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De la fantasía a la realidad

“Quizá una de las pocas enseñanzas de la vida fuera que nadie
debe romper una vieja amistad porque sorprenda una
debilidad o una miseria en el amigo”.
Adolfo Bioy Casares

Un hecho que sucedió en la provincia española de Cádiz, donde un grupo de ancianos, provenientes de Alcalá del Valle, quienes eran trasladados de una residencia a otra, fue atacado con artefactos incendiarios por personas que no querían que fuesen alojados cerca de donde viven, en la localidad de La Línea. De inmediato más de un periodista o tuitero recordó la novela de Adolfo Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo (1969). Y no tuve más remedio que leerla, para saber a ciencia cierta de qué se estaba hablando.

De Bioy Casares ya había leído, hace muchos años, La invención de Morel, una novela fantástica publicada en 1940, de ciencia ficción (incluso Jorge Luis Borges dijo que era la primera novela de ciencia ficción escrita en español), una novela maravillosa, en donde el personaje llamado  Morel inventa una máquina que es capaz de reproducir la realidad. Se trata de una trama fantástica con elementos de ficción científica y de pesquisa policial, pasada por el filtro de una visión irónica de la existencia. Es a partir de esa novela que Bioy Casares empieza a ser conocido, renegando de sus primeras obras: Prólogo (1929), 17 disparos contra lo porvenir (1933), La estatua casera (1936), y Luis Greve, muerto (1937).

Luego de La invención de Morel publicará El perjurio de la nieve (1944), Plan de evasión (1945), La trama celeste (1948), que es su primera colección de relatos, y El sueño de los héroes (1954), en que parece alejarse de la “fantasía razonada” de sus anteriores obras. Entre 1950 y 1960 Bioy Casares se dedicará a escribir cuentos y a la fotografía. En 1972 publica dos antologías de cuentos propios, Historias de amor e Historias fantásticas, y en 1973 aparece Dormir al sol, novela en la que vuelve a tratar un argumento fantástico. En 1978 publica otro libro de cuentos, El héroe de las mujeres. En 1985 aparece su última novela, La aventura de un fotógrafo en La Plata. En 1991 publica los cuentos de Una muñeca rusa y más tarde la novela corta Un campeón desparejo. También ha escrito varios ensayos y llevó un diario del que se publicó Unos días en el Brasil (1991), y Descanso de caminantes (2001), libro póstumo.

La estrecha amistad con Jorge Luis Borges lo lleva a colaborar en varios trabajos, desde colecciones de relatos (Seis problemas para don Isidro Parodi, Dos fantasías memorables, Un modelo para la muerte), pasando por guiones de cine (Los orilleros, Invasión) hasta antologías de cuentos fantásticos (Antología de la literatura fantástica, Cuentos breves y extraordinarios), publicando a menudo bajo los seudónimos de H. Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch. Entre 1945 y 1955 dirigieron la colección «El séptimo círculo», que publicaba traducciones de las mejores novelas policiales de lengua inglesa, género del que Borges era muy afecto (y que también supe leer varias de esas novelas policiales en su momento, libros que aún estaban en librerías de viejo). En 2006 se publicó Borges, un inmenso volumen de más de mil seiscientas páginas extraídas de los diarios de Bioy Casares donde revela con más detalles la amistad que unió a los dos escritores.

Recibió, entre otros, los premios Cervantes y Alfonso Reyes, y fue declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires en 1986.

“¿No sentís que el alma y la ilusión de inmortalidad hoy parecen preocupaciones de aldea? Se pasó de la aldea al enjambre”. La globalización condiciona y marca el rumbo, y arrastra todo tras de sí.

El protagonista, Isidro Vidal (en realidad es Isidoro su nombre), es un jubilado que se reúne con sus amigos en el club de su barrio a jugar a las cartas y que de repente se ven implicados en una guerra generacional, como probables víctimas, en la que los jóvenes empiezan a perseguir y asesinar a los viejos. A estos, en la novela se los ubica en el lugar de lo repugnante, de lo desvaído, cercanos al aroma de la muerte; les cuesta reconocerse como tales y muestran su odio y rechazo con todo lo relacionado a la vejez. A su vez, los jóvenes son descritos como violentos y descerebrados que realizan sus actos sin saber los motivos, aunque con cierto sentido patriótico, como si tuvieran una responsabilidad social ineludible.

