“Un cabo suelto”: La supervivencia en clave irónica

Tiempo de lectura: 9 minutos

La corrupción policial, el escape sin destino, el temor a ser encontrado y “silenciado” por mafiosos uniformados, versátil capacidad para sobrevivir en condiciones adversas y hasta el amor a primera vista y circunstancial, son los cinco núcleos temáticos de “Un cabo suelto”, la regocijante comedia costumbrista del actor, realizador y productor uruguayo radicado en Argentina Daniel Hendler, que promueve momentos de jocosidad pero también de reflexión.

Daniel Hendler ha desarrollado una larga carrera artística, tanto en Uruguay como en Argentina y ganó una superlativa fama internacional gracias a sus premios como actor. En 2004, cosechó el Oso de Plata en el Festival de Berlín, por su actuación en “El abrazo partido”. En tanto, en 2012, ganó singular notoriedad y popularidad por su rol protagónico en la exitosa telenovela “Graduados”, que se emitió en 178 episodios por Telefe y en Uruguay por Canal 12. Simultáneamente, ganó los premios Tato y Martín Fierro, lo cual incrementó sustantivamente su prestigio.

En ese contexto, desarrolló una meteórica carrera en el cine, destacando en papeles protagónicos en “25 Wats” (2001), tal vez una de las mejores películas uruguayas de todos los tiempos, en “El fondo del mar” (2003), en “El abrazo partido” (2004), en “Los suicidas” (2005), en “Los paranoicos” (2008), en “Mi primera boca” (2011), en “Vino para robar” (2013) y en “El otro hermano” (2017), entre otras.

Como realizador, por el momento dirigió cuatro películas: “Norberto apenas tarde” (2010), “El candidato” (2016), 

“27 noches” (2025), que puede visionarse en la plataforma Nexflix, y ahora “Un cabo suelto”, también de 20025. Son propuestas muy diferentes entre sí, aunque en todas se nota el toque de originalidad  y creatividad del autor.

El cine de Hendler se caracteriza por un tono tragicómico, sutil y enfocado en la fragilidad de la identidad y las relaciones humanas. Su estilo, propio del Nuevo Cine Argentino/Uruguayo, emplea humor absurdo, diálogos secos y una distancia respetuosa que evita el subrayado dramático. Sus películas exploran lo cotidiano con un toque humorístico, mixturando lo familiar con lo extraño.

Antes de iniciar el análisis de este film, es pertinente detenerse en su título, que es ya de por sí muy ilustrativo. En efecto, la expresión cabo suelto, que es habitual en la literatura policial, sugiere siempre algo que falta o algo que no funciona.

Sin embargo, cabo es también un rango tanto militar y policial. Es uno de los rangos más bajos del escalafón, sólo superior al de soldado en el caso del instituto armando y al de agente en el caso de la Policía. Por ende, para desempeñar este cargo no se requiere ninguna preparación especial, salvo en el caso del uso de armas y en el conocimiento de las normas y los códigos que rigen la actividad de quienes detentan el uso legal de la fuerza.

El hecho que el protagonista de esta película sea precisamente un cabo del instituto policial, en este caso de la Policía argentina, simboliza que se trata de una persona humilde y sin demasiado expectativas de progreso material y profesional. Es decir, sí es un hombre de pueblo por cara de pasmado, que, por vocación o bien por necesidad, se enroló en la fuerza para tener un trabajo asalariado. Por supuesto, debe ceñirse a las normas policiales, que son estrictas y difieren radicalmente de las reglas que rigen a la sociedad civil. En este caso, lo fundamental, además del profesionalismo, es la disciplina, máxime tratándose de un funcionario subordinado jerárquicamente a jerarcas de mayor rango.

Por ende, si un espectador adepto a las novelas y al cine policial llega a la sala exhibidora sin mayor información sobre la temática de la película, seguramente lo primero que deberá indagar es cuál es el cabo suelto que falta o quién es ese cabo suelto, sin imaginar que este no es realmente un thriller sino una comedia dramática que, sin embargo, indaga en temas como la corrupción policial, la identidad o las diferencias de idiosincrasia entre dos pueblos apenas separados por un curso de agua pero que tiene un origen común, la capacidad que tiene cualquier ser humano para mimetizarse en un territorio que no es de su país de origen y la habilidad para sobrevivir a como dé lugar y salir airoso de las situaciones más adversas. Esta cualidad pone en juego la célebre “viveza criolla”, que es una expresión cultural acuñada en Uruguay, Argentina y Paraguay, la cual describe una filosofía de vida basada en la astucia, el ingenio y la picardía para obtener ventajas personales y a menudo violar normas, leyes o la principios éticos

Tal vez el personaje literario que encarna mejor la “viveza criolla” sea el Viejo Vizcacha del clásico literario Martín Fierro, una suerte de poema narrativo de impronta gauchesca, del célebre autor argentino José Hernández. En ese marco, el célebre Vizcacha es la más perfecta encarnación de una filosofía cínica, materialista e individualista, que debe recurrir al engaño para salir indemne de situaciones comprometidas. El personaje de esta obra, sin dudas emblemática, es un gaucho trabajador convertido en desertor y víctima de la injusticia social.

