“Gracias por operar con nuestro banco”: La lucha por la igualdad de género

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La guerra como una amenaza latente, el fanatismo religioso, el modelo patriarcal a ultranza, la lucha por la igualdad de género y los conflictos familiares son los cinco pilares que sustentan “Gracias por operar con nuestro banco”, la comedia dramática de la realizadora palestina Laila Abbas, licenciada en cine en Jordania, que indaga en conflictos que poco tienen que ver con su flagelado país, recurrentemente ultrajado y agredido por Israel.

Tal vez uno de los aspectos que no debe pasarse por alto es que este largometraje está ambientado en Ramala, que, aunque es la capital de la denominada Autoridad Palestina, está en Cisjordania, región palestina ocupada ilegalmente por Israel desde la Guerra de los Seis Días de 1967. En ese contexto, el estado hebrero administra el territorio bajo la ley marcial, pero, lo más grave, es que ha establecido numerosos asentamientos y se propone anexar el territorio, en fragante violación de varias resoluciones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas.

Según se estima, el estado hebreo ha construido alrededor de 160 asentamientos que albergan a unos 700.000 judíos en Cisjordania y Jerusalén Oriental, desde 1967, que son considerados ilegales por la ONU. Obviamente, como Estados Unidos ha vetado recurrentemente todos los pronunciamientos de la mayoría de la comunidad internacional que reclaman a Israel el retiro de los territorios ocupados, la situación permanente incambiada.

Este es, más allá de la grave sangría perpetrada por el estado judío en la Franja de Gaza, el núcleo del conflicto entre Israel y los palestinos, que luchan, desde hace casi ochenta años, por su derecho a un estado y a su autodeterminación.

En realidad, más allá de la dramática incursión de la organización Hamás del 7 de octubre de 2023 en pleno territorio israelí, que originó una furibunda réplica genocida, la génesis del conflicto es en realidad la intención de Israel de impedir, cueste lo que cueste, la creación de un estado palestino y la ocupación, desde hace 58 años, de Cisjordania, Jerusalén Este, que es considero territorio en disputa y las alturas del Golán, en Siria.

La situación de Cisjordania fue denunciada por el realizador palestino Hamdan Ballai, en su formidable documental “No other land”, que en su traducción al castellano significa “No hay otra casa”, que fue galardonado con el Oscar al Mejor Largometraje Documental en 2025, el cual condena, mediante imágenes rodadas en tiempo real, la expropiación compulsiva del territorio cisjordano por parte de Israel, que suele expulsar a los pobladores de sus tierras, destruir sus viviendas y construir complejos habitacionales para colonos judíos.

Por supuesto, esta es la dramática situación de Cisjordania, que está siendo anexada desde hace casi sesenta años por Israel, que afronta un grave problema demográfico, porque tiene nueve millones de habitantes y una territorio que apenas supera los 22.000 kilómetros cuadrados, poco más de la cuarta parte de la superficie territorial de nuestro país. Es decir, para el estado judío el problema es geopolítico y también de espacio vital, aunque los territorios bajo su control en Palestina siguen siendo ocupados ilegalmente, lo cual genera, naturalmente, un estado de tensión y violencia que ha trascendido ya a casi tres generaciones, porque miles de palestinos han nacido y crecido con su nación ocupada bajo control extranjero.

Empero, en esta película, el conflicto palestino israelí no es un tema central sino marginal, porque sólo de insinúa en un par de escenas o en diálogos entre los protagonistas. Por supuesto, no hay secuencias de guerra, ni bombarderos, ni construcciones destruidas, ni muertos, porque el curso narrativo discurre a través de otros canales, que ponen su énfasis en los conflictos de la convivencia y particularmente en las creencias.

No en vano, como otras naciones o países de la región más violente y agitada del planeta, en este caso prevalece la religión islámica, con todas las rémoras subyacentes de un modelo patriarcal que reserva al hombre el poder de decisión y a la mujer un rol meramente marginal en la sociedad. Se trata de una cultura reaccionaria, que está en vías de extinción, porque en Occidente el sexo femenino ha ido logrado sustantivos avances y cada vez mayores espacios de participación.

Esta película, que tiene un título realmente sugestivo cuya comprensión recién aterriza muy cerca del epílogo, conforma un cuadro que visualiza, sin violencia explícita, la violencia social de género que sigue imperando en sociedades cerradas como las regidas en los países y las comunidades en las cuales aun se acatan los rígidos códigos coránicos en Oriente Medio.

