“El mago del Kremlin”: La enrevesado psicología del poder

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La psicología del poder, la mutación política del comunismo al capitalismo luego de la caída y ulterior disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la autocracia como sistema son los tres potentes vectores argumentales de “El mago del Kremlin”, el nuevo largometraje del destacado realzador francés Olivier Assayas, autor de influyentes artículos en la publicación de culto “Cahiers du cinéma”.

En su extensa carrera, incursionó en por lo menos dos films políticos más, como “Demonlover” y particularmente con “Carlos” (2010), en la cual recrea la vida de Ilich Ramírez Sánchez, un militante marxista venezolano y revolucionario, luego apodado “El Chacal”, considerado, por voceros de la derecha internacional, como uno de los más peligrosos y célebres terroristas de la historia.

En esta oportunidad, mixturando la historia con la ficción, el cineasta galo se desafía así mismo poniendo bajo la lupa nada menos que al hombre fuerte de Rusia Vladimir Putin, heredero de una transición traumática del socialismo real al capitalismo, que pasó inicialmente con la apertura promovida por Mijail Gorbachov, con su proceso de reestructura y apertura conocida como perestroika y con la no menos removedora Glasnost, cuyo significado es transparencia.

Es factible que el propósito de este político fuera reestructurar meramente la superficie de la hoy ex Unión Soviética y , sin hacer desaparecer los fundamentos éticos del socialismo, generar una apertura hacia una economía mixta y menos centralizada y, a su vez, provocar una nueva pluralidad que se acercara en parte a la teoría y la praxis de la democracia liberal burguesa propia de Occidente, pero el proceso fue complejo, porque la URSS permaneció arraigada durante casi 70 años, en el país más inmenso del planeta. En ese marco, el político forzó el proceso más de la cuenta, lo cual devino en un colapso económico que provocó su renuncia al frente de la federación, sobrevino un fallido golpe de Estado de los marxistas duros y eso permitió el ascenso del enfermo, pusilánime y alcohólico Boris Yeltsin, cuyos paupérrimos gobiernos operaron como una mera transición hacia un capitalismo abierto con escasa intervención estatal y alfombró el sendero hacia el poder precisamente a Vladimir Putin, que hoy ya completó 27 años gobernando a la Federación Rusa, que ocupa más del 80% del inmenso territorio de la antigua URSS y sigue siendo la nación geográficamente más grande del planeta.

Por supuesto, el film no soslaya otros apuntes históricos, como

la guerra contra Chechenia, la anexión de Crimea y la Revolución Naranja de Ucrania, todos episodios vitales para comprender el contexto histórico y geopolítico de la región.

Putin es, sin dudas, un hombre  sagaz. Es abogado, creció leyendo el catecismo ideológico de Marx, Engels y Lenin y fue miembro y director del KGB durante siete años. Por ende, tuvo, antes de llegar al gobierno, más poder que los propios gobernantes porque acumuló, mediante procedimientos de inteligencia, información vital para la seguridad de su país, pero también indagó a los cuadros políticos que se movían en la denominada Nomenklatura, integrada por los nombres más relevantes de la vertical estructura del poder soviético. Eso le permitió, al igual que  el caso del invulnerable John Edgar Hoover, director plenipotenciario del FBI en Estados Unidos, tener más poder entre bambalinas que los propios gobernantes, pero con la ventaja de ser casi invisible. Incluso, en su rol como espía y jefe de espías de elite durante la Guerra Fría, obtuvo también el grado de teniente coronel. Es decir, ostenta una formación jurídica en su calidad de abogado, formación militar y destreza en el siempre oscuro territorio de del espionaje.

Además, tiene muy clara la idiosincrasia rusa, que a despecho de su pasado paradigma marxista, que es internacionalista, profesa una suerte casi enfermiza del sentido de patria y un sentimiento nacionalista muy similar al de su rival histórico Estados Unidos, Incluso, Rusia nunca tuvo una tradición democrática al estilo occidental, porque siempre fue una monarquía autocrática casi ininterrumpida, desde la fundación de sus estados predecesores, en el siglo X, hasta la revolución bolchevique de 1917, cuando el último zar Nicolás II abdicó. El país se caracterizó por un poder centralizado en manos de príncipes y nobles y, luego de 1917, Rusia funcionó como una federación socialista (URSS) y actualmente como una república federativa. El poder siempre estuvo centralizado y, por más que hace más de un cuarto de siglo hay elecciones con pluralidad de partidos, mucho de la rígida arquitectura del poder del pasado se mantiene incólume.

