TESTIMONIO
Tuve un padre de la vida a partir de los 4 años. Trajo paz a la vida de mi madre, de mi abuelo, mis tíos y especialmente a mi vida. Mi padre biológico era un ser muy violento con todos.
Ese padre de la vida desapareció por fines de 1976. Yo tenía 13 años. Salimos a buscarlos con mi madre y mi hermana de la vida. Fuimos al Regimiento militar Nº 1, fuimos al cuartel que está en Camino Castro y a Jefatura de Policía. Cuando llegamos al Batallón Nº 13 de Artillería y dijimos que estábamos buscando a Isidro Berón, los soldados de la puerta se pusieron muy nerviosos y nos preguntaban quién nos había mandado a preguntar ahí. Nos pareció sospechosa la situación pero nos fuimos sin saber nada de él.
Mi madre soñaba con él de noche, y me decía que en el sueño ella veía que él estaba en un lugar muy oscuro. Había pasado más de un mes cuando recibimos una llamada telefónica en la casa de Quitita. Quedaba en frente de la mía, era la única vecina de la cuadra que tenía teléfono. Mi madre corrió y vino con la noticia de que era alguien de las fuerzas conjuntas que decía tener noticias de mi padre, y que se volvería a comunicar. A los 4 días volvieron a llamar y ahí estaba mi madre. El hombre que llamó le dijo de encontrarse en Instrucciones y José María Silva, que iba a estar vestido con un saco bordó y un pantalón verde. Fuimos con mi madre y mi hermana al encuentro a eso de las 14 horas. Allí estaba esperando. Nos dijo que no podíamos hablar allí parados, que pasaban muchos vehículos del ejército, y que lo podían ver Salimos caminando por José María Silva hacia adentro del barrio.
Me llamó la atención la vestimenta muy vieja del hombre. Nosotros éramos muy humildes, pero él lo era aún más. Se puso a hablar con mi madre mientras nosotras caminábamos unos metros por delante. Él contaba que Berón estaba muy castigado. Sus palabras fueron “al veterano se la están dando. Él es muy fuerte, aguanta y aguanta. Yo le digo que hable pero no confía en mí”. “Yo soy el que lo llevo y lo traigo. El veterano me dio el teléfono de ustedes para que les avise que está vivo”. Mi madre, obrera Textil en La Aurora le entregó al hombre un talón de la docena de camisetas que ella cosía a destajo, para que Berón lo reconociera. También le entregó dos caramelos. Quedamos en encontrarnos en Millán y Raffo a los pocos días, para contestarle si teníamos los dos mil pesos que el hombre nos pidió para obtener la libertad de mi padre.
Al nuevo encuentro fueron también una hermana y un hermano de Berón, Blanca y Walter. El hombre explicó con más detalle como aguantaba mi padre. Le contestamos que no teníamos ese dinero que pedía. Mi madre le preguntó el nombre, dijo un apellido pero se molestó cuando ella le pidió la cédula, que no mostró. Dijo que estaba en el Batallón Nº 13. Nunca más lo vimos.
A pocas semanas de ese hecho nos llaman del 5º de Artillería para que llevemos ropas a mi padre. Poco antes supimos que estaba ahí, porque un compañero llamado Mayito avisó a mis tíos que el Yiyo Manfrini que estaba preso les dijo a sus familiares en una de sus visitas que mi padre allí estaba, recién traído de la tortura. Manfrini contó después que no lo había reconocido al principio, porque lo dejaron contra un rincón en estado lamentable e irreconocible. Como estaban custodiados con orden de no moverse, tampoco podían acercarse al principio a ayudarlo.
Nos citaron a la primera visita. Él estaba rapado y nervioso. Dijo “lo único que les faltó fue que me pusieran un palo en el culo”. Nunca tuvo la costumbre de decir groserías, pero fue la forma que encontró de explicarse, ya que le habían hecho de todo. No podía hablar porque había un soldado de custodia. Escapaban lágrimas de sus ojos. Nunca lo había visto llorar.
Pocos días después de ir al Batallón Nº 13 a preguntar si ahí tenían a mi padre, fuimos a la Gruta de Lourdes con mi madre y mi hermana. Quedé muy impresionada de oír al cura por un micrófono. “Oremos por todos los hombres y mujeres que están detenidos injustamente por luchar por un mundo mejor. Por aquellos que están siendo torturados y sometidos a vejámenes. Recemos para que tengan pronto la libertad”. Esas fueron más o menos sus palabras. Pegado a la Gruta estaba el cuartel, y yo con miedo de que lo escucharan y fuéramos todos presos.