Si no fuera por ese mensaje subyacente que atraviesa todo el relato, este largometraje sería una mera comedia que desnuda conflictos de intereses en el ámbito de una familia.

Sin detonaciones de bombas y de misiles que perforan edificios y siembran la muerte por doquier, la escenografía de esta historia es precisamente Ramala, una ciudad de apenas 40.000 habitantes, en cuyo paisaje urbano prevalecen edificios bastante modernos de estilo occidental con otras construcciones de arquitectura en las cuales abundan los arcos en forma de herradura y los patios interiores tapizados de mosaicos que coadyuvan a airear las edificaciones. Por supuesto, este centro urbano no posee los inmensos rascacielos que se observan por ejemplo en Duvái, una suerte de paraíso artificial para consumo de turistas occidentales enclavado en pleno Oriente Medio.

Sin embargo, en este caso parece prevalecer la clase media, aunque en su seno esta sociedad alberga radicales desigualdades, nacidas de una cultura milenaria que le otorga preponderancia al hombre y amputa los derechos de la mujer.

Las protagonistas son Noura (Yasmine Al Massri) y Mariam (Clara Khoury), dos hermanas muy distintas en temperamento y estilo de vida, una de las cuales es soltera y trabaja para subsistir y la otra es casada y madre de dos hijos. Mientras la primera representa la independencia y ejerce su libertad individual hasta donde puede, pese a que conviven con un padre anciano y enfermo, la segunda está aferrada al statu quo que le impone la sociedad y la tradición. El tercer miembro de la familia es un varón, que emigró a Estados Unidos y vive ajeno a la peripecia de este núcleo familiar, cuyo vínculo se limita a esporádicas comunicaciones vía telefónica. Es decir, decidió desapegarse de sus afectos y reformular su vida a miles de kilómetros de distancia de su país y de su matriz identitaria.

Empero, el verdadero disparador dramático es el anciano padre y su precaria salud, que deviene inexorablemente en su muerte, en su propia casa. En tal sentido, resulta desopilante la secuencia en la cual dos paramédicos intentan reanimar al hombre y luego, tras confirmar su deceso, se proponen trasladar el cuerpo, ante la férrea resistencia de ambas mujeres, que logran el objetivo que el óbito permanezca en su lecho de muerte y se comprometen a tramitar todo lo necesario para despedirlo y hacerse cargo del velorio y el ulterior sepelio.

Lo concreto es que ambas hermanas, que no tienen un buen vínculo, se proponen retirar dinero de una cuenta de su padre, a los efectos de evitar que el hermano residente en Estados Unidos se apropie de toda la herencia. La primera conclusión que se puede extraer es que las mujeres están en desventaja, ya que la legislación imperante en el país prioriza a los hombres, acorde con la ley islámica que reserva el sexo masculino un sitial de privilegio en la sociedad.

A raíz de lo inverosímil de la situación, la cineasta transforma a este film en una suerte de comedia negra, en cuyo contexto las protagonistas mantienen en secreto transitoriamente la muerte de su padre y esconden el cuerpo hasta poder conseguir sus propósitos, en una contingencia que abunda en complejidades.

En ese marco, el relato tiene algunos momentos desopilantes, que emulan, con singular esmero, algunos de los mejores exponentes de la comedia norteamericana, por más que el tema tenga un costado dramático.

En efecto, mientras la hermana soltera aspira a una porción de la herencia para solventar su presupuesto, la casada se propone divorciarse de su marido, porque quiere ser independiente. Empero, los obstáculos que se anteponen en esta decisión son múltiples, al punto a preguntarse, con tono naturalmente bien desenfadado. “¿debo esperar a que termine la guerra con Israel para divorciarme?”

Empero, la historia propone otros ángulos de observación, como el tenso vínculo entre la hermana casada y un hijo adolescente, que pasa todo el día abrazado a su celular. Sin embargo, aunque pueda parecer contradictorio, manifiesta su intención de sumarse a otros jóvenes que promueven manifestaciones de rechazo a la ocupación israelí. Esta es, sin dudas, la única referencia al conflicto con el estado hebreo, que ocupa el territorio de Cisjordania desde hace casi seis décadas.