Si bien este film no narra la historia de esta potencia mundial ni en es una biografía sobre Vladimir Putin en su misma, si  recrea, en clave de ficción pero también de realidad, el meteórico proceso de ascenso de este sagaz político hasta la cumbre del poder, que en más de un sentido se parece a su colega Donald Trump, aunque en no es un energúmeno como este. En cambio, combina la diplomacia con la guerra y tiene muchas menos ambiciones expansionistas que el inquilino de la Casa Blanca, quien es un imperialista tan alienado y mesiánico como lo fueron otrora el emperador romano Octavio, el emperador corso Napoleón  Bonaparte, el emperador persa Darío el Grande, Alejando Magno de Macedonia o el propio faraón egipcio Ramsés II.

Este film es, en cambio, la historia del poder entre bambalinas, inspirada en la novela  de Giuliano de Empolo (2023), “El mago del Kremlin”, que creó al personaje ficticio, Vadim Baranov, quien remite a la historia real de Vladislav Surkov, un estratega conocido como el “Rasputín de Putin” y artífice de la política rusa moderna. Este hombre, hasta su misteriosa desaparición, era alguien que dominaba como pocos. la comunicación de masas y que construyó un cerco en torno a su jefe, instruyéndolo acerca de cómo debía aparecer públicamente, cuando debía desaparecer y cómo debía manipular a la opinión pública para ponerla a sus pies. Incluso, le recomendó que atacará y desacreditara a muchos de los millonarios que afloraron luego de la caída de la URSS, para amigarse con el pueblo y lograr una buena base de sustentación electoral entre sus compatriotas.

Sin dudas, el poder entre bambalinas es el más poderoso, porque le permitir a quien lo detenta observar la realidad con un horizonte bastante más amplio y panorámico, sin ser identificado como responsable de lo que sucede. En efecto, la cara visible es siempre el mandatario o su interlocutor o vocero. La conclusión es que el poder contemporáneo no se basa en controlar la realidad sino más bien en producirla, porque eso es la que realmente percibe la gente de a pie. Como en nuestro país, no tiene tanto valor lo que hace el gobierno como lo que percibe la población en el territorio. Esa es la estrategia manipuladora de la dictadura del mercado, cuando la gente es estafada bajo cuerda y no se entera de ello. Incluso, hasta se siente complacida y protegida.

Este fenómeno se parece mucho a una puesta en escena, como sucedió durante el gobierno de Luis Lacalle Pou, que vendió humo a raudales incluso para encubrir actos de corrupción que aun están a la espera de dilucidación en los estrados penales de una Justicia que marcha a la velocidad de tortuga.

Baranov, interpretado con quirúrgica frialdad por Paul Dano, abandona su pasión por el arte para dedicarse de lleno a convertir la política en una ficción, que se construye más con imágenes, gestos, símbolos y narrativas, que con realidades tangibles. Así es cómo logra inicialmente, en alianza con el ascendente Putin, sostener en el poder en la transición al indigerible Boris Yeltsin, un político mediocre, enfermo y alcohólico, que en esta película es una suerte de caricatura, a quien lo tienen que instruir en cada uno de sus gestos y movimientos y cuando está agobiadamente ebrio, es atado a un mullido sillón para mantener su cuerpo erguido antes de pronunciar un discurso televisivo que naturalmente lee con dificultad por teleprómpter. Este fue el representante de la transición de la URSS a la Rusia capitalista. Fue una suerte de terapia de choque, que provocó inicialmente un aumento exponencial de la pobreza, un colapso económico profundo y un agudo deterioro social, al pasarse abruptamente de una economía dirigista y planificada a la hegemonía del mercado. Obviamente, simultáneamente, vastos sectores se enriquecieron a costa del dolor del pueblo. Sin embargo, el ilusionismo político generó una suerte de anestesia colectiva y no tuvo resistencia del pueblo, habituado desde siglos a que siempre habría un Estado benefactor que lo salvara del abismo y un carismático líder capaz de  congelar el descontento.

Esa es la función del personaje que funge como poder entre bambalinas, que luce un rostro pétreo e inexpresivo y sólo parece amar a su hija, que es la única persona por la cual siente un cariño real. Lo demás es teatro, demagogia y manipulación, con Putin (un también inexpresivo Jude Law), quien tampoco parece experimentar emociones pero tiene la cualidad de ser una suerte de encantador de serpientes, por su carisma, inteligencia y el conocimiento de la psicología individual y de masas que seguramente adquirió cuando era un agente del KGB.

Esta película, que tiene una estructura episódica e incluye a un narrador en off, es una extensa narrativa de más de dos horas y media de duración, dotada de lenguaje moroso, excesivamente sosegado y por momentos hasta monótono.

