La violencia, la enconada e intestina lucha por el poder, la supervivencia en situaciones extremas, la corrupción y la degradación humana son los cinco principales ejes temáticos de “Gladiador 2”, la secuela de “Gladiador”, la exitosa y multipremiada superproducción del octogenario realizador Ridley Scott, que, en 2001, cosechó cinco premios Oscar, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Actor, galardón que se adjudicó el intérprete neozelandés Russell Crowe, por su visceral y no menos formidable actuación protagónica.
Al igual que en el film precedente, el célebre director vuelve a manipular la historia a su antojo, con el propósito de impactar a las audiencias de todo el planeta e imprimir un nuevo giro a un subgénero que tiene una larga data en el cine de acción y que otrora alcanzó singulares cimas de popularidad con héroes casi siempre musculosos, particularmente inspirados en personajes legendarios como Hércules, Sansón y
Maciste, encarnados por famosos físicoculturistas, como Steve Reeves, padre de Keanu Reeves, Gordon Scott y Victor Mature, entre otros.
Hace casi un cuarto de siglo, cuando hacía bastante tiempo que el cine ambientado en la Roma antigua parecía definitivamente sepultado en el olvido y sólo era objeto de meras apelaciones memoriosas para los nostálgicos, el cineasta británico exhumó los esplendores del pasado, con un producto de plausible calidad cinematográfica, que tomó algunos personales reales de la historia para erigirlos en protagonistas, como el filósofo emperador Marco Aurelio, interpretado por el hoy fallecido Richard Harris, y su hijo, el alineado emperador Cómodo, encarnado por un joven pero ya magistral Joaquin Phoenix , que, con una interpretación realmente memorable, ya anticipaba su cenit artístico. En 2019, logró cosechar el Premio Oscar al Mejor Actor, por su incomparable actuación en “Guasón”.
Empero, en “Gladiador” (2000), que alcanzó recaudaciones récords, salvo los ya mencionados, la mayoría de los personajes son de ficción, entre ellos Máximo Décimo Meridio (Russell Crowe), el general romano devenido esclavo y luego gladiador, que lucha, con su singular valor y destreza, en la arena del Coliseo y se erige en héroe de la plebe que colma las graderías del inmenso escenario, cuyas ruinas, en el presente, aun son visitadas anualmente por millones de turistas. Aunque su deterioro estructural es notorio pese a los esfuerzos de las autoridades por preservarlo, este edificio sigue siendo una suerte de patrimonio de la antigua Roma, donde en el pasado de dirimían combates a muerte para el deleite de una multitud tan enajenada como enfervorizada, integrada por nobles y también por plebeyos.

Así era el culto que le rendían los antiguos romanos a la violencia, en contiendas en las cuales no se respetaba ninguna regla y, además, eran a muerte. Naturalmente, la carne de cañón eran los esclavos, quienes, si se desempeñaban bien en la arena y llegaban a alcanzar la estatura de ídolos de multitudes, podían ser perdonados e incluso lograr su libertad. Todo dependía de la voluntad del emperador, que, en el desenlace de un combate, si alzaba un pulgar hacia arriba podía salvar al gladiador que había sido derrotado y si hacía lo contrario determinaba su muerte.
Ese era el pasatiempo preferido de los romanos, quienes vivían en una sociedad en muchos sentidos paradigmática, con una cultura y un modelo civilizatorio brillante que conservaba destellos de la Grecia antigua, pero con una suerte de seducción por la sangre y por la expansión. No en vano, Roma fue la capital del imperio más poderoso de la antigüedad.
La película abreva de la historia pero particularmente de la ficción, a diferencia de un recordado título del cual sin dudas es tributario, como “La caída del imperio romano” (1964), de Anthony Mann, que sí tiene un singular rigor histórico, más allá de su superlativa calidad artística.
La ya dilatada carrera cinematográfica de Ridley Scott, de más de medio siglo, ha deparado abundantes cortos y más de treinta largometrajes, que alternaron títulos de encomiable factura artística con filmes realmente mediocres y olvidables. Sin embargo, en casi todos los casos, sus producciones han cosechado un resonante éxito de taquilla.
No en vano, la mayoría de los trabajos de Ridley Scott se han caracterizado por apostar fuerte al espectáculo, mediante una formulación visual realmente de excepción, un puntilloso trabajo de montaje, una música sugestiva y diseños de producción de impronta realmente innovadora.