En una visita al 5º de Artillería estábamos todos los familiares de presos juntos en una sala pequeña esperando para verlos. Un niño de 5 años, hijo de Peña abrió una puertita que no sabíamos a dónde comunicaba. El niño dijo “miren” y nos arrimamos. Se veía la plaza del cuartel, y vimos que traían a nuestros familiares vendados, en fila india, apoyándose cada uno en el compañero de adelante.
Trastabillaban, parecía que en cualquier momento iban a caer al piso. Los custodiaban con perros. De pronto apareció un soldado y nos cerró la puerta. Quedamos todos muy afectados con esa visión.
Hacía como 2 años que mi madre, mis tíos y yo íbamos a visitarlo al Penal de Libertad cuando ocurrió que la primera esposa de mi padre fue al Penal a buscar la firma de él para autorizar que la hija de él, que era menor de edad, se casara. Las autoridades se dieron cuenta que yo estaba visitándolo sin ser su hija biológica. Me esperó Amanda, la jefa de la visita de los familiares, principal “torturadora” de los parientes de los presos. Me encaró así: “usted qué es del recluso 2300”. Le dije, soy la hija. Me dijo; “Miente, usted está mintiendo”. Me volvió a preguntar: “usted qué es del recluso 2300”, “soy la hija”.
Cuando pequeña, yo tenía 6 años, le pedí a mi madre tener el apellido de Berón, y sacarme el mío. Se ensañó en preguntar varias veces lo mismo, y yo siempre contesté de igual manera, hasta que se enojó y me insultó. “Usted es una tunante. Usted es una pedante. Está sancionada por ocho visitas”. Fueron 4 meses sin verlo, me sacaron la visita especial de fin de año en que lo podía abrazar. Yo tenía 15 años y él era mi padre. Cuando volvía en el ómnibus de la compañía CITA, lloré, lloré, y lloré.
Cuando mi padre estaba en el Penal, apareció en mi casa de la calle Fraternidad 4011, una señora. Salí a recibirla en el portón de mi casa y ella me dijo que era la compañera de Julio Lev, quien era compañero de celda de Berón en ese momento. Yo me oriné y ella se dio cuenta porque vio correr el líquido por el piso. Dijo “¡pobrecita!”. Hablábamos entre los hijos de los presos, y a muchos nos pasaban situaciones como esta.
Íbamos con mi hermana y mi madre los fines de semana a bailar al Palacio Salvo. Los bailes servían para tener contacto con familiares de presos y con compañeros de la resistencia a la dictadura. Una noche, dos hombres que estaban en el baile nos identificaron y nos dijeron que ellos habían estado dos días antes en la garita que custodia la entrada al Penal de Libertad. Eran soldados y nos saludaron sin problema.
Otra noche veníamos caminando por la calle Conciliación mi madre, mi hermana y yo. Veníamos de la casa de la abuela Eugenia, madre de Berón. Antes de llegar a Benito Riquet, yendo hacia Emilio Romero, un hombre que venía detrás nuestro nos gritó: “Caminen derechito, que yo las conozco bien. Yo se bien quienes son ustedes”. Ni miramos para atrás. Continuamos caminando derechito como él dijo. Éramos mujeres y a menudo vivíamos estas situaciones de acoso y terror.
Otra noche habíamos ido con mi hermana a bailar al Club Euskaro Español. Estábamos con amigos del baile y uno de ellos comentó que con el señor de la discoteca había dos milicos vestidos de particular, y le habían preguntado qué hacíamos nosotras ahí y que nos iban a llevar arrestadas porque nos conocían bien. Entonces Ángel, un gran amigo, nos sacó del baile en su camioneta sin que nadie nos viera salir. Ángel me había comentado que su hermano había muerto por luchar por la causa de los vascos, y había visto mi apellido hacía poco en mi cédula de identidad. Mi apellido le llamó la atención porque es de origen vasco. Hasta ese momento yo no sabía que mi apellido era de origen vasco.
El 11 de agosto hizo 38 años que salió del Penal. Ya no está entre nosotros, pero espiritualmente estará siempre, iluminó mi vida y me ayudó a encontrar el camino del bien. Siento tristeza de que esté muerto, y alegría porque aparecieron los restos de otro héroe. Dieron la vida por su pueblo.
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Sandra
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