Fanático sionista sale del Closet

Tiempo de lectura: 5 minutos

Una gran empresa del chacinado, fundada hace muchas décadas por un ilustre hombre de negocios judeouruguayo, de orígen húngaro, que se mantiene hoy en poder de su familia, intenta “apretar” a los conjuntos del carnaval para que no mencionen el genocidio que lleva a cabo el gobierno israelí en Gaza y Cisjordania. Esto es “libertad de empresa”: los que necesitan la publicidad como el aire para respirar, son dueños y señores de tratar de tapar el sol con un dedo, aunque ese dedo represente una especie de garrote económico.

Que es una empresa que nada tiene que ver con la ortodoxia o por lo menos con la observancia religiosa judía está claro como el agua de la fuente del Gihón. Chacinar, por definición, quiere decir hacer la matanza y procesar carne de cerdo y este es el principal animal que las reglas del kashrut señalan que no es ni será jamás kósher, es decir apto para el consumo por los creyentes. Adiós a los jamones ahumados y los suculentos chorizos. 

Aunque las normas dietéticas atañen a la tradición rabínica y a la historia mantienen su vigencia para muchos judíos. En tal sentido no conviene confundir la figura del carnicero judío o Qassab con el matarife o Shojet (un rabino que debe conocer perfectamente las reglas del Sejitáh y las normas dietéticas). El carnicero prepara y despacha la carne pero sus actos están supeditados a la aprobación del rabino. La función del carnicero también puede ser desempeñada por un no judío pero siempre bajo la estricta supervisión de un Somer de la colectividad. El animal que no se sacrifique según el ritual se considera carroña (Terefá) y, por consiguiente, impuro y no apto para el consumo. En siglos pasados el vacuno, ovino o caprino degollado por un gentil (no judío) se consideraba carroña y su impureza se trasmitía incluso al transportarlo. 

Esta inobservancia religiosa tampoco tiene que ver con el porfiado intento de la gran chacinería Centenario por transformarse en un fabricante de alimentos vegetarianos y veganos. Aunque sin dejar de promover sus famosos  chorizos. Por lo tanto, su revoleo del garrote económico, indiscutible como un derecho de quienes manejan ese poder (el de su dinero), no tiene asidero alguno en la religión o la tradición judía. 

El garrote, o en este caso la exclusión, se practica no contra el antisemitismo, el desprecio o la incitación al odio contra los judíos (aunque estos chacineros sean francamente anti religiosos o desprecien ellos mismos las normas religiosas) sino contra el antisionismo y especialmente contra quienes se atrevan siquiera a nombrar una desgraciada región del mundo donde se enfrentan terroristas y se desarrolla un genocidio sistemático por parte del gobierno de Israel, sus fuerzas armadas y las bandas de colonos ultranacionalistas en Cisjordania. 

Los chacineros son sionistas, que han entendido que deben hacer lo posible para defender lo indefendible, es decir la masacre sistemática de decenas de miles de civiles inocentes, particularmente de niños, contribuyendo en forma más o menos solapada a ahogar cualquier crítica o señalamiento que en su mundo del revés compara el rechazo al genocidio con antisemitismo, la crítica al sionismo con antisemitismo, la denuncia de los crímenes contra la humanidad como discursos de odio.

Pero bien, convengamos que estas conductas no son extrañas ni novedosas, los poderosos siempre tratan de acallar a quienes les denuncian, les descubren o les señalan. La primera fase es “económica”. Puede aparecer bajo la forma de invitaciones para viajes, regalos de distinto tipo, participación en supuestos acontecimientos culturales e incluso deportivos, a cambio naturalmente de elogios, testimonios y todo tipo de adulonerías de los beneficiados. O, por el contrario, el “apriete” que tiene que ver con no dar, no pagar, excluir, denunciar. Para una gran empresa esto debe hacerse con cuidado, sobre todo cuando su rubro es la alimentación popular y quedar al descubierto puede representar cuantiosas pérdidas por “publicidad negativa”.

Por esta razón y a esta altura debe aparecer “el hombre de paja”, es decir alguien que abogue por la empresa como una voz independiente, aparentemente libre de cualquier condicionamiento. Es decir, alguien que “no es de izquierda ni de derecha” (que como se sabe es la mejor declaración de derechismo vergonzante). En este caso se trata del CEO , el dueño o jefazo de una empresa que se dedica a hacer encuestas de opinión, estudios de mercado, etc. Uno de los rasgos esenciales de esas empresas es su “neutralidad”, aunque algunos de esos emprendimientos son mercenarios de quienes les compran sus servicios tienen la obligación existencial de presentarse como enteramente “objetivos”.

Citamos textualmente un párrafo de este personaje: “las agrupaciones carnavaleras pueden cantar lo que se les cante (valga la redundancia) sobre Israel, Palestina o Medio Oriente. Nadie les prohibe subir al tablado ni los va a bajar por lo que piensan, mientras no difamen ni inciten al odio”. ¡Qué notable! Este adalid de la libertad se reserva, como si tal cosa, el derecho a definir quien difama o quien incita al odio y por ende de “bajar” a quien se le ocurra que lo hace.

Claro que la poderosa chacinería tiene derecho a no poner su plata si no le gusta lo que se dice. Nadie los va a obligar pero ¡qué dilema tiene el hombre de paja! Está claro que no le gustan las murgas ni el carnaval, canten lo que canten, son guarangadas del populacho pero si mencionan a Israel, a Gaza, a Cisjordania, al genocidio están “ofendiendo su identidad, sus raíces o sus valores”. El problema es que empresas de este tipo precisan del público, los medio tanques y el asado familiar, el carnaval, el fútbol, las expansiones populares son su ingreso vital (lo vegano es mercado chico, “most exclusive”). Ahí sigue el CEO mostrando la hilacha, hablando de fascismo, de “contribuciones voluntarias” y agarrándosela hasta con Eva Perón.

”Si vamos a hablar de libertad , defendámosla entera – dice – también la libertad de una familia – judía, zoroástrica o zulú – a que proyectos presta su nombre y su plata sin ser tratada como enemiga por eso”. ¡Qué problema tiene este muchacho! ¿cómo hacer para revolear el garrote sin que se note porque es mala publicidad? Así que termina declarando que va a consumir exclusivamente productos Centenario “para compensar el boicot de algún fascista trasnochado”.

Este sionista fanático ha salido del closet (¿o siempre estuvo ahí pero con la puertita cerrada?) y muy probablemente no vaya a expedirse sobre los crímenes de lesa humanidad de Nethanyahu y los suyos, sobre los interminables bombardeos de poblaciones civiles indefensas, sobre el apartheid que impera en Israel (peor que el sufrido por los zulúes en Sudáfrica) y las atrocidades cometidas por las bandas de colonos terroristas en Cisjordania. Eso no se les va a reclamar a los chacineros, el Uruguay es libre y generoso, pero si a sus abogados oficiosos con el mínimo valor de defender sus ideas, no las de sus mandantes. Eso si antes de que se indigeste con tanto jamón y chorizos.

Por Bernardo Alestor

  

 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.