A pesar de la narrativa dura y sombría, en medio de las desgarradas aventuras de esta guerra siempre está presente el amor. Es esto lo que salva al protagonista de caer en el pozo de la desidia y la desesperación. El amor, y en cierto sentido la amistad. Cada hecho distinto, en la progresión lineal de la novela, está contenida en un capítulo que por lo general es breve, de dos, tres o cuatro páginas a lo sumo.

Sergio Schvarz

Escrita en forma de diario, que va desde el 23 de junio hasta el 1º de julio (y luego sigue unos días más, aunque sin fecha registrada), con un lenguaje directo y una prosa seca, sucinta, de estilo realista, es decir que cuenta las cosas como si efectivamente hubieran sucedido, por más irreales que parezcan, la novela gira en torno a una reflexión sobre las generaciones, en particular sobre la vejez y la juventud, y la incomprensión entre ambas. Es de imaginar que la vejez está en el grupo de riesgo (de muerte) aunque, en realidad, el riesgo ya pasó, si por riesgo consideramos la vida (por cuanto puede perderse en cualquier momento), y el viejo, que acá en la novela se lo es a partir de los 60 años en adelante, ya vivió un buen trecho de vida. Claro que actualmente las expectativas de vida son mayores, y por lo tanto quizá la “vejentud” comience después de esa edad. La verdad es muy distinta, por cierto, y hay jóvenes viejos, y viejos jóvenes.

Los “muchachos”, que son quienes se juntan en el café de Canning, frente a la plaza Las Heras, son jubilados, todos mayores de 60 años menos nuestro personaje principal, Isidro Vidal (que igual anda cerca). Juegan al truco y mantienen diálogos sobre aspectos diarios de la vida. Cada uno de ellos tiene su personalidad, su manera de ser. El panadero Leandro Rey, tiene el pecado de la gula; Dante Révora es sordo y miope, Don Manuel “ignoraba el escrúpulo y era la astucia personificada”, o Néstor, “cuyas travesuras propendían a la inocencia”. En conjunto mantenían viva la amistad y la comunidad social, ya que “la vida social es el mejor báculo (el mejor bastón en que apoyarse) para avanzar por la edad y los achaques”. Además, en esa vejez “se hablaba mucho de la soledad, pero entre amigos uno vivía acompañado”. “Una vieja amistad (como la de ellos) es como una casa grande y cómoda, en que uno vive a gusto”.

Sin embargo, algo extraño sucede que rompe lo que era, hasta ese momento, la costumbre monótona de los días. “De la penumbra surgían a la claridad blancuzca, saltarines y ululantes muchachones armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético sobre un bulto yacente en medio de los tachos y montones de basura. Vidal entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenadas por el alcohol de la arrogancia” (y nótese como aumenta la brutalidad alcohólica al ser arrogante). Vidal quiere intervenir en defensa del apaleado, pero los amigos le previenen en contrario y éste se marcha a su casa, en realidad ala pieza de la pensión en que vive con su hijo.

Bioy Casares, en voz del narrador externo, nos pone en guardia, de modo simple: porque Vidal, al otro día, “vio caras graves, preocupadas, asombradas, quizá temerosas y aun coléricas”, como si el hecho sucedido la noche pasada hubiera desencadenado algo que, por el momento, ni el personaje, al que todos miran de un modo raro, ni tampoco nosotros, podamos explicar por qué sucede lo que sucede, y sin que se nos dé alguna pista cierta de todo esto. Porque todo lo relacionado a esa especie de linchamiento da miedo y hace que nadie quiera hablar sobre ello, dándose como sobre entendido. Quiero decir, todos dicen frases a medias, dando a entender que saben lo que sucedió pero en realidad sin poderlo decir, porque en verdad no saben (no sabemos, con exactitud) qué es lo que pasa. Parecen a punto de decir (nos) algo, algo importante como la razón de esta guerra, pero a último momento lo callan. Además, ya lo sabemos, “…siempre se encuentran ventajas para prescindir de la verdad”.

