“Las catadoras del Führer”: Un despiadado atropello a la dignidad

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El nazismo como patología y como condena, el despiadado abuso de poder, la férrea lealtad a una ideología de impronta mesiánica, la enconada resistencia y resiliencia sin ninguna restricción y el amor que trasciende a las meras convicciones y al disciplinamiento político, son los cinco pilares que sustentan “Las catadoras del Führer”, el largometraje testimonial del realizador italiano Silvio Soldani hablado en alemán, que aborda la tragedia del odio racial y el exterminio sistemático desde un ángulo radicalmente novedoso, que excede a la mera crudeza de los campos de concentración, la tortura sistemática, las cámaras de gas, los hornos crematorios, el odio racial y, naturalmente, el genocidio.

 Es obvio que el nazismo, tal vez la expresión más salvaje y abominable de las pulsiones de muerte del ser humano como lo definía el padre del Psicoanálisis Sigmund Freud, se haya transformado, con el tiempo, en un subgénero en sí mismo, que atrae particularmente a la comunidad judía, porque se observa reflejada en las víctimas reales o de la ficción cinematográfica, en una suerte de catarsis con sus propios ancestros masacrados por la alienación mesiánica de las hordas encabezadas por el dictador y emperador Adolf Hitler. Sin embargo, ese ejercicio de memoria de la tragedia, que fue real, también ha sido empleada como mero pretexto para tildar de antisemita a todos aquellos que condenan, también con razón, los actos de barbarie perpetrados por Israel en la Franja de Gaza y la ocupación y en algunos casos la anexión de territorios hace casi sesenta años.

Empero, el nazismo ha sido siempre, desde mediados del siglo pasado, un filón que ha sabido explotar muy bien la lucrativa industria audiovisual, aunque, en muchos casos, con visiones carentes de la adecuada sensibilidad e indagando únicamente el lado más morboso de este fenómeno, que contemporáneamente reaparece, en cuentagotas, en las ultraderechas europeas, que reflejan un grado de xenofobia muy similar a la de los esbirros del monstruoso tirano austríaco y hasta en el alienado Donald Trump, una racista de la peor laya, quien, paradójicamente, no segrega a los judíos porque son sus aliados en la geopolítica de Medio Oriente y los que sustentan la economía de su país.

Aunque no es fácil cuantificar cuántas películas sobre el nazismo fueron creadas por cineastas de diversas nacionalidades y épocas, se estima que son miles, desde la década del cincuenta hasta el presente. Algunas de ellas exploran las pulsiones meramente morbosas del tema y otras son en cambio más profundas y elaboradas como, por ejemplo, “El huevo de la serpiente” (1977), del maestro sueco Ingmar Bergman, que, ambientada en 1923, abordo las primeras movilizaciones de militantes que luego fermentarán la estructura política y militar del nazismo.

Otra obra sin dudas magistral, que nos permite comprender este fenómeno, es “Cabaret” (1972), de Bob Fosse, una suerte de musical ambientado en la década del treinta, que recrea el proceso de crecimiento de  la serpiente. Sin embargo, en una suerte de trilogía, la tercera película que nos permite asomarnos aún más a la comprensión de este drama es la “La caída de los dioses” (1969), obra maestra del emblemático realizador italiano Luchini Visconti, que revela como el nazismo penetró a la alta burguesía alemana, se logró apropiar de su patrimonio y transformó a algunos de sus miembros en aliados funcionales al sistema.

En ninguna de esas tres películas aparecen los campos de concentración, las cámaras de gas ni los hornos crematorios. Empero, sí se visualizan algunas modalidades de violencia, como purgas internas en las propias filas del nazismo, como en el caso de “La caída de los dioses”, con la recreación de la Noche de los Cuchillos Largos, y la violencia psicológica y estratégica que caracteriza a “La caída de los dioses”.

“Las catadoras de Hitler” tiene un abordaje radicalmente diferente al de magistrales películas de la talla de “La lista Schindler”, de Steven Spielberg, y “El pianista”, de Roman Polanski, que denuncian el cenit de la barbarie nazi y de su operación de exterminio de un pueblo, así como también “Nuremberg”, de James Vanderbilt, que si bien enfatiza en el juicio a los criminales de guerra nazis, muestra algunas desgarradoras escenas documentales de los campos de concentración, luego de ser capturados por los aliados, con centenares de cadáveres apilados y prisioneros terriblemente desnutridos y al borde la muerte.

