Si viene una persona extranjera que no sepa nada de Uruguay, ni de su tradición democrática, ni de su educación “laica, gratuita y obligatoria” desde finales del SXIX, ni del batllismo que nos puso a la vanguardia a principios del SXX, ni de los discursos de Mujica de los últimos años que enamoran al mundo. Una persona que no sabe nada de nada pero ni bien llega lee en las noticias que murió otra mujer en manos de su pareja o ex pareja y que es la número veinte… largos. ¿Qué le decimos? ¿Cómo se lo explicamos que suceda esto en este paisito de poco más de tres millones?.
Detrás de cada diez señores que se rasgan las vestiduras hablando que se han “perdido los valores”, hay siete mujeres de más de 15 años que declaran haber sufrido algún tipo de violencia alguna vez en su vida.
Detrás de cada grupo de amigos que se reúne en la plaza o en una equina, hay jóvenes, principalmente entre 19 y 25 años, que soportan el acoso callejero y en la mayoría de los casos, los acosadores las duplican en edad.
Detrás de cada mujer que se anima a denunciar el acoso sexual en su lugar de trabajo hay muchas otras que no lo hacen porque son amenazadas con perder el trabajo, o denunciadas ante sus hijos o marido.
Seré insistente: la violencia hacia las mujeres no es un tema individual que les pasa a las mujeres que tienen “mal ojo para elegir” a sus parejas. No señora legisladora. Tampoco es un tema particular que le pasa a una gurisa que tiene que atravesar la plaza, ni a las mujeres que en su trabajo tienen que arreglarse para atender público. No. La violencia hacia las mujeres es la consecuencia de un proceso social sistemático de desigualdades y discriminaciones a lo largo de la vida.
La broma que descalifica, la ignorancia e invisibilidad de la presencia y la palabra de las mujeres, el chantaje demostrando el poder en la casa, en el trabajo, en un sindicato o en el partido político, la ofensa, la intimidación, la prohibición y el control. Todo esto es violencia que sufrimos en diferentes formas y medida las mujeres.
Entonces es cuando viene la frase “pero hay mujeres que también son violentas hacia los hombres y hacia otras mujeres”. Sí, claro que las hay. Al sistema patriarcal lo integramos todas y es lo que hemos aprendido desde la cuna. Tenemos que deconstruir y deconstruirnos. Pero las más de 31.000 denuncias que se registraron en este año son de mujeres por sufrir violencia en manos de hombres, la casi treintena de asesinatos en lo que va del año por esta causa son mujeres y la mayoría se podrían haber evitado.
A finales de 2017 se votaba la ley integral de violencia, no sin manifestaciones en contra verdaderamente desconcertantes. A casi un año seguimos pidiendo mayor presupuesto para implementarla, para que sea efectiva, para que transforme esta realidad, para que existan garantías.
¡Pero cuidado! Con ley y presupuesto no alcanza, porque en las mismas instituciones que deben garantizar nuestros derechos y para las que pedimos presupuesto, hay hombres ninguneando nuestra presencia, hay chistes machistas, hay otros que piensan “te lo merecías” y hay grupos de whatsapp circulando la última foto de “la fulana” o “la querida” como trofeo.
Así que es hora de sacarnos la careta. No somos ese país afable y tranquilo que creemos que somos. Matamos, damos palos, tiramos piedras y seguimos creyendo que las mujeres somos posesión de los hombres.
Por Ana Gabriela Fernández
Edila en la Junta Departamental de San José. Actriz egresada de la EMAD y Educadora Social. Doctoranda en estudios de Género en la Universidad de Oviedo. Docente e investigadora en el Programa Género y Cultura de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)
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