Se reestrenó “Ben Hur”: El contundente triunfo de la libertad

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La fe, la violencia, la traición, la libertad, la venganza, el escarnio de la esclavitud y el demoledor poder de un imperio son los seis pilares fundamentales de “Ben Hur”, el excepcional largometraje épico del realizador William Wyler producido en 1959 y estrenado en Montevideo en 1960, que ganó nada menos que 11 premios Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Esta película, sin dudas espectacular, fue recientemente reestrenada, en función única, en salas del complejo Movie Center, lo cual le permitió a los nostálgicos volver a disfrutarla y a las nuevas generaciones, consumidoras de pantallas chicas de televisión, celulares y plataformas, descubrirla y valorarla en toda su grandeza y esplendor.

En lo personal, para mi volver a verla fue una experiencia única, ya que visioné por primera vez esta superproducción en la emblemática sala del cine Metro, cuando era apenas un niño escolar y la magia del cine ya me fascinaba como me sigue fascinando en el presente. Por entonces, la exhibición de este extenso filme de tres horas y cuarenta minutos de duración, fue un acontecimiento singular, que logró llenar recurrentemente la sala y alcanzar recaudaciones récord, en un tiempo en el que los trabajos audiovisuales estaban casi exclusivamente reservados a la pantalla grande de los circuitos de exhibición, ya que la televisión se encontraba en un estado meramente embrionario y sólo existía canal 10, porque las restantes señales aun no funcionaban.

Incluso, el costo de la entrada de cine era muy módico y al alcance de cualquier familia trabajadora y, además, la censura de las calificadoras, que era muy sesgada, no impedía que niños muy pequeños pudieran visionar películas de contenido muy violento, ya que sólo limitaban el cine que por entonces mostraba discretos desnudos o sexualidad apenas insinuada. 

Sin embargo, “Ben Hur”, que es un film por momentos descarnado y de una ferocidad visceral, era apto para todo público, porque lo crucial era vender entradas y hacer taquilla. Por supuesto, no coincido para nada con que las películas sean calificadas, ya que ello acota la libertad del espectador. Sin embargo, por entonces, los criterios de valoración eran muy ambiguos y respondían a una mentalidad conservadora.

Empero, ingresando de lleno en el análisis de esta película, es claro que hoy me sugiere reflexiones que no me sugerían en el pasado, por razones obvias de edad y maduración intelectual. En efecto, cuando yo era un niño, tenía muy arraigado un concepto del bien y el mal que era sumamente subjetivo y nacido de mi consumo de westerns norteamericanos que siempre erigían al blanco anglosajón en héroe y al aborigen en villano, pese a que el villano era realmente el descendiente de europeos y la víctimas eran los nativos que fueron despojados de sus tierras y de sus culturas y asesinados a mansalva por sus colonizadores.

Por ende, mi patrón de valoración era muy relativo y siempre estaba  predispuesto a situarme del lado del héroe, que en este caso es precisamente Juda Ben Hur, un príncipe hebreo de ficción, que padece los atropellos del poder del imperio romano.

La película, aunque su fuente de inspiración no es bíblica, porque los personajes no son reales, tiene igualmente un trasfondo religioso, porque comienza con el nacimiento de Jesús y culmina con su calvario y crucifixión. Empero, en este caso el profeta judío no es protagonista, sino un mero agonista, aunque su prédica tiene una singular importancia en la conversión del noble judío, que es magistralmente encarnado por el gran Charlton Heston, en uno de los papeles cumbre de su exitosa carrera- incluso superior al de su recordado Moisés de “Los diez mandamientos” y al de su rol protagónico como Rodrigo Díaz de Vivar en “El Cid”- que le permitió ganar el premio Oscar al Mejor Actor.

Aunque la historia es muy extensa, la anécdota es más o menos sencilla y se remonta a los tiempos en los cuales Judea era una provincia del imperioso romano, entre el año 63 de la era pre-cristiana y el año 125 de la era cristiana. Por entonces, el imperio que estaba bajo la égida del emperador Tiberio, era muy resistido por los judíos, que eran cruelmente reprimidos por el poder de la mayor potencia de la antigüedad. No en vano, el tribuno romano Mesala (Stephen Boyd), inicialmente amigo del protagonista y luego su enemigo, llega a afirmar, con absoluta convicción, que “Roma es el mundo”. En realidad, por entonces, la Ciudad Eterna era realmente el centro del mundo antiguo, aunque, por las mutaciones de la historia, naufragó como todos los imperios. 

