“Si pudiera te patearía”: La pugna entre el Eros y el Tánatos

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La alienación, la desesperación, la desesperanza, la soledad, la épica cotidiana de la vida en condiciones complejas, el amor filial como mandato y el indomeñable coraje de una mujer desamparada, son los seis pilares que sostienen “Si pudiera te patearía”, el tan desgarrador como potente drama de la actriz y cineasta estadounidense Mar Bronstein, quien construye  una película de extrema frontalidad, acidez y visceralidad.

Aunque en ningún momento se explicite, el tema central de esta película es la salud mental y hasta qué punto esta se deteriora cuando se afrontan contingencias adversas que comprometen el siempre frágil equilibrio emocional de las personas. En efecto, cuando la presión cotidiana es intensa, ya sea por razones familiares, sociales o bien laborales, la salud del psiquis se horada sustantivamente, independientemente de la edad que tengan las personas.

En determinados contextos, llega el momento en que esas presiones se tornan intolerables, fundamentalmente si no existe una adecuada contención desde el punto de vista psicológico, sin soslayar la aplicación de algún fármaco recomendado por un especialista y no por las prácticas de automedicación, que siempre suponen un riesgo, ya que todos los medicamentos tienen reacciones indeseadas, que afloran en algunos casos y en otros no.

Incluso, cuando una persona está radicalmente superada hasta el extremo de la desesperación, es muy probable que caiga en la tentación de consumir alguna sustancia psicoactiva o una droga dura como la cocaína para la cual no hay dosis recomendables, porque no es un medicamento, sino un fuerte estimulante y, en algunos casos, hasta un anestésico.

Por supuesto, cuando la persona se torna alienada y carece de la adecuada atención sanitaria, puede apelar a una solución que no es solución sino evasión: la autoeliminación, que sólo depara dolor a los afectos más cercanos y elimina a quien se suicida de la faz de la tierra. En este caso, ante el menor atisbo de depresión aguda o de melancolía, que es la fase más aguda de la depresión, se deben tomar medidas urgentes como la internación. Incluso, ese dolor emocional que puede inducir a tomar esa drástica decisión, debe ser mitigado por los afectos. El imperativo es no dejar solos a quienes pueden padecer esa compulsión, que, según la definición del padre del psicoanálisis Sigmund Freud, en su libro “Más allá del principio de placer”, es la pulsión de muerte (Tánatos), que contrasta con la pulsión de vida (Eros).

En el tercer milenio, la salud mental ha sido un tema muy recurrente de preocupación, fundamentalmente luego de la pandemia, que devino en una tragedia por la muerte de más de 7 millones de seres humanos y en ulteriores afecciones psíquicas, que se expresan en el temor pánico a enfermarse y a fallecer, como así también a contagiar a seres queridos.

Aunque no hay ninguna evidencia científica que esta epidemia haya causado una mayor disposición al suicidio, lo que sí parece estar comprobado es que la idea del suicidio sí aumentó.

Sin embargo, qué sucede cuando una persona está demolida y desolada, se siente sola y está superada por una situación que ya no puede controlar, pese a que paradójicamente es psicoterapeuta. Incluso, lo que es aún peor, es que esta profesional, que a su vez es psicoanalizada, es una mujer sola y con un marido ausente y tiene una hija con enormes problemas de salud, ya que no se puede alimentar por sus propios medios.

La protagonista de este largometraje es Linda (Rose Byrne), una mujer madura que vive con su pequeña hija, a quien debe prestar asistencia permanente porque tiene una patología que le impide comer sola y es alimentada mediante una sonda que tiene inserta en el estómago. Por si no fuera suficiente, debe afrontar esta compleja contingencia en la más absoluta soledad, ya que su marido está ausente por trabajo y el único contacto que tiene con él es telefónico. Es decir, está fuera de foco y, por ende, es totalmente inservible.

Sin embargo, encuentra una relativa contención en una terapia de grupo coordinada por la doctora Spring (interpretada por la propia Mary Bronstein), donde la protagonista exhibe negacionismo acerca de la distancia con su marido y de los problemas que padece su hija, que es compatible con una patología mental en progreso. La metáfora más concluyente que corrobora la distancia entre la mujer y su hija es que nunca vemos el rostro de la niña, de quien sólo se perciben las manos y los pies.

