La profesora de Literatura y poeta, crítica y narradora Silvia Martínez Coronel, autora del libro Cuentos graves agudos y esdrújulos, es capaz de provocarnos, para bien, con el conjunto de esta edición, que consta de cuarenta y un relatos, a menudo breves y contundentes como un disparo a la sien.
Nacida en Melo, Cerro Largo, anteriormente ha publicado Parto en el agua (2014) y Ángeles inciertos (2020), además de sus poesías, que integran diversas antologías nacionales e internacionales. Tiene una columna cultural en el periódico La Brecha (México), ha escrito
varios prólogos sobre obras de autores nacionales e internacionales, y participa en un podcast dedicado a la literatura (Sabersinfin, México).
Introducción
A fines de diciembre del año 2024, se hizo una triple presentación en el espacio del Mercado de la Ciudadela. En el caso de este libro de cuentos las palabras iniciales estuvieron a cargo de Jorge Nández, profesor y poeta, presidente en ese entonces de la Casa de los Escritores.
Acerca del título, Nández fue a la etimología de las tres categorías tónicas. De “esdrújulo” mencionó que su significado original era “sacar afuera lo que está dentro”. En tanto lo grave y lo agudo, Nández lo ve como expresión del dolor.
Destacaremos la narrativa del absurdo que se da en muchos de los textos, un absurdo por el que se abordarán acciones que no siguen una lógica convencional, de cierta incoherencia y/o paradoja, con un sin sentido y la filosófica noción de lo inmovilizador que produce el vacío existencial. Un absurdo donde las acciones de los seres humanos carecen de propósito o de significado, con toques de humor y sátira, y cuyos personajes son extraños, solitarios, alienados, y parecen vivir de y en el recuerdo, mientras en el presente no hacen nada; son espectadores pasivos de lo que les sucede a ellos como si fueran otros. Nada parece conmoverlos.
La autora, mientras tanto, destacó que, pese a su quehacer poético, “siempre está la narrativa”, y que estos cuentos tienen algo del realismo mágico a lo García Márquez dentro de marcos filosóficos establecidos, y poseen una secuencia y, de algún modo, una unidad temática. Aquí hay “hechos y tensiones”, agobio y prospección, es decir, una narrativa de tono existencialista, deudora del psicoanálisis jungiano.
En el prólogo del libro, también a cargo de Jorge Nández, agrega la etimología de “agudo” (intenso, penetrante) y de “grave” (“algo grande, de mucha entidad, e importancia”) y el camino etimológico de la palabra “esdrújulo”, que viene del italiano sdrucciola (resbaladiza, deslizante) hasta sus derivaciones ulteriores y el uso ortográfico actual.
Señala, además, que “los cuentos son sombras de universos invertidos, donde las realidades se trastocan, se contraponen y se complementan. El vigor de los textos radica en los hechos contados y en las tensiones ocultas que los atraviesan…” (p. 10), logrando así una intención temática por oposición o por correspondencia, el uso del punto de vista, y el contrapunto entre el afuera y el adentro. Y al final del prólogo, afirma que “Silvia Martínez Coronel explora universos extensos, insondables, mínimos, divergentes, imprevisibles. Los relatos exploran circunstancias que poseen la intensidad del estruendo. En conjunto, el libro es una obra consistente y dispone una estructura elaborada para dimensionar el impacto de las historias. Un sentido crítico, cuestionador y filosófico (…). El recurso de la hipertextualidad, oportunamente aplicado, expande y proyecta el vigor…” (p. 16) de su narrativa.
Algunas nociones sobre el estilo y la composición- La literatura del absurdo combina elementos del surrealismo y de la corriente filosófica del existencialismo para crear textos en los que se reflexiona, con cierta ironía, sobre determinadas problemáticas sociales y cuestiones de la existencia humana.