El personaje de Vidal como personaje no es gratuito, pues vive con su hijo, Isidorito, quien trabaja como celador en la escuela nocturna y hace corretajes en farmacias (y no ha reparado ni traído, aún,  la radio en la que Vidal escucha hablar a Farrell y los “Jóvenes Turcos” que son los que, al parecer, llevan la voz cantante de esta campaña contra los viejos, y con el que el propio Vidal estaba de acuerdo hasta antes de comenzar este conflicto). Y si la novela nos va a mostrar la guerra entre jóvenes y viejos, mejor dicho: la guerra de los jóvenes contra los viejos, que bajo un mismo techo convivan ambos, padre e hijo, lleva al terreno común, hacia el interior y el adentro, la guerra que se da en el territorio exterior. Y ellos viven de lo que trabaja el hijo pero también de la pensión de Vidal (y ya el recibir la pensión lo pone en la categoría de viejo), y esa pensión le hace decir que “mantener la honestidad en la pobreza era más difícil de lo que la gente creía”, y claro, a veces tenía que condescender a ciertas cosas, como la prohibición de comer chocolate, puesto que es del hijo y éste se puede enojar. Cuestión de límites, como el límite de los sesenta años para iniciarse en el grupo de los viejos. Vidal sabe, también, y se lo dice, que “he llegado a un momento de la vida en que el cansancio no sirve para dormir y el sueño no sirve para descansar”.

Pero las cosas se suceden sin solución de continuidad, sin dar respiro. Muere el tapicero Huberman, y luego Hugo Bogliolo, con quien se había cruzado hacía bien poco. Uno de sus amigos, Jimi (Jaime Newman), le dice que hay una guerra y que, además, “por la ley de las cosas, los padres nos vamos antes…”, que es un comentario irónico pero no exento de verdad, aunque, como todas las cosas, no siempre sucede así, y es mayor el dolor cuando un padre debe enterrar a un hijo, como si se hubiese alterado la ley no escrita de la vida.

Entonces —y aquí todo parece volverse sobre nuestros días— no le queda más remedio que encerrarse, y tratar de entender esa incomprensión entre el mundo de los jóvenes y el mundo de los viejos. Es por ello que el encierro le provoca oleadas de recuerdo, como si ante la incertidumbre del futuro necesitara repasar y hasta revivir el pasado. “Ante todo, monumentales redondeces rosadas y el color del pelo —rubio rojizo— y un olor que tendía a la acritud ferina. Luego, sucesivos momentos de un período que ahora le parecía breve: el día que le anunció, en el Palais Blanc, que esperaba un chico y que debían casarse. El día que el chico nació. El día que por fin supo que ella lo engañaba”; y que se terminó yendo “aguas arriba, con un paraguayo”. “Mientras Violeta lo dejaba, los amigos no hacían más que hablar del yugo y de las ganas de sacárselo, como si llevaran a sus mujeres a cuestas” (pág. 43), lo que es la infaltable prueba de la dualidad de las cosas, que lo que a uno le falta a otro le sobra. Diga si no.

Lo más notable es que Bioy Casares, mediante diálogos que expresan mucho más que las simples palabras, nos sumerge en el conflicto incluso sin mencionar exactamente qué sucede, aun cuando sabemos —intuimos— por qué los jóvenes “persiguen” a los viejos, y “planean golpes hasta las más altas horas”. Incluso el hijo de Vidal, Isidorito, integra uno de esos grupos —según consigna el matón, Bogliolo, sobrino del muerto, matón a sueldo del dueño de la pensión donde vive (Faber)—. Pero también es capaz de emitir sentencias como esta: “Los años, viejo, los años. El hombre astuto despliega a tiempo su estrategia contra la vejez. Si piensa en ella se entristece, pierde el ánimo, se le nota, dicen los demás que se entrega de antemano. Si la olvida, le recuerdan que para cada cosa hay un tiempo y lo llaman viejo ridículo. Contra la vejez no hay estrategia” (pág. 54). Y enseguida agrega, para que no nos distraigamos por la elucubraciones generacionales: “Mirá, en la esquina veo gente, a lo mejor es una patota, o uno de esos piquetes de represión, como los llaman…” (una suerte de elipsis del terror).

