La libertad, la adicción, la enfermedad, la nostalgia, los prejuicios, la mentira, el duelo, la culpa y el ocultamiento son los nueve pilares que sostienen “Romería”, el tercer largometraje de la realizadora española Carla Simón, que, junto a “Verano 1993” y “Alcarrás”, constituyen una trilogía esencial de impronta autobiográfica, que fundamentalmente duele, porque está marcada radicalmente por la tragedia.
Aunque no tiene nada de novedoso que una directora de cine se apoye en su arte para recrear su historia e indague en su propia intimidad a corazón abierto, en este caso los primeros tres títulos de la producción de una realizadora, de apenas 38 años de edad, están orientados en esa dirección. Por supuesto, aquí el pasado es doloroso, pero también es un refugio, para no sentirse solo o sola y recuperar la identidad, por lo menos en forma fragmentaria.
Apoyándose en el envase de la ficción, que es ficción verdad o bien verdad ficcionada, Simón se reencuentra inicialmente con su infancia hasta proseguir su itinerario de crecimiento personal, que no es solamente biológico sino también psicológico.
Por supuesto, esta suerte de aventura cinematográfica que es en buena medida su vida representada en la pantalla, como antes sucedió con otras vidas representadas en otras pantallas u otros tiempos, es una suerte de verdadera odisea desgarradora. ¿Por qué? Porque la cineasta se quedó huérfana cuando era apenas una niña, pues sus dos padres, ambos adictos a la heroína, murieron muy jóvenes víctimas de los estragos devenidos del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), la pandemia hegemónica de las décadas del ochenta y el noventa del siglo pasado.
¿Qué es el SIDA que hoy parece atenuado, porque ya no es noticia como hace cuarenta años? Es una patología severa y letal que irrumpió abruptamente a comienzos de la década del ochenta, concretamente en 1981, cuando el 5 de junio, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (CDC) reportaron un grupo de casos inusuales de neumonía y sarcoma de Kaposi en hombres jóvenes de California y Nueva York. Aunque el virus ya se había propagado de manera silenciosa durante décadas, este anuncio marcó el inicio de su reconocimiento global. La fase de identificación del virus se registró entre 1983 y 1984, cuando investigadores en Francia y Estados Unidos lograron aislarlo y, en 1986, fue bautizado definitivamente como VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana.

En sus primeros años, era una enfermedad rápidamente mortal. No fue hasta 1996 cuando la terapia antirretroviral cambió el curso de la enfermedad, transformándola de una crisis terminal a una condición manejable con una expectativa de vida normal.
En Uruguay, el primer caso documentado de SIDA fue un hombre de apenas 38 años de edad, quien falleció en 1983. El virus fue importante, ya que el paciente fue contagiado en Estados Unidos. Como falleció el 29 de junio, todos los años se conmemora el Día Nacional de Lucha contra el VIH/SIDA.
Aunque la ciencia ha trabajado persistentemente para fabricar una vacuna que prevenga e inmunice contra esta patología, ello no ha sido posible. Sin embargo, el tratamiento antes mencionado ha logrado mitigar los estragos provocados por el virus, que está muy lejos de ser erradicado y controlado.
Se transmite a través de fluidos corporales, como la sangre, el semen, los fluidos vaginales y la lecha materna. Las vías más usuales de contagio son las relaciones sexuales sin protección y compartir agujas. Por ende, los grupos de mayor riesgo son los adictos que se inyectan y las personas que mantienen vínculos sexuales sin protección, ya sean heterosexuales u homosexuales.
El virus provoca estragos, porque debilita la inmunidad del organismo, dejándolo expuesto al ataque de toda suerte de patologías. En esas circunstancias, el organismo no se defiende.
Es muy larga y dolorosa la lista de célebres figuras del espectáculo y la cultura que murieron a causa de este flagelo. Uno de los más notorios fue Freddie Mercury, el formidable cantante de la no menos inconmensurable banda británica de rock Queen, quien dejó de existir en 1991, luego de un largo padecimiento, que no le impidió seguir grabando discos. Su fallecimiento provocó una profunda conmoción.

