CINE | “La noche del crimen”: Crónica de un dramático desencanto

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Las diversas y a menudo soterradas complejidades de la interna policial, atravesada por la violencia, el desencanto, las precariedades y la más rampante misoginia, constituyen el desafiante núcleo temático de “La noche del crimen”, el moroso thriller del cineasta franco- germano Dominik Moll, quien ensaya una minuciosa radiografía del acelerado proceso de radical derrumbe de la credibilidad del instituto policial.

Si bien por su formato esta película es un policial de ritmo pausado y si se quiere hasta moroso como es habitual en el cine francés, el relato pone mayor énfasis en las vicisitudes de los personajes que en la trama propiamente dicha.

En efecto, lejos del habitual vértigo meramente efectista de la producción de industria que privilegia la acción sobre la sustancia argumental y la peripecia de los propios protagonistas, este relato atraviesa el complejo y traumático paisaje humano, relegando a un segundo plano el disparador, que en este, como en otros casos, es un homicidio.

En cambio, sí se centra en una interna policial realmente convulsionada, lo cual nos induce a reflexionar- salvando las diferencias de escala entre un país desarrollo y otros en vías de desarrollo pero con tendencia a retroceder- acerca de la policía uruguaya, azotada por una sorprendente ineficiencia para esclarecer la ola de asesinatos que asuela a Uruguay.

No en vano, la tasa de policías que se suicidan realmente espanta y supera largamente al guarismo general estadístico de autoeliminaciones, que el año pasado alcanzó un triste récord desde que existen registros oficiales. En efecto, mientras el índice global es de 21 cada 100.000 habitantes, entre los policías esa proporción trepa a 63 cada 100.000. Es decir, el triple.

En efecto, en 2022, se quitaron la vida un total de 21 uniformados, una cifra superior a la de 2021, cuando murieron dieciséis funcionarios policiales por esa causa y a la de 2019, cuando los decesos por autoeliminación sumaron un total de 13.

A raíz de esta situación -también el año pasado- las autoridades retiraron su arma de reglamento a 2.300 funcionarios policiales, por problemas psicológicos, lo cual equivale nada menos que a casi el 10% de la fuerza, que cuenta con poco más de 24.000 efectivos que cumplen tareas de prevención y represión del delito y, por ende, están armados.

En tanto, en ese período hubo más de 50.000 intervenciones de psiquiatras y psicólogos, lo cual constituye un innegable síntoma de la crisis emocional que padecen muchos de quienes tienen a su cargo la preservación de la seguridad ciudadana, que sigue siendo el principal problema que identifican los uruguayos, de acuerdo a varias encuestas de opinión pública. En efecto, hay mucho estrés en este grupo de funcionarios, que combaten el delito con escaso apoyo del gobierno y suelen incurrir incluso en conductas violentas, que a menudo afectan a civiles inocentes.

Si bien en este film no se suicida ningún policía, la trama revela- con singlar minuciosidad- las diversas vicisitudes que deben padecer cotidianamente estos trabajadores, que exceden naturalmente al mero cumplimiento de sus funciones.

Como en otras películas no paridas por la gastronómica industria cinematográfica que apunta únicamente al mercado, los policías de esta historia tienen problemas personales y los expresan sin pruritos, por la compulsiva necesidad de liberar sus mochilas emocionales. Sus propias conversaciones constituyen un elocuente testimonio que son personas ansiosas y estresadas que atraviesan diversos conflictos familiares, que en algunos casos afectan su trabajo cotidiano.

En tal sentido, la narración se desmarca claramente del formato clásico, trasuntando que el sistema hace agua por todos lados y que la represión del delito, con policías afectados por diversos problemas, se torna aun más compleja.

No en vano, el flamante jefe de la Policía Judicial, que es el personaje central de la trama, recorre todos los días la pista circular de un velódromo a bordo de una bicicleta profesional, con el propósito de aliviar las tensiones que le provoca su trabajo.

Si bien esta actividad es un ejercicio de salud muy recomendado para movilizar las extremidades inferiores y otras partes del cuerpo, en este caso cumple una segunda función que es también terapéutica: bajar los decibeles de la ansiedad, que es la principal patología psicológica de nuestro tiempo, según los especialistas que pesquisan el conjunto de los cuadros de naturaleza emocional.

Por supuesto, en este caso, la mentada ansiedad es hija de un trabajo que requiere mucho equilibrio psicofísico, porque, como es sabido, los policías conviven todos los días con la violencia y, por supuesto, con la muerte.

En esas circunstancias el corazón argumental, basado en el guión del propio Moll y de su colaborador Gilles Marchand e inspirado en un caso real, gira en torno al asesinado de la joven de 21 años de edad Clara Royer (Lula Cotton-Frapier), quien es quemada viva a la salida de una reunión con amigos, en un pequeño y bucólico pueblo donde habitualmente no sucede nada relevante.

La imagen del brutal asesinado no deja margen para lucubraciones, ya que registra una mera silueta que emerge de la oscuridad pero que jamás sale del cuadro de sombra. El homicida le arroja a la víctima un líquido inflamable y luego un encendedor con la llama activada. En apenas unos minutos, el cuerpo de la chica es vorazmente devorado por el fuego. La secuencia, que es naturalmente impactante por el golpe visual y por sus ulteriores consecuencias, inicia un relato singularmente sinuoso y enrevesado, que conduce a los investigadores a una suerte de encrucijada.

¿Quién es el responsable de tal acto de barbarie? ¿Es un hombre o es una mujer? ¿Se trata realmente de un femicidio propiamente dicho o es un mero asesinato? Estas tres interrogantes se disparan de inmediato, signando la compleja pesquisa de los atribulados policías y de los familiares de la asesinada, quienes experimentan naturalmente una sensación de lógico estupor.