O, al observar la demolición de una casa, nos dice: “”Aquí sólo para destruir somos rápidos”, lo que encierra una verdad que podemos comprobar con sólo pensar en lo que era hasta hace unos días y lo que hay ahora, la falta de trabajo, el seguro de paro, las ollas populares, etc., como si una de las capas del mundo se hubiera deslizado y nos mostrara cierta generalidad antes oculta, lustrada con brillo de oropel. Pero también tiene otras sentencias duras, muy duras: “No sabés lo inmunda que es la debilidad de un viejo”, por ejemplo, o “A vos no te agarran sin perros”, que es dicho al que tiene siempre una respuesta pronta y es capaz de dar consejos aunque sus actos sean igual o más deplorables que los otros. Es que la vida, en total, “acaba en desconsuelo”.

Un tratamiento especial es acerca de las mujeres, en especial las que hay en la pensión. Todas son importantes en su rol, son mujeres decididas, alguna incluso con aspecto hombruno (machihembrada, o amatronada), no parecen muy femeninas pero siempre tienen un rol activo, y toman determinaciones firmes, en uno u otro sentido. Entre las víctimas, no hay mujeres (no se mencionan). Al fondo de la pensión hay un taller donde trabajan media docena de muchachas, pero estas parecen estar en otro pliegue del mundo y de la narración. También hay una mujer, la Tuna, que trabaja en un hotel de citas que uno de sus amigos quiere comprar (este amigo tiene la obsesión de hacer cada vez más dinero, como si en ello le fuera la vida, apartado ya del mundo del deseo femenino—), y esa mujer es una meretriz, una mujer dura, quizá por las condiciones en que se encuentra, capaz de rebajarse a cualquier cosa, como si ya hubiera perdido todo resto de humanidad.

“Esto no me pasaba antes”
De a poco vamos sabiendo de cada uno de los amigos y sus peripecias, informaciones que se van dando mientras esa guerra va subiendo de tono (como el ataque a botellazos que sufre Vidal, sin motivo aparente) y cada vez es más peligroso salir o quedarse. Jimi, por ejemplo, vive en el Hotel Nuevo Lucense, que “originalmente había sido una casa de familia, de esas de principio de siglo con la cocina y otras dependencias en el sótano”. Y este vive con “una sobrina desvaída, rubia y amatronada, Eulalia, sobre cuyas funciones en aquel hogar corrían conjeturas, ya que del grueso de la tarea doméstica se encargaba Leticia, la muchacha que dormía afuera: criatura de fisonomía a medio hacer, repulsiva ante todo por el cutis, que recordaba el de una momia”. Este amigo suyo, Jimi, persigue a Leticia, “irreconocible en su plétora de tenacidad y de urgencia”, y Vidal ve la escena con asombro, con rubor, con vergüenza (y eso es lo que no le pasaba antes) al igual que un joven que surge como por encanto detrás de él y comenta: “Tal cual un perro prendido. El viejo inmundo merece escarmiento”, y esa palabra, escarmiento, es la palabra clave, puesto que esto es lo que hacen los jóvenes con los viejos (y más si los consideran inmundos), aunque se les vaya la mano y que lo digan las tumbas recién abiertas de los cementerios.

La señora, criada o mujer, o ambas cosas, será expuesta en una descripción más allá de lo físico: “Envuelta en telas negras y sueltas […]. La piel de la mujer, de tono rojizo, estaba recubierta de pelos negros; también negra la cabellera, salpicada de mechas grises. En cuanto a las facciones, los años las habían sin duda abultado, de modo que se presentaban, como en otros ancianos, toscas y  prominentes”, y enseguida dirá que es una “bruja”, pero parece una definición genérica.