Lo concreto es que debe apelar a la astucia para salvar su vida y, obviamente, a la “viveza criolla”, que, con el tiempo, ha devenido es un sinónimo de corrupción propio de los estafadores o de tantos políticos que cometen delitos desde una posición de poder, pero lamentablemente, quedan impunes. Sobran los ejemplos.

La película comienza con una persecución nocturna, en la cual dos hombres a bordo de un automóvil transitan por barrios muy conocidos por los espectadores uruguayos, siguiendo en gran velocidad a un tercer hombre que se traslada a pie, quien inicialmente se detiene, ensaya una seña y luego corre despavorido hasta que es arrollado por el vehículo. Sin embargo, sobrevive. Si bien la secuencia dura no más de tres o cuatro minutos, el espectador se imagina un ajuste de cuentas entre delincuentes del crimen organizado y se prepara para visionar un thriller de los tantos que suelen anegar las carteleras del circuito comercial capitalino. Sin embargo, la víctima del atropello, que sale ilesa, viste uniforme de policía.

El protagonista de esta historia es Santiago Pallares (Sergio Prina), un cabo de la policía argentina que huye presurosamente hacia Uruguay aunque no usa la vía del puente Internacional Fray Bentos – Puerto Unzué, sino que llega a nuestras costas a bordo de una lancha. Lo sorprendente es que nadie lo detiene, lo cual corrobora que nuestras fronteras son coladores.

El hombre, que es el cabo suelto al cual refiere el título, está escapando de sus  compañeros policías, porque aparentemente vio algo que no debía ver, lo cual no se explica en ningún momento de la película. Puede ser un homicidio o un mero caso de corrupción. Empero, lo cierto es que dos de sus compañeros se lanzan a la caza del infortunado Pallares, a quien “torturan” permanentemente con llamadas a su celular, en las cuales exhiben una actitud amenazante que induce al protagonista a seguir huyendo. Lo sorprendente es que, pese a estar enfundado en el uniforme de la policía del vecino país, pasa inadvertido. O la gente no lo identifica como un policía foráneo o bien no le interesa.

Otro tanto sucede con dos de sus compañeros policías, encarnados por Germán De Silva y Daniel Elías, quienes cruzan a través del puente internacional uniformados y sin ninguna traba. Es obvio que debieron vestir de particular. Sin embargo, la intención de Daniel Hendler, quien ha cruzado decenas de veces hacia su país desde que se radicó en Argentina, es denunciar, sin estridencias, que existe una actitud de laxitud del personal de migraciones de Uruguay y que los controles son mínimos.

Uno de los momentos más jocosos de este film se registra cuando el protagonista ingresa al free shop situado en la frontera y se encuentra con Rocío (Pilar Gamboa), quien es la encargada de un comercio de venta de alimentos. La conversación entre ambos, en la cual sobrevuela la seducción no exenta de flirteo, está impregnada de humor costumbrista. En ese contexto, el hombre se muestra dubitativo y torpe para afrontar la situación, porque necesita algo de comer pero su tarjeta de crédito está inhabilitada y solo tiene dinero argentino, que por su baja cotización en Uruguay no vale casi nada. 

Sin saber virtualmente a dónde ir y aun vistiendo su uniforme porque es su única ropa, este argentino en situación de calle se las ingenia para sobrevivir con mucha astucia, haciendo dedo en la ruta o bien robando en algún comercio para poder alimentarse. La suya es una situación desesperante, aunque el espectador se ríe con frecuencia porque el cuadro es presentado con un superlativo humor. No obstante, la situación es dramática porque el protagonista es un hombre perseguido y amenazado por una presunta mafia policial, que intenta silenciarlo para que no revele lo que vio. Por supuesto, jamás se sabe de qué fue testigo este desdichado cabo de policía, que ha sido tildado de desertor, porque se niega a ser parte de algo que no comulga con sus valores. En tal sentido, el film enfatiza en la dualidad de este hombre, que si bien huye para no involucrarse algo ilegal o bien inmoral, no duda en robar o engañar a todos los que se cruzan en su camino con tal de sobrevivir, pero sin ninguna violencia 

Uno de los personajes más peculiares con los que entabla vínculo es con un ingenuo comerciante encarnado por el cantautor Alberto “Mandrake” Wolf en su debut actoral, quien, entre otros productos, vende quesos en un puesto instalado en plena ruta, donde habitualmente no pasa casi nadie. El protagonista manifiesta que es un experto en quesos y, en ese contexto, se lleva un molde para “madurar”. Obviamente, el artista toca la guitarra y hasta canta,  para que no nos olvidemos de quién es.

