Tiempo de lectura: 8 minutos

Cine: “Lazos de vida” / Retrato de un ícono de la solidaridad

El heroísmo, el sacrificio, el compromiso y la solidaridad son las cuatro materias temáticas que analiza “Lazos de vida”, el removedor drama biográfico del realizador británico James Hawes, que reconstruye el itinerario existencial de un personaje paradigmático pero bastante olvidado, que salvó nada menos que a 669 niños –la mayoría de ellos judíos-de una muerte segura en los campos de exterminio del nazismo.

Esta película, que recrea la azarosa vida de Sir Nicholas Winton, ingresa en el corazón mismo de la tragedia que sacudió a Europa en la primera mitad del siglo pasado, cuando dos ideologías mesiánicas casi gemelas –el nazismo y el fascismo- transformaron al viejo continente en escenario de una auténtica hecatombe.

El film, que no aborda el holocausto judío en sí mismo como tampoco lo hace “Zona de interés” -reseña que puede leerse en esta publicación – y tampoco tiene demasiada relación con la barbarie retratada en la memorable “El pianista”, del maestro polaco Roman Polanski ni en “El hijo de Saúl”, el magistral film del cineasta húngaro László Nemes, tiene sí una fuerte analogía con “La lista Schindler”, el laureado film de de Steven Spielberg.

En efecto, en ambos casos, hay un personaje real que pasó a la historia por haber salvado centenares de vidas de la maquinaria criminal del nazismo.

Al respecto, mientras Oscar Schindler era un empresario que se enriqueció con el trabajo esclavo pero luego se conmovió y quedó en la ruina económica al pagar el precio de la libertad de un millar de judíos, Winton, quien era un corredor de bolsa británico, consumó la proeza de sacar a 669 niños, la mayoría de ellos judíos, de la Checoslovaquia ocupada por las tropas del Tercer Reich. En los dos casos, se trata de historias de héroes casi anónimos, que están introyectadas en la memoria colectiva y fueron exhumados por la literatura y, en estos casos concretos, por el cine.

Aunque “Lazos de vida” no es propiamente una lección de cine, es, en parte, una lección de historia y, por supuesto, una auténtica lección de desinteresada solidaridad, de una persona que vivió para los demás y cultivó el altruismo en su máxima expresión.

En tal sentido, el relato está cruzado por un fuerte trasfondo histórico, en la medida que recrea el avance de nazismo en Europa a fines de la década del treinta del siglo pasado, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, que comenzó el 1º de setiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia y, como respuesta a esta agresión militar, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra. Sin embargo, pocos meses antes, concretamente el 15 de marzo, las tropas germanas ya habían invadido el territorio de Checoslovaquia, país al que anexaron en el marco de su proyecto expansionista.

Esta película está ambientada entre 1938 y 1939, cuando ya había comenzado la ofensiva de los nazis en Europa, la cual adquirió su mayor dimensión y alcance en 1940, lo que originó la generalización del este doloroso y sangriento episodio bélico.

En ese contexto, por supuesto la persecución a los judíos comenzó bastante antes e incluso los brotes antisemitas preceden en el tiempo a la asunción del dictador Adolfo Hitler como canciller, lo que se concretó en 1933.

En ese marco, los dos núcleos temáticos de este relato son el autoritarismo y el militarismo alemán y el odio racial a las comunidades judías, que devino en un horrendo genocidio.

 “Lazos de vida” se desarrolla en dos cursos temporales casi paralelos. Uno de ellos ambientado en 1938 y a comienzos de 1939, en vísperas de la invasión nazi a Checoslovaquia y el otro en 1987, casi medio siglo después, en Gran Bretaña, el país de origen del protagonista de esta historia real.

La narración comienza en el presente- año 1987- cuando Nicholas Winton, ya  octogenario, comienza a cavilar en torno a su pasado, que los años transcurridos han dejado muy atrás en su memoria.

En ese marco y a raíz que su esposa Grete (Lena Olin) le reprocha  haber acumulado mucho material en papel (carpetas enteras), encuentra un maletín de cuero que lo acompaña desde hace medio siglo, en cuyo interior guarda un álbum con numerosas fotos –todas ellas de niños- y otros documentos.

Se trata de una suerte de tesoro secreto y el rigor con el cual lo guarda no es un mero capricho: allí está depositada parte de su propia memoria histórica, de su juventud y de acontecimientos que modificaron radicalmente el curso de su existencia.

Este anciano, de andar lento y talante tranquilo, fue, en el pasado, un joven impulsivo e idealista, que desafió, a su modo, a la arrolladora maquinaria asesina del nazismo. Quien lo observa en el presente no se imagina que este hombre de físico pequeño y con aspecto de docente jubilado, pueda haber consumado una proeza.

Sin embargo, de tanto en tanto y hasta cuando nada plácidamente en la piscina de su casa, emergen en su psiquis las imágenes y los rostros de los niños que salvó y hasta de quienes no puso salvar, como si se sintiera culpable.

Esos recuerdos atesorados en su memoria, tienen connotaciones concretas, que oscilan entre la piedad, el trabajo solidario y el espanto, por las víctimas asoladas por la barbarie de la violencia y el odio racial. Esas imágenes que afloran en el último tramo de su peripecia biológica, parecen historias inconclusas, porque ignora el presente de esos centenares de niños tomados en adopción por familias británicas tan solidarias y sensibles como él.

En una suerte de salto temporal retrospectivo, la cámara registra el momento en el que un joven Nicholas Winton, con cincuenta años menos, arriba a la Checoslovaquia de 1938, en un contexto de terror que ya anticipa una inminente invasión.