Estamos en invierno, y el frío es una constante durante toda la narración. Por ello, a pesar del creciente miedo, y porque “la vida no espera a los rezagados”, nuestro personaje toma la resolución de ir, “como cualquier tarde”, a reunirse con sus amigos en la plaza Las Heras, “en un banco, al sol”. Estamos cerca del veranillo de San Juan, y desde ya podemos decir que es evidente que en ese momento sucederá algo importante. En la calle hay hogueras, fogatas, y el contraste entre el frío y el fuego nos podría dar la característica de cada generación, llevada al tema sexual, que sobrevuela toda la narración. También hay algo sobre la luz y la oscuridad (el entendimiento de las cosas y de los hechos), cuando las calles quedan a oscuras, “como si alguien se hubiera entretenido en romper faroles”.

La muerte, que es la convidada silenciosa —y no tanto— de la historia, le llega a otro de sus amigos, a Néstor, al parecer pisoteado en la tribuna del estadio cuando había ido a ver a River Plate. Incluso un reloj que está detenido en las doce, muestra que se está en un tiempo suspendido, o como si estuviéramos por fuera del tiempo. Y la mañana del entierro, en que deberán huir por la pedrea a que son expuestos, será calurosa, pleno veranillo de San Juan.

Hay un aspecto, en la argumentación, que podría ser caro a Thomas Malthus y el maltusianismo: una especie de medicina preventiva: “se limitaron a llenar el mundo de viejos prácticamente inservibles”, y aún más: “El viejo es la primera víctima del crecimiento de la población”. Es la justificación, un poco edulcorada, de la muerte necesaria como equilibrio, en la ecuación población-recursos disponibles, ¿igual a felicidad?

La explicación del título de la novela, aunque no se explica demasiado, por supuesto, viene de acá: “”Dicen que los viejos son egoístas, materialistas, voraces, roñosos. Unos verdaderos chanchos”. Pero a decir verdad, “detrás de esta guerra contra los viejos no hay más que argumentos sentimentales en favor de la juventud”. Desde el otro lado, es decir desde las fuerzas que deben custodiar el orden, con cierta lentitud se ponen en movimiento, “por fin el gobierno ha tomado cartas en el asunto. Se nota una actitud más firme. Las declaraciones del ministro me conforman. No sé, tienen altura, dignidad” (otra vez debo aquilatar las similitudes con nuestro proceso infeccioso, viral, donde según las declaraciones todo parece estar en orden, pero en la realidad, por más que no se nos la muestre desde los medios de comunicación, parece estar lejos de la verdad). El comunicado del ministerio “decía que la situación estaba perfectamente controlada, salvo hechos aislados” (cómo no pensar en los “daños colaterales” del presidente).

Hay un aspecto, en la argumentación, que podría ser caro a Thomas Malthus y el maltusianismo: una especie de medicina preventiva: “se limitaron a llenar el mundo de viejos prácticamente inservibles”, y aún más: “El viejo es la primera víctima del crecimiento de la población”. Es la justificación, un poco edulcorada, de la muerte necesaria como equilibrio, en la ecuación población-recursos disponibles, ¿igual a felicidad?

Detrás de esta situación, está el pago de la pensión, el eterno tema de las jubilaciones —siempre deficitarias— que el gobierno no parece querer pagar, porque es “una medida impopular, lógicamente resistida”. Esto dentro de las consecuencias que se disparan por lo que sucede, y la alteración del ritmo normal de la ciudad. Hay un plan compensatorio, a estudio: “el ofrecimiento, a la gente anciana, de tierras en el Sur” (donde no crece nada, por supuesto, no vamos a ser tan ilusos). Y uno piensa en el ofrecimiento a los charrúas, para que se fueran a la Patagonia, allí donde la vida es dura, tanto que ni es. El comentario, con sorna, divisiones que se remolcan desde la creación de los pueblos: “para taponar posibles infiltraciones de nuestros hermanos chilenos”. Porque, claro, “solamente la mala suerte explica las desgracias”. “Descubrir tanto odio, en mis propios compatriotas, les juro, me entristece”, dirá Vidal, y con él nosotros, pues eso es lo que está pasando, de repente apareció un odio que estaba dormido pero latente y se manifiesta sin piedad y sin pudor (sobre todo en las redes). En la novela llega al punto que “la amistad era indiferente, el amor bajo y desleal y sólo se daba con plenitud el odio”.

