Buenos Aires es una gran ciudad. Con todas las posibilidades de ser vivida con alegría, con serenidad, con tranquilidad.
Sin embargo, un día cualquiera, uno sale con el auto como de costumbre, y ya esa posibilidad se esfuma. El tránsito por la ciudad se convierte en una carrera de obstáculos, a saber:
a) Trapitos dueños de las calles, con presiones ostensibles hacia quienes desean estacionar; a su vez, en cuanto se desocupa un lugar potencialmente ocupable, lo bloquean con enormes tachos de pintura, para
reservarlo ¿a quién? , ¿algún conocido? ¿Algún cotizante? Vaya uno a saber. No se nos podría ocurrir protestar por esa ocupación ilegal. Nuestro riesgo sería mayúsculo.
A su vez, transformando la calzada en un lavadero de autos, cuando en ese menester no hay lugar, se estacionan autos en doble fila, para proceder al lucrativo menester del lavado en la calle.
Una vez superados los problemas de los trapitos, que no se nos ocurra protestar porque haya autos estacionados en doble fila, pero a ambos lados de la calle y muchas veces a la misma altura, tal que al estrangular el paso quede sólo un estrecho carril, generador a su vez de la consabida fila de vehículos, esperando pasar de a uno en fila.
b) Más adelante, uno se topa con los camiones que a toda hora operan en carga y descarga, también estacionados muchos de ellos ( la mayoría) en doble fila.
c) Llegado al centro, si por azar quisiera tomar la Av. 9 de Julio, para transitar con cierta holgura, nos encontramos súbitamente con un corte por manifestantes, o quizás con un alegre acampe de protesta, que entre mate y mate entona cánticos de alabanza al Gobierno.
d) Resignado, uno decide dejar el auto en un estacionamiento, y tomar un ómnibus, para transitar con cierta velocidad, dado ese enorme logro que significó para la ciudad, la vía exclusiva y rápida para el transporte público. Un enorme acierto de la gestión porteña que benefició a cientos de miles de usuarios.
Pero… hete aquí que otro piquete, también bloqueó los carriles del Metrobus! A esta altura, lo último al alcance para llegar a destino: el transporte bajo la superficie, el subte. A menos que los simpáticos metrodelegados no se les haya ocurrido disponer algún paro o suspensión de tareas sorpresiva, dejando a miles de sufridos porteños, con una sensación de indignación primero, tristeza luego y finalmente hastío.
e) A esta altura el sufrido ciudadano decide salir de la ciudad, ya sea al interior o a algún lugar del extranjero. Compra un billete en Aerolíneas Argentinas y se dispone a tratar de recuperarse de la arbitrariedad, la ruptura del contrato social, el avasallamiento por los prepotentes de los derechos de las ciudadanos de a pie, y llegando al aeropuerto, miles de pasajeros varados, por un paro (o las denominadas asambleas que vienen a ser lo mismo) de alguno, o todos, de los numerosos gremios que conviven en la aerolínea estatal. ( Digresión: no será hora que en empresas con ésa, haya un solo sindicato y no una dispersión de entidades gremiales, que cuando no para una para la otra, inhibiendo en cada una de las medidas, la actividad de la totalidad del movimiento aéreo?)
Resignado, el sufrido ciudadano argentino regresa a su hogar, y luego de ingerir varias dosis de calmantes, reflexiona: ¿Qué le está ocurriendo a la Argentina para que los pacíficos ciudadanos que quieren trabajar, que no reclaman planes sociales, que aportan puntualmente sus impuestos, no tengan que convivir con situaciones similares a la descrita más arriba? Será que no tenemos legislación para protegerlo de la acción avasallante de los prepotentes? Será que habiendo legislación no se la aplica? Y en este caso, por qué?
Qué hacen las fuerzas de seguridad a este respecto?
¿Será porque las autoridades son ineficientes, o porque temen malquistarse con los trapitos, los barras, los piqueteros, los sindicatos, los movimientos sociales, etc. permitiéndoles desplegar su acción, a pesar que están destrozando los nervios de la mayoría ciudadana silenciosa ( que probablemente sea aquella que los votó?
Sea cual fuere la respuesta, lo concreto es que al igual de muchos ciudadanos, estoy triste, estoy harto y no desearía estar definitivamente resignado.
Por Pablo Broder*
Economista argentino
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