Por supuesto, al igual que la identidad del asesino o la asesina, el móvil del crimen es también obviamente indescifrable y más aún lo es el modus operandi del o la homicida, que revela una crueldad y una patología realmente inusitadas.

Empero, sin abandonar en modo alguno el foco y la estructura narrativa, el sagaz e inteligente cineasta incorpora a la escenografía al compañero del jerarca policial y segundo al mando Marceau (Bouli Lanners), quien es un policía veterano, acostumbrado a maltratar a los sospechosos y los testigos y bastante alienado y sobregirado, ya que atraviesa una severa crisis matrimonial por una infidelidad y por el pedido de divorcio de su esposa. En esas circunstancias y sin tener a dónde ir, le pide al protagonista para quedarse transitoriamente en su casa, ya que este también vive sólo en un apartamento bastante confortable.

Por diversos motivos, se trata de dos personas solitarias, en algunos casos por opción y en otros por fracasos afectivos devenidos, casi siempre, de la complejidad del trabajo policial y la falta de empatía y sintonía de sus parejas con personas que desempeñan una labor tan absorbente y no menos estresante.

Ese es el denominador común de la mayoría de los miembros del equipo de investigación, integrado por funcionarios policiales solteros o divorciados, que además destilan una radical misoginia y hasta someten a bullyng  a la única mujer policía.

Empero, los únicos problemas que padecen estos policías no son sólo la soledad y el machismo exacerbado. También deben bregar, en su labor cotidiana, con la falta de medios, al punto que muchas veces deben requerir el préstamo de vehículos y equipos a otras dependencias estatales, ya que carecen de lo mínimo indispensable para movilizarse y operar.

Por supuesto, fieles a su desprecio por la mujer y sus prejuicios, los policías, aunque no lo admitan tan explícitamente, llegan incluso hasta a justificar el crimen, por la vida promiscua y licenciosa de la víctima, quien tuvo varios novios. Por ende, los sospechosos se multiplican, aunque todos parecen tener buenas coartadas para justificar dónde estaban y qué hacían esa noche del fatídico día 12, número que es tomado como referencia en el título en francés de esta propuesta artística.

Naturalmente, por la extrema enajenación del veterano policía que integra el cuerpo investigativo, algunos interrogatorios se tornan violentos, práctica habitual también en la policía uruguaya, que ha originado más de un centenar de denuncias por abuso policial, algunas de ellas muy recientes.

Para peor, los investigados- que fueron todos novios de la chica asesinada- son personas bastante extrañas y con costumbres atípicas. Incluso, uno de los indagados concurre a visitar el sepulcro de la víctima en una desolada necrópolis, donde celebra un extraño ritual que lo sitúa en el foco de la Policía.

La complejidad del caso y la falta de pistas que permitan conducir con certeza a la captura de él o la responsable del crimen, torna aun más traumática la situación. Ahora, sobreviene la frustración, un sentimiento que origina habitualmente desencanto hasta transformarse, en algunos casos, en una suerte de patología.

¿Cómo explicarle a la comunidad que no se puede identificar y menos aun detener a él o la homicida? ¿Qué respuestas puede esperar la familia de la joven asesinada, que está literalmente desolada por la pérdida y obviamente no encuentra consuelo?

Estas interrogantes sobrevuelan un relato que se torna realmente dramático por la falta de resultados de la pesquisa y por el desaliente que se apropia de los investigadores, quienes no logran- aunque se esfuercen- armar el rompecabezas que permita esclarecer el caso.

Por supuesto, bien se sabe que no todos los asesinatos se aclaran, ni en Francia y menos aun en Uruguay, donde casi la mitad de los homicidios cometidos el año pasado permanecen impunes, aunque el gobierna afirme que el trabajo policial es exitoso, lo cual no se compadece con las cifras conocidas, aunque en algunos casos estas estén maquilladas.

En este film, que presenta a una policía literalmente alienada, nadie toma en cuenta el audio enviado por la víctima a Stéphanie Béguin alias Nanie (Pauline Serieys), la anfitriona de la reunión, desde su celular. El tono del mensaje es tan edulcorado, que parece más dirigido a una novia que a una mera amiga. Tal vez el propio director- a la sazón también guionista- incorporó este elemento, que pasa prácticamente inadvertido, como una suerte de pista no explotada, pese a que la Policía encuentra el teléfono de la víctima, que se salvó de las llamas y aun funciona.

En este policial tan austero como despojado y frontal, que está absolutamente desaconsejado para espectadores que aman el cine liviano de acción,  Dominik Moll ratifica la impronta intransferiblemente inconformista de sus trabajos precedentes.

En efecto, en “la noche del crimen” lo crucial no es resolver el caso como sí sucede en la mayoría de las películas de este género habitualmente tal popular como comercial. Al respecto, el explícito propósito del relato es denunciar la crónica ineficiencia de investigadores cansados, radicalmente estresados y agobiados por la sensación de estrepitoso fracaso. Se trata de un trabajo insalubre y el cineasta lo denuncia en esta película, que además reflexiona en torno a la misoginia y el machismo todavía proverbial en las sociedades de la posmodernidad, además de prejuicios largamente enraizados no sólo en la institución policial sino también en el conjunto de la sociedad.

FICHA TÉCNICA

La noche del crimen (La Nuit du 12). Francia 2022. Dirección: Dominik Moll. Guión: Gilles Marchand, Dominik Moll sobre una historia de Pauline Guéna. Fotografía: Patrick Ghiringhelli. Edición: Laurent Rouan. Música: Olivier Marguerit. Reparto: Bastien Bouillon, Bouli Lanners, Théo Cholbi, Johann Dionnet, Thibaut Evrard, Julien Frison, Paul Jeanson y Mouna Soualem. 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

 

 

 

 

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