Empero, el primer famoso fulminado por el SIDA en 1985, fue el actor estadounidense Rock Hudson, una figura emblemática del mágico firmamento de la era de oro de Hollywood. Su deceso ayudó a visibilizar la enfermedad, ya que fue un actor formidable, quien brilló con idéntica solvencia tanto en la comedia como en el drama.
Otro referente fue Keith Haring, muerto en 1990, a los 31 años. Fue un reconocido artista y activista estadounidense, cuyas icónicas obras de arte callejero se convirtieron en un símbolo visual de la lucha contra la crisis del SIDA.
Otra celebridad del cine que se llevó prematuramente este maldito virus letal fue Anthony Perkins, un formidable actor que dejó de existir en 1992. Es particularmente recordado por su magistral interpretación protagónica de un asesino alienado en el film “Psicosis”, obra cumbre del maestro Alfred Hitchcock. Esta nómina incluye también a otras dos figuras descollantes del arte: el eximio pianista Liberace, muerto el 4 de febrero de 1987, y el magistral bailarín ruso Rudolf Nuréyev, quien se despidió definitivamente de nosotros el 6 de enero de 1993, al igual que su colega, el célebre bailarín argentino Jorge Donn, estrella del Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart, quien murió en noviembre de 1992.
Por supuesto, el cine no ha sido ajeno a este drama, con películas tan recordadas como “Filadelfia” (1993), de Jonathan Demme, protagonizada por Tom Hanks, ganador del Oscar al Mejor Actor por su papel de abogado segregado y despedido por su condición de homosexual y su enfermedad, Dallas Buyers Club (2013), de

Jean-Marc Vallée, que, basada en hechos reales, narra la lucha de activistas por introducir tratamientos antirretrovirales alternativos y accesibles en los años 80, y “120 pulsaciones por minuto” (2017), de Robin Campillo, que propone una mirada visceral y realista en torno al activismo de primera línea del grupo ACT UP en París, durante los años noventa. Otro que incursionó en el tema es el cineasta manchego Pedro Almodóvar, en “Todo sobre mi madre” (1993). Aquí el SIDA funge como un hilo conductor que vincula temas como la maternidad, la solidaridad femenina y los prejuicios sociales.
En esta película, la enfermedad es la detonante del recuerdo y la nostalgia, porque esta joven, que es alter ego de la propia directora, se crió sin sus progenitores y en su horizonte psicológico hay zonas oscuras que requieren ser iluminadas. Poco o nada sabe o recuerda de sus padres y no entiende a ciencia cierta por qué no están con ella y por qué partieron prematuramente de este mundo y la dejaron sola. No hay reproches, aunque ambos murieron de SIDA, con tres años de diferencia, patología que contrajeron por ser adictos a la heroína, un poderoso opiáceo que, en forma de polvo blanco, puede ser inhalado o también inyectado, aunque cuando esta práctica se torna colectiva, basta que haya en el grupo un enfermo de SIDA, para que el virus se transmita a través de la sangre. Esa parece ser la causa de muerte de la pareja, aunque los prejuicios transforman al trágico hecho en una suerte de nebulosa, porque esta droga es ilegal y el SIDA también puede ser contraído por transmisión sexual y, por lo menos en los primeros años, cuando aún no existía un tratamiento, se transformó en un auténtico flagelo para los homosexuales. Otro factor de crucial incidencia era y aun es la ignorancia, ya que hay personas que creen que el virus se contagia con apenas tocar al infectado, lo cal transforma a las víctimas en auténticos parias.
Las trágicas muertes se consumaron en la década del ochenta, cuando España recién comenzaba a respirar aires de libertad, luego que, en 1975, falleció el dictador Francisco Franco, que era un fascista fanático y siempre fue apoyado por la Iglesia Católica.
La narración se desarrolla veinte años después, cuando Marina
(Lluvia García), alter ego de la directora, viaja a la paradisíaca Galicia, una mixtura entre plácidas playas e historia, con el propósito de visitar a los padres de su progenitor y tramitar una beca universitaria para estudiar cine e indagar también en el pasado de la familia, para recuperar sus lazos y su identidad.

