Rodney Arismendi, secretario general del Partido Comunista /Discurso pronunciado luego del fusilamiento de los 8 obreros del Seccional 20 del Partido el 17 de Abri de 1973

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Rodney Arismendi, secretario general del Partido Comunista del Uruguay entre 1955 y 1987 
 
Bien ha dicho Massera hace un instante; este mitin estaba planteado como un mitin de lucha contra el fascismo, bajo la afirmación comprometedora y combatiente de que el fascismo no pasará. Estaba previsto en la lucha de repudio a la estafa salarial, a la ola de carestía, al nuevo saqueo de la oligarquía y los monopolios extranjeros al pueblo oriental a los hombres del campo, a los trabajadores de la ciudad, a las capas medias, al almacenero, al productor agrario, a la inmensa y abrumadora mayoría de este pueblo que sufre la política de una pequeña minoría de dos mil o tres mil familias que han conducido al país al desastre económico, que lo han ensangrentado, que lo han negociado con los banqueros internacionales y que lo han puesto sobre la cuerda floja de esta situación dramática y tremenda que estamos viviendo.

El 17 de abril de 1972 en un local partidario del Partido Comunista de Uruguay, ubicado en la zona de Paso Molino del Departamento de Montevideo, fueron ejecutados ocho militantes en el marco de un operativo de las Fuerzas Conjuntas. El local había sido allanado dos veces durante el día, la zona estaba vigilada y la dirección del Partido Comunista ordenó que nadie permanezca en el local. Al caer la tarde varios militantes concurren al local para acompañar y porque entendían que el peligro era ser secuestrado o detenido por las fuerzas policiales que patrullaban el barrio.

