La trampa de Tucídides se ha convertido en uno de los conceptos más debatidos de la geopolítica contemporánea.
Todo comienza con la explicación que el historiador griego dio sobre el estallido de la Guerra del Peloponeso: el crecimiento del poder de Atenas despertó el temor de Esparta, y ese miedo hizo inevitable el conflicto.
Uno de los principales estudiosos modernos de esta idea es Graham Allison, académico estadounidense y antiguo asesor del Pentágono y del Departamento de Defensa. Inspirándose en Tucídides, Allison utilizó el concepto para describir la situación en la que una potencia emergente desafía a otra establecida. El miedo, la desconfianza y los errores de cálculo pueden empujar a ambas hacia una confrontación, incluso cuando ninguna de ellas desea realmente la guerra.
La expresión «trampa de Tucídides» fue mencionada por Xi Jinping durante uno de sus encuentros con Donald Trump. Las imágenes muestran la sorpresa del entonces presidente estadounidense, como si aquella referencia histórica le resultara desconocida.
Xi no estaba citando a un clásico por erudición. Estaba enviando un mensaje político: China es la potencia en ascenso; Estados Unidos representa el poder establecido. Si ambas naciones no aprenden a coexistir, corren el riesgo de repetir la historia de Atenas y Esparta.
Sin embargo, la teoría no sostiene que la guerra sea inevitable. Existen ejemplos históricos en los que las tensiones fueron administradas mediante acuerdos, concesiones y adaptaciones recíprocas. Ahí está, por ejemplo, la política de coexistencia pacífica impulsada por Nikita Jrushchov durante la Guerra Fría. Fue una estrategia duramente criticada por sectores de la izquierda revolucionaria latinoamericana. El llamado del Che Guevara a crear «uno, dos, muchos Vietnam» expresaba precisamente la visión opuesta.
Hoy China, consciente de su creciente poder, recuerda aquella vieja lección griega y propone evitar la trampa mediante la negociación.
Un mundo más complejo
Muchos analistas consideran que la competencia entre Estados Unidos y China reproduce, al menos parcialmente, la lógica descrita por Tucídides.
Otros, en cambio, sostienen que el mundo contemporáneo es mucho más complejo. La interdependencia económica, la disuasión nuclear y la existencia de múltiples centros de poder hacen improbable una repetición exacta del enfrentamiento entre Atenas y Esparta, aunque la invasión rusa de Ucrania haya demostrado que las guerras entre grandes potencias siguen siendo posibles.
Pienso que el siglo XXI ya no está dominado por una sola trampa de Tucídides, sino por varias al mismo tiempo. La rivalidad entre Estados Unidos y China, la confrontación entre Rusia y Europa, las tensiones entre India y China y otras disputas regionales forman parte de una competencia global cuyo verdadero centro es el dominio tecnológico: la inteligencia artificial, los semiconductores y el control del conocimiento.
La enseñanza más profunda de Tucídides no consiste en afirmar que las guerras sean inevitables, sino en advertir que el miedo de las potencias establecidas y la ambición de las emergentes pueden conducir por dos caminos: el de la confrontación o el de una convivencia difícil, siempre precaria.
Esa es una de las grandes cuestiones de la geopolítica contemporánea. La guerra de Ucrania puede interpretarse como un episodio de la transición hacia un orden multipolar, mientras que los conflictos de Oriente Medio revelan hasta qué punto las demostraciones de fuerza producen, con frecuencia, resultados opuestos a los buscados.
Trump, el impredecible
Rayuela, de Julio Cortázar, convierte lo cotidiano en una aventura intelectual y existencial. Hay una escena que siempre vuelve a mi memoria: los personajes construyen un precario puente de tablas entre dos edificios para ir a buscar yerba mate, en lugar de hacer lo evidente: bajar a la calle, cruzarla y subir las escaleras del edificio de enfrente.
Desde un punto de vista práctico, el puente resulta absurdo. Precisamente por eso es una gran metáfora.
Los seres humanos solemos complicar problemas que podrían resolverse con sencillez. A veces por orgullo; otras, por imaginación; otras, por la necesidad de desafiar la rutina o por la ilusión de que el camino más difícil es también el más inteligente.
Donald Trump parece haber construido un puente semejante entre Estados Unidos e Irán.
En lugar de recorrer el camino institucional ya existente —el acuerdo nuclear firmado en Viena el 14 de julio de 2015 entre Irán y el denominado P5+1 (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania), con la participación de la Unión Europea y posteriormente refrendado por unanimidad por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mediante la Resolución 2231— optó por desmontarlo para intentar construir otro desde cero.
Muchos diplomáticos consideran que aquel acuerdo fue uno de los mayores logros del multilateralismo desde el final de la Guerra Fría. Barack Obama fue su principal impulsor.
Pero Cortázar propone algo más profundo. Sus personajes no buscan la eficacia sino romper la lógica de lo cotidiano. El puente de tablas es una rebelión contra el mundo excesivamente racional; una afirmación de que no todo debe hacerse por el camino más corto. Hay en ese gesto algo infantil, poético y profundamente humano.
La política internacional, sin embargo, exige otra clase de imaginación: aquella que se apoya en la historia, el conocimiento y la prudencia.
Quizá ambas lecturas sean verdaderas. El ser humano es capaz de construir puentes imposibles cuando bastaría abrir una puerta. Pero también gracias a esos puentes improbables ha creado el arte, la ciencia y las utopías.
El problema aparece cuando quienes gobiernan las grandes potencias sustituyen el conocimiento por la improvisación. Entonces los puentes dejan de ser metáforas y comienzan a levantarse sobre los escombros de la diplomacia y, demasiado a menudo, sobre los cadáveres de las guerras.
Resulta inevitable preguntarse si muchos de los actuales dirigentes leen poco la historia y todavía menos la literatura. El problema no es que un gobernante sea poeta o no, sino que prescinda de la historia y de la diplomacia.
Tucídides y Cortázar hablan de mundos distintos, pero ambos enseñan que la inteligencia consiste, antes que nada, en comprender las consecuencias de nuestros actos.
Quizá Xi Jinping recordó a Tucídides porque comprendía el riesgo histórico de la confrontación entre grandes potencias. Quizá releer Rayuela ayudaría a entender cómo ciertas decisiones políticas terminan pareciéndose a esos puentes construidos por puro impulso, cuando existía un camino mucho más sólido.
Los recientes acontecimientos en Oriente Medio parecen indicar que el intento de modificar por la fuerza la correlación regional de poder ha producido efectos contrarios a los esperados. Irán ha reforzado la cohesión de sus sectores militares y religiosos, mientras varios países del Golfo observan con creciente cautela —e incluso con reservas— las estrategias de Washington y Tel Aviv.
Tal vez sea solo cuestión de tiempo para que el mapa de las hegemonías regionales vuelva a reordenarse.
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