Aquí, en muchos de los cuentos se nos muestra algo que estaba oculto en el interior de un cuerpo o de un proceso mental, pero por lo general estos se componen de frases breves que comienzan en una acción y un pensamiento y, a veces, vienen precedidos de citas, entre ellas debidas a Gabriel Celaya, Silvio Rodríguez, César Vallejo, Fernando Pessoa o Virgilio, así como referencias explícitas o implícitas (Mario Benedetti, Julio Cortázar, Julio Verne, Nataniel Hawtorne). Las acciones narrativas se van encadenando, en una sucesión consecutiva de hechos relacionados. Desde un motivo inicial, que establece el tono del relato, todo lo demás entra en la lógica de lo posible, de lo verídico, pese a que sabemos que es irreal. Por tanto, es una manera de decirnos que esto que leemos es pura ficción, artificio.
La mayoría de los cuentos tienen como personaje principal a mujeres, y en ese sentido hay una narrativa femenina, aunque muchos de sus personajes son niños o niñas, y el terreno de la infancia discurre como materia prima original. La violencia de género que se nos muestra en varios de sus cuentos, y que nunca logran una resolución positiva, busca realzar la calidad de víctimas de las mujeres.
Muchos cuentos tienen un final abierto, por el que nosotros podemos escoger la resolución del
conflicto planteado, conflicto que estalla al interior de los protagonistas y que, desde allí, repercute en lo exterior. Los ambientes son cerrados, delimitados, y los personajes permanecen en un encierro que, aunque es voluntario, funciona como el ancla de la seguridad de lo ya conocido.
El afuera y el adentro es una constante que se repite ampliamente, y el uso de la luz, como iluminación para comprender la verdad, o como eso que, brillante, se anuncia y la llama, se comporta como un elemento fundamental para desentrañar lo que hay dentro de la oscuridad. Se evidencia un determinismo causal por el que los personajes terminarán por ser derrotados y, eventualmente, aniquilados, por sí mismos o por las consecuencias de sus actos.
El llanto se expresa en muchas de las protagonistas, como el mecanismo del sufrimiento, de la expiación o de la liberación, del mismo modo que la tristeza es una condición para estar en el mundo. Una tristeza que no tiene solución.
Alguno de sus cuentos y el mecanismo de la narración-
El con-cierto.- La concertista sufre un accidente, que no recuerda, en sus manos (y aquí, desde el inicio del libro, nos refiere a lo táctil –como queriéndonos indicar que todo pasará por los sentidos para encontrar la explicación y las causas de los sucesos o hechos que cuenta–, porque más allá del uso de las manos, y en particular de los dedos, en el violín, es uno de los sentidos por lo que se puede “palpar” el mundo). Pero la realidad es el sueño, y el sueño, realidad. Se invierten los términos de lo conocido, y la pesadilla es la angustia de lo desconocido: el dolor, la frustración y el sufrimiento.
Muertos.- En el comienzo hay un pastiche cervantino: “En un cercano país, de cuyo nombre no puedo acordarme…” que, por cierto, no es gratuito, porque lo que se contará es, con toda certeza, ficción, artificio, con un sabor poético: una niña, “más pequeña que un grano de garbanzo” a la que le pusieron de nombre Atardecer. Todo lo que aprende, el caminar, el hablar, el escuchar, lo hace en cuanto lo va haciendo, por la práctica. Los hechos suceden de modo tan vertiginoso hasta que comprendemos que la clave ha de estar en una de las primeras frases del cuento: “Le temía a la caída de la tarde”.
La pena que vale.- Desde hace algunos años a esta parte, el tema de la identidad de género ha cobrado una visibilidad no exenta de controversia. Pero aquí se nos la muestra desde el rincón de la infancia, un rincón inocente y puro que, como contrapartida, se enfrenta a la rigidez de los roles establecidos por los sexos y el castigo –físico– por contravenir la norma. A pesar de ello, el deseo se ha hecho realidad y la realidad ha sido tan maravillosa, que “ha valido la pena” soportar los cinturonazos sobre el trasero. La culpa es de los otros, y la pena, extraña.