Es esa pregunta, la que organiza la mirada: “¿No sentís que el alma y la ilusión de inmortalidad hoy parecen preocupaciones de aldea? Se pasó de la aldea al enjambre”. La globalización condiciona y marca el rumbo, y arrastra todo tras de sí.

“Cada cual está en sí mismo y nada puede por el prójimo”
Vendrán, entonces, necesariamente, los pensamientos sobre la muerte, y para ello repasa la muerte de su padre. Y como conclusión, dirá que “parecía ayer cuando llevaban una existencia despreocupada; de improviso, la condición misma de la vida se había vuelto intolerable”. Y eso que nuestro personaje no se ve como viejo, pero sin embargo a medida que la narración va contando la guerra generacional, él se siente, a través de la visión de los otros, que de pronto le cayó la vejestud, como si fuera un ropaje puesto por encima y que le calzara perfectamente.

Es entonces el momento en que le advierten que está marcado, que será la próxima víctima. La nueva modalidad son los secuestros, “donde el afán de lucro apuntaba por primera vez”. Y en realidad todos (los viejos) arden en la posibilidad de “dar pelea”, solo que no saben cómo hacerla, de qué modo y con qué, y entonces se pospone. Sin embargo se habla de una “marcha de los viejos”, que sería un espectáculo dantesco (en un tono que parecía burlarse de Dante, el amigo), y que resultaría en que “van a poner a toda la ciudad en contra”. No parece haber modo de defensa, ni siquiera en el ataque.

Ni tampoco en los escarceos del amor, en que antes, “cuando éramos jóvenes no andábamos con tanta delicadeza”. Es verdad, eso dicho en torno a las mujeres, si feas o lindas, que ya sabemos que la belleza está en otra parte. Y luego va a los hechos, piensa en “vejación”, en que han sido vejados: “Lo razonable, lo que se espera”, reflexiona, “es que uno se deje vejar. Si es viejo, se entiende”.

Pero a pesar de todo, Vidal no se resigna, y es el amor el único antídoto posible, la única esperanza, la luz al final del túnel: “…creyó entender intuitivamente que la explicación del universo era el acto de amor”. Y se le da con Nélida, no la que había sido su mujer años antes (que la dualidad del nombre opera en el sentido del acercamiento, porque no tiene ninguna de las características de la otra), sino específicamente la que vive en la pensión y se muda de allí por obra de las circunstancias. Tanta felicidad se ve interrumpida por los últimos hechos. Sin embargo, esa refriega de amor le devuelve a una nueva juventud, despertando savias viejas, y entonces ya no teme a la vejez.

Un aspecto político, que se nos ofrece en la narración: “…la muerte hoy no llega a los cincuenta años sino a los ochenta años, y que mañana vendrá a los cien. Perfectamente. Por un esfuerzo de la imaginación ustedes dos conciban el número de viejos que de este modo se acumulan y el peso muerto de su opinión en el manejo de la cosa pública. Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos” (parece broma, y sin embargo…). Aquí se entrevera Malthus, nuevamente.

Pero la realidad es terca, y Vidal debe pasar otra noche en el altillo, ocultándose del enemigo. Y luego va a la casa donde vive ahora Nélida, ya dispuesto, en primera instancia, a vivir con ella, o por lo menos enfrentarse a esa situación, “como si junto a ella estuviera a salvo, no de la amenaza de los jóvenes, que ahora casi no lo asustaba, sino del contagio, probable por una aparente afinidad con el medio, de la insidiosa, de la pavorosa vejez” (pág. 163). La casa es otra pieza de un conventillo, pero en este caso la pieza es amplia como una casa. El piensa: “¿podré vivir aquí sin parecer un mantenido?”. Y como si Vidal se hubiera liberado de algún peso (sicológico), mantiene un entusiasmo sexual que, a decir verdad, le sorprende un poco pero que le resulta gratificante, como si la prédica anti viejo hubiera hecho mella en su credibilidad propia (y eso es una de las cosas que se logra con el machacar continuo de la propaganda, debilitar la propia imagen). Es que “frecuentemente renuncia uno a lo que desea y se aviene a lo que puede”, que hay cosas que nos toca en la vida y de la que no tenemos ninguna intervención. Además, es obvio, “todas las cosas malas pasan porque la gente no domina sus nervios”. Que si no otra cosa sería.

