Haddad precisa cambiar para evitar una catástrofe
Ruy Fausto – Filósofo, docente y escritor.
3/10/2018 – Folha de São Paulo
Escribo en la mañana del martes 2 de octubre. Los resultados de la última encuesta del Ibope indican un progreso considerable de la candidatura de Jair Bolsonaro (PSL), que va al 31%, y un estancamiento de los votos de su probable adversario de izquierda en el segundo turno, Fernando Haddad. Sin duda, aun tendremos muchas peripecias, pero una cosa es segura: el candidato neofascista Bolsonaro puede ganar, y si no gana tendrá ciertamente una votación muy expresiva.
El deber de los neutros / Es preciso luchar por un frente democrático
Por: Rubens Ricupero*
“Entre los que destruyen la ley y los que la observan no hay neutralidad admisible».
Rui Barbosa (1849-1923) pronunció esas palabras en Buenos Aires (1916) en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Neutralidad, explicaba, «no quiere decir impasibilidad: quiere decir imparcialidad; y no hay imparcialidad entre el derecho y la injusticia».
La claridad de la distinción puede ayudarnos a enfrentar el dilema electoral en la definición del diccionario: situación embarazosa con dos salidas difíciles o penosas. Veamos en concreto se hay diferencia entre esas salidas.
No hay lugar, creo, para la imparcialidad entre quien quiere retirar a Brasil del Acuerdo de Paris sobre clima y quien desea honrarlo. Tampoco soy imparcial entre quien defiende la protección de los ecosistemas tal como está prescrito en la ley los que atacan la supuesta industria de multas del Ibama contra deforestadores ilegales.
Los mismos que tienen la intención de suprimir el Ministerio de Medio Ambiente y subordinarlo al de Agricultura en una óptica meramente productivista, sin ver las consecuencias de devastación ambiental y de la concentración de la renta.
Entre los defensores de la Constitución, de la democracia liberal, de la tolerancia, de la diversidad, de la civilidad en la vida política y sus detractores, escojo sin vacilar a los primeros. Me coloco al lado de los promotores de los derechos humanos, de la prioridad en combatir la desigualdad, en suprimir la miseria; estoy en contra de los críticos de tales posiciones.
Prefiero la diplomacia que preserve el papel constructivo de Brasil como factor de moderación y equilibrio en el continente y en el mundo a los que abogan actitudes que nos aislarían de la mayoría de la humanidad.
Un ejemplo es la intención de Bolsonaro de transferir a Jerusalén nuestra embajada en Israel en la ausencia de acuerdo con todos los interesados. Eso nos relegaría a una situación ridícula, abajo de Paraguay, que tuvo el sentido común de retroceder de esa loca idea.
Entre valores y contra valores no tengo el derecho de ser neutro. Daré mi voto al candidato que encarne valores absolutos e innegociables como los mencionados arriba.
Dicho lo cual, pienso que el deber de los neutros es ir más allá del voto y luchar por un frente democrático que una el más amplio espectro posible de opinión.
Concuerdo con los pontos levantados por Celso Rocha de Barros en el artículo publicado en Folha de Sao Paulo el lunes 8 de octubre. Por definición, una alianza no debe reflejar hegemonía de ningún partido. Tiene que acoger la exigencia popular de combate a la corrupción, ajuste fiscal, responsabilidad en el uso de recursos escasos –lo que falta en el programa do PT, además de la autocrítica.
No se va a ganar sólo con el PT y la izquierda. Reconocer ese hecho obliga a tener un programa de mínimo denominador común que conquiste a los moderados.
Y, em el caso de difícil victoria, dar garantía a todos de que se tendrá un gobierno no sectario, pacificador y unificador de la sociedad brasileña.
*Embajador de Brasil, jubilado, y exministro.
Artículo publicado en el periódico Folha de Sao Paulo.
Traducido por Héctor Valle para LA ONDA DIGITAL.
Algunos dirán que ahora es hora de cerrar filas en torno de Haddad, y evitar las discusiones en el interior de la izquierda. Sin duda, es preciso evitar un tono excesivamente agresivo en esas discusiones, pero el debate no sólo es válido sino — estoy convencido — esencial, porque lo que el candidato de izquierda dirá y hará en los próximos días, antes y después del primer turno, es de importancia decisiva para el desenlace del proceso. Anticipando el argumento: o Haddad modifica en alguna medida el tono de su campaña, o corremos el riesgo de caminar hacia una catástrofe.