Empero, como si la situación no fuera ya de por sí compleja, sucede un hecho impensado y no menos dramático. Una noche el techo de su casa se derrumba y la intensa lluvia comienza a ingresar a la vivienda como si se tratara de un diluvio. Por supuesto, este diluvio, que pone el agua en el centro del relato, nada tiene que ver con el Diluvio Universal que narra el Antiguo Testamento en el Génesis. Para los creyentes esté fenómeno fue provocado por la ira de Dios, para castigar los pecados del mundo.

En ese contexto, por voluntad del supuesto supremo hacedor, salvan su vida Noé y su familia, quienes, siguiendo las instrucciones de la divinidad, construyen un arca, reúnen parejas de todos los animales, a los efectos de preservar las especies y se lanzan en una incierta aventura de navegación, ya que todo el planeta está bajo agua. La única semejanza que hay entre este mito y la peripecia de la protagonista sería que la mujer saca a su hija de esa casa inundada y la pone a buen resguardo en la habitación arrendada de un modesto motel.

Empero, más que el diluvio en sí mismo la metáfora válida es la del inmenso hueco que se abre en el techo de su casa, que sin mucho esfuerzo, deberíamos relacionar con la grave fractura emocional que experimenta la protagonista.

Lo cierto es que, ante esta contingencia adversa, esta familia, que en los hechos es casi monoparental, debe mudarse a otro lugar, donde no sólo experimenta el desarraigo, sino que se siente sumamente incómoda. Esa circunstancia aumenta en forma sustantiva los disturbios mentales de la infortunada mujer, ya de por sí incómoda con la vida y consigo misma.

Allí, Linda conoce a Diana, una recepcionista insolente, y a Jamie, el conserje, con quienes la relación es bastante confusa. Asimismo, tiene problemas para dormir debido al sonido que emite el  sacaleches de su hija. En ese contexto, pasa noches  en vela fuera de la habitación del motel, bebiendo vino, fumando cannabis, escuchando música e ingiriendo comida basura. También sale del motel para supervisar las reparaciones del apartamento, que quedaron paralizadas tras la repentina marcha del contratista. Es decir, el agujero en el techo persiste, como persiste el recurrente agujero en su conciencia.

Para colmo de males, a la protagonista tampoco le va bien en su trabajo ni en la atención de su propia salud mental, ya que es atendida por un psicólogo con el cual comparte consultorio, quien realmente no comprende la naturaleza de los problemas de su colega y no le brinda la contención emocional adecuada.

El vínculo con sus pacientes no es el mejor, porque uno de ellos, que es casi un adolescente, parece estar enamorado de Linda, ya que, en todas las sesiones, le confiesa que sueña con ella y que esas experiencias oníricas tienen toda la apariencia de un romance. Es decir, razonablemente no se podría seguir adelante con la terapia, ya que los sentimientos del joven por su terapeuta pueden desdibujar los roles.

Sin embargo, el caso más complejo es el de su paciente Caroline, quien padece paranoia y una suerte de ansiedad posparto.  Un día, esta mujer abandona a su hija bebé en el consultorio de la terapeuta, quien llama al marido de la joven. Sin embargo, el hombre se niega abandonar su trabajo para recoger a su hija. 

La actitud de esa  persona, que hace caso omiso de la llamada de la profesional, la fuerza a acudir a la Policía para que se haga cargo de la niña. El episodio es otro testimonio de indiferencia de una sociedad en la cual todos parecen mirarse el ombligo como si vivieran solos en el mundo. Se trata de una crisis vincular tan común en el tercer milenio, que pese a los avances de la ciencia en materia tecnológica, es una sociedad radicalmente fracturada e incomunicada, en la cual casi todo se reduce a meros mensajes de texto o de audio, que han remplazado al diálogo telefónica y, lo que es peor aún, al cara a cara que estrecha los vínculos.

Empero, el problema no es solamente la falta de comunicación, sino el conflicto. En ese marco, El profesional médico que gestiona el programa hospitalario que atiende a la hija de  Linda la fustiga con frecuencia por faltar a las sesiones de terapia familiar. Incluso, le advierte que si la niña no alcanza su objetivo de peso para el final de la semana, su nivel de atención será puesto en tela de juicio. Por supuesto, esta actitud amenazante genera un profundo sentimiento de culpa en la mujer, quien duda en torno al éxito del dispositivo de la sonda de alimentación. Obviamente, el peso de la culpa la agobia aún más, por la falta de empatía del algún personal de salud, que parece no entender que las personas son seres bio-psico-sociales.