En ese contexto, la clave para redescubrirse como persona está inicialmente en el diario íntimo de su madre, que reproduce imágenes a menudo confusas, que para nada coadyuvan a esclarecer los dilemas de la joven. Sin embargo, ella intenta replicar esas imágenes mediante su cámara del video. El desafío es explorar esas zonas oscuras y arrojar luz sobre ellas. Es decir, encontrar la verdad y a partir de esa verdad, socavada durante años por el ocultamiento nacido de los prejuicios, iniciar una tarea de reinvención propia. Sólo transitado ese sedero sin dudas doloroso, podrá ser finalmente libre, asumiendo que esas pérdidas no le limitan la libertad sino que la potencial.
En tal sentido, las historias y los comentarios de su familia sólo contribuyen a generar mayor confusión, particularmente en el caso de sus abuelos paternos, para quienes su hijo murió de Hepatitis C. En realidad, tienen vergüenza de admitir que el hombre contrajo el SIDA y era un adicto. Es decir, en este caso la apariencia encubre la tragedia, pero no mitiga el dolor y, aunque no se explicite, hasta la culpa, porque, en lenguaje coloquial, si mi hijo fue un adicto y murió siendo muy joven a causa de esa adicción, yo soy el culpable por no haber sabido encaminarlo en la vida. Aunque el abuelo prefiera mentir para liberarse de una culpa que tal vez no le corresponde porque los adultos son dueños de sus propios actos, asume esa actitud para sentirse mejor con su conciencia.
Fue tan terrible el ocultamiento de la verdad por parte de esa familia de extracción burguesa y conservadora, que en los documentos oficiales no figura ni siquiera que Alfon, el padre de la joven, haya tenido una hija. Es decir, la chica debe probar que es hija de su padre, una situación que se torna compleja.
En este caso, también el silencio es una expresión del lenguaje y de un lenguaje sin palabras y la propia mentira es una expresión de lenguaje, como sucede habitualmente en la política cuando la mentira muta en una convicción profunda y, en muchos casos, en un mito y en verdad revelada. Hay historias reales e historias oficiales. En este contexto, hay una colisión entre ambas y la historia oficial es una burda falacia, como sucedió y aun sucede en Uruguay, con algunos cómplices de la dictadura que aun sostienen el relato que la represión no fue tal y hasta que no hay desaparecidos.
Como el caso de lo sucedido en nuestro país con los aciagos acontecimientos registrados hace más de medio siglo, en esta película el entrecruzamiento de mentiras y verdades generan una aguda conmoción que deviene inexorablemente tóxica.
Aunque no parezca a priori el núcleo de este suerte de narración autobiográfica y, por ende, autorreferencial, el tema realmente relevante es el SIDA, como origen de la tragedia, pero no sólo en su dimensión meramente sanitaria, sino también psicológica y, por supuesto, cultural, porque pone el centro de foco no sólo en la enfermedad, sino también en los prejuicios y creencias propias de una sociedad que vivió cuarenta años bajo el yugo de una dictadura cívico-militar con fuerte impronta religiosa.
Es muy pertinente detenerse en la movida madrileña de la década del ochenta rodada con esmero por la directora protagonista, para comprender, a cabalidad, que, aunque pueda parecer hasta contradictorio, fue una suerte de peaje para que la juventud de la época respirara la libertad largamente conculcada. Fue, en este caso, un precio muy alto. Nada menos que perder la vida, que es lo único que no se recupera.

Empero, la protagonista no parece tener resentimiento ni reprocharle a sus padres, que la transformaron en una huérfana cuando era apenas una niña. Una actitud diferente es la que asume ante sus abuelos paternos, que hasta llegaron a ocultar la enfermedad de su hijo, para no padecer la vergüenza y el descrédito se asumir que era un drogadicto y había contraído SIDA, que fue la causa de su muerte.
Si bien el discurso es lacerante, porque afecta a la propia directora, ya que no se trata de una historia de ficción aunque esté ficcionada, igualmente resulta bastante ponderado. En tal sentido, aunque se trata de una película sumamente emotiva y que destila melancolía a raudales, Carla Simón no cede a la tentación de llegar al extremo del melodrama folletinesco, que, en manos de su compatriota Pedro Almodóvar hubiera tenido un abordaje bastante menos austero y si más frontal, tal cual es la impronta artística del ya emblemático cineasta manchego.
Incluso el propio título de la película, que es “Romería”, un sinónimo de viaje, peregrinación y hasta de fiesta para los españoles, sugiere un camino y un ciclo existencial que socaba el silencio cómplice que ilumina la verdad.
Sin dudas, esta película, que tiene incluso una estética poética, completa una suerte de catarsis desarrollada a través de tres títulos, que juegan con la temporalidad, pero también con los gestos, las emociones, las sensaciones y las actitudes, expresadas en la voz en off que reproduce parte de lo registrado en el diario íntimo de la madre de la protagonista, así como el material audiovisual de la década del ochenta, dotadas de texturas rugosas y colores apagados, que simbolizan la recuperación de la memoria del antes, proyectada a un presente no exento de dolor pero con bastante más libertad, porque sólo la libertad nos libera de nuestros tramas y de las costras alojadas en nuestra conciencia y en nuestro yo más íntimo.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Romería. España 2025. Dirección: Carla Simón. Guión: Carla Simón, Neus Pipó Simón. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Ernest Pipó. Edición: Sergio Jiménez, Ana Pfaff. Reparto: Llúcia Garcia, Mitch Martín, Tristán Ulloa, Celine Tyll, León Romagosa, Hans Romagosa, Marina Troncoso, José Ángel Egido, Casanovas, Lia Mora, Alberto Gracia y Gala Rodríguez.
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