Hendler incorpora otros dos agonistas para tornar el relato aun más jugoso. Uno de ellos es un abogado con sobrepeso encarnado por Néstor Guzzini, quien traslada al protagonista a bordo de su auto sin preguntarle de donde vienen y por qué está deambulando por la ruta y el otro es interpretado por César Troncoso, un burócrata muy estricto y ceremonioso que no se cansa de imprimir sellos en documentos.

La presencia de estos dos personajes interpretados por dos actores uruguayos de envergadura, confiere a “Un cabo suelto” mayor atractivo, porque ambos se suman a esta humorada reflexiva con su reconocido talento y versatilidad.

Empero, el encuentro más placentero para el inefable Pallares es nuevamente con Rocío, una mujer que le atrajo sobremanera desde el momento que la conoció. Obviamente, la atracción es mutua, aunque, pese a su ingenuidad, la fémina igualmente intuye que la situación del hombre es compleja y que debe hacer lo que esté a su alcance para ayudarlo a zafar.

“Un cabo suelto” es una comedia plagada de abundantes guiños costumbristas, en cuyo marco su director y guionista enfatiza en las diferencias entre uruguayos y argentinos, logrando convencer al espectador que no somos tan parecidos a nuestros hermanos del Plata como parecemos a primera vista.

Una de las virtudes de este relato, que muta por momentos en una road movie, es no revelar el motivo por el cual dos policías están persiguiendo a un compañero, presuntamente para disciplinarlo o bien para silenciarlo. Empero, como esta no es realmente una intriga policial ese detalle es ciertamente irrelevante.

Lo relevante es que hay policías que actúan por su cuenta, pasan la frontera uniformados sin que nadie les pregunte nada y hasta muestran sus identificaciones e interrogan a personas, a los efectos e obtener información que los conduzca al paradero del esquivo prófugo, que siempre se las ingenia para poner distancia entre él y esos dos hombres, que no lucen para nada amenazantes.

Tan importante como la trama cinematográfico es el paisaje del interior uruguayo, que luce tan desolado como siempre por la recurrencia de la macrocefalia del Área Metropolitana que concentra la mayor porción de la población, como por los personajes que, por su espontaneidad, le otorgan una superlativa riqueza a esta historia de ficción.

Este cabo suelto es un cabo divertido pero también reflexivo, que desnuda algunas características de la idiosincrasia rioplatense que no son para enorgullecerse, como la tan popular viveza criolla, que no es ni más ni menos que corrupción. En efecto, no es normal que un policía deserte de la fuerza pero menos normal aun es que sea amenazado y perseguido por sus camaradas. Esa hipótesis sólo es posible si existe algo sórdido y oscuro, porque la amenaza y el hostigamiento es una estrategia mafiosa, por más que estos dos uniformados parezcan personas comunes y corrientes. En ese contexto, otra disfuncionalidad que denuncia el director y guionista sin pontificar ni politizar su relato, es la total impunidad con la cual se mueven todos, tanto el protagonista como sus perseguidores. 

Más allá que el uniforme siempre representa para la gente un estatus de autoridad, el origen de esa impunidad es sin dudas la indiferencia colectiva, ya que, por lo menos en Uruguay, que suele ser presentado como un ejemplo comparado con otros países de la región, la corrupción no mueve la aguja de la opinión pública y tampoco la aguja electoral. 

“Un cabo suelto” es, ante todo, una comedia costumbrista que visibiliza la idiosincrasia de los dos vecinos del Plata, mediante un humor por momentos ácido y hasta desopilante, acorde a una propuesta artística destinada a entretener pero también a convocar a la reflexión, con fuertes guiños al cine de los hermanos Cohen. 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

Un cabo suelto. Uruguay-Argentina 2025. Dirección: Daniel Hendler Guión: Daniel Hendler. Fotografía. Gustavo Biazzi. Música. Matías Singler. Montaje. Nicolás Goldbart. Reparto: 

Sergio Prina, Pilar Gamboa, Alberto Wolf, Daniel Elías, Germán De Silva, Néstor Guzzini, César Troncoso y Diego de Paula.

 

 

 

 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.