La ultraderecha alemana avanza hacia el poder

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Por primera vez, la ultraderecha alemana se apresta a dominar políticamente uno de los 16 estados que componen el país en las elecciones de setiembre. El partido ultra AfD roza el 30% en las encuestas y se dispara al 40% en algunas regiones del Este, como Sajonia-Anhalt.

Esto significaría un avance cualitativo en la extensión política de la ultraderecha en el mundo llamado occidental. Hoy, para intuir la altura de la marea ultraderechista o etnonacionalista o posfascista que recorre el espinazo de la geopolítica global vale casi cualquier ciudad de EE UU y casi cualquier país de Europa; «en realidad, no haría falta moverse de casi cualquier barrio de Madrid», dice El País.

La ultraderecha latinoamericana, en cambio, tiene por ahora problemas para ser aceptada en pie de igualdad. La sangre indígena y negra está presente y es visible en los rasgos de sus habitantes, más allá de su perfil ideológico.

La Alemania de aquellas noches de los cristales rotos, el pogrom con que los nazis atacaron unjos 7.500 negocios judíos y 1.400 sinagogas de todo el país en noviembre 1938 es ideal para medir la fiereza de esa ola, por aquello de las turbadoras rimas de la historia. La historia aparecerá constantemente en una docena de conversaciones entre Berlín, la capital, y Magdeburgo, en el Este. “Vamos a hacer historia”, arranca Steffen Kraus en la milenaria Magdeburgo, capital de Sajonia-Anhalt. Exmilitar de 42 años y edil de Alternativa para Alemania (AfD), su partido tiene serias opciones de gobernar en esa región oriental tras las elecciones de septiembre. Eso supondría un terremoto político cercano al 10 en la escala de Richter: “Eso es hacer historia”, reitera en los medios alemanes Ulrich Siegmund, exvendedor de perfumes reconvertido en estrella de TikTok y en cabeza de cartel de AfD en ese land.

La ola es arrebatadora en el Este, y muy intensa en el resto del país. En Berlín se escucha el mismo sonsonete. La policía ha hecho en mayo redadas para rebajar la violencia ultraderechista en Marzahn-Hellesdorf, en la periferia de la capital alemana, a solo 20 minutos en tranvía de Alexanderplatz. Y en ese distrito, en los aledaños de un centro comercial, un jovencísimo Daniel —indumentaria negra, estética neonazi— apura una lata de cerveza y acaba soltando esa misma frase, calcada y desafiante. “Vamos a hacer historia”. El fascismo y sus posmodernas declinaciones, decía Rafael Sánchez Ferlosio, novelista y ensayista español, consisten básicamente en no limitarse a hacer política y pretender hacer historia.

Y de la anécdota a la categoría: AfD es ya el segundo partido del Bundestag. Lidera las encuestas en todo el país, por delante de la poderosa CDU, el centroderecha del canciller Friedrich Merz. Y muy por delante del SPD, la socialdemocracia, muy desdibujada. Los ultras rozan el 30% de los apoyos en Alemania. Con el férreo cordón sanitario (vg.: ninguna otra fuerza polític a se alía con ella) aún no han conseguido tocar poder. Pero están cada vez más cerca: superan con creces el 40% en Sajonia-Anhalt. Y presentan una particularidad inquietante respecto a otros partidos similares en Europa: mientras Giorgia Meloni y Marine Le Pen moderan sus propuestas para llegar a los votantes de centro, AfD no cesa de radicalizar su programa político. Y con esa estrategia no deja de subir.

El nazismo es el grado cero de la política: cuando se introduce en la ecuación corre el riesgo de abrasar cualquier debate. Pero hay un dato que conviene recordar para compararlo con las encuestas y con esa obsesión con la historia en algunos discursos: AfD es ya el segundo partido del Bundestag. Lidera las encuestas en todo el país, por delante de la poderosa CDU, el centroderecha del canciller Friedrich Merz. Y muy por delante del SPD, la socialdemocracia.

La CDU entiende que tiene que romper con la SPD para acabar con la parálisis política. Pero asegura tajante que AfD no va a ser, en ningún caso, una opción de Gobierno: “Un tercio de los votantes de AfD son conservadores radicales, pero el resto son cabreados o gente que nunca votaba. Y más del 60% del electorado sigue optando por los partidos tradicionales. Alemania no es parafascista o posnazi; los alemanes recuerdan bien su historia”, añade.

Y aun así es evidente que los riesgos están ahí. Merz promete que Alemania va a tener en poco tiempo “el ejército más poderoso de Europa”. “Un siglo después de todo aquello, entiendo que provoque escalofríos que AfD pueda tener la más mínima opción de estar al mando, pero eso no va a suceder”, subraya Henkel.

¿Qué es AfD? “Trabajo, familia y patria” era el lema del mariscal Pétain, el colaboracionista nazi de Vichy. “El programa político de AfD empezó en 2013 en el antieuropeísmo recalcitrante, pero ha evolucionado hacia ese lema fascistoide”, explica la académica Carolin Emcke, autora de un libro formidable, Contra el odio.

Allí los define. “Son etnonacionalistas, esa etiqueta es tal vez la que mejor los enmarca. Son antisemitas y a la vez amigos del Israel de Netanyahu: navegan admirablemente las contradicciones. Son anti-LGTBIQ+. Son prorrusos, amigos de Trump y contrarios a ayudar a Ucrania. Han penetrado increíblemente en el Este, y empiezan a hacerlo en los sindicatos, en las patronales, en el asociacionismo. Quieren cambiar de arriba abajo la educación, los medios, las universidades, como ha hecho Orbán en Hungría: son gramscianos, creen en el poder de la hegemonía cultural”. Y a la vez son libertarios, con una política económica que no se sostiene: prometen recortes de impuestos a lo bestia y a la vez subidas de gasto a lo bestia, en pensiones o en ayudas a las familias. Y son racistas; son firmes partidarios de la remigración; de mandar de vuelta a miles de migrantes a sus países sin miramientos. “Su ideología ha ido adentrándose en las texturas del nacionalsocialismo, aunque parezca que esté prohibido decir eso. Su programa es cada vez más radical, casi nihilista”, dice esta filósofa.

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