El propósito de Laila Abbas no es denunciar la ocupación israelí, sino visibilizar la situación de la mujer en un país islámico, que es claramente de postración, tal cual sucede en otros países que profesan la misma religión.

En ese contexto, lo hace sin dramatismos, al punto que hasta la muerte de uno de los personajes, que no pronuncia ni una palabra mientras yace agonizante en su lecho, tiene visos de comedia. La cineasta apela al humor para desdramatizar situaciones ya de por sí dramáticas y para reivindicar a dos mujeres, que aunque son muy diferentes entre sí, no se resignan a ser meros peones en el asimétrico ajedrez de la sociedad en la cual nacieron.

Por supuesto, el film enfatiza en los rasgos costumbristas de una comunidad que vive cotidianamente, pero sin resignación, el oprobio de la ocupación, de la violencia y hasta de la anexión de su territorio, por parte de Israel y de la potencia imperial que lo sostiene económica y militarmente.

A diferencia del formidable documental “No other land”, creado por un colectivo integrado por cineastas palestinos en israelíes, que denuncia la colonización de Cisjordania por parte del estado hebreo y la dramática expulsión de sus pobladores, esta película pone el foco sobre los problemas sociales domésticos, que poca o ninguna relación tienen con la tensa situación imperante en la región hace casi sesenta años.

En este caso, la clave es la lucha de las mujeres por sus derechos, en una sociedad que sigue relegando al sexo femenino a un segundo plano, porque los rígidos dogmas de una religión castradora prevalecen sobre los más elementales principios de justicia social. En ese marco, esta es sin dudas una película feminista, porque sus dos protagonistas son mujeres y porque el núcleo del conflicto es la asimetría de género que es bastante más acentuada en países que profesan el Islam, aunque aún persiste en naciones occidentales donde el demoledor peso de la tradición adquieres ribetes realmente tóxicos.

El largometraje pone también bajo la lupa a la burocracia que se interpone en el plan de las dos protagonistas, quienes, al lograr sus propósitos, consuman una suerte de hazaña, al vencer las contingencias más adversas que deben afrontar.

Sin embargo, el tema central de este relato es realmente el ejercicio de una libertad acotada, que es más explícito en el caso de la hermana soltera que de la casada, quien debe ajustarse a las pautas del estatus de ama de casa y no puede desarrollarme como persona fuera del ámbito doméstico.

Este disfrutable film es bastante más que una mera comedia de situaciones jocosas impregnadas de ironía. Es un retrato que denuncia la lógica que impera en una sociedad cerrada a cal y canto al cambio, aunque, en el caso de Palestina, ese estigma no parece adquirir ribetes tan dramáticos como los que imperan en otros países musulmanes, donde el sufrido sexo femenino debe lucir un velo que oculta su rostro denominado hiyab o, en los países más ortodoxos, donde deben usar burkas, que cubren todo el cuerpo y hasta la cara, lo cual no permite percibir ni su cuerpo ni sus rasgos faciales. Se trata de una prenda de vestir realmente opresiva, que transforma a las mujeres casi en seres marginales y brutalmente degradados. En este relato, ninguna de las dos protagonistas deben padecer ese oprobio, aunque son igualmente castradas y privadas de derechos que para nosotros parecen elementales, pese a que los uruguayos vivimos en una sociedad todavía muy conservadora.

“Gracias por operar con nuestro banco”, como lo establece su original y hasta infrecuente título, también revela y hasta se mofa de los ritualismos del sistema capitalista, en el cual toda la economía de los países pasa por el sistema financiero. Empero, la película, sin abandonar en ningún momento el formato de comedia, tiene la intrínseca virtud de visibilizar los problemas de la mujer y su enconada lucha por alcanzar estándares de mayor libertad y autonomía, en sociedades de impronta patriarcal que se resisten a evolucionar y acompañar la dinámica de la historia contemporánea, otorgándole al sexo femenino el lugar que sin dudas le corresponde.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Gracias por operar con nuestro banco. (Thank You for Banking with Us). Alemania, Palestina, Qatar, Arabia Saudita, Egipto 2024. Dirección y Guión: Laila Abbas. Fotografía: Konstantin Kroening. Música: Ahmed El Sawy. Edición: Heba Othman. Reparto: Yasmine Al Massri, Clara Khoury, Kamel El Basha, Ashraf Barhoum y Adam Khattar.

 

 

 

 

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