La película, que es excepcional por donde se le mire y más de seis décadas después sigue sorprendiendo por sus prodigios de fotografía, montaje y algunos efectos especiales, que por entonces eran todos artesanales, es una historia de vida, pero también de heroísmo y sacrificio, en la cual conviven el amor, el odio y hasta la fe religiosa ciega, en tiempos en los cuales estaba naciendo el cristianismo, que luego se transformó en blanco de terribles represiones del poder imperial, que identificó a esta nueva creencia como enemiga, porque pregonaba el amor y no la muerte. Esa patología devino en represión y matanzas.

Quiero detenerme particularmente en el análisis de las conductas humanas, porque hay fanatismo en los dos contendientes: en el protagonista, que muta de su fe judía en fe cristiana y en su enemigo romano, que le rinde pleitesía al paganismo politeísta, pero particularmente a la cultura del poder, que en este caso es representada por el imperio. En este contexto, el judío y su familia son las víctimas y el romano es el victimario.

Empero, hay algo que los emparienta: su pertenencia a la clase social alta y su aceptación de la esclavitud, pese a que esta práctica es la peor violación conocida de los derechos humanos. No en vano, Esther  (Haya Harareet), la hija del empleado de confianza de la familia se entrega a su amo Ben Hur y le manifiesta que ella le pertenece. Aunque el noble le otorga la libertad, en ese vínculo, luego devenido en romance, subyace una modalidad de sumisión. Es efecto en Judea la esclavitud estaba admitida como una cultura, aunque era menos rigurosa y cruel que en el caso de los romanos, quienes sometían a sus esclavos a tratos crueles e inhumanos. Es decir, el judío y el romano no eran tan diferentes, tal vez porque la esclavitud estaba por entonces naturalizada. 

En el presente, aunque se supone que la esclavitud fue abolida en casi todos los países del planeta, hay aun, según se estima, unos 50 millones de esclavos y esclavas, de los cuales 28 millones están privados de libertad y cumplen trabajos forzados y otros 22 millones viven cautivos de matrimonios forzados. Incluso, hay miles de trabajadores que laboran en régimen casi de esclavitud, porque cumplen tareas en jornadas extendidas, sin descanso semanal y sin derechos, a cambio de remuneraciones de indigencia. Es definitiva, la situación no ha cambiado demasiado, aunque ahora el discurso encubre esas prácticas deleznables.

Esta película corrobora que el amor a un imperio y al poder prevalece sobre el afecto personal, cuando el tribuno romano, que es además un militar, condena a su amigo y a su familia al peor de todos los padecimientos. El protagonista es condenado a la esclavitud en una galera romana como remero. Como estas embarcaciones de la antigüedad estaban pensadas para el combate, el esfuerzo de los remeros encadenados a sus remos era superlativo. Por supuesto, quienes no resistían el esfuerzo eran desechados o asesinados y, en la hipótesis de un hundimiento, los hombres perecían ahogados, ya que no se podían liberarse de las cadenas que los sujetaban a los remos.

Empero, como en la vida nada está grabado a piedra, el protagonista logra sobrevivir y también reconquista su libertad, luego de haber salvado a Quito Arrio (Jack Hawkins). Se trata de un acto de piedad de la víctima a su victimario, ya que el romano que fue rescatado por el esclavo es un militar que comanda la nave.  Este acontecimiento cambia radicalmente el rumbo de la historia, ya que el joven príncipe tiene la oportunidad de regresar a Judea y tal vez reencontrarse con su madre y con su hermana, aunque desconoce si estas están vivas, ya que también fueron privadas de libertad como castigo.

Lo realmente novedoso de la película, entre otros aspectos, es que la batalla entre Ben Hur y su ex amigo Mesala no se dirime en el campo de batalla ni mediante espadas sino en el circo romano, en una carrera de cuadrigas. Más allá del eventual desenlace, esta confrontación tiene un carácter simbólico, ya que el tribuno romano, que conduce un carruaje tirado por caballos negros, es campeón de esa especialidad, nunca fue derrotado y es temido por sus aviesas artimañas. Obsérvese que hasta el color de los caballos admite una lectura en particular, porque, por convencionalismos que tienen incluso hasta una connotación racista, el blanco suele ser asociado con lo bueno y el negro con lo malo. Sin embargo, en el decurso de la historia, han sido los blancos los que han esclavizado a los negros, cuyo color solía ser identificado con la magia y la maldad. Es, obviamente, un prejuicio. Sin embargo, el color de los caballos que compiten en esta carrera, que es a ganar o a sobrevivir, porque la mayoría de los corredores sucumben y hasta mueren, establece claramente el patrón de lo que otrora se consideraba políticamente correcto.