Me permito dar un cierto retroceso a esas reflexiones. En mi opinión, que exprimí en varias ocasiones a través de artículos y entrevistas, la mejor política para la izquierda no habría sido el lanzamiento de la candidatura Lula, sino, a mi modo de ver, la presentación desde temprano de un candidato de renovación y Fernando Haddad, como dije también hace mucho tiempo, era el mejor de los nombres.
Eso no significaría abandonar Lula a las fieras, sino luchar por su libertad y por la revisión del proceso, lo que no implicaba entre tanto que él fuera candidato.
La candidatura Lula tenía, es cierto, la ventaja de movilizar un electorado que se identificaba mucho con la figura del expresidente, pero llevaba al mismo tiempo un, o tal vez dos, inconvenientes. Si el apoyo a Lula alcanzaba a más de un tercio del electorado, su rechazo era más o menos del mismo orden. Y, de un modo más general, insistir en nombre de Lula era dar énfasis a la continuidad y no a la renovación. Mientras tanto, en el caso que el PT no abriera mano de la candidatura Lula, lo que de hecho ocurrió, sería el caso de lanzar luego un nombre alternativo.
Creo que fui uno de los primeros en lanzar la idea de una candidatura de Haddad a vicepresidente — lo que hice en una entrevista a una radio de Bahía —, pero entonces sería preciso encaminarse lo más temprano posible por ese camino, presentando desde ya al candidato, evitando prolongar demasiado la expectativa de la sustitución de nombres, y, sobre todo, insistiendo en la autonomía política y personal del candidato. Y, en un plano más general: como muchos dijeran desde hace mucho, el PT tendría que disponerse a hacer una autocrítica.
De hecho, si el proceso del apartamento de Guarujá es más que dudoso, si el sentido político de las intervenciones del juez Moro es evidente y escandaloso, no es menos cierto que sí hubo corrupción durante los gobiernos del PT. Hubo mucha.
Lo que no quiere decir que no la hubiera habido también bajo otros gobiernos, pero esa circunstancia no altera la situación.
Por lo menos en el sentido de que el PT tiene que reconocer que, durante el período en que gobernó, hubo una lamentable promiscuidad entre el poder económico (parte del mismo) y el poder político, lo que es grave tanto desde el punto de vista de los principios como en lo que se refiere a los intereses pragmáticos de la izquierda, en el plano electoral.
Sólo reconociendo lo que fue ruin en su gobierno (lo que no elimina lo que él hizo de bueno), podrá el PT y — lo que nos interesa — la izquierda, enfrentar con éxito a sus adversarios de derecha y de extrema derecha. Sí, porque la llamada opinión pública es muy sensible al problema de la corrupción.
Y no se diga que todo se reduce al impacto negativo de los medios de comunicación: es un progreso que no se acepte más, de buena gana, la política del “roba, pero hace”. Sin una “explicación” de ese punto, el partido hegemónico (o ex hegemónico) de la izquierda, y la propia izquierda (que es lo que nos interesa) no podrá llegar a un resultado plenamente favorable en el embate electoral.
Además de la cuestión de la corrupción, la derecha y la extrema derecha baten mucho en el tema del rechazo de los gobiernos autoritarios. Pensar que un gobierno Haddad involucionaría a una especie de poder venezolano es puro delirio, si pensamos en los compromisos del candidato y en su orientación, que siempre fue claramente democrática. Entre tanto, declaraciones pro-Venezuela por parte de autoridades del partido, que fueron reiteradas hace aun pocos días, ofrecen a la derecha y a la extrema derecha una munición formidable.
¿Quién simpatiza hoy con Maduro, Ortega o Chávez? Como si no bastasen esas tomas de posición desastrosas, un exdirigente bien conocido (si bien, es verdad, en el contexto de la discusión de una hipótesis), hable de la certeza de que el partido “habrá de tomar el poder”. Ante declaraciones de ese tipo —que, con todo, él intentó corregir, el mal ya está hecho — la gente se pregunta: ¿qué pretende esa gente con ese tipo de comportamiento?
En realidad, tenemos la impresión de que los dirigentes del partido están mucho más preocupados con el futuro del partido de que con el futuro de la izquierda o del país. Ellos se disponen a aceptar el riesgo de un gobierno neofascista, cuyas consecuencias son imposibles de subestimar en las condiciones actuales. Se tiene la impresión de que ellos lidian con el candidato Bolsonaro como un adversario cualquiera, no muy diferente de los otros. Error grave.
La victoria de Bolsonaro iniciaría un período de tinieblas para la izquierda, para los trabajadores e intelectuales, y para todo el país. Es preciso enfrentar el problema con responsabilidad, con la conciencia de que hay cosas más importantes que el destino político de los dirigentes de un partido, cualesquiera sean los méritos de este (él los tuvo, pero también cargó consigo deformaciones políticas graves).