Fobia.- Miedo a la vida, un miedo que resulta paralizante, con sucedáneos para no enfrentar la realidad. Es ese “estar sin estar”, donde odia el “tener que”, sabiendo que hay un “demonio de siete cabezas” (la representación, que aparece en el Libro del Apocalipsis, es de un dragón rojo escarlata, símbolo del diablo o Satanás), que la posee. El final del cuento nos ofrece la mirada del doble: el que cura también está enfermo, y lo que parecía una existencia sin sentido revela un sentido totalmente alterado de la existencia. El encierro ya no es liberador sino una obligación, y la psiquiatría no puede resolver esa fobia, una fobia que termina siendo una aversión a sí misma.
Ámbar.- La causa por el efecto. Todo tiene explicación en el último párrafo, la esquizofrenia, la obsesión (malsana) por los perfumes y el mal olor que la persigue, la insatisfacción que no puede mitigar con lo material que posee, porque lo que no tiene es lo más importante, la conciencia de su propia existencia, el motivo de estar viva: “¡Yo no sé por qué no me mataste cuando era una niña, para darme una vida tan desgraciada..!”.
El cuchillo.- El encuentro fortuito del objeto se convierte en el arma de la venganza y desnuda la situación de violencia que ha padecido la mujer. Al desechar la prueba no hay culpable y se restablece el principio de justicia. Son los niños, nuevamente, cómplices y espectadores de la desgracia. “Es la primera vez que vemos llorar a mamá por otra cosa que no sea por las palizas que le daba este reverendo hijo de puta”.
Partida de ajedrez.- El tema que se desarrolla aquí es el matrimonio por conveniencia, para levantar la hipoteca de la casa de los padres, visto desde la óptica de la mujer que se ha de casar. “Las amigas maquillaron con propiedad la máscara luminosa, que camuflaba su rol en la partida de ajedrez de los dioses hombres, que exigía que por sus medios atravesara el tablero, tolerara el sacrificio de la torre amada, para lograr convertirse en la dama que les aseguraría a “todos” la salvación del reino”. El sacrificio de sí misma, de su cuerpo, de su alma, como si fuera un cordero rumbo al matadero.
El resorte.- Está ahí, resignificado, el resorte del miedo, un miedo absurdo, sin explicación, a menos que la clave esté aquí: “La raíz estaba en un domingo, en que pasó lo que debía haber pasado”. Había sentido “sudores fríos, ganas de vomitar, palpitaciones”, y desde ese momento se entrega a la bebida. Pero el miedo fue creciendo hasta tal punto “que ya casi no podía hacer nada”. Un miedo total, un miedo a sentir miedo.
Sin palabras.- Ciento ochenta días de lluvia indetenible, una lluvia que “había dejado a los habitantes sin certezas”, y “hasta los sueños se les habían empezado a mojar”. A Atalía “se le habían empapado las ideas” y se resignó al agua desde ese momento, “iba a tener que pensar mojado”. A Agustín, su nieto, “se le había aguado la sombra y aún en la oscuridad no podía desprenderse de ella”. A la niña, “se le había encharcado el hambre”. Es clara la referencia al diluvio universal, aunque la sucesión de eventos que les ocurren a las personas tiene un tinte burlón. Las referencias acuáticas recorren el texto: líquido amniótico, lago de sus sueños, “cascadas cotidianas” de los recuerdos, los “mares de presentimientos”, “océano de indiferencia”.
Los habitantes lloran: “el agua que les manaba de los ojos, les dio la sensación de haberse fundido con el extraño fenómeno, y les apagó del todo el sentimiento de rebeldía…”. Toque surrealista de la narración. La situación pasa a ser un espectáculo turístico (el llanto y la lluvia), con “trucos lluviosos”, y la mujer lluvia. El pueblo, Misión (que reafirma el relato bíblico que corre por debajo del texto), pasó a llamarse Lluvia santa, manteniendo en el nombre una santidad religiosa. El hijo de Luciana (y allí hay luz), al que ponen de nombre Ríoseco, hace el milagro de detener la lluvia, con lo que adviene la ansiada resurrección.

