El inenarrable terror de la guerra, el odio devenido de la violencia, el exilio compulsivo y el desgarrador drama del desarraigo, son las tres vertientes temáticas que nutren a “Bajo el volcán”, el film testimonial del realizador polaco Damian Kocur, que reflexiona sobre los estragos humanos devenidos de uno de los conflictos bélicos más crudos y extendidos de este tercer milenio, que tiene un fuerte anclaje en lo que está sucediendo en el presente.
A diferencia de otros largometrajes que aluden a guerras pasadas, este relato pone su foco en un fenómeno que es contemporáneo al tiempo en el cual transcurrió el rodaje: la guerra de Ucrania, una
confrontación aun en curso y no dirimida en el campo de batalla y tampoco en el campo diplomático, donde juegan otros actores que tienen intereses estratégicos y geopolíticos.
El origen de este conflicto, que enfrenta a Rusia con Ucrania, que integraba la otrora poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se remonta naturalmente a 1991, cuando la disolución de la URSS generó un descomunal fraccionamiento político y geográfico y nacieron quince estados independientes, algunos de ellos aliados a Rusia, que retuvo el 76% del territorio de la antigua federación y siguió siendo una potencia económica y militar, más allá de su radical cambio de sistema político, que abdicó del comunismo y se abrió al capitalismo.
Sin embargo, esa ruptura, que generó una conmoción mundial por el epilogo de la Guerra Fría entre Oriente y Occidente e incluso ambientó lucubraciones sobre el eventual “fin de la historia” fogoneados por teóricos neoliberales como el conservador analista norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama, quien proclamó al triunfo del neoliberalismo y la derrota del comunismo, devino en un radical realineamiento. Sin embargo, el tiempo no le dio la razón a Fukuyama, porque si bien dejó de existir la bipolaridad entre el occidente capitalista y el oriente marxista, de esa implosión nació una paisaje global multipolar, que alineó, por un lado a Estados Unidos junto a sus aliados occidentales. y por el otro a Rusia y a China, que, ya reconvertida en un status de capitalismo de Estado, se erigió en el principal rival de Washington por la supremacía económica y comercial a nivel global. Incluso, esta rivalidad, en cuyo marco se dirime la supremacía nivel global y regional, fue una de las causas de la agresión militar norteamericana a Venezuela.

En ese contexto, el presidente Vladimir Putin es el nuevo hombre fuerte de Rusia, quien domina la política de ese país desde hace más de 25 años, con un poder similar al de los antiguos zares, porque ha usufrutuado la elección indefinida que le ha permitido conservar el poder y el control de este gigantesco país, que sigue siendo territorialmente el más grande del planeta.
En el pasado, Putin fue agente de la KGB, la poderosa agencia de inteligencia soviética e incluso llegó a estar al frente de ella. Por más que se dude de su conversión ideológica, su concepto sobre la supremacía rusa sigue inalterable, porque se remonta en el tiempo a la era de la monarquía.
Lo real es que el origen de la guerra de Ucrania se cocinó en el marco de la independencia de ese país, cuando languideció y desapareció la URSS, en 1991, lo cual reconfiguró la escenografía de la región.
Sin embargo, la tensión entre rusos y ucranianos escaló entre 2013 y 214, en el marco de la denominada Revolución de Euromaiden, un movimiento callejero que se originó en la decisión del presidente ucraniano Viktor Yanukóvich de suspender un acuerdo con la Unión Europea, al cual Rusia se oponía. El mandatario terminó renunciando. La inmediata reacción del Kremlin fue la anexión, por parte de Rusia, de la península de Crimea y el inicio de un conflicto separatista en el Donbas y Luhansk, cuyos habitantes son rusos o pro-rusos.
La tensión entre ambos países se agudizó con la asunción como presidente, en 2019, Volodímir Zelenski, un mandatario de acento autoritario y escandalosamente corrupto, cuyas actitudes, que son claramente afines a Occidente, han sepultado todo posibilidad de diálogo con Rusia, que es gobernada también por un mandatario de talante rígidamente dogmático.
El comienzo de la invasión rusa a territorio ucraniano en febrero de 2022, ha devenido en una guerra de singular crudeza que, cuatro años después, se encuentra en una suerte de encrucijada, pese a algunos infructuosos esfuerzos diplomáticos.