¿Y, ahora? Si Haddad llegara, efectivamente, al segundo turno, como parece que llegará, sería preciso:
1) Alterar el tono y el tenor de la campaña. Incluso tardíamente, sería preciso admitir que hubo muchos errores (no “vagos” errores, como él está pronto a admitir) durante los gobiernos Lula y Dilma. Haddad debería declararse heredero del PT en aquello que el partido tuvo o tiene de bueno, pero no en lo que tiene de ruin. El discurso “cemento armado” que impusieron a Haddad no sirve, no.
2) Es preciso constituir un frente amplio único, en primer lugar, con Ciro Gomes. (A propósito, si el PT tuviera aceptado lanzar una fórmula Ciro/Haddad, eso habría sido posible, y la dupla probablemente vencería, aunque se pueda discutir si ese habría sido el mejor camino.) Hay que corregir las pifias del PT con relación a Ciro: la campaña por la neutralización de su candidatura, las declaraciones de Gleisi a ese respecto, etc. El apoyo de Ciro es esencial a la victoria. Además de él, hay que intentar el apoyo de Marina, difícil en las circunstancias actuales, pero no imposible. Un ala del PSDB, la cardosista, parece dispuesta a votar en Haddad en el segundo turno. Ese apoyo no debe ser rechazado. A eso, se le suma, evidentemente, el apoyo de las fuerzas de izquierda, en general, comenzando por el PSOL y Boulos.
3) Haddad debería deconstruir la teoría absurda de que él es “candidato de los extremos” (¡y en eso comparable a Bolsonaro!). Dejar claro cuáles son sus simpatías en materia de política internacional, lo que además él ya hizo, pero insuficientemente, en algunas de las entrevistas que dio últimamente.
4) Sin desmerecer lo que hubo de positivo en la trayectoria de Lula — la última decisión del expresidente, no olvidemos, fue la de empeñarse, contra el partido, en la candidatura de Haddad —, el candidato tiene que mostrarse independiente y autónomo y dejar en claro que la teoría del “palo mandado” y del “poste” es completamente falsa, a pesar de las apariencias (y también del esfuerzo de algunos, dentro de la izquierda, para que eso sea verdad).
5) Es preciso dar un peso específico, en el final de la campaña, a la lucha contra la criminalidad grande, esa especie de Estado dentro del Estado, que existe en Brasil. Es esencial tratar ese tema con seriedad.
6) En los ataques a Bolsonaro (¡finalmente se acordaron de eso!), sin abandonar el tema del antifascismo (recordando la dictadura de 1964), es preciso insistir en el horror económico. Que los eventuales electores pobres de Bolsonaro sepan desde ya lo que un gobierno del triste capitán representaría: amenazas al salario mínimo, a la Bolsa Familia, al aguinaldo, a los derechos laborales (¡ver la famosa libreta de trabajo verde y amarilla!).
Una actitud de ese tipo no representaría ningún “giro a la derecha” por parte del candidato. Ni tampoco mayores concesiones al centro. Declararse alérgico a Maduro y a Ortega no significa abandonar posiciones de izquierda. Por el contrario, es una exigencia del mejor pensamiento y de la mejor política de izquierda.
La bandera de la izquierda no es sólo de igualdad, es también de libertad, sin lo que algunas de las figuras más siniestras de la política del siglo 20 habrían sido representativas del pensamiento progresista. En ese plano, la izquierda brasileña aun tiene un largo camino a recorrer. Pero es urgente que de unos pasos más.
La misma cosa en lo que toca al rechazo del patrimonialismo. Sólo una sociología sin rigor y sin responsabilidad encuentra que el problema es artificial o no tiene importancia.
Evidentemente, es preciso juntar fuerzas dentro de la izquierda, y por eso no me demoro demás en la crítica a la política petista. Pero es evidente que, por detrás de la aparente y tan decantada “habilidad” de que habría dado prueba la dirección del partido, su trayectoria en ese año fue manchada de errores. En otra ocasión, volveré a la historia de la candidatura Haddad (a mi modo de ver, el mejor candidato que el partido podría presentar) y la actitud que tuvo el PT con relación a ella.
De cualquier modo, si fuera para el segundo turno, Haddad no será más el candidato del PT, sino de toda la izquierda. Más aun: del conjunto de la democracia brasileña, porque es la democracia la que está amenazada.
Nada de eso nos debe hacer