Verónica.- La gordura al extremo, bulímica: “…su figura no estaba presentable, a no ser en algún circo de feria”. El personaje devora con ansiedad varios libros que le dan recetas para adelgazar, porque había llegado al límite en que “mirarse al espejo le daba miedo”, y por ello los había tapado todos, aunque, con una curiosidad incontenible, “se espiaba a hurtadillas”. Sin embargo, el verse gorda la lleva, como suele suceder, al extremo contrario: la anorexia.
Billete de treinta.- “Siento frío más allá de los huesos”, es la cita inaugural, de Fernando Pessoa, que viene como anillo al dedo para el cuento, un frío que se contagia al cuerpo y al acto de elegir, una elección que le es impuesta. “Si renunciaba a una parte de sí mismo, terminaba sintiéndose enfermo, si renunciaba a la otra, también. Hasta que terminó por asumir que era dos”, mostrándonos la bisexualidad del personaje, aunque, en realidad, “era como todo el mundo, solo que con una sexualidad diversa, intensa”, una doble inclinación que no puede resolverse adecuadamente, por más que lo intente. “Entonces, puso las manos sobre el fuego, y a pesar del calor, no gritó”. A pesar del dolor profundo de su herida, acepta su condición y se atiene a las consecuencias de sus actos.
Sin.- “Era una profesional en el ejercicio de la nada. Se pasaba horas mirando un punto fijo en el techo blanco, intentando que esa blancura invadiera su cerebro y lo vaciara”. Ese “era un mecanismo que se había desarrollado en ella cuando era niña, desde su inconsciente y le había permitido dejar de sentir las golpizas que le propinaba su padre”. Es la violencia, nuevamente. Además: “…pasaban por ella (…) las ilusiones, los amores, las pasiones, las fantasías, un día hasta pasó por su costado el amor de su vida”. “Así la vida se le iba yendo”, pero, y es la moraleja, todo lo acumulado llega un momento en que se desborda, tras “tantos años de negar la vida”. Al no apegarse a nada, puede excluir lo externo, a riesgo de desterrar los sentimientos, el placer, la alegría y la satisfacción. Para que el dolor no le duela, lo mejor es que no haya nada. Pero siempre algo queda.
A la deriva del bote del mundo.- Martín, “prefería el silencio exterior y los sonidos interiores”. El personaje es un niño solitario con una enfermedad degenerativa que ve “a través de la ventana” cómo juegan los otros niños, con las “caras tiznadas de polvo y juego”. La lectura es su bálsamo, todo lo que posee. Leía Moby Dick, encandilado, “un día era Ahab y se llenaba de la obsesión por vengarse del cachalote…”; “otro día era la ballena blanca, percibía que era injusto que la vieran como una amenaza cuando únicamente respondía a su naturaleza…”. Y entonces, ficción y realidad se dan la mano: “Reabrió su novela, volvió a ser Ahab, tomó el arpón con él, deseando con todas sus fuerzas que llegara su golpe de suerte, y poder terminar de una vez por todas con la maldita ballena que lo había dejado lisiado, mutilado, incompleto, huérfano de sí mismo, a la deriva del bote del mundo”. Aunque este último párrafo es meta literario, una ficción dentro de otra ficción, muñecas rusas, lo cierto es que desde el principio hemos establecido un pacto con lo que leemos, por lo que damos nombre de realidad a la situación escénica, es decir el ambiente y el escenario, de encierro, en el que transcurre el padecimiento de Martín, el personaje.
Las llaves.- Una mujer despierta de un coma después de estar siete años en un hospital. No sabe quién es y, además, nadie “se había presentado (para) que la pudiera reconocer”. Le dan el alta un sábado. Deambula buscando algo que le haga recobrar la memoria (me viene a la mente una frase que dice que “el olvido está lleno de memoria”, como decía con frecuencia Mario Benedetti). Se aloja en un hotel gracias a que la seguridad social le cubrirá los gastos necesarios durante seis meses, “hasta que lograra reiniciar, o iniciar su vida”. Y las llaves le dan, y nos dan, la clave siniestra del desastre y el accidente. Si bien la explicación final hace cerrar la historia, logrando la circularidad del cuento (como pedía Julio Cortázar), no parecería plausible, verosímil, que la mujer recupere la memoria tan de golpe, máxime que ello, la amnesia, fue el producto de un evento sumamente traumático.
