El presagio de la derrota

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Hay problemas en la coalición, porque dos de sus candidatos se anticipan a su propia derrota. Cada uno en su estilo, Alvaro Delgado y Andrés Ojeda se han convencido de algo que el Frente Amplio bien quisiera compartir: la prístina certeza de que no estarán a la cabeza de escrutinio alguno.

El primero, bomboncito, ya no sabendo qué hacer para maniobrar en la camisa de once varas que aceptó en nombre de una herencia condicionada por un lapso de tiempo, sin haber entendido que en política los ciclos son condicionados por bastante más que el almanaque. Hasta a Batlle y Ordóñez le pasó lo del Alto de Viera, cuando Feliciano, su sucesor en 1919, paró las reformas. Eran otras reformas, pero se sabe que todo ejemplo renguea.

A esta altura de la campaña, Delgado está dedicando las últimas dos semanas de ella a reconocer que no es un buen candidato pero será un buen presidente. Esto último, porque es lo que le pareció ver cómo se hacía, y también porque a la oportunidad la pintan calva. Eso dice el dicho que viene de la mitología romana: la diosa Ocasión no tenía cabellera en la parte de atrás de la cabeza, para que no la pudieran agarrar una vez que pasara. Lo que en verdad pasa es que Delgado muestra poco ánimo y valor para afrontar situaciones comprometidas, como perder votos ante el fuego amigo de Ojeda.

En este contexto, a su contrincante interno Ojeda se le extinguen las brasas de su lacallismo, y recurre a dos escandaletes en una semana, tratando de hacer el humo que distraiga la agenda noticiosa, y que tan bien sirvió a la muy bacheada gestión de su prototípico Lacalle.

Sin ánimo de desanimarlo, se le recuerda a Ojeda que su argumento electoral es el mismo desde hace un lustro, aunque ahora lo exprese con todas las hormonas que tenga. El anticomunismo es una negación que en ocasiones puede ser válida para un análisis crítico, pero desde 2019 hasta hoy el análisis estuvo ausente, y no puso a disposición una perspectiva para examinar la validez de argumentos que da el FA ni la existencia del programa por él publicado, con una tozudez que envidian avestruces y ñandúes.

Pero no tiene ni Ojeda ni el resto de la coalición argumentos que expliquen, al menos con algo de convicción, que el progresismo sea hoy sin dudas la mayor fuerza electoral del país, sacada adelante entre trancas y barrancas tras años tormentosos y la continua decadencia de partidos políticos aferrados esencialmente a la parte electoral de la democracia. La realidad no le es obstáculo. Creen que les basta con el mero epíteto, cuando ni Partido Comunista a la vieja usanza hay en este país. Esa identidad negativa no sugiere otra adhesión más que a lo que Luciano Bonet, en el Diccionario de Política de Bobbio y Matteucci llamó «ideología de la burguesía en crisis», que «surge cuando las fórmulas políticas tradicionales se demuestran ineficaces».

Más que una ideología, el anticomunismo que agitan es una fórmula política que legitima toda oposición a él, que tantas diversas razones de credo e interés puede agrupar. Con ella en ristre, la negativa por sí misma a ese comunismo que no definen quiere condicionar políticas internas a sus intereses sectoriales y al tiempo imbricarse en una política internacional que los apoye en objetivos bien lejos del altruísmo y les permita incidir en asuntos ajenos. Esa es la derrota que ven venir.

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