Desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, la política hacia Cuba ha vuelto a endurecerse. Las sanciones económicas, las restricciones migratorias y la presión diplomática forman parte de una estrategia que cuenta con un aliado clave, el secretario de Estado Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y uno de los principales defensores de una línea dura frente a La Habana. Planteó siempre el cambio de gobierno y de sistema.
El excongresista demócrata Joe García, una figura influyente dentro de la comunidad cubanoamericana, sostiene que continúan existiendo canales discretos de comunicación entre ambos países. En una entrevista con el Palm Beach Post señaló:
«Hay mucho ruido relacionado con las elecciones y las posturas políticas. Lo que realmente importa es lo que se discute fuera de cámara».
Según García, las conversaciones informales abordarían temas como la liberación de presos políticos, reformas económicas, compensaciones por propiedades expropiadas, flexibilización gradual del embargo y la eventual repatriación de parte de los cubanos que hoy residen en Estados Unidos bajo distintos mecanismos migratorios. El gran problema es que los repatriados suman el medio millón de personas, reveló Garcia. Es tan alta la cifra que el excongresista dijo: “Florida podría sufrir ese vaciamiento”.
Sin embargo, la ausencia de información oficial impide verificar la mayoría de estos extremos. Por ahora, el llamado «plan Trump para Cuba» se mueve en una zona gris donde se mezclan hechos comprobados, negociaciones discretas, abundantes especulaciones. Pero, el capitalismo estadounidense está ya prácticamente adentro.
Sherritt International Corporation, fundada en Canadá en 1927, ha sido durante más de tres décadas uno de los principales socios extranjeros de Cuba quizá el único en la minería. La compañía opera en Moa mediante una empresa conjunta con General Nickel Company cubana y participa además en la generación eléctrica a través de Energas. Se trata de un joint venture, es decir 50% para cada participante.
Las sanciones estadounidenses, el deterioro de la infraestructura cubana y las dificultades financieras de la propia compañía han llevado a Sherritt a buscar nuevos socios.
En ese contexto apareció Gillon Capital LLC, una firma estadounidense que firmó un acuerdo preliminar para adquirir una participación de control del 55 % de Sherritt.
La noticia sorprendió incluso a la dirección de la empresa canadiense. Peter Hancock, director ejecutivo interino de Sherritt, reconoció: «Llegó de la nada. No esperaba que una entidad estadounidense viera valor en la situación de Sherritt, y mucho menos Gillon Capital». Y detrás de Gillon Capital se encuentra Ray Washburne, empresario texano vinculado al Partido Republicano y sobre todo Donald Trump.
Washburne fue designado por Donald Trump al frente de la Overseas Private Investment Corporation (OPIC) entre 2017 y 2019 y posteriormente integró el Consejo Asesor de Inteligencia del presidente. También participó activamente en la recaudación de fondos para las campañas republicanas. La pregunta es inevitable: ¿cómo una empresa estadounidense con estrechos vínculos con Trump busca controlar una compañía cuyos principales activos se encuentran precisamente en Cuba? La operación difícilmente habría avanzado sin objeciones del Departamento del Tesoro estadounidense.
Es que la importancia de Moa va mucho más allá de Cuba. El níquel y el cobalto son minerales fundamentales para la fabricación de baterías para vehículos eléctricos, sistemas de almacenamiento energético y numerosas aplicaciones militares.
En un contexto en que China domina buena parte de la cadena mundial de suministro y África concentra gran parte de la producción, los yacimientos cubanos representan uno de los recursos estratégicos más importantes y están frente del país de Donald Trump. Por ello, la operación posee una dimensión claramente geopolítica.
Desde el punto de vista de EEUU, la primera hipótesis posible del por qué es optimista.
Gillon Capital estaría tomando posiciones antes de una eventual normalización de las relaciones entre Washington y La Habana. Se trataría de comprar activos deprimidos hoy para beneficiarse mañana de una apertura económica. Esta primera hipótesis implicaría el visto bueno de Marco Rubio, porque importaría la gestión de un nuevo gobierno.
La segunda interpretación es más economicista que política. No se trataría de un deshielo, sino de una nueva forma de influencia. Menos intervención política directa y más control económico y financiero sobre recursos estratégicos. Esta hipótesis esta sostenida por Trump, porque no le interesa la vigencia de la democracia sino las ganancias.
En ambos casos, el resultado es el mismo: capitales estadounidenses próximos a Donald Trump pasan a tener una presencia decisiva en uno de los sectores más sensibles de la economía cubana.
Ni el conglomerado militar cubano GAESA ni el gobierno de La Habana han ofrecido explicaciones detalladas sobre el significado político de esta operación. No responden a nuestro llamados ni correos. La jugada parece diseñada para funcionar en cualquier escenario, sostiene una fuente canadiense.
Si las relaciones entre EE. UU. y Cuba mejoran, la inversión puede multiplicar su valor.
Si la confrontación continúa, Gillon Capital conservará influencia sobre uno de los activos mineros más estratégicos del Caribe y mantendrá acceso privilegiado a los círculos políticos que definen la política estadounidense hacia Cuba. La espera probablemente no será muy larga.
La pregunta sigue abierta: ¿Estamos ante el primer signo de un futuro sin los Castro en La Habana o estamos frente a una nueva forma de influencia sobre la isla con los Castro o sin ellos, pero con el mismo gobierno? En ambos casos el capitalismo entraría de la mano de Trump. Es una forma de dominación parecida a la de Venezuela. Al presidente estadounidense le importan las ganancias, no la democracia.
Para los cubanos ya esta tarde implementar lo que 1° de mayo de 2000 dijo Fidel Castro: «Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado…» Lo dijo hace más 26 años y nada ha cambiado. Y por eso entra el capitalismo por el vidrio de una venta rota.
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