En los años previos, concretamente desde 1933, ya comienza a visualizarse el odio y la patología expansionista de Adolf Hitler, quien pese a haber sido un mero cabo del ejército de su país durante la Primera Guerra Mundial, logró consolidar una meteórica carrera política con un trabajo de hormiga  que incluyó un fallido golpe de Estado que lo llevó a la cárcel, al frente del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, que en las elecciones de 1932 fue el más votado.

Ya como canciller y detentando casi todo el poder, inició su proceso de desmantelamiento del sistema democrático, promovió el rearme de Alemania que se había transformado en una suerte de eunuco militar en cumplimiento del Tratado de Versalles y lanzó una furiosa caza de brujas contra los judíos y toda expresión de oposición política a sus perversas prácticas dictatoriales.

Este es el escenario histórico en el cual está ambientando “Lazos de vida”, cuando Europa era una suerte de olla a presión y la paz mundial estaba seriamente comprometida, por segunda vez en la primera mitad del siglo XX, luego de la tragedia colectiva de la denominada Gran Guerra (1914-1918).

Por entonces, el ejército alemán ya había ocupado Sudetes, situada en territorio checo, alegando que se trataba de una región con población germánico y, por ende, le pertenecía. Sin embargo, ni Francia ni Inglaterra reaccionaron a tiempo, Luego, apenas a seis meses de concretada la anexión, las tropas nazis invadieron masivamente Checoslovaquia.

El tramo de la juventud del protagonista transcurre precisamente en una Checoslovaquia aterrorizada, donde ya se iniciaron los patológicos brotes antisemitas. En este como en otros casos en los que la violencia comienza a gobernar las rutinas de las personas, los más vulnerables son los niños, quienes naturalmente no comprenden qué está sucediendo y se aferran a sus familias.

Ese grupo etario es obviamente el objetivo del joven británico, quien se suma a una organización destinada a ayudar a las víctimas del desastre que se avecina, cuya atención también está centrada en los menores de edad.

El próspero corredor de bolsa relega su trabajo para sumarse a un grupo de compatriotas que tienen el mismo propósito que él y hasta a judíos que inicialmente desconfían de sus intenciones. Incluso, el rol de su madre, encarnada por la gran actriz Helena Bonham Carter, es fundamental para gestionar y persuadir a las autoridades británicas de colaborar con el operativo, que sólo es posible con dinero para costear los gastos de traslado y la tramitación de la documentación correspondiente.

Naturalmente, una de las tareas más complejas es encontrar familias británicas que tomen en adopción a los menores de edad, se hagan cargo de ellos y les brinden contención afectiva.

Sin embargo, el joven, al igual que el equipo que lo acompaña, hace todos los esfuerzos necesarios para concretar el objetivo, recolectando el dinero necesario para financiar la operación.

Todos, indistintamente, están fuertemente imbuidos de un encomiable sentido solidario, ya que desarrollan un trabajo cotidiano, casi de hormiga, absolutamente desinteresado.

Mientras observamos la valentía y el compromiso de estas personas cuyo esfuerzo en el pasado logró salvar centenares de vidas inocentes de la maquinaria genocida de los nazis, el anciano Nicholas Winton recrea imaginariamente lo sucedido, cuando observa los documentos y las fotos depositadas en ese maletín durante casi medio siglo. Este material es, sin dudas, la evidencia física y la prueba que consumó una hazaña, junto a otras personas en el pasado. Sin embargo, inicialmente él prefiere que todo permanezca en el anonimato, porque no se considera un héroe.

El film, que está narrado en un formado clásico, derrama profunda emotividad, en tanto se trata un episodio real poco conocido, que fue rescatado inicialmente por la literatura, en la novela  “If It’s Not Impossible”, cuya traducción no literal sería “Nada es imposible”, de Barbara Winton, la hija del protagonista, y ahora por “Lazos de vida”.

En ese contexto, tanto el libro como la película comportan un acto de justicia con un ser humano admirable e imbuido de profundo sentido solidario, que tuvo la oportunidad de ser reconocido por los habitantes de su país, galardonado por la Reina Isabel II que le otorgó un título nobiliario y por las propias personas que salvó de una casi segura muerte en los pesadillescos campos de exterminio instalados por la ideología más patológica y genocida del siglo pasado.

En ese contexto, la película que es un vivificante soplo de esperanza y se estrenó en una dramática coyuntura histórica mundial desgarrada por la tragedia de la violencia criminal que está asolando a Ucrania y la Franja de Gaza, realmente emociona a las audiencias, sin apelar a golpes bajos ni a excesos lacrimógenos, tan habituales en el cine de industria.

“Lazos de vida” aporta una mirada histórica y empática que emociona hasta las lágrimas, a lo cual se suman una plausible reconstrucción de época y la descollante actuación del dos veces oscarizado Anthony Hopkins, quien, al frente de un reparto actoral de excepción y a sus longevos pero jóvenes 86 años de edad, sigue derramando talento y sensibilidad a raudales.

En ese contexto, la primera reflexión es que la humanidad debería aprender de las lecciones del pasado y comenzar a sepultar la violencia genocida y el odio que destilan los fanatismos y los fundamentalismos religiosos y militaristas que tanto daño le provocaron a la humanidad, luego de haber afrontado una dantesca pandemia que tronchó millones de vida en todos los continentes de nuestro agredido planeta.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

  FICHA TÉCNICA

Lazos de vida (One Life). Reino Unido 2024. Dirección: James Hawes. Guión: Lucinda Coxon y Nick Drake, basado en el libro If It’s Not Impossible…: The Life of Sir Nicholas Winton”, de Barbara Winton. Fotografía: Ac Nicholson. Música: Música: Volker Bertelmann. Edición: Lucía Zucchetti. Reparto: Anthony Hopkins, Lena Olin, Johnny Flynn, Helena Bonham Carter, Jonathan Pryce, Tim Steed y Matilda Thorpe.

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.