No olvidemos que, durante décadas, Hollywood fue un aliado del sistema en materia de penetración cultural y, en ese contexto, exportaba masivamente las presuntas bondades de un modelo de convivencia que no tiene nada de paradigmático, impregnado de racismo. Empero, en el presente, felizmente su abordaje maniqueista no es tan acentuado como en el pasado, pese a que la denominada fábrica de los sueños sigue siendo un engranaje extraordinariamente relevante del mercado y una poderosa industria que moviliza millones de dólares al año.

En 1959, la producción de “Ben Hur” costó 18 millones de dólares, porque la lógica del negocio era otra. Hoy contratar sólo a un actor del talento y el prestigio de Charlton Heston costaría bastante más que esa cifra, que en comparación con lo que se invierte en una superproducción en el presente es irrisoria. Por supuesto, bastante más económica resultó la versión muda de “Ben Hur” de 1925 dirigida por Fred Niblo, que aunque es un film valioso no alcanza la grandeza ni la espectacularidad de su remake de 1959, ya que su presupuesto fue sensiblemente menor. Su esplendor tampoco es empardado ni empañado por la segunda remake de este clásico, que data de 2016 y fue dirigida por Timur Bekmambetov.

La otra reflexión contemporánea que me merece hoy esta gran película es relativa a la influencia y la duración del los imperios. En efecto, el imperio romano, que dominó la antigüedad durante más de un milenio sometiendo a numerosos pueblos del mundo conocido a los cuales les implantó su sistema, que tenía un rey o bien un emperador a la cabeza, aunque también un senado, cuyos miembros eran aristócratas o plebeyos ricos. Es decir, como en el presente, salvo excepciones, los que gobernaban eran los poderosos y adinerados.  Actualmente, hay imperios económicos y financieros y una potencial imperial económica y militar, que, liderada por un energúmeno como Donald Trump, no comprende que no hay poder infalible ni invencible.

En buena medida, el triunfo de Ben Hur es el triunfo del oprimido sobre el opresor o bien el triunfo de la libertad sobre la esclavitud, algo que comprendo bien hoy, más de sesenta años después de haber visionado por primer vez esta soberbia película, cuando era un inocente escolar. Tarde o temprano, las personas, como los pueblos, se liberan del yugo de los poderosos, porque los poderosos son humanos y, por ende, no son eternos, por nuestra propia finitud y por la inexorable lógica de la biología, que es inmutable, ya que el ser humano no puede modificar las leyes naturales aunque sí puede modificar las leyes sociales que dependen de su voluntad.

Esta reflexión es también muy pertinente para el Israel contemporáneo. El pueblo judío fue sometido en el pasado por los romanos y en el siglo XX fue exterminado por la barbarie nazi. Actualmente, los hebreos son los verdugos de los palestinos, lo cual constituye una fragante e irónica contradicción.

El personaje protagónico de esta superproducción es un judío y su verdugo es un romano. Ambos pertenecen a la clase alta, pero los separa un abismo. Mientras uno de ellos ama la libertad el otro ama el poder desmedido y abusivo. Por ende, no ama la libertad.

Cuando yo era apenas un imberbe cinéfilo vi varias veces esta película, porque me fascinó y contribuyó a enamorarme del cine. También alimentó mi amor por la sala a oscuras, por la pantalla iluminada y por la imagen y el sonido.

Con la tecnología del tercer milenio, me sentí, más que nunca, parte de esa experiencia mágica y casi onírica y, por momentos, me imaginé sentado en el circo romano observando una carrera entre dos expertos conductores de cuadrigas, que en esta competencia bregan por bastante más que dinero, prestigio o soberbia. Este largometraje es una radiografía de la colisión entre dos concepciones de la vida y hasta de la historia.

Aunque “Ben Hur” tiene un abordaje algo maniqueo acorde con el esquematismo binario del Hollywood de la época, igualmente es una película de superlativa espectacularidad y belleza estética y sonora, con una abundante carga de adrenalina y actuaciones protagónicas realmente memorables. Es, asimismo, además de un relato épico, también una reflexión de naturaleza ética y una aventura audiovisual sobrecogedora, que destila una emotividad que penetra por los poros y se condensa en el corazón y la memoria de los cinéfilos, aunque hayan transcurrido más de seis décadas y ya no estén en este mundo afectos que compartieron conmigo el visionado de este inolvidable producto audiovisual.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA
Ben-Hur. Estados Unidos 1959. Dirección: William Wyler
Guion: Karl Tunberg, basado en la novela de Lew Wallace
Música: Miklós Rózsa Fotografía: Robert Surtees
Montaje. John D. Dunning y Ralph E. Winters
Reparto: Charlton Heston, Stephen Boyd, Jack Hawkins, Hugh Griffith, Haya Harareet, Martha Scott, Frank Thring, Hugh Griffith  y Claude Heater.

 

 

 

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