La lluvia.- La aparición de una lluvia furiosa lleva a que la gente del pueblo termine por perder la noción del tiempo y “liberado de sus antiguas obligaciones y civilizados horarios comenzó a sentir la extraña cosquilla de la libertad” (p. 93), hasta que un día sale un renovado sol, “que los pobladores miraron con asombro, sin reprimir una nunca antes vista rabia que los hizo encerrarse en sus casas e intentar de todas las maneras posibles evitar la evaporación del agua” (p. 93), y aquí lo que llama la atención es que, al contrario de lo que suele suceder en la realidad, la lluvia hace salir a la gente y su cese los vuelve hacia adentro. Esto acontece asombrosamente, debido a (variadas interpretaciones): “castigo divino por la conducta licenciosa de las mujeres desenfrenadas”, el “creciente escepticismo de los habitantes” (según las señoras), “la inoperancia del gobierno” (según los señores). Esto genera el mismo rechazo, una misma rabia inicial al principio y al final del fenómeno, pero todo cambia de signo, el signo se invierte aunque no cambie nada: es como conocer la libertad y volver al encierro porque allí se está seguro.
Rutina impredecible.- Son de esos cuentos que uno debe leer dos veces, porque, después de lo inesperado del final se ha de volver al principio, cuando la protagonista se había levantado muy alegre, como si hubiera sido tocada “por el ángel de la felicidad mientras dormía”, y tendremos que poner especial atención a esto: “Era un placer estar dentro de sí misma”. Un leve error en la dosis del clonazepam, que toma para evitar la euforia, trae aparejado el posterior bajón y, aunque se siente joven y bonita, no cree que eso le sirva para algo. “Bajo el agua, gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas”, y entonces uno asimila que hay algo doloroso detrás de la máscara neutra de la rutina. Después de todo, “no era que la soledad la molestara, todo lo contrario, la ponía a salvo de los buitres”. Esos buitres, compuestos de una animalidad humana por extensión, que se aprovecharán de su debilidad y de su falta de equilibrio. Es decir: el desequilibrio.
Cecilia.- La autora incluye, como cita, algo que dice una alumna de bachillerato, probablemente una alumna suya: “Tengo mucho aire en los ojos” y, aunque es una frase poética, los ojos no tienen aire, sino humores: acuoso y vítreo. Pero, en este caso, una mujer ciega recuerda y piensa, y extrema sus otras facultades, el olor, el sonido, el tacto. “El no ver hacia afuera, le había otorgado una lucidez hacia adentro que le permitía juzgar mejor las cosas, darse cuenta de lo que antes no percibía”. Y aquí viene la sentencia: “…la gente que ve, suele estar ciega”. Es el consuelo, la autoconmiseración como moneda de cambio.
El limbo.- La cita de Virgilio en La divina comedia, nos introduce en un descenso al inframundo. Ella era la segunda de tres hermanos, la intrusa, a la que nunca sus padres le habían dado un abrazo. “Su soledad era tanta que solo jugaba con amigos imaginarios”. Esa falta de cariño, junto a la consideración de los demás, que la creían soberbia y con un trato de indiferencia, sumado a la muerte de su gata –que era la única capaz de devolverle el afecto–, precipitan el inevitable final. El estigma del suicidio recorre la sociedad, de punta a punta, y hay tantas causas como experiencias personales, parece decirnos la autora, acerca de un tema que es uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo.
(Cuentos graves agudos y esdrújulos, de Silvia Martínez Coronel, Deletreo editorial 2024, Montevideo, 131 páginas)
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