La mujer intenta dormir pero no lo logra totalmente. Está tan cansada que no puede descansar. Incluso, la ingestión de drogas le provoca pesadillescas alucinaciones, las que son representadas apenas con luces intermitentes y burdos efectos visuales, que, salvando las diferencias de calidad técnica, recuerdan a algunas escenas de “The wall” (“La pared”), el magistral filme de 1982 del cineasta Alan Parker, que es la representación gráfica del álbum homónimo de la banda roquera británico Pink Floyd y la alucinante  “El viaje”, de 1979, cuyo autor es el cineasta Roger Corman. Incluso, sería pertinente paragonar el film con algunos picos dramáticos de “Estados alterados” (1980), uno de los filmes más revulsivos del iconoclasta creador británico Ken Russell.

Otra metáfora no menos relevante en este drama de alto impacto está relacionado con el agua, que cae torrencialmente desde la grieta del colapsado techo de la casa de la protagonista y, muy cerca del epílogo, deviene en océano, cuando la mujer, tal vez intentando autoeliminarse, entra a un mar embravecido, cuyas olas sacuden su cuerpo como si se tratara de algo inanimado y sin voluntad. Obviamente, se trata de una actitud desafiante que tiene mucho de emancipadora, porque la alienada psicóloga se siente libre en contacto con la naturaleza y dejándose llevar por esa suerte de acuático vendaval.

Todo el relato está atravesado por esa sensación de amputación, que no es realmente física, sino emocional. La peripecia de esta persona es la de una persona que ha sido alienada por las presiones de un entorno opresivo, tanto en el ámbito familiar como en el social e incluso en el profesional.

Esta es la historia de una mujer radicalmente agobiada, que se hace fuerte para tolerar lo intolerable: la ausencia, la orfandad y la enfermedad, la de su hija y la propia. ¿Cómo resistir esa presión? Tal vez con drogas y alcohol, pero sin actitudes elusivas, porque el compromiso afectivo, aunque pueda ser complejo, es sin dudas insoslayable. En tal sentido, aunque este no es realmente un film de impronta feminista, es sí la crónica de una mujer valiente, que asume sus deberes maritales con responsabilidad, aunque las personas de su entorno no estén a la altura.

Al igual que sus propios pacientes, la válvula de escape de Linda es la terapia, aunque su experiencia en tal sentido dista de ser exitosa. En una de las sesiones con su terapeuta, ella recuerda que abortó su primer embarazo, años antes de parir a su hija. Es obvio que se siente fracasada como madre. Además, tampoco es feliz como esposa y también experimenta una profunda frustración cuando no puede ayudar a sus pacientes.

La realizadora Mar Bronstein sumerge al espectador en una suerte de abismo existencial, mediante una proliferación de imágenes de construcción estética sicodélica y hasta lisérgica. En ese contexto, trabaja con  planos cerrados y claustrofóbicos que emulan una suerte de prisión de la cual la desventurada Linda no puede escapar, porque se resiste a adoptar la misma actitud de indiferencia y prescindente de los otros personajes, que le dan la espalda y la dejan recurrentemente a la deriva.

En tal sentido, el film construye una osada mirada crítica sobre la maternidad, cada vez más ajena a la realidad de mujeres que aspiran al desarrollo personal y profesional y optan por un camino alternativo, que no las ate a un hogar ni a compromisos. Ello no supone, en modo alguno, que renuncien a sus responsabilidades, sino al imperativo de ejercer su libertad y su autonomía personal.

“Si pudiera te patearía” es un drama sin dudas irreverente, porque pone en tela de juicio todas las convenciones sociales y, en cierto modo, hasta a la propia sociedad contemporánea, que parece estar enferma de indiferencia y de falta de empatía, porque el sistema prostituye los sentimientos y los hace añicos, fomentando el rampante individualismo, el egoísmo, la mezquindad y el radical congelamiento de la sensibilidad.

Es realmente magistral la interpretación protagónica de la actriz australiana Rose Byrne, quien encarna a una madre torturada por el dolor, pero también agobiada por el fracaso e inmersa en un profundo abismo emocional, en una película que pone el foco particularmente en la salud mental y en los estragos provocados por las patologías psíquicas, que en el pasado eran invisibilizadas y que en el presente afloran como un problema mayor que afecta los vínculos y la convivencia.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA
Si pudiera te patearía. (If I Had Legs I’d Kick You). Estados 

Unidos 2025. Dirección: Mary Bronstein. Guion: Mary Bronstein. Fotografía. Christopher Messina. Música: Guided By Voices. Edición: Lucian Johnston. Reparto: Rose Byrne,  Conan O’Brien, Conan O’Brien, Delaney Quinn,  Christian Slater, Danielle Macdonald, Mary Bronstein y Daniel Zolghadri 

 

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