Lo cierto es que el gobierno ucraniano es afín a sumarse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza militar occidental liderada por Estados Unidos y Rusia, por obvias razones estratégicas y geopolíticas, considera que esa posibilidad representa un riesgo para su seguridad y su hegemonía.
Sin embargo, como en el caso de Venezuela, que fue invadida por Estados Unidos, que la puso bajo su control, nada justifica una intervención militar en un país extranjero, como la incursión de tropas rusas en Ucrania, que ha desencadenado una sangrienta guerra que ya dura tres años. Empero, más allá de las víctimas provocadas por los ataques, la mayoría de ellas civiles, que soportan estoicamente los embates del enemigo que ponen en peligro sus vidas, muchos ucranianos optan por exiliarse, refugiarse o bien abandonar sus casas y sus barrios por temor a la violencia.
Según estimaciones de organismos internacionales y de derechos humanos, actualmente hay en el planeta más de 120 millones de personas desplazadas de varias nacionalidades, incluyendo 42 millones de personas que se exiliaron en otros países y más de 73 millones de desplazados internos.
Aunque en algunos casos se trata de emigraciones por razones puramente económicas o por epidemias y hambrunas, este fenómeno responde, mayoritariamente, a razones de supervivencia, a raíz de que hay más de medio centenar de conflictos bélicos que permanecen activos en el planeta.
Bien sabemos los uruguayos lo que es el exilio político, que comenzó en nuestro país a fines de la década del sesenta, cuando aumentó la persecución de militantes de izquierda, durante el gobierno autoritario de Jorge Pacheco Areco. La diáspora continuó y se profundizó desde 1973 hasta 1985, durante la dictadura cívico militar, que reprimió, encarceló, torturó, mató y desapareció a centenares de opositores. Actualmente, el exilio es originado por causas puramente económicas, por la falta de perspectiva de progreso y desarrollo que ofrece Uruguay.

En ese contexto, “Bajo el volcán” indaga en torno a la guerra de Ucrania, aunque el conflicto bélico no está presente en imágenes, porque están geográficamente distante del lugar en el cual interactúan los protagonistas de este relato. Esa es la originalidad de esta propuesta, que no se centra en el conflicto en sí mismo, sino en las consecuencias que este tiene en una familia ucraniana.
La invasión rusa a Ucrania sorprende a estas personas que viajan a Tenerife, España, en busca de unas vacaciones reparadoras, en un ambiente idílico y muy diferente al paisaje geográfico en el que habitualmente habitan. Se trata de la más grande de las Islas Canarias de España y ofrece variados atractivos turísticos, como playas, frondosos bosques, montañas y paisajes volcánicos de singular belleza. Todo ello la transforma en un lugar único, que recibe más de seis millones de visitantes extranjeros por año. Obviamente, cuenta con una vasta infraestructura hotelera, ideal para albergar a turistas muy exigentes de todas partes del mundo.
La protagonista de este largometraje es precisamente una familia ucraniana, integrada por Roman (Roman Lutskyi), su pareja actual Nastasia (Anastasiya Karpenko) y la hija adolescente del hombre, Sofia (Sofia Berezovska) y el pequeño Fedor (Fedir Pugachov), hijo de una relación anterior de la mujer. Pese a que los vástagos son producto de familias nucleares diferentes, igualmente todos comparten una convivencia muy armónica.
Obviamente, el motivo del viaje de este núcleo familiar de buen poder adquisitivo pero heterogéneo, es disfrutar de un apacible asueto, con una abundante dosis de playa, piscina en un hotel de alta categoría y paseos a los extraños paisajes del lugar, en los cuales se nota claramente el origen volcánico del territorio, que se caracteriza por regiones montañosas pero desoladas y un inmenso volcán que está inactivo. Sin embargo, desde el comienzo del relato, se advierte que algo está por suceder y el transcurrir apacible de los días se terminará abruptamente.

