La violencia doméstica en una sociedad también desbocada, el enojoso conflicto de pareja que deviene inexorablemente en ruptura y el turbulento despertar sexual de una adolescente azotada por las desavenencias de los adultos son los tres ejes temáticos de “Tengo sueños eléctricos”, el potente y valiente drama de la cineasta costarricense Valentina Maurel, que indaga en profundidad en las conductas humanas, los vínculos filiales y el amor contaminado por las tensiones cotidianas.
Esta película, que es una coproducción entre Costa Rica y Francia y está hablada naturalmente en un castellano con acento centroamericano, aterriza en la escenografía familiar y particularmente en uno de los temas más controvertidos del pasado y el presente: la violencia doméstica y sus casi siempre aciagas consecuencias hacia el interior de las familias.
Este fenómeno, que siempre existió y es obviamente tan añoso como la propia humanidad, otrora pasaba virtualmente inadvertido y estaba invisibilizado por el statu quo patriarcal, que le otorgaba al hombre un poder desmedido en su hogar y el derecho a ejercer prácticas autoritarios puertas adentro.
Yo, en lo personal, nací en un hogar con un padre violento y alcohólico, que solía golpearnos a mí y a mi hermana sin ninguna razón, e incluso a mi madre, que bregó sola y sin ayuda con nuestro hogar y nos proporcionó lo necesario para alimentarnos, formarnos, educarnos y desarrollarnos para afrontar la vida.

Tanto en este como en otros casos, la violencia, que está introyectada en la sociedad y en lo cotidiano, dispara una indispensable reflexión sobre los límites, que para la psicología cognitiva conductual pueden ser físicos, emocionales o bien jerárquicos, naturalmente en el trabajo.
Obviamente, fuera de la frontera temporal que impone siempre la muerte, todos los límites pueden ser trasgredidos, como sucede en el caso de los delincuentes y de los gobiernos autoritarios que aherrojan derechos mediante la prepotencia.
Empero, la cortapisa a esta tentación que motiva a los violentos son las normas jurídicas y las de naturaleza ética, que siempre impone la convivencia social. En ese marco, los límites funcionan en tres sentidos, simultáneos y casi siempre contradictorios: los límites que debemos acatar para no horadar ni violentar la libertad del otro, los límites que ponemos para que no nos avasallen y los límites que nos imponemos a nosotros mismos y nos perjudican, que se originan habitualmente en una autoestima muy devaluada.
A diferencia de lo que sucedía en el pasado, hoy la violencia doméstica está penalizada como un delito grave, salvo en aquellas sociedades que conservan modelos rígidamente patriarcales, como en el caso de algunos países árabes regidos por el Islán, que le permiten a los hombres tener varias esposas al mismo tiempo y relegar a la mujer a un rol meramente marginal. Allí, obviamente, la violencia doméstica no es castigada por la ley.
Empero, en Occidente, salvo excepciones, los hombres que perpetran un acto de violencia doméstica contra su pareja y eventualmente contra sus hijos, son castigados con absoluta independencia de la gravedad del delito cometido.
Sin embargo, igualmente son frecuentes los femicidios, aun en edades tempranas como sucedió hace algunos meses en Maldonado, donde un adolescente asesinó sin piedad ni arrepentimiento a su novia. Este drama sigue contaminando a la sociedad uruguaya.
Por lo general, estos homicidios contra mujeres no tienen su origen en un mero conflicto por problemas familiares, sino en la insólita predisposición de los hombres a seguir acatando las perimidas reglas del patriarcado machista, que, en sus mentalidades enfermizas, les permitirían forzar a las mujeres a permanecer con ellos contra su voluntad, como si se tratara de un mero objeto con valor de mercado.
En ese contexto, la violencia contra los hijos sin reparar en sus eventuales edades, es una derivación del clima de tensión y de los conflictos subyacentes de la pareja, más allá que, en muchos casos, los hombres sean violentos porque así son sus temperamentos. Incluso, influye en forma determinante el ambiente, cuando se trata de sociedades que dirimen cotidianamente sus diferencias violentamente y no aplicando mínimos criterios de racionalidad.
En ese contexto, “Tengo sueños eléctricos”, que alude simbólicamente a un poema cuyo autor es uno de los principales personajes de trama, indaga, en profundidad, en el paisaje humano de una familia tipo, con una pareja y dos hijas, cuyo vínculo se ha ido desgastando paulatinamente por la violencia y el enojo que ha horadado el afecto hasta transformarlo virtualmente en una relación patológica.
Ya, desde las primeras secuencias, el film trasunta el agobiante cliente de tensión que caracteriza a la problemática convivencia de la familia, cuando, viajando en el asiento delantero de un automóvil, la pareja se pega y manotea sin cesar, antes de arribar a la casa. Allí, como la puerta del garaje está atacada, el hombre se bajo y forcejea, luego golpea el portón con los puños, luego lo patea y finalmente da su cabeza violentamente contra la estructura metálica hasta sangrar.
Eva (Daniela Martín Navarro), una adolescente en plena eclosión de su sexualidad, tiene que convivir, junto a su pequeña hermana, realmente con un infierno cotidiano protagonizado por sus padres, que se acaban de divorciar.
A diferencia de lo que sucede con el hombre que mientras pernocta en la casa de un amigo busca obsesivamente un departamento para arrendar aunque sus economías sean precarias, la mujer, que ahora se adueñó literalmente de la casa, inicia un proyecto de reformas con la idea de comenzar una nueva vida, ahora con la libertad que le otorga haber roto finalmente un vínculo tóxico con un hombre violento, autoritario e intransigente.
Obviamente, esa suerte de mutación material de un inmueble que luce ya bastante deteriorado, es también una metáfora del cambio radical que se avecina en la familia, con una nueva estructura, ahora monoparental, devenida de la partida del hombre.
Sin embargo, los conflictos están muy lejos de dirimirse, porque la adolescente Eva no tiene buen vínculo con su progenitora y, aunque su padre sea un patológico exacerbado, igualmente prefiere pasar más tiempo y hasta mudarse con él.