Tal vez este film sea más cercano a  la formidable “Zona de interés”, de  Jonathan Glazer, que pone en debate nada menos que la banalización del mal, que inevitablemente alude a la obra de la filósofa y teórica política alemana Hannh Arendt, quien elaboró su trabajo en base a los testimonios recabados en el juicio realizado en 1961 en Israel para la revista The New Yorker de la cual era corresponsal, contra el criminal nazi Adolf Eichmann, quien fue condenado y ajusticiado por los judíos.

En esta nueva película, sin dudas interesante, Soldini, que es muy apreciado por propuestas de la enjundia de “Pan y tulipanes” y “Días y nueves”, se centra en el entorno más próximo al dictador Adolf  Hitler y en un tema poco común: la gastronomía, porque Hitler, aunque era un alienado y hasta podría ser calificado incluso de monstruo, comía como cualquiera de nosotros. Obviamente, como buen tirano, desconfiaba de todos, porque sabía que en su propias filas había personas que lo odiaban y aspiraban a terminar con la pesadilla que abatió sobre toda Europa, seguramente pensando en la seguridad de Alemania. No en vano, el 20 de julio de 1944, poco antes del final de la guerra y de la caída del régimen, detonó una bomba en el búnker donde se refugiaba Hitler ante el avance de los aliados, quien ese día congregó una cumbre con su plana militar mayor. El atentado, denominado “Operación Valkiria”, para matar al dictador, que fue liderado por el coronel alemán Claus von Stauffenberg y otros oficiales que consideraban que el único modo de terminar con la guerra  y de salvar al país de la destrucción era matar al führer, fracasó estrepitosamente y sus actores fueron fusilados. El búnker era popularmente conocido como “La guarida del lobo”.

Esta película tomó como núcleo de inspiración a la novela de Rosella Postorino, que recoge el testimonio tardío de Margot Wölk,  única de las sobrevivientes que tenían a su cargo la ardua y no menos riesgosa tarea de probar los almuerzos y cenas del dictador. En este caso, la protagonista tiene otro nombre. Se llama

Rosa (Elisa Schlott), una joven secretaria berlinesa que mientras espera con sus suegros el regreso de su esposo del frente de  guerra,  es reclutada por los nazis para sentarse a la mesa e ingerir los alimentos. Obviamente, si estos no les provocaban ningún problema de salud, pasaban la censura previa y marchaban sin demora a la mesa de Hitler y su esposa Eva Braun.

La tarea de supervisión de estas forzosas comensales está a cargo nada menos de que de las temibles SS, las fuerza de elite del régimen y brazo ejecutor armado del exterminio masivo de judíos y de otros opositores. Se trata de mujeres jóvenes y hambrientas. Obviamente, son necesitadas. Por ende, se transforman en carne de cañón de este sistema criminal, destinado a preservar la salud del dictador. Por ende, se trata de una actividad de máxima prioridad para los escuderos del gobernante.

Naturalmente, estas mujeres que son reclutadas para tan ardua tarea de gran responsabilidad sienten un profundo miedo, porque, además de no tener margen de error, corren el peligro de morir si ingieren un alimento que esté envenenado o en mal estado. En realidad, comparten el miedo del propio dictador, que se sabe amado pero también se sabe odiado. Por ende, uno de los temas centrales es el miedo, como disparador de las acciones de las personas, que, en el caso de las mujeres, por más que no son físicamente maltratadas, viven bajo una permanente presión psicológica.

En ese contexto, se genera una comunidad femenina, donde afloran vínculos, pero también conflictos y rivalidades. Todas quieres salvarse de lo que avizoran como un aciago destino, por lo cual acatan las órdenes que se les imparte sin mayor resistencia. En realidad, no hay margen para la resistencia, porque están sometidas a un régimen autoritario y su trabajo, por así llamarle, no es voluntario sino compulsivo.

En ese marco, la protagonista, que recrea a la única sobreviviente de esta experiencia realmente estremecedora y por ende tuvo la posibilidad de brindar su testimonio y de narrar las vicisitudes padecidas, se entera que su marido desapareció en el frente oriental de la guerra, que fue el que comenzó a revertir el curso del conflicto bélico, a partir de la derrota padecida por las tropas del Tercer Reich infligida por los rusos, que luego de padecer una furiosa ofensiva de los nazis en su propio territorio, iniciaron una contraofensiva que culminó con la caída de Berlín.

