Arrepentimiento es la acción y efecto de arrepentirse, y esto, según nos ilustra la Real Academia Española de la Lengua “es sentir pesar por haber hecho o haber dejado de hacer algo”.
“No me arrepiento de nada” he escuchado una y mil veces decir a una y mil personas, repitiendo a manera de mantra una máxima que vaya a saber cuántos arrepentimientos esconde, o tratando de camuflar decisiones y actitudes cuyas consecuencias no solo afectaron a quien profirió la frase, sino también –y principalmente- a ajenos y, ¿por qué? no a propios.
¡Claro que me arrepiento, y mucho! No en el sentido de admitir mis pecados y pedir perdón a Dios; al fin y al cabo, poco o nada le debo a Él, que nunca demostró siquiera un poco de pesar –no digo ya de arrepentimiento- por todos sus desmanes.
Me arrepiento sí de muchas cosas. ¿Quién no?
De no haber seguido mis instintos en muchas ocasiones y haberme dejado llevar por lo que hoy sería lo políticamente correcto. Me arrepiento de no haber leído algunos libros, que –arrepentido o no- calculo que no leeré, porque siempre va apareciendo algo más urgente que posterga lo importante, o, vaya uno a saber cómo han variado las prioridades en esa relación biunívoca entre urgencia e importancia.También tengo pesar por no haber hecho muchas cosas que se me cruzaron como oportunidades en la vida, lo que a veces me hace pensar –parafraseando el título del libro del premio Nobel Jacques-Lucien Monod- en el azar y la necesidad. ¿Qué hubiera sido de mí de tomar tal o cual camino?
Hasta uno llega a sentirse un ser importante cavilando en la posible influencia que podría haber tenido de tomar otro derrotero ante ciertas circunstancias, pensando en la posibilidad de convertirse en el disparador de un perturbador efecto mariposa que vaya a saber qué consecuencias hubiera producido sobre la humanidad y su devenir.
Claro que me arrepiento de no haber conversado lo suficiente con un montón de gente, con la que ya no podré hacerlo, y muchas veces también me arrepentí de no ir al encuentro de mi hermano y la muerte, un lejano 24 de diciembre de 1974.
¡Qué vanidoso, disfrazado de humildad y travestida rectitud, es no arrepentirse de nada!
Me arrepiento de alguna trompada que llegó a destino y por supuesto, también me arrepiento de alguna otra que no hiciera lo propio.
En estos tiempos, donde en cuestión de días se nos fue cayendo como un castillo de naipes el mundo que durante décadas creímos sólido, es bueno repasar un poco nuestro andar.
Claro que los arrepentimientos tienen sus contrapartidas, las reafirmaciones, cada vez más volcadas hacia los afectos, que es lo que va quedando después de despojar de todo ropaje el diario vivir.
La ONDA digital llega a su número 1000, a mil semanas de estar presente junto a sus lectores a partir de una propuesta innovadora, casi pionera para la época.
Con Roberto Pereira, uno de los gestores de este hazañoso emprendimiento, nos conocemos hace ya muchos años, y sucesos por demás aciagos –a los que se agregaron las trayectorias de vida-comenzaron a sellar ese afecto al que hacía referencia. A Raúl Legnani, su compañero de aventura, fallecido a fines de 2016, no lo conocí tanto. No fuimos amigos, no tuvimos trato cercano, pero me animo a decir que también fluía ese afecto que hace extrañar al otro cuando no está.
Entonces pues, permítanme celebrar mis afectos junto a los primeros 1000 números de La ONDA digital; en definitiva, de eso se trata la vida.
Por Daniel Feldman
Periodista uruguayo
(Síganos en Twitter y facebook)

(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.