En ese marco, su mayor aporto a la historia del cine en el último tramo del siglo XX y en el amanecer del tercer milenio, son sus películas de ciencia ficción, que alcanzaron su cenit con “Alien, el octavo pasajero” (1979), un impactante relato de terror ambientado a bordo de una claustrofóbica nave espacial, en cuyo marco un grupo de astronautas y científicos deben enfrentarse a una devastadora amenazada alienígena de origen desconocido. Luego, vinieron varias secuelas, pero ninguna de ellas alcanzó la calidad ni el éxito de la original.

El resonante suceso se reiteró apenas tres años después, en 1982, con la impactante “Blade Runer”, un drama de ciencia ficción distópica, que reflexiona sobre el incierto destino del ser humano, en un paisaje de devastación provocado por la contaminación ambiental, en el contexto de una sociedad en la cual los humanos son reemplazados por androides denominados replicantes.
Esta película, que seduce también por su estética, es una suerte de testimonial futurista, que alude a la emergencia de sobrevivir en condiciones adversas y a la creciente deshumanización que ya se advierte en el presente, cuando la inteligencia artificial comienza a invadir nuestra intimidad y, por ejemplo, al concurrir al supermercado pagamos compulsivamente en una caja que funciona por mera tecnología y sin presencia de un humano.
En ese género, que ha sido crucial en la producción del autor británico, se destaca también “Marte” (2015), la odisea de un astronauta abandonado en un planeta realmente inhóspito.
El realizador aportó también otros dos significativos títulos al exitoso y siempre seductor género de ciencia ficción, como “Prometheus” (2012) y “Alien: Covenent” (2017), que no alcanzaron la relevancia ni la calidad de sus films precedentes.
Empero, la intrínseca versatilidad de Ridley Scott también aportó películas memorables en el género histórico impregnadas en algunos casos de ficción, como “Los duelistas” (1977), tal vez uno de sus mejores trabajos cinematográficos, “1942: la conquista del paraíso” (1992), “Éxodo, dioses y reyes” (2014), “Cruzada” (2015), “El último duelo” (2021), la espectacular “Gladiador” (2000) y “Napoleón” (2023).
Naturalmente, es muy conocida su incursión en el cine policial, con tres destacados films, como “Lluvia negra” (1989), “Gánster americano” (2007) y, naturalmente, “Thelma y Louise” (1991), un intenso alegato feminista con formato de intriga, que es, sin dudas, otro de los grandes logros de la extensa filmografía de Scott, quien ha sabido siempre fabricar productos de alto consumo, en una carrera despareja, pero siempre caracterizada por el éxito. En efecto, su cine siempre llena el ojo, particularmente en de los cinéfilos no demasiado exigentes, adeptos a las emociones fuertes y a los envases visuales lujosos.
En esa línea está precisamente “Napoleón”, sin dudas una de sus producciones más ambiciosas, que recrea un tramo crucial de la historia del emperador francés Napoleón Bonaparte, con la espectacularidad habitual en la filmografía del octogenario cineasta. Esta película, que era aguardada con singular expectativa, resultó a la postre un auténtico fiasco, por sus errores u horrores históricos, tal vez voluntarios, y la absoluta falta de identificación del gran actor Joaquin Phoenix con el personaje.
Casi medio siglo después del estreno de “Gladiador”, Ridley Scott volvió a apostar a la fórmula mágica del éxito, con “Gladiador 2”, que es algo más que una mera secuela pero está bastante distante de las excelencias que deparó el film original.
Esta también es la historia de un guerrero llamado Hanno (Paul Mescal), que es tomado prisionero por los romanos luego de una espectacular batalla en Numidia, un antiguo reino bereber que en la antigüedad estaba situado en el Norte de África. En esta secuencia inicial, Scott corrobora nuevamente toda su pericia para componer imágenes de singular belleza plástica, mixturando el arte cinematográfico con la tecnología digital.
Loa cierto es que este joven, que en el pasado fue un noble romano, es derrota por el ejército comandado por el general Acacio (Pedro Pascal) y tomado como prisionero y, obviamente, como esclavo. Su destino, al igual que en el caso del traicionado héroe de la primera parte de esta breve saga, es la arena del Coliseo, donde deberá demostrar que tiene el suficiente valor para derrotar a sus enemigos y para sobrevivir.
Por supuesto, en los preparativos corrobora que se trata de un combatiente temible, que no teme enfrentar a adversarios que a priori parecen ser más fuertes e incluso morder a un gigantesco simio salvaje. Esta furia, que tiene mucho de venganza anticipada ya que este joven perdió a su esposa durante la batalla que inaugura el relato, despierta el interés de Macrino (Denzel Washington), un experto caza talentos en el arte del combate, que, al igual que el personaje interpretado por Oliver Reed en “Gladiador”, recluta recursos humanos para organizar sangrientos espectáculos en el Coliseo.
