“Nuremberg: el juicio del siglo”: La barbarie sin remordimientos

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 La barbarie sin culpa ni remordimientos, el fanatismo mesiánico, las patologías emocionales, la violencia, el racismo y la justicia son los seis potentes núcleos de “Nuremberg: el juicio del siglo”, el testimonial largometraje del realizador estadounidense James Vanderbilt, que indaga, mediante una mirada que mixtura lo psicológico con judicial, en las atrocidades perpetradas por los nazis, desde la inauguración de la dictadura liderada por el alienado Adolf Hitler hasta la derrota militar y la caída de Berlín, cuando las últimas tropas alemanas se rindieron ante el ejército soviético en 1945.

Contrariamente a lo que sucede en magistrales películas de la talla de “La lista Schindler”, de Steven Spielberg, “El pianista”, de Roman Polanski e incluso la formidable “Zona de interés”, de  Jonathan Glazer, esta película no está ambientada en atestados campos de concentración y extermino, sino en los tribunales de Nuremberg, que juzgaron los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los nazis. De todos modos, el film muestra algunas imágenes documentales realmente desgarradoras.

El tema central de este excelente largometraje de fina caligrafía cinematográfica y singular dimensión dramática y reflexiva, es nada menos que la banalidad del mal. En tal sentido, aunque no se explicite, es inevitable la alusión a la obra de la filósofa y teórica política alemana Hannh Arendt, quien elaboró su trabajo en base a los testimonios recabados en el juicio realizado en 1961 en Israel para la revista The New Yorker de la cual era corresponsal, contra el criminal nazi Adolf Eichmann, quien fue condenado y ajusticiado.

Este contundente testimonio permite asomarse a la verdadera naturaleza de la barbarie, plasmada en documentos y actas del denominado juicio del siglo, que logró probar la culpabilidad de militares alemanes, que luego fueron ejecutados en la horca.

Aunque este acto de justicia no logró minimizar los asesinatos en masa ni el daño infligido a millones de víctimas, igualmente sentó un crucial precedente en torno al castigo que se aplicó a los autores de tan aberrantes crímenes contra la humanidad.

Obviamente, sería deseable que también otros criminales, como el presidente norteamericano Harry S. Truman, que ordenó los holocaustos nucleares de Hiroshima y Nagazaki, y algunos genocidas del presente, como el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, sean también juzgados por tribunales internacionales por las carnicerías perpetradas contra poblaciones civiles.

En efecto, esta es una película sobre nazis, pero sin cuarteles, armas, escenas de combate ni muertos, salvo los que se visualizan en los registros documentales de los campos de exterminio que fueron tomados por los aliados en el epílogo de la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, este relato, que mixtura la historia con la ficción, se dirime, salvo excepciones, dentro de cuatro paredes, en la cárcel de alta seguridad en la cual estaban recluidos estos monstruos y en el recinto donde deliberó y emitió sus sentencias el tribunal.

Estas escenografías de espacios acotados y rigurosamente vigilados colmados de celdas de alta seguridad, confiere a la película una atmósfera realmente claustrofóbica, generando una pesada sensación de falta de aire incluso al eventual espectador.

Así es realmente este film que no es un mero exponente del subgénero de cine de tribunales, sino una mirada diferente sobre un acontecimiento que conmovió profundamente al planeta y movilizó decenas de medios de prensa, en un época en la cual no prevalecía como sí prevalece hoy la imagen, sino el material escrito y registrado en notas de prensa elaboradas por los corresponsales de las agendas noticiosas.  Durante casi un año, desde el 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946, las actuaciones judiciales generaron ríos de tinta, lo cual originaba fundadas expectativas en torno al desenlace.

A diferencia de “El juicio de Nuremberg” (1961), del realizador Stanley Kramer, que se enfocaba más en la órbita judicial, esta película, inspirada en el libro “El nazi y el psiquiatra”, del autor y periodista estadounidense Jack El-Hai, analiza el vínculo entre los criminales y el teniente coronel y psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek), a quien se encargó el trabajo de analizar las condiciones psicológicas de los presos que deberían transformarse en un insumo crucial para el juicio. Desde ese punto de vista, el abordaje es radicalmente diferente, en la medida que sitúa a los criminales como humanos aunque hayan perpetrado actos inhumanos y de dudosa racionalidad.

Al respecto, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, que era judío y se exilió en Londres en 1938 para escapar a la persecución y casi seguramente a la muerte, consideraba al nazismo como una forma de barbarie, destructividad irracional y una manifestación del odio antisemita arraigado en la cultura alemanaAl respecto, calificaba a los nazis como una amenaza mortal que buscaba destruir el pensamiento libre. Desde el ángulo científico, Freud tipificaba a esta alienada corriente de pensamiento como la manifestación de la pulsión de muerte en tanto fuerza destructiva inspirada únicamente en el odio.