“Desde los últimos sucesos era el afecto, más que la costumbre, lo que unía a cada uno con el grupo. Es verdad que en ocasiones miraba a sus amigos con aprehensión, o poco menos, como si fueran adictos a un vicio, la vejez…”, y esa visión, particular, parece levantarle la mirada y ver más lejos. Otro de los amigos, Arévalo, se gana una paliza y la entrada al hospital, porque anda con una menor (y ésta dice, expresamente, que le gustan los viejos), y es denunciado por Jimi, que estaba secuestrado y su delación tiene por objeto su libertad. Por lo cual será traidor, aunque se le apliquen las atenuantes que pueden aplicar sus amigos, hay quienes lo consideran como traidor, y esta actitud siembra la disensión.

Hay un nuevo hecho irrefutable: la identificación de los jóvenes con los viejos. A través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven”, en consecuencia “invariablemente el joven elabora la siguiente fantasía: matar a un viejo equivale a suicidarse”.

“Uno está seguro en la vida, y aun en medio de la guerra supone que lo malo ha de ocurrir a los otros; pero basta que un amigo muera (o que nos anuncien que tal vez muera) para que todo se vuelva irreal”, eso está pasando hoy día, y quién sabe cuáles serán las secuelas. Pero hay otras seguridades que se nos muestran: “de puro viejo es un egoísta descarado. Ya no disimula. Se interesa por la propia comodidad…”, y eso sin saber que todo eso se terminará, al menos momentáneamente. Y si no es total es porque hay esperanza, y cuando ella aparece es lo que marca la última parte de la novela.

“Hay un nuevo hecho irrefutable: la identificación de los jóvenes con los viejos. A través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven”, en consecuencia “invariablemente el joven elabora la siguiente fantasía: matar a un viejo equivale a suicidarse”. “Todo se vuelve relativo con el tiempo. Más que nada, las personas. Además, “la gente joven no entiende hasta qué punto la falta de futuro elimina al viejo de todas las cosas que en la vida son importantes”, y aquí puede ser vista, con nitidez, la brecha que separa a ambas generaciones.

Como Nélida había salido para encontrar a su ex novio, y comunicarle el fin de su relación con él, Vidal no puede esperar. Va en su búsqueda, porque para tener una recompensa, aunque sea breve, tiene que haber empeño, y recorre dos bares oscuros y desolados porque allí toca el ex novio, junto a Los porteñitos. “Ahora la calle Güemes por donde emprendía la vuelta, se alargaba anormalmente; la vereda bajo los pies resultaba demasiado dura y las cornisas y los adornos de los frentes infundían tristeza. Pensar en Nélida era un talismán contra el desaliento, pero también era el temor de haberla perdido”.

Es entonces cuando Vidal comprende, por fin, el objeto vital de la existencia: “Quizá una de las pocas enseñanzas de la vida fuera que nadie debe romper una vieja amistad porque sorprenda una debilidad o una miseria en el amigo” (pág. 207).

Y finalmente, Isidro Vidal “sacaría del baúl una porción de cosas inútiles, reliquias poco atrayentes que había guardado por ser recuerdos de otros tiempos, de sus padres, de la infancia, de los primeros amores, y las quemaría sin lástima y no guardaría sino la mejor ropa […] y se mudaría definitivamente a la calle Guatemala. Con Nélida empezaría una vida nueva, sin recuerdos, que estarían fuera de lugar”.

Sin embargo, y en eso viene de admonitorio para los tiempos que corren, después de esa guerra, todo sigue igual, igual que antes. Nada ha cambiado. Nada cambiará.

(Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, ediciones Altaya S.A., 1999, Barcelona, España, 218 páginas)

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

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