Sin embargo, en este plazo cayeron nuestros siete compañeros y estos días hemos vivido la tremenda y militante congoja de su evocación y nuestro compromiso todo con ellos [días después, el 28 de abril de 1972, muere en el Hospital Militar el octavo militante comunista, Héctor Cervelii, obrero de la metalúrgica Nervión, herido gravemente el fatídico 17]. El dolor de los militantes caídos, la imagen de los siete féretros de los siete mártires quedará para siempre en la conciencia de este pueblo. La preocupación por los otros obreros heridos gravemente, Machado y Cervelli, de Nervión. La noticia feliz, en la desgracia, de la libertad de Ferreyra y Rodríguez que confirma plenamente en esa libertad por mandato de un juez militar, la magnitud de la tragedia y la verdad de nuestra descripción del hecho.
Hemos vivido en un doble aspecto ese acontecimiento que mantuvo en pie todas las consignas de este acto, pero las subrayó con sangre. Que mantuvo en pie el contenido permanente de nuestra lucha y la del Frente Amplio, pero que le puso otro tilde de martirio. Y otro lazo de acero indestructible entre todos nosotros, en ese juramento sagrado de reconquistar la patria, de liberarla y hacerla digna de Artigas y de la larga cadena de hombres del pueblo de todas las creencias y todas las tendencias que forjan su historia sacrificada y heroica.
En medio del dolor y de la cólera que la conciencia controla, nos hemos sentido confortados por la imagen de este Partido: de pie, rápido en la réplica, anclado en la clase obrera y el pueblo. No secta aislada sino fuerte, indestructible, con arraigo profundo en las masas, capaz de transformarse en minutos, en horas, en réplica militante y en acción de multitudes.
Por decenas de miles, nuestros afiliados y la Juventud Comunista han estado de pie, claros, decididos en la lucha, disciplinados como un solo hombre a las consignas y a las directivas de la dirección del Partido.
Sin una fisura, imponentes en su dolor, pero mucho más imponentes en su disciplina, en su organización, en su voluntad combatiente, en la seguridad de lo que afirmamos en el entierro.
Si la represión y la sangre y el fascismo creen barrernos del camino, somos muchos para que nos maten a todos y en cada sangre derramada hay una semilla. Si la reacción, la oligarquía, los agentes norteamericanos, los instrumentos de los gorilas brasileños, todos éstos que sueñan y piensan en que el Uruguay puede ir despeñándose, escalón y escalón de la sangre y el dolor hacia una dictadura siniestra o hacia la guerra civil; si la reacción, la oligarquía y los agentes extranjeros y los sectores fascistas que pretenden hundir el país en sangre, esperaban vernos doblegados y replegados, se han equivocado en mucho.
Ayer, hoy y mañana el Partido de la clase obrera está de pie, en medio de la angustia, en la voluntad de la libertad y de justicia social para el pueblo. Está de pie en la voluntad de combatir y está de pie en la conciencia clara, fría y definida de saber cómo combatir y de enfrentar todo intento de «guatemalizar» la República, para, en última instancia, llevarla a los aspectos más siniestros de la opresión extranjera y oligárquica.
En segundo término, hemos vivido la emoción, el orgullo de ser orientales, de estar vinculados a esta clase obrera uruguaya forjada en la lucha, cuando vimos todo un pueblo, no sólo movido por los elementales principios de solidaridad humana sino también consciente de que esta hora de la patria se salva en la libertad, en la justicia social y en la soberanía, o resbalará hacia la dictadura sangrienta y la guerra civil. Allí y aquí, antes que nada, con nuestros entrañables compañeros del Frente Amplio, la fuerza nueva que entrara en la vida del país amasada por todas las luchas y los sufrimientos de los mártires del pueblo en este período. La fuerza que desde el primer día, desde esta Explanada Municipal proclamara su entereza con la palabra del general Seregni, ofreciendo una ruta, ésta sí, auténtica, de pacificación nacional, no de violencia contra el pueblo invocando la paz.
Seregni decía, en frase escueta que ya ha entrado en la historia del pueblo oriental: «es el pueblo consciente de su destino, seguro de su decisión. Es el último, el definitivo intento del Uruguay para buscar salidas legales, democráticas y pacíficas. Somos una afirmación pacífica, pero no nos dejaremos trampear nuestro destino … No queremos la violencia pero no tenemos miedo a la violencia. Nosotros no queremos ni el caos ni el desorden. El régimen actual no es el orden sino el «desorden establecido’. Nosotros sí queremos cambios radicales en la vida económica y social del país. Son los que no quieren cambiar, los agentes de la violencia y el desorden’.
Pero allí, junto a este Frente Amplio, categórico, más fuerte que nunca, más allá de que no lograra la victoria electoral, había todo un pueblo con los féretros sobre su cabeza. La clase obrera toda que detuvo su labor, deliberó en las fábricas y marchó con sus ropas de trabajo hacia la gran demostración siguiendo su movilización el día 19: los empleados, los intelectuales, los hombres de la Universidad, los militantes diversos del Frente Amplío, la sacrificada juventud estudiantil, los hombres de las capas medias, los representantes de la propia Iglesia que con su jerarca máximo Partelli, al frente, saltaron las divisiones artificiales para llegar a nuestra casa.
El pueblo, el país dio un ejemplo, el ejemplo de su madurez para la unidad en defensa de la libertad, de la democracia, del pan, de la justicia social de la soberanía y de la felicidad de la patria.
El ejemplo de su madurez, cuando ya en su corazón no hay lugar para el pánico, para el amedrentamiento ni para la vacilación.
[…]
Compañeros, amigos del Frente Amplio, señoras, señores, pueblo de todo el país y de todas las tendencias: casi no he querido hablar en lo directo y en lo personal de los compañeros caídos. En el mitin de hoy, con toda la responsabilidad de la medida y las fronteras con que debemos pronunciar nuestro discurso, no queremos que la emoción y el corazón sangrante nos lleve a decir nada de más.
Pero aquí, de pie, estamos rindiéndole nuestro homenaje, como la columna infinita que desfilara con los puños en alto y cantando «Tiranos temblad», de nuestro Himno inmortal, lo hiciera en el momento dramático de su entierro.
La República vive un instante dramático, una hora de dilema donde vale la firmeza pero vale la claridad de conciencia, la cabeza fría, aunque arda el corazón. La sangre fluye en el país como nunca.
Los destinos de la libertad, del progreso social se están definiendo. La miseria, la carestía, la crisis, el derrumbe monetario, la falta de trabajo, el salario retaceado, el éxodo rural, las fábricas paralizadas, el campo estancado, el jubilado que no cobra, el desastre nacional, se unen y se empapan en esa sangre. El destino artiguista está amenazado en su conjunto. Nosotros decimos, como ha gritado el Frente Amplio en las horas de decisión: ¡Ni un paso atrás!
Sabemos más que nunca que la línea más profunda de la salvación del país está en la unidad del pueblo. En la unidad de la clase obrera y los sindicatos, en la unidad de los estudiantes, de los profesores, de los hombres del pueblo, en la unidad de la ciudadanía toda. Pero esa unidad con firmeza, militancia, sin pasividad ni complacencia, con entereza combativa y claridad de miras; así el pueblo unido podrá salvar al país.
Es claro que ni la reacción ni el fascismo nos pueden amedrentar. Al final y siempre la victoria será del pueblo, es decir, será nuestra.
Y el fascismo, como lo planteáramos hace un mes en la consigna de este mitin, no pasará. Y si pasa, sobre el sufrimiento y el dolor del pueblo, ese fascismo caerá y el pueblo renacerá para siempre hacia la victoria y hacia la libertad
 
 
22 de abril de 1972
 
 
 
 
 

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