Aunque en ningún momento se aclara si el psiquiatra siguió las enseñanzas de Freud para encarar la tarea encomendada, la complejidad de su trabajo queda explicitada en las visitas a los prisioneros en sus celdas de reclusión, donde abundan los arranques de histeria y pánico por el fatal desenlace que todos ellos intuían, porque eran plenamente conscientes que les sería casi imposible demostrar su presunta inocencia.

En casi todos los casos, la soberbia de la raza aria presuntamente elegida para gobernar al mundo, se derrumba estrepitosamente ante la inminencia de la muerte, ese terrible fantasma con el cual convivieron, aunque las víctimas no eran ellos, sino una multitud de judíos que fueron asesinados sin piedad, mediante golpes, fusilamientos en masa y la tan temida cámara de gas.

Ahora, finalmente les había llegado la hora de ser juzgados por sus crímenes, ascender las escaleras del patíbulo y enfrentar al verdugo, antes de padecer una muerte tan lenta como horrenda con la soga al cuello, la compresión de los vasos sanguíneos y la ulterior obstrucción del flujo de oxígeno y sangre. En el momento del apretón, sus esfínteres se abrirían y se orinarían, aunque ya no experimentarían casi dolor ni padecimiento. Estos criminales sabían bien lo que es la horca, porque aplicaron ese método de exterminio con miles de infortunadas víctimas.

Empero, el relato se centra primordialmente en el vínculo entre el médico y Hermann Göring (Russel Crowe), el creador de la temible Gestapo y primero en la línea de sucesión de Adolf Hitler. Fue el militar más prominente que capturaron los aliados cuando invadieron y tomaron posiciones en la derrotada Alemania. Obviamente, era una suerte de botín de guerra, tal vez incluso envidiado por el ejército ruso, que fue el primero en entrar a Berlín, luego de haber aniquilado a la última línea de defensa del oprobioso régimen.

Las consultas o bien entrevistas entre el profesional y el preso constituyen, sin dudas, el corazón de este película, porque son, en definitiva, una suerte de duelo de caracteres e inteligencia, en cuyo contexto el médico militar procura extraer información, pero también determinar si su paciente padece conductas patológicas, En tanto, el criminal apuesta primordialmente a la manipulación, inicialmente mediante evasivas y luego a través de un discurso deliberadamente enrevesado, con el cual procura desconcertar al, psiquiatra. No en vano, en los primeros encuentros el médico concurre a las consultas en compañía de un intérprete, en la hipótesis que el prisionero no habla inglés. Sin embargo, no es así. El propósito del reo es ganar tiempo hasta construir una estrategia que le permita tomar el control de los diálogos y no aportar más información que la necesaria, a los efectos de encubrir su culpabilidad y su grave responsabilidad en la comisión de numerosos crímenes de lesa humanidad.

Estos coloquios ponen frente a frente a dos grandes actores ganadores de sendos premios Oscar, como lo son Rami Malek y 

Russel Crowe, dueños de un singular histrionismo y una superlativa capacidad interpretativa para transformarse en auténticos imanes que concitan la masiva atención de las cinéfilas audiencias. Hay, en estas consultas, que son auténticas pesquisas, una suerte de fino ajedrez entre dos personas de superlativa sagacidad, uno de ellos, el médico militar, para indagar y desnudar la carne misma de la verdad y el otro para ocultarla y soterrarla hasta diluirla totalmente. En efecto, a diferencia de los nazis, que obtenían información a través de salvajes torturas, este psiquiatra debe apelar a toda su persuasión, con el propósito de obtener una suerte de confesión anticipada. Sin embargo, en el devenir de estos encuentros, que no soslayan incluso técnicas propias del psicoanálisis freudiano, se sumerge en el complejo laberinto psíquico de un criminal de inspiración mesiánica. Se trata de una persona convencida que todos los crímenes que cometió estaban justificados, aunque no parece estar dispuesto a asumir las consecuencias penales. Incluso, aunque resulte sorprendente y su propia condición de acusado y condenado demuestro lo contrario, afirma que no será ejecutado.

El psiquiatra, que se siente más médico que militar, guarda bajo llave el secreto profesional, pese a la permanente presión de los mandos castrenses que le exigen información de calidad. Sin embargo, se excusa bajo la premisa que es médico y no espía.

Esa actitud le genera más de un enfrentamiento e incluso le granjea la desconfianza de sus superiores jerárquicos, que parecen intuir una suerte de complicidad con el paciente. En realidad, ha desarrollado una suerte de fascinación, tanto con la persona como con el personaje, que son realmente indivisibles. Incluso, para ganarse su confianza hasta juega partidas de cartas con el nazi, en un nivel de cercanía que se aproxima mucho a la amistad.

Por supuesto, cuida diligentemente su salud cuando el preso padece ataques de asma, aunque no hay evidencias que este criminal padeciera esa patología, pero sí que consumía morfina para aplacar los dolores originados por una herida de guerra.

Obviamente, como los aliados aspiraban a que los prisioneros llegaran vivos al juicio, se habían adoptado precauciones para evitar eventuales suicidios, que, en caso de consumarse, supondrían una suerte de fracaso para los acusadores.

El otro personaje protagónico de esta película es el fiscal Robert H. Jackson (Michael Shannon), quien se debate en dilemas éticos, ya que es un jurista muy estricto que antepone la presunción de inocencia, aunque sabe, a ciencia cierta, que los acusados son criminales de la peor laya y que existen absoluta certeza que perpetraron los graves delitos que se les imputan. Sin embargo, se asegura que los reos gocen de las garantías del debido proceso y se opone a que sean ejecutados sin un juicio. Por supuesto, su casuística y sentido de responsabilidad colisiona con la voluntad de los aliados, particularmente, los norteamericanos, de hacer justicia sin más trámite. Este personaje es parte de este ajedrez de tres, en el cual dos personas buscan la verdad y otra pretende ocultarla, en una suerte de duelo dialéctico en el cual está en juego nada menos que la vida, por más que los acusados jamás respetaron ese derecho en sus víctimas.

¿Cuáles son los límites entre el castigo y la justicia? Esa parece ser la interrogante que se formula a sí mismo el jurista, que enfrenta actualmente el mayor desafío de su carrera profesional, en su aspiración de erigirse en el presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos, la cúpula del sistema judicial de su país.

Este espinoso juicio, de cuyo desenlace están pendientes millones de personas en todo el planeta, puede ser su gran trampolín hacia la máxima magistratura o bien terminar en estrepitoso fracaso.

El jurista sabe bien que las audiencias serán una suerte de rounds de boxeo, en cuyo transcurso debe evitar los golpes de su adversario y tratar de asestar un recto al mentón  para noquearlo y, consecuentemente, condenarlo a la horca. Quiere conserva su dignidad, pero sin exponerse al escarnio o a la sospecha.

Será un fiscal que actuará ante un tribunal integrado por jueces, pero que también habrá decenas y tal vez miles de jueces, entre las víctimas que sobrevivieron al cadalso, los familiares de los asesinados y otros muchos damnificados.

“Nuremberg: el juicio del siglo” es bastante más que un mero film de tribunales como tantos otros de este subgénero. Es una auténtica guerra psicológica que se dirime entre un criminal, un médico y un jurista, que fascina y apasiona, aunque el desenlace ya sea muy bien conocido, porque es parte de la historia.

James Vanderbilt teje con sabiduría la madeja argumental de una película que destaca por su honda intensidad dramática, que alterna las enmarañadas consultas psiquiátricas con las tensas audiencias en el tribunal y hasta el sonar de una estridente alarma que advierte en torno al riesgo que los acusados terminen con su vida antes de ser condenados y ajusticiados. Se trata de una película testimonial, que reflexiona en torno al odio de génesis mesiánica, la violencia, la culpa no admitida y hasta el sentido de justicia. En tal sentido, el cineasta lograr instalar una atmósfera que sobresale por su extrema densidad, en un largometraje bien narrado y que posee un libreto inteligente y dos actuaciones protagonistas de singular enjundia y lucimiento. 

Aterrizando el tema en el presente, es pertinente consignar que los Juicios de Nuremberg establecieron jurisprudencia sobre los delitos de lesa humanidad hace ochenta años. Por ende, carecen de validez los argumentos de los abogados defensores de los criminales de la dictadura uruguaya, en torno a que sus delitos no podrían ser juzgados porque el derecho uruguayo incorporó esta figura delictiva recién en 2006.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA
Núremberg: el juicio del siglo (Nuremberg). Estados Unidos, Hungría/2025). Dirección: James Vanderbilt. Guión: James Vanderbilt. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Brian Tyler. Edición: Tom Eagles. Reparto: Rami Malek, Russell Crowe, Michael Shannon, Leo Woodall, John Slattery, Richard E. Grant, Colin Hanks, Wrenn Schmidt, Andreas Pietschmann, Lotte Verbeek, Lydia Peckham y Dieter Riesle.

 

 

 

 

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