Por supuesto, al igual que en la película precedente, también en esta narración se aprecia claramente una Roma corrupta hasta los cimientos, gobernada, en este caso, no por un emperador sino por dos, que son hermanos mellizos, quienes lucen, obviamente a propósito, como sumamente caricaturescos. En realidad, jamás dos mellizos ocuparon el trono de la Roma antigua, aunque el no menos demente emperador Calígula tenía un hermano con quien debía compartir el poder. Sin embargo, lo mató. Tal vez esta fue la fuente de inspiración de Scott.
Otro personaje, que no es nada marginal, es el de Lucila (Connie Nielsen), que en la primera entrega es la hija de Marco Aurelio, la hermana del demente Cómodo y la amante de Máximo, quien busca obsesivamente a su hijo desaparecido. Obviamente, el futuro le deparará una sorpresa agradable, que, por razones obvias, nos abstendremos de revelar.
En ese contexto, la película transcurre a través de dos carriles casi paralelos: las masacres que se perpetran en el Coliseo y las intrigas palaciegas, que tienen como protagonistas a los dos emperadores, al hábil captador de esclavos y gladiadores, quien también juega su propio papel en la política, y a la infortunada Lucila, que está radicalmente devastada luego de la muerte de su amor Máximo, quien en la primera parte se bate a duelo con el emperador Cómodo. El desenlace, para quienes no la vieron, es una suerte de tragedia griega en la que los dos mueren.
De todos modos, nuevamente la apuesta fuerte es al espectáculo, a la acción y a la sangre, con algunos absurdos, como la irrupción de rinocerontes en el Coliseo y hasta la aparición de tiburones, que nadan en grandes piscinas producto de la inundación deliberada de este monumental estadio.
Todo es sangre y abundante hemoglobina que, por momentos parece salpicar a la propia audiencia que ocupa las butacas de la sala cinematográfica, ya que esta película está impregnada de una dosis superlativa de realismo. En ese marco, como en “Gladiador”, abundan las cabezas cortadas y los cuerpos mutilados, mientras en la corte de los ridículos emperadores mellizos se está tramando una conjura, destinada a derrocar a uno de ellos o a los dos. Obviamente, hay múltiples ajustes de cuentas y cuando todo parece terminar, una nueva traición cambia radicalmente el curso de la historia.
Si bien la película entretiene, porque su primordial disparador es la acción, por momentos su estructura narrativa padece algunas disfuncionalidades. Incluso, tanto algunos personajes como situaciones no parecen demasiado verosímiles, aunque, en el caso de los emperadores, hay una clara apuesta al ridículo y hasta a la acidez satírica, porque el imperio romano, otrora esplendoroso, ha ingresado en una irreversible fase terminal de decadencia.

Naturalmente, son permanentes las apelaciones a “Gladiador” y a sus personajes, Máximo, Lucila, Cómodo y hasta Marco Antonio, aunque es obvio que, para entender el contexto del tema, resultaría pertinente haber visto la película original.
Si bien el ritmo de la acción es casi siempre vertiginoso y trepidante, si en algo adolece esta película es en la fase interpretativa, que realmente deja mucho que desear, En efecto, sólo podemos rescatar a Denzel Washington, quien encarna a un personaje perverso, desfachatado e intrigante pero no menos sanguinario, con su acostumbrada brillantez.
Empero, “Gladiador 2” es igualmente un pasatiempo plausible, que corrobora, una vez más, el reconocido oficio y talento de Ridley Scott para construir relatos de sesgo y estética realmente espectaculares, aunque la historia real esté ausente. Sin embargo, lo que no está ausente es la sangre, las luchas cuerpo a cuerpo, la traición y, naturalmente la enconada lucha por el poder, que está intrínsecamente ligada a la peripecia real de la Roma imperial, en un largometraje que, a diferencia del film original, tiene final feliz.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Gladiador II (Gladiator II) Estados Unidos-Reino Unido 2024). Dirección: Ridley Scott. Guion: Peter Craig y David Scarpa. Fotografía: John Mathieson. Música: Harry Gregson-Williams. Edición: Claire Simpson y Sam Restivo. Reparto: Paul Mescal, Denzel Washington, Pedro Pascal, Connie Nielsen, Joseph Quinn, Fred Hechinger.
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