leve del comunismo donde se ponía de manifiesto la diferencia entre la propaganda soviética y la realidad de la URSS se llegó a un discurso anticomunista puro y duro que se consolidó después de 1935 -1936 — un momento clave marcado por la guerra italiana en Etiopía, la proclamación del Imperio fascista, el giro de la Internacional Comunista, las victorias de los Frentes Populares en España y en Francia y el estallido de la Guerra Civil española — y que llega a su apogeo sobre todo después de la invasión alemana a la URSS en junio de 1941. La mayoría de estos dirigentes políticos abandonó el comunismo entre 1927 y 1934 y la deriva fascista que vivieron fue gradual y se concretó en muchos casos solo después de otras experiencias políticas o de largas etapas de inactividad.
Nicola Bombacci, por ejemplo, fue expulsado del PCI en 1927 y solo en abril de 1936 declaró públicamente su conversión al fascismo. “Algunos republicanos españoles, después de la Guerra Civil y unos largos años en la cárcel o en el exilio, adoptaron un discurso anticomunista que coincidía con el clima de la Guerra Fría. Es el caso de Enrique Castro Delgado — miembro del Comité Central del PCE y comandante del Quinto Regimiento durante la Guerra Civil —, que, desde 1949 hasta su muerte, publicó artículos y libros anticomunistas (“La vida secreta de la Komintern: como perdí la fe en Moscú”, de 1950, y “Hombres made in Moscú” de 1960, entre otros). Otra figura legendaria del ejército republicano como Valentín González, “El Campesino”, escribió, tras su huida de la URSS en 1949, un libro de memorias cuyo título era emblemático, “Yo escogí la esclavitud”, cuyo prólogo fue redactado por Juan Mauricio Carlavilla Del Barrio, alias Mauricio Karl, policía experto en anticomunismo”.
El análisis temático de la producción de los tránsfugas en relación con el anticomunismo, presenta ocho características comunes: 1) El convencimiento del fracaso del marxismo, lo que llevaba a la afirmación de que el fascismo es la superación del comunismo. 2) El paradigma de la divergencia entre el paraíso soviético del cual hablaba la propaganda comunista y la realidad de la URSS que algunos de estos dirigentes políticos habían vivido personalmente. 3) La URSS es un país brutal y cruel. A esto se le añaden dos conclusiones: los dirigentes bolcheviques son unos fanáticos inhumanos y Stalin es un feroz dictador completamente diferente de Lenin. 4) La Unión Soviética es un capitalismo de Estado y no es un estado revolucionario. Por lo que la URSS es un Estado-amo autoritario donde los trabajadores son esclavos y es una colonia del judaísmo y de la masonería internacional. 5) La URSS de Stalin es imperialista y paneslavista. Por lo tanto: la Revolución rusa es un fenómeno nacional y nacionalístico y el marxismo es un producto antieuropeo. 6) El comunismo es la negación del espíritu. La conclusión principal es la lucha entre la materia — representada por las plutocracias occidentales y el comunismo — y el espíritu — representado por el fascismo —, de lo cual deriva la idea de la cruzada en defensa de la Europa cristiana. 7) La importancia de la situación política internacional en los análisis respecto a la Unión Soviética. 8) La condena de la actuación de los respectivos partidos comunistas antes de la conversión al fascismo y también después.
A estas ocho características se debe añadir una novena, que se encuentra con mucha fuerza solo en el caso italiano. Se trata de la consideración de que la URSS era todavía un estado revolucionario. Hay una doble consecuencia de esta consideración, que puede resumirse en el binomio “Roma y Moscú” o “Roma o Moscú”: por un lado, la idea de la unión de las dos revoluciones y, por otro lado, la idea de la alianza entre la URSS y los estados plutocráticos en contra de los estados totalitarios (Italia y Alemania). Una oposición que asumió distintas facetas: la guerra entre naciones ricas y naciones pobres o entre los pueblos burgueses y los pueblos proletarios. El corolario de esta última consideración es que la guerra de Italia en 1940 era una guerra revolucionaria, proletaria y fascista [iv].
Hay tres cuestiones más que resultan interesantes en el estudio del discurso y del lenguaje político utilizados por los dirigentes que pasaron del comunismo al fascismo en los años de entreguerras. La primera concierne a la reconstrucción que hicieron de su propio pasado comunista. Por lo general hay un reconocimiento público y privado de la equivocación y del error que cometieron. Quizás el caso italiano es el más claro en este sentido, debido también a la figura de Mussolini, que marcó el camino al provenir del socialismo.
A esto se unen reconstrucciones del propio socialismo en clave nacional y nacionalista o religiosa, relecturas de la teoría marxista con distintas declinaciones según el contexto nacional y consideraciones acerca de los años perdidos entre luchas y sufrimientos a causa de las pasiones políticas.
La segunda cuestión concierne al papel que los tránsfugas consideraban que debían jugar después del abandono del comunismo. Más allá de las diferentes ambiciones de cada individuo y del papel político o mediático que esperaban que les correspondería, lo que se nota en todos estos casos es la voluntad de hablar a las clases trabajadoras para explicarle los errores y los horrores del comunismo.
La tercera cuestión concierne al juicio que hicieron los excompañeros de partido y los nuevos camaradas fascistas acerca de la trayectoria de estos dirigentes políticos. Prácticamente en todos los casos estudiados se percibe una mezcla de indiferencia, que posteriormente se traslada a la historiografía, y de condena, que puede transformarse en algunos casos en insulto.
Los tránsfugas del comunismo al fascismo en los años de entreguerras en los casos de Italia, Francia y España han elaborado un discurso y un lenguaje político anticomunista muy similar al que utilizaba la derecha más o menos radical y buena parte del liberalismo democrático. Los dirigentes políticos que habían militado y que también, en algunos casos, habían ocupado hasta finales de los años veinte cargos relevantes en los partidos comunistas mantuvieron los mismos patrones construidos y utilizados por la vulgata anticomunista en los tres países.
Por Fernando Britos V.
[i]Paxton, Robert O. (2005) – Anatomía del fascismo. Ed. Península
[ii]Wolin, Richard ( 2004) The Seduction of Unreason; The intellectual romance with fascism from Nietzche to postmodernism. Princeton Univ. Press.
[iii]Forti, Steven (2015) El comunismo visto por los que decidieron abrazar el fascismo. Una primera aproximación. Instituto de História Contemporânea – Universidade Nova de Lisboa. Asequible en: https://ddd.uab.cat/pub/caplli/2015/240605/penhissigxxi_a2015p3755iSPA.pdf
[iv]Bosworth, Richard J.B. (2007) L’Italia di Mussolini, 1915-1945. Ed. Arnoldo Mondadori, Milán.
Albanese, Giulia (Ed.) (2021) Il fascismo italiano. Storia e interpretazioni. Carocci Ed., Roma.
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