Anafi Mataka | Una solución para el rompecabezas de la tuberculosis

Tiempo de lectura: 4 minutos

 La bacteria causante de la tuberculosis se conoce desde 1882, y ya hace varias décadas que existe un tratamiento eficaz. Sin embargo, la tuberculosis sigue siendo la enfermedad infecciosa más mortífera del mundo.

Las consecuencias de este persistente rompecabezas sanitario son terribles. Se calcula que en 2024 contrajeron tuberculosis 10,7 millones de personas, pero sólo recibieron diagnóstico unos 8,3 millones. Muchas de las personas no diagnosticadas terminan muriendo por la enfermedad; muchas otras la propagan sin saberlo.

La «brecha diagnóstica» (la diferencia entre los casos calculados y los confirmados) es el mayor obstáculo contra una respuesta global eficaz. Y aunque hay quien la atribuye a limitaciones técnicas, la realidad es otra. Ya existen herramientas para detectar la tuberculosis con rapidez y precisión; y un hecho crucial es que se las puede disponer mucho más cerca de los lugares donde la gente acude a buscar ayuda médica; esto permite iniciar el tratamiento el mismo día.

Una nueva herramienta importante son las pruebas moleculares en el punto de atención (o NPOC, por la sigla en inglés), sumadas hace poco a la lista de recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Son kits pequeños y fáciles de transportar, basados en hisopos para recogida de muestras linguales, lo que facilita su uso en comparación con la obtención de muestras de esputo (que a muchas personas, en particular niños y pacientes con VIH) les cuesta producir. Además, son más económicas que otros instrumentos y pruebas moleculares.

En particular, las pruebas NPOC ofrecen resultados en unos treinta minutos, en vez de días o semanas como las pruebas de laboratorio tradicionales. Es decir que pueden usarse para entregar diagnósticos en el día en centros de atención primaria (por ejemplo, centros de salud comunitarios) que suelen estar más cerca de donde vive la gente; y una red eléctrica nacional inconstante no impedirá el acceso a atención médica vital, ya que el equipo de análisis funciona con baterías.

Con el inicio del próximo ciclo de financiación del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria a principios de 2026, los países elegibles tienen una oportunidad para obtener recursos sustanciales que les permitan desplegar y llevar a escala esta nueva tecnología. Los gobiernos que presenten hojas de ruta detalladas (con inclusión de un desglose de costos, estrategias para la integración de las pruebas NPOC en los planes nacionales contra la tuberculosis y metas de cobertura medibles) tendrán muchas más chances de obtener apoyo; mientras que los que no actúen ahora tendrán que esperar tres años hasta el próximo ciclo de financiación. En el área de la salud mundial, el tiempo vale tanto como la evidencia.

En vista del alto costo humano de la enfermedad, demorar el despliegue es indefendible. La tuberculosis se propaga de forma silenciosa y persistente cada día. Un diagnóstico retrasado no sólo pospone el tratamiento, sino que también causa sufrimiento a millones de personas, al aumentar la transmisión, elevar la mortalidad y acelerar el desarrollo de resistencia a fármacos. Cada caso no tratado es una tragedia individual y presagio de otros casos similares que se sumarán a la carga que padecen los sistemas sanitarios.

La salud mundial está llena de ejemplos de innovaciones cuya implementación a gran escala demoró décadas. Por ejemplo, aunque hace más de diez años que existen pruebas moleculares de tuberculosis aprobadas que son más efectivas, todavía se hace amplio uso de la detección con microscopio, una técnica centenaria que no detecta una parte sustancial de los casos.

Aprovechar el potencial transformador de las pruebas NPOC demanda apoyo político significativo para acelerar su despliegue. Y al menos en teoría, eso existe. En la reunión de alto nivel de Naciones Unidas sobre el combate a la tuberculosis celebrada en 2023, numerosos gobiernos se comprometieron a lograr el acceso universal a pruebas moleculares rápidas a más tardar en 2027. Pero en varias regiones con alta incidencia de la enfermedad, sólo una minoría de países va camino de alcanzar ese objetivo.

La tecnología NPOC puede ayudar a cerrar la brecha entre las aspiraciones y la realidad, mediante la descentralización de los diagnósticos de tuberculosis. Los centros de atención primaria y los centros de prueba de nivel inferior que todavía dependen de la microscopía (sobre todo en zonas rurales) son candidatos obvios para adoptar las pruebas NPOC, como también lo son las unidades de tratamiento que procesan grandes volúmenes de muestras.

Además de acelerar el despliegue inicial de esta tecnología de diagnóstico, las autoridades deben capacitar al personal clínico, garantizar la integración de la tecnología en los programas de VIH y salud comunitaria y reforzar sistemas de apoyo como las cadenas de suministro y la gestión de datos. Un diagnóstico rápido es sólo el primer paso en el tratamiento; si la totalidad del sistema no está preparada, los avances tecnológicos pueden terminar desaprovechados. Los despliegues del pasado no fracasaron porque el conocimiento científico fuera deficiente, sino porque los sistemas de salud no estaban preparados.

Para convertir la retórica en realidad, es esencial que haya transparencia y rendición de cuentas. Los planes nacionales deben incluir objetivos medibles, evaluaciones de desempeño estandarizadas y mecanismos de generación de informes pertinentes. Y es necesario que las organizaciones civiles (que suelen ser las que mejor representan a los pacientes subatendidos) participen en el seguimiento de los avances.

La enseñanza de campañas de salud mundial anteriores es que la tecnología sólo puede salvar vidas cuando la acompaña la ambición política: esta es la pieza que falta en el rompecabezas de la tuberculosis. Para eliminar el flagelo de la tuberculosis de una vez por todas, los gobiernos de los países en desarrollo deben acelerar la adopción de las pruebas NPOC.

Anafi Mataka 
Co-Director of the Center for Global Health Policy and Politics at Georgetown University.
Traducción: Esteban Flamini.

 

 

 

 

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