Walter Cruz: Un argentino le dio su apellido a nuestro Alfredo Zitarrosa

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por Walter Cruz

 

A Alfredo Zitarrosa lo conocí en la ciudad coloniense de Juan Lacaze. Fue la primera -y la única -vez que lo vimos actuar vestido de campera y pantalón de Jean. Tenia la fama de ser un artista muy formal – siempre de traje y corbata y cabello engominado, pero en el fondo creemos que no era tan así.

Años más tarde algunos encuentros en Buenos Aires nos lo demostraron. Había que «rascarlo» un poco y al instante se distendía. Era más cordial y afable de lo que se pueda suponer.

Recordando aquella presentación en los pagos sabaleros un día – a los dos años y pico – nos dijo, «cosa jodida, eh?. Compuse una canción que me salió demasiado bien «. Nos pareció extrañísimo que quien hace algo bien se arrepienta luego.

Pero todo tiene su explicación y «El Flaco» nos la dio. Se trataba de la «Milonga de contrapunto», con la que había cerrado su presentación en Juan Lacaze. Alfredo Zitarrosa hacia de frenteamplista e Hilario Pérez de pachequista. El asunto no hubiese pasado de ahí de no ser que Hilario Pérez se compenetro tanto con la letra que se paso al pachequismo.

Puede resultar cosa de la idiosincrasia de los pueblos chicos, donde en política los vecinos y parientes no son enemigos: son simplemente rivales.

Como hombre que estaba más allá del bien y del mal en aquel acto de la 1001 se contó con la presencia de notorios militantes blancos y colorados.Incluso de un edil departamental de la colectividad nombrada en segundo termino. Si bien cuando Rodney Arismendi Secretario general del Partido Comunista comenzó la oratoria algunos de sus no votantes se retiraron, todos escucharon y aplaudieron al cantor.

Porque Alfredo era un tipo querido y querible aunque no se compartiera su postura política, que dicho sea de paso nunca ocultó. Más bien la proclamo a los cuatro vientos.

«EL POCHO» DURAN Y UN POCO DE HISTORIA Hijo natural de Jesusa Blanca Nieve Iribarne, Alfredo nació el 10 de marzo de 1936 en el Hospital Pereira Rossell.

La vida llevó a que el pequeño pasara a vivir con el matrimonio compuesto por Carlos Durán y Doraisella Carvajal. Por esta razón durante mucho tiempo fue conocido como «El Pocho» Durán.

Teniendo voz de tenor sus padres adoptivos le pedían que cantara – en casa de amigos y familiares – canciones de José Mujica. Cursó cuatro años en el Instituto Dámaso Antonio Larrañaga y vivió en los barrios capitalinos de Belvedere, La Teja, La Unión y Sur.

Con el tiempo pasaría a residir en el departamento de San José en el kilómetro 29.500 de la ruta 1 y luego en Santiago Vázquez.

Trabajó como vendedor de muebles, hizo socios para una mutualista y escribió en la sección «El Gorro de Dormir» en el diario «Acción». Su primer cuento publicado fue «Un Caso de locura».

A los 22 años debutó como actor en «La piel de los otros», de Juan Carlos Legido bajo la dirección de Rubén Castillo, integrando el elenco del Teatro Libre.

UNA GUITARRA, UN NIÑO CANTOR Y EL OTRO ALFREDO ZITARROSA A sus 9 años su madre Blanca le regaló una guitarra a Alfredo. Un año antes había debutado en el programa «El precoz tenor» de CX44 Radio Monumental.

Un ciudadano argentino llamado Alfredo Zitarrosa se casó en 1946 con Blanca Iribarne e inició los tramites de legalización del niño el que – a principios de 1953- tomó de esa manera el apellido del marido de su madre.

Maria Cristina Zitarrosa Iribarne nació cuando Alfredo tenia 14 años y fue la única hermana del cantor.

Fue locutor en CX 10 Radio Ariel, en CX 8 Radio Sarandi, en CX 14 El Espectador, en CX 36 Centenario, locutor de cabina en Canal 4 y periodista en el semanario «Marcha».

En el ’59 el Municipio de Montevideo lo premió en un concurso de poesías inéditas, al tiempo que por un malentendido fue despedido de El Espectador.

EL FRACASO VIAJE DEL ANARUISTA Más allá de opiniones, lo cierto es que la Revolución Cubana había conmovido al continente en 1959.

Alfredo Zitarrosa se propuso en 1961 visitar a la mayor de las Antillas. Con el dinero del premio y el despido antedichos inicio su viaje a Perú, donde tenia varios amigos.

Allí se desempeño como periodista y locutor en radio Radioprograma, en el lugar que había dejado vacante Hugo Guerrero Martínez.