¿Cuál es el secreto de ese acercamiento afectivo con un hombre literalmente descontrolado? Además del afecto, una suerte de atracción típica del Complejo de Edipo que transforma para ella a su padre, pese a todo, en un modelo de hombre, fuerte y apuesto. No en vano, la adolescente le acaricia la barba a su padre y hasta le reclama que se afeite. Entre los dos hay una relación, ambigua pero igualmente de cariño no exento de violencia.
En efecto, Eva está tan descontrolado que se pasa todo el día masturbándose y de frota desenfrenadamente la vagina con la mano, pero también se excita sexualmente en el contacto con la cama y hasta con otros muebles. Más allá de su edad, en este caso el auto-placer de la masturbación opera como una válvula de escape ante tanta tensión y desencanto cotidianos.
Esa es la rutina de ocio de la protagonista, que alterna esos frenéticos ejercicios de masturbación con visitas a su padre y con recorridas para visitar inmuebles con el propósito de alquilar. En casi todos los casos, el obstáculo es el costo del arrendamiento y, en definitiva, la frustración.
En ese contexto, el hombre, que sigue compartiendo un espacio con un amigo que atrae la atención y también los deseos sexuales de la adolescente, se transforma literalmente en una suerte de desarraigado, sin techo ni hogar.
Naturalmente, ese es el alto precio que debe pagar por su conducta violenta, que lo alejó de su familia y lo condenó a la soledad, más allá del vínculo que mantiene con su hija mayor, que es muy estrecho pero también conflictivo, porque ambos posee un temperamento fuerte y propenso a la agresividad.
Como el hombre está buscando obsesivamente una pareja, es habitual que concurra a fiestas y reuniones, en muchos casos en compañía de su hija, quien también ejerce su propia búsqueda, con el propósito de tener su primera relación sexual y así poder apagar la excitación que la consume y por momentos incluso hasta la enferma.
El otro protagonista de la historia, que no es de dos sino de cuatro patas, es Kwesi, el gato de la casa, que parece captar el ambiente de tensión que lo rodea y se torna más agresivo, al punto de arañar a los propios miembros de la familia como si fueran desconocidos. Sin dudas, el felino está en una actitud de defensa, como el resto de los humanos que riñen como si fueran animales salvajes, porque no son capaces de controlar sus impulsos más cerriles y primarios.
Por supuesto, este film de Valentina Maurel no se limita a exponer la violencia intrafamiliar entre personas que supuestamente se aman, sino también la violencia que late en la sociedad costarricense contemporánea. En ese marco, mientras el hombre y su hija escuchan a un grupo de músicos callejeros que protagonizan una serenata para ellos, un grupo de jóvenes se agreden sin piedad en plena vía pública, sin que nadie intervenga ni concurra la Policía para disuadirlos detenerlos y eventualmente proceder a su detención. La escena es una metáfora del caos que reina en la sociedad de ese país centroamericano, que suele ser tomado internacionalmente como modelo de convivencia.
Las propias imágenes panorámicas de las calles de San José, capital de Costa Rica, sugieren decadencia material pero también moral, si tomamos en cuenta la atmósfera de furia y efervescencia que contamina los espacios públicos.

Sin embargo, el hombre revela aspectos contradictorios de su conducta, porque aunque es un violento y a menudo hasta ordinario en sus modales, concurre asiduamente a un grupo literario, donde suele leer sus poemas. Uno de ellos se titula precisamente “Tengo sueños eléctricos”, que también funciona como una suerte de metáfora de la trama cinematográfica.
Esta película aborda, con madurez no exenta de sobriedad, el problemático tema de la violencia doméstica así como también de la violencia subyacente en la sociedad en la cual habitan los protagonistas, la radical descomposición terminal de la pareja, los amores que se transforman en rencor y, por supuesto, la irrefrenable compulsión sexual más desaforada, no solo como contención, sino también como terapia contra la amargura y el desencanto devenido de la experiencia cotidiana.
En este caso, el discurso artístico de la realizadora Valentina Maurel, que es honesto y frontal, plantea, con sensibilidad y sutileza, los conflictos humanos en la visión micro de una familia y en la macro de la comunidad, todo ello atravesado con una profunda reflexión que pone en tela de juicio los temperamentos humanos, que, a menudo, no se dirimen mediante el vehículo del diálogo sino a través del lenguaje de la violencia. Pese a todo, el panorama no luce tan desolador como parece.
En un reparto actoral de correcto desempeño, destacan nítidamente las actuaciones protagónicas de la joven Daniela Marín Navarro, quien exhibe una madurez propia de una actriz ya consagrada, y de Reinaldo Amien Gutiérrez, quien otorga a su rol de padre violento pero son sensibilidad poética un singular realismo.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Tengo sueños eléctricos. Costa Rica y Francia 2022. Dirección: Valentina Maurel. Guión: Valentina Maurel. Edición: Bertran Conard. Montaje: Betran Conard. Fotografía: Nicolás Wong y Anore Díaz. Reparto: Daniela Marin Navarro, Reinaldo Amien, Vivián Rodríguez y José Pablo Segredo.
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