En ese contexto, es pertinente detenerse en cada detalle, en cada mensaje y en cada gesto, porque toda esa parafernalia de palabras y de imágenes tiene un superlativo significado, en el cual Vladimir Putin hace honor al significado de la palabra persona, cuya traducción del latín significa máscara, porque, en muchos momentos, la persona no es una persona en sí misma sino una máscara que encubre su verdadera naturaleza, como sucede en la tradición teatral desde el primigenio arte escénico de la antigua Grecia. Así como Putin es un actor protagónico, su asesor es actor de reparto y es casi un utilero, porque no tiene visibilidad. Sin embargo, es tan protagónico como su jefe y empleador, a quien define sin eufemismos como un zar. Una insólita contradicción, ya que hace casi 110 años, la revolución bolchevique decapitó a la monarquía y fusiló a toda la familia real de la dinastía Romanov en 1917.  Sin embargo, hoy Rusia sigue teniendo un zar, aunque no sea de extracción aristocrática.  En consecuencia, la historia se repite. Hace más de un siglo, el zar y la zarina Alejandra eran asesoradas por el apócrifo monje Rasputín y luego, con el tiempo Putin tuvo su propio Rasputín.

Sin abandonar su ritmo moroso, el relato va evolucionando lentamente, entre intrigas palaciegas, traiciones soterradas y lealtades amputados. En ese contexto, la oposición al régimen, que es una democracia de impronta rusa no occidental, no proviene desde afuera como es habitual sino desde el propio entorno del presidente, aunque el mandatario se siente protegido por un asesor y operador político que mueve los hilos como si se tratara de un titiritero y siempre le cuida las espaldas para no dejarlo en falsa escuadra y prevenir toda eventual conspiración.

Si bien algunos críticos han calificado a esta película como anti-rusa, es claro que existen muchas semejanzas entre Putin y el propio Donald Trump, tal vez los dos hombres más poderosos del planeta y con una analogía que es insoslayable. Los dos son, más allá del pasado del político ruso, cultores de la economía de mercado. Es decir, no hay radicales diferencias ideológicas entre ambos. Sí hay una enconada rivalidad, nacida, ente otros motivos, por la invasión rusa a Ucrania y el apoyo de todo Occidente a esta nación. No se trata de un tema meramente territorial sino geopolítico, porque el gobierno ucraniano tiene el propósito de sumarse a la OTAN, la alianza militar occidental liderada por los Estados Unidos, que puede poner en peligro la seguridad de la Federación Rusa. Sin embargo, este conflicto no ha derivado en un enfrentamiento directo entre ambas potencias y, por ahora, todo se ha ido dirimiendo en el ámbito diplomático.

“El magro del Kremlin” es, ante todo, un descarnado retrato sobre la cultura del poder, que no es mero patrimonio de los rusos ni de los chinos, sino también de Occidente, porque Donald Trump es un alienado delirante y un peligro para la paz mundial.

Mediante una escrutadora mirada que privilegia más a los personajes que a las situaciones en sí mismas, el realizador francés logra penetrar el corazón mismo de la estructura del poder, revelando como la autocracia es parte de la idiosincrasia del pueblo ruso, desde sus propios orígenes. En definitiva, cuando se califica al gobierno de Putin como un régimen, se incurre en el error que un régimen no es siempre una dictadura. También la democracia de modelo liberal occidental es un régimen, que tiene reglas diferentes, acorde a su tradición republicana. Incluso, también se rinde culto a la personalidad, como en el caso del emperador Donald Trump y en el caso de Javier Milei en Argentina, que califica despectivamente a sus opositores como “cu cucas” y ni que hablar del salvadoreño Nayb Bukele, que es un dictador, porque ganó la última elecciones con un grosero fraude, controla a todos los estamentos del Estado, persigue y encarcela opositores y tiene vínculos con las mafias. Sin embargo,  insólitamente, es el mandatario con mejor imagen en el continente, incluso entre los políticos derechistas uruguayos.

Esta reveladora película corrobora que para entender el contexto político ruso, hay que volver a releer “El príncipe”, del político italiano Nicolás Maquiavelo, un magistral ensayo sobre los a menudo ininteligibles secretos del poder, que sigue siendo tomado como referencia de estudio por parte de los politólogos, cientistas sociales y hasta por sus más enconados detractores.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

El mago del Kremlin (Le mage du Kremlin) Francia, Estados Unidos 2025. Dirección: Olivier Assayas. Guión: Olivier Assayas, Emmanuel Carrère, basado en una novela de Giuliano da Empoli. Fotografía: Yorick Le Saux. Edición: Marion Monnier. Reparto; Paul Dano, Jude Law, Alicia Vikander, Tom Sturridge, Will Keen Y Jeffrey Wright.

 

 

 

 

 

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