César Duran – un peruano vinculado al arte- lo indujo a que cantara en forma profesional. Lo hizo en un programa de televisión acompañado por un trío de guitarras y por lo que se ve Zitarrosa no debutó cantando en Uruguay sino en Perú. Le pagaron 50 dólares y necesitaba 280 para llegar a México, donde podía recibir un pasaje – a través de un amigo uruguayo – de la Cubana de Aviación.

En esos tiempos Zitarrosa era anarquista y se había propuesto llegar por sus propios medios a Cuba. No pudo ser y regresó a Uruguay.

AQUEL 17 DE ENERO DE 1989 «Se nos murió todo Alfredo Zitarrosa», dijo el humorista Julio Cesar Castro (Juseca) aquel amargo martes del verano del 89. «Cántate otra flaco», «El violín de Becho está llorando» rezaban los muros de Montevideo.

El diario Pagina /12 de Argentina – parafraseando la canción de Alfredo- tituló en tapa «En mi país, que tristeza».

El escritor Eduardo Galeano dijo que si Alfredo hubiese presentido su muerte no hubiera llorado, pero sin embargo lo vio llorar cuando partió rumbo al exilio.

Esta es, más o menos, la historia de uno de los máximos referentes de la cultura uruguaya. Lo demás es cuestión casi sabida por todos.

UNA CUESTION DE «RESPETO» Incitados por un amigo de la Unión de Periodistas de Buenos Aires (UPBA), un domingo nos encontramos con Alfredo en Plaza Once y en tren partimos rumbo a un asado. Durante el viaje intercambiamos noticias del paisito. Zitarrosa – con esa voz que todos conocemos- nos trataba de usted.

En un momento le dijimos que nos «respetara», que qué era eso de usted?. Esbozó una amplia sonrisa y de ahí nos tuteamos siempre.

Cuando llegamos a una casa del Gran Buenos Aires comprobamos que Zitarrosa era tan buen cantor como cocinero. Fue la primera vez que comimos huevos de toro. Nos enteraríamos después de que se trataba aquello tan sabroso. Alfredo de exprofeso no nos lo había dicho.

«VENITE PARA EL HOTEL» Aquella mañana de domingo amaneció lluviosa sobre Buenos Aires, cuando sonó el teléfono en nuestra habitación. Era Zitarrosa que en sus soledades andaba necesitando algún compinche. «Venite para el hotel, sí queres. Se suspendió la actuación que tenía en la Rural de Palermo y estoy solo. ¿Qué te parece si nos juntamos y charlamos un rato?». Nos pareció y allá fuimos. Pero medio extrañados ¿Cómo era posible que alguien tan conocido y con buena fama nos invitara justo a nosotros que no éramos conocidos por nadie?. Llegamos y se lo preguntamos. «Para mi todos mis amigos y conocidos son iguales. No soy de andar haciendo distinciones por el trabajo o la profesión de cada uno, ni porque sea conocido o desconocido».

Y allí mientras mate iba y venía y afuera llovía hablábamos de todo un poco. Menos músicos y cantores. «Yo compongo, ensayo, actúo y no me gusta hablar siempre de lo mismo. Y como vos no lo haces, por eso te dije que vinieses para acá», nos dijo y nos despedimos con un fuerte abrazo.

«USTED ES UN OBRERO IGUAL QUE YO» Los exiliados chilenos en Buenos Aires se habían propuesto realizar una serie de actos y festivales en el mundo promoviendo la solidaridad con su país gobernado por la dictadura de Pinochet. Y se les ocurrió que era mejor hacerlo en conjunto con los uruguayos. Ellos ponían al conjunto Quilapayun y estaba cantado que mi artista tenia que ser Zitarrosa. En esos trámites andábamos con el doctor Manuel Liberoff (secuestrado y desaparecido en Buenos Aires), pero Alfredo se negó rotundamente tras varias horas de charla. Quería volver a Montevideo como fuera.

Así lo llevaran preso. Y así lo llevaron no bien bajó en Carrasco.

Luego la solidaridad internacional hizo que lo soltaran. Cuando nos despedimos de Liberoff nos tomamos un taxi. Cuando llegamos el tachero medio temeroso preguntó, «disculpe, ¿usted no es Zitarrosa?» Alfredo le dijo que sí, le firmó un autógrafo para la hija del taxista que era admiradora suya y preguntó cuanto era el viaje. El hombre dijo que nada. «No señor – dijo «El flaco»- usted es un trabajador como yo así que me cobra». Le pagó y cada uno se las tomó para su casa.

 

Publicado por primera vez en LAONDA digital

 

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