En tal sentido, las imágenes de un mar levemente agitado que insinúa una creciente y tal vez un maremoto, opera como una suerte de metáfora que la paz de la familia tiene los días o las horas contadas. Tal vez el volcán no esté realmente inactivo.
Empero, la erupción que acabará con la mansedumbre vendrá desde la lejana Ucrania, cuando la familia se entera que el país ha sido sorpresivamente invadido por tropas rusas. La primera consecuencia es, naturalmente, la suspensión de vuelos entre España y Kiev, lo que impedirá el regreso.
En ese marco, comienzan las riñas entre los miembros de la pareja, mientras la adolescente intenta sustraerse a ese clima enrarecido y el niño parece no comprender nada. Los motivos de la discordia están relacionado con celulares incomunicados por falta de conexión o porque los cargadores no aparecen. También esta es una metáfora de la incomunicación.
En realidad, es tal el caos entre ellos que incluso se pierden durante un paseo por unos hangares abandonados y discuten permanentemente, porque las escasas noticias que les llegan desde Ucrania son estremecedoras y, naturalmente, se preocupan por sus familiares y sus amigos, porque están atados de pies y manos, ya que, sin proponérselo, se han transformado en exiliados.
Aunque el gerente del hotel intenta tranquilizarlos al anunciarles que no les cobrarán el hospedaje, consciente que les faltará dinero por un suceso imprevisto, la fractura familiar se hace cada vez más notoria. Incluso, esa contingencia de incomodidad se torna más notoria cuando se cruzan en el comedor del hotel con una familia rusa. Ese encuentro termina con un fuerte alterado y un intercambio de insultos.
Ni que hablar de la actitud de la hija adolescente, que pretende evadirse de esa burbuja contaminada, se aleja y entabla contacto con un negro africano refugiado, que cruzó en una muy precaria barcaza desde su continente de origen a España, a través de rutas marítimas peligros por el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico. Muchos de los exiliados del continente negro mueren en el intento por hambre o ahogamiento e incluso son rechazados por las autoridades migratorias de las naciones, por temor a la competencia por puestos laborales, por razones de seguridad o por mero sentimiento xenófobo. Obviamente, hay radicales diferencias entre la joven blanca y ese joven de tez cetrina. Sin embargo, hay algo que los vincula: ambos: son exiliados, aunque la joven quiere regresar a su país y el hombre aspira a permanecer en España.
Esta es una película de guerra sin guerra, porque no muestra ni una escena de muertos, cuerpos mutilados, edificios demolidos y bombardeos. Sin embargo, este grave acontecimiento enfrenta a una familia con una realidad perversa y la desgaja, en forma compulsiva, de la matriz identitaria de de su patria natal. Pasaron de ser meros turistas a refugiados.
Entre la pareja hay un océano de discrepancias, porque la mujer apuesta a la supervivencia lejos de su país y, en cambio, el hombre, que no quiere permanecer ajeno a lo que está sucediendo, aspira a volver y a involucrarse en el conflicto.
Ni el debate político ni el origen en sí mismo del conflicto bélico están presentes en las conversaciones entre los integrantes de la familia, lo cual corrobora que se trata de personas escasamente politizadas, que son víctimas de las circunstancias y no comprenden realmente lo que está sucediendo.
En esta película hablada en tres lenguas, que tiene un superlativo valor testimonial, no hay un mensaje de naturaleza ideológica o ética, En efecto, el realizador polaco Damian Kocur opta por priorizar la tormenta emocional que se abate con furia sobre un grupo humano que deviene en víctima, aunque sea indiferente a los avatares de la geopolítica y ajeno a decisiones cupulares que adoptan personas con mucho poder en ambos países beligerantes y, entre bambalinas, de estrategias de potencias que poseen intereses en la región.
En efecto, como en el caso de la invasión a Venezuela, Ucrania es codiciada por Occidente y Oriente, ya que posee abundantes riquezas, como petróleo, gas natural, carbón, titanio, uranio, litio, grafito, manganeso, hierro y tierras raras. Este último mineral es un grupo de 17 elementos químicos (15 lantanoides más el escandio y el itrio), elementos estratégicos para la alta tecnología, como smartphones, vehículos eléctricos y defensa, debido a sus propiedades únicas para imanes, baterías y láseres.

“Bajo el volcán” recrea la conjunción entre una guerra convencional que se dirime en el campo de batalla y una guerra psicológica que se procesa en el seno de una familia, con fuertes apelaciones a la violencia, a la violación de los derechos humanos, a la vulneración del derecho internacional, al exilio compulsivo y al impacto psicológico devenido del miedo.
Por su resolución dramática, este largometraje nos impacta y nos conmueve, en la medida que tengamos la empatía de ponernos en el lugar de las víctimas, recordando que, hace más de medio siglo, miles de uruguayos debieron exiliarse en otros países para escapar de la persecución de la cruel dictadura uruguaya. Ellos, como los protagonistas de este film, también fueron refugiados.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Bajo el volcán (Hunder de volcán). Ucrania- España 2024. Dirección:Damian Kocur. Guión:Damian Kocur. Producción: Agnieszka Jastrzebska y Mikolaj Lizut. Fotografía: Miykyta Kizmenko. Montaje: Alan Zejer. Reparto; Sofiia Berezovska, Roman Lutskyi, Anastasiia Karpienko y Fedir Pugachov.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.