La situación se complejiza cuando un oficial de la SS seduce a la protagonista y, en ese contexto, protagoniza, en secreto, escenas de alto votable sexual, que son mostradas con total ausencia de explicitud y mucha ponderación y sobriedad. En realidad, el militar se enamora de la mujer, aunque esta sólo se limita a aceptar sus embates amorosos con resignación, porque tiene claro que no hay otra alternativa. Más allá de los sentimientos, que claramente demuestra el nazi, este vínculo se parece más a un abuso sexual y de autoridad que a un romance en sí mismo. Sin embargo, los nazis, aunque eran una suerte de monstruos abominables, también sentían, aunque estuvieran alienados por el odio. Un caso concreto es, por ejemplo, el Hermann Göring, encarnado magistralmente por Russel Crowe en “Nuremberg”, que tenía esposa y una hija, a quienes amaba entrañablemente. Por supuesto, amar a algunas personas no significa amar a la humanidad. Ambos sentimientos o pulsiones fueron bien explicadas por el inconmensurable sabio Sigmund Freud, quien construyó la teoría de la pulsión de vida (Eros) y la pulsión de muerte (Tánatos). Ambas conviven en la naturaleza humana, aunque muchos ignorantes lo nieguen.

Por supuesto, aflora, aunque sea tímidamente, el odio visceral de los nazis contra los judíos, aunque el film carece de escenas de represión y de la barbarie que desplegaron las huestes de ese sistema infame sobre una etnia y una religión concreta.

Empero, la protagonista,  al igual que sus infortunadas colegas, aun aquellas que no eran judías, igualmente fueron víctimas de atropellos, porque, contra su voluntad, debieron ingerir alimentos que podían estar envenenados. Obviamente, por más que los manjares se multiplicaran por doquier, no disfrutaban el placer de la ingestión de esos alimentos seleccionados, aunque sus papilas gustativas estuvieran al máximo de su intensidad.

En tal sentido, la presión psicológica ejercida sobre esas mujeres era demoledora, porque aunque no estaban recluidas en celdas, si estaban recluidas y a disposición de los excesos de esa banda de asesinos uniformados que conformaban la corte militar del dictador más sangriento de la era moderna.

Esa presión psicológica se percibe incluso en los encuentros entre el oficial de la SS enamorado y la mujer, quien en cada acto sexual se siente ultrajada, porque tiene claro que no puede resistirse al asedio del hombre, ya que este tiene poder sobre ella y sobre las otras catorce mujeres, que han perdido totalmente su libertad. Aunque pueda dejar dudas que todo lo registrado en la novela original sea cierto y hasta pueda dudarse de la veracidad del testimonio del personaje femenino real, lo cierto es que esta mujer sobrevivió para narrar su pesadilla, aunque el film no registra todo el tormento que padeció incluso luego de consumada la derrota militar del nazismo.

En efecto, según los testimonios conocidos, el tormento de Margot Wölk no terminó en esa escena entre dramática y romántica que marca el epílogo del relato, porque fue sometida a violaciones masivas por parte de las tropas soviéticas que consumaron la hazaña de someter y derrotar al nazismo. A raíz de esos atropellos, la mujer padeció graves secuelas físicas y psicológicas que le impidieron recomponer su familia y menos aun tener descendencia, pese a que se reencontró con su marido en 1946. Sin embargo, pese a esos traumas subyacentes, la pareja permaneció unida hasta el fallecimiento del hombre.

Desde este punto de vista, esta película destaca por su extrema sobriedad, aunque le falte la hondura dramática que requería una peripecia vital de tanta envergadura y dureza. En tal sentido, el director de fotografía Renato Berta construye una puesta sumamente morosa y austera, a los efectos de generar una atmósfera visual despojada de esplendor y muy similar al cine de hace medio siglo. Obviamente, esta técnica es deliberada y funcional al objetivo del producto audiovisual.

“Las catadoras de Führer” es, sin dudas, una película testimonial, que aborda una faceta radicalmente diferente del nazismo como fenómeno histórico, sin la crueldad ni la crudeza de largometrajes que denuncian los peores atropellos perpetrados por el nazismo. Empero, la pesadilla psicológica que padecieron estas mujeres impacta casi con el mismo rigor, tomando en cuenta, además, que catorce de las quince catadoras fueron luego asesinadas y, gracias a la víctima que sí sobrevivió, pudimos conocer esta historia. Por supuesto, fue una secuela más de la barbarie de la que es capaz el homo sapiens, que nos recuerda, más allá de revolucionarios avances científicos y tecnológicos y de épicas solidarias, la célebre reflexión del dramaturgo latino Plauto y del filósofo inglés Thomas Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Las catadoras de Führer. (Le assaggiatrici) Italia, Bélgica, Suiza 2025.  Director: Silvio Soldini. Guión: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Cristina Comencini. Edición. Carlota Cristiani y Giorgio Garini. Música: Renato Berta. Fotografía. Renato Berta. Reparto: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun, Emma Falck y Olga von Luckwald.

 

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