El demoledor agobio de la culpa, la pérdida, el devenir del tiempo, la tragedia de la muerte, el misticismo agnóstico y la rediviva recuperación de lo esperanza del reencuentro con lo amado través de la intransferible herramienta emocional del deseo, son los cinco pilares temáticos de “Solaris” (1972), el formidable clásico soviético de ciencia ficción del eminente maestro ruso Andréi Tarkovski, de oportuno reestreno en función única en el complejo de Cinemateca Uruguaya, en homenaje a los 65 años del primer vuelo tripulado en
torno a al planeta Tierra, comandado por el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, el 12 de abril de 1961.
La exhibición fue con entrada libre para todo público y con el auspicio de la embajada de la Federación Rusa en Uruguay, Para mí, que pude apreciar por primera vez esta obra maestra hace 54 años, cuando aún era un adolescente, fue una experiencia realmente regocijante y un reencuentro con un creador mayor y un auténtico referente de la cinematografía universal.
El vuelo de Gagarin, a bordo del Sputnik, fue la primera travesía del ser humano en el espacio exterior, lo cual para la época constituyó una suerte de proeza que quedó en la historia y un auténtico desafío a Estados Unidos, que recién, diez meses después, concretamente el 20 de febrero de 1962, puso en órbita al astronauta John Glenn, quien lideró una misión similar.
Por entonces, eran tiempos de Guerra Fría y de confrontación planetaria entre las dos potencias hegemónicas: Estados Unidos, que lideró el bloque capitalista, y la Unión Soviética que a su vez lideró el bloque socialista. Ese ajedrez geopolítico tuvo su correlato también en el campo de la ciencia, con la carrera espacial, que en este momento tenía un alto valor no sólo meramente científico, sino también ideológico.

Mientras tanto, ambos contendientes desarrollaban también la carrera armamentista en su expresión más estremecedora: la nuclear, que tuvo su episodio más inquietante en 1962 con la denominada Crisis de los Misiles, que enfrentó a Estados Unidos con la URSS cuando la potencia socialista instaló rampas de lanzamiento de proyectiles balísticos en la costa de la Cuba revolucionaria, a apenas 150 kilómetros de Miami. Luego de tensas negociaciones entre el Kremlin y la Casa Blanca, los soviéticos retiraron el armamento y se inauguró el denominado “teléfono rojo” entre el por entonces presidente norteamericano John Kennedy y el gobernante ruso Nikita Jrushchov. Nunca antes se estuvo tan cerca de la Tercera Guerra Mundial, aunque la contemporánea alienación del emperador yanqui Donald Trump puede, con su prepotencia e irresponsabilidad, alentar un conflicto bélico global en el presente.
Diez años después de este hito, que mantuvo en vilo a la población del planeta, ante el temor de una guerra nuclear de destrucción masiva, se estrenó precisamente “Solaris”, una obra maestra de exquisita caligrafía estética y de honda profundidad psicológica, que muchos críticos consideraron como el contrapunto a la no menos formidable “”2001 Odiseo en el espacio” (1968), del maestro Stanley Kubrick, y también parte del juego político de la Guerra Fría.
Sin embargo, aunque ambos films son de cienciaficción, tienen más diferencias que analogías. Mientras la película de Kubrick , basada en la novela homónima de Arthur Clarke, narra una misión tripulada a Júpiter, en busca de señales de la presunta existencia de extraterrestres detectadas en La Luna y hasta esboza una hipótesis en torno a la inmortalidad del alma típica de creencias cristianas, la obra de Tarkovski, que se inspira en la novela del escritor polaco Stanisław Lem, indaga en torno a un planeta ficticio bautizado precisamente Solaris, que tiene la cualidad de materializar los deseos de quienes lo exploran. Sin embargo, el abordaje es bastante más científico, psicológico y filosófico que la obra de Kubrick y absolutamente despojado de religiosidad, aunque no de espiritualidad.
“Solaris” fue el tercero de los siete largometrajes de Tarkovski, cuya breve pero portentosa filmografía incluyen también otros recordados títulos como “La infancia de Iván” (1962), “Andrés Rublev” (1966), “Nostalgia” (1983), “El sacrificio” (1986), “El espejo” (1975) y “La zona” (1979).

El estilo del cineasta ruso Andréi Tarkovski se caracteriza por ser contemplativo, poético y espiritual y prioriza lo temporal, construyendo una atmósfera tan densa como compleja. En tal sentido, su narrativa es lineal y utiliza elementos como el agua, el fuego, la naturaleza y la memoria para crear una experiencia inmersiva, a menudo con un trazo onírico y profundo. Desde el punto de vista técnico, abundan los planos secuencias y las pausas, acorde con la morosidad de las propuestas.
Aunque toda su producción es de excelsa calidad, tanto en materia visual como reflexiva, “Solaris” destaca nítidamente como una joyita de extraordinaria textura, que propone múltiples lecturas existenciales y contrasta la inasequible inmensidad del territorio del conocimiento con las limitadas capacidades intelectuales del ser humano para abarcarlo y sumergirse en nuevas experiencias de descubrimiento.
Aunque casi toda la historia transcurre a bordo de una estación espacial que orbita el planeta Solaris, tanto al comienzo como al final afloran imágenes de singular belleza ambientadas en paisajes esplendorosas, como una suerte de contraste entre la naturaleza y la tecnológica claustrofobia que reina en un ambiente cerrado a cal y canto, donde los tripulantes casi no hablan con el protagonista, ya que su presencia les genera desconfianza.
¿Hay alguna semejanza entre este cuadro y el de los dos astronautas de “2001 Odisea en el espacio”? Realmente muy pocas, ya que en el film de Kubrick los dos tripulantes se movían incesantemente e incluso flotaban en el espacio exterior y, en esta película permanecen todo el tiempo en ambientes cerrados e incluso encerrados en sí mismos e impactados por el ministerio que están investigando, más allá que realmente lo logren.

El protagonista de este relato denso y de extrema complejidad es el psicólogo Kris Kelvin (Donatas Banionis), quien es enviado por el gobierno soviético al espacio, a los efectos que este evalúe la necesidad o no que una estación espacial instalada en la órbita del planeta Solaris deba seguir funcionando. Por supuesto, también se le encarga pesquisar la salud emocional y la conducta psicológica de la tripulación, que da cuenta de algunos sucesos extraños y bastante incomprensibles.
Antes de emprender viaje, el profesional pasa un tiempo en la casa de campo de su anciano padre (Nikolai Grinko) y con el piloto retirado Berton (Vladislav Dvorzhetsky), que en su oportunidad fue parte de una misión a “Solaris”, pero fue relevado cuando afirmó haber visto a un niño de cuatro metros de alto sobre la superficie líquida del planeta. Aunque inicialmente su testimonio fue calificado como una mera alucinación, esa hipótesis luego se diluyó cuando los restantes tripulantes de la nave confesaron que habían percibido fenómenos similares. En ese contexto, el núcleo de la investigación que debe emprender el psicólogo es precisamente el cuadro emocional de los actuales protagonistas de la misión.
Sorprendentemente, el hombre no es bienvenido en la estación espacial, donde se entera de la muerte por suicidio de su amigo y compañero de equipo, el Doctor Gibarian (Sos Sargsyan). El fallecido le dejó un video mensaje de despedida, en el cual, visiblemente alterado, le advierte en torno a los riesgos que corren los integrantes de la tripulación. En ese contexto, los únicos dos sobrevivientes son Snaut y Sartorius, quienes manifiestan su molestia por la presencia del psicólogo y no parecen dispuestos a colaborar con la investigación.
Incluso, el profesional cree ver a otras personas que no integran el equipo de la misión y, por ende, no están presentes. Sin embargo, percibe claramente la presencia de estos seres humanos. La pregunta que surge nítidamente, es si el hombre también está experimentando alucinaciones o sucede algo extraño. Aunque el relato no lo explique, porque el propósito de la película no es plantear certezas sino incertidumbres, estas visiones se pueden atribuir claramente a los denominados portales dimensionales.
Nacidos de teorías esotéricos o de ciencia ficción, los portales se definen como aperturas o pasajes en el espacio-tiempo que conectan diferentes dimensiones, realidades o lugares distantes. Se describen comúnmente como vórtices de energía, luz o puertas físicas que permiten el transporte de seres, información o energía entre mundos. Tal vez sean los también ficticios universos paralelos o multiversos, engendrados también por la imaginación humana, que sugieren la existencia de múltiples universos simultáneos e independientes, incluyendo el nuestro.
Todas estas apreciaciones son meras conjeturas que pueden ser pertinentes al analizar esta película sin dudas muy compleja, que yo visioné por primera vez el año de su estreno, cuando estaba recién abandonando la adolescencia, pero ya ostentaba un bagaje de conocimiento cinematográfico considerable, porque soy un cinéfilo de toda la vida.
El realizador apela a otros recursos, que son de impronta bien freudiana, cuando el protagonista encuentra en su dormitorio a Hari (Natalia Bondarchuk), quien otrora fue su esposa. Empero, esta mujer está fallecida. Sin embargo, no se presenta como un mero holograma o bien como un fantasma, sino como un ser humano corpóreo que puede tocado, abrazado y besado y que manifiesta hasta sentimientos. Puede ser una visión meramente onírica. Sin embargo, es sumamente real.
Este fenómeno se origina presuntamente en la influencia de este planeta líquido y de perfiles ondulados, que nada tiene que ver con la teoría de la sociedad líquida del eminente filósofo polaco Zygmunt Bauman, pero tal vez sí con la “Interpretación de los sueños”, del padre del psicoanálisis austríaco Sigmund Freud, una herramienta científica que el sabio empleó para explorar el inconsciente, revelando emociones, deseos reprimidos y conflictos internos. Se basa en analizar símbolos personales y emociones, a menudo usando la “asociación libre” para descubrir significados ocultos (contenido latente) detrás de las imágenes absurdas del sueño (contenido manifiesto).
Partiendo de la tesis que los sueños serían expresiones del deseo, esta razonamiento puede ser aplicado a la experiencia del protagonista de “Solaris”, fuertemente influida por el océano líquido, que es una suerte de espejo cósmico que refleja y materializa los miedos, la culpa, los recuerdos y el amor reprimido de quienes intentan estudiarlo. Incluso, cuando el psicólogo coloca a su rediviva amada en una nave que lanza al espacio exterior, la mujer regresa, porque, en realidad, es una representación de lo que desea el hombre.

Lo cierto es que la esposa de Kris Kelvin se suicidó. No en vano, cuando queda sola se hiere a sí misma, aunque las heridas luego desaparecen. Este detalle no es para nada menor. Evidentemente, en el profesional subyace inconscientemente la culpa, que para la psicología es una emoción compleja y es muy difícil despojarse de ella, aun en el decurso de una terapia destinada a restañar esta herida profunda.
Snut, uno de los tripulantes que están a bordo de la estación, atribuye este fenómeno a una serie de experimentos nucleares ilegales que fueron practicados por científicos, con el objetivo de desentrañar los enigmáticos secretos de este extraño planeta, que, si bien no tiene vida, parece sí tener conciencia.
Esta magistral película, cuya trama argumental no tiene ninguna relación con la de la no menos formidable “2001 Odisea en el espacio”, guarda, sin embargo, una relevante analogía con el memorable opus de Stanley Kubrick: el final, que, en ambos casos, aterriza, en sentido simbólico, en los respectivos orígenes de los protagonistas. Por supuesto, todo transcurre en un universo multidimensional, aunque en “2001 Odisea del espacio” el tiempo parece ser real, ya que el protagonista envejece, y, en “Solaris”, el tiempo parece haberse detenido. Obviamente, la analogía es la búsqueda de la recuperación del primer apego afectivo.
La imagen del epilogo de esta formidable película –de exuberante belleza estética y con la mágica sonoridad de la música del genial compositor alemán Juan Sebastián Bach como telón de fondo- imbrica a la ciencia con la naturaleza, en un paisaje inicialmente soleado y luego lluvioso, que parece exudar profunda emoción y superlativa espiritualidad.
Se trata, sin dudas, de una magistral parábola artística de impronta eminentemente existencialista, que nos desafía a reflexionar en torno a los más inextricables dilemas del homo sapiens, más allá de los meros parámetros de lo racional.

El reestreno de “Solaris” por parte de Cinemateca Uruguaya supuso todo un acontecimiento cultural, por tratarse de una obra sin dudas emblemática, que no desafía intelectualmente a reflexionar sobre el sentido de la vida, la muerte, la culpa, los deseos reprimidos y la desolación interior. Nuevamente, como cuando éramos apenas adolescentes, tuvimos la oportunidad de paladear el arte y la fina sensibilidad de un creador mayor como Andréi Tarkovski, quien, con una producción de apenas ocho títulos, logró erigirse en un autor de culto y en una suerte de paradigma para quienes amamos el cine de calidad. En tal sentido, el efímero aterrizaje de “Solaris” en la pantalla grande de un complejo exhibidor montevideano de primer nivel fue una suerte de bocanada de oxígeno, en una cartelera plagada de productos meramente gastronómicos y pasatistas y de baja calidad artística.
Como se recordará, en 2002, se estrenó una remake norteamericana de “Solaris”, dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por George Clooney, que, aunque es un film prolijamente realizado, bien narrado y hasta atractivo, está a años luz de alcanzar el esplendor de la película original.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Solaris. Unión Soviética 1972. Dirección: Andréi Tarkovski.
Guión: Andrei Tarkovski y Fridrikh Gorenshteyn.
Producción: Viacheslav Tarasov (Mosfilm). Montaje: Lyudmila Feygonova y Nina Marcus. Fotografía: Vadim Yúsov (a color y blanco y negro). Música: Eduard Artémiev.Reparto: Donatas Banionis, Natalya Bondarchuk, Jüri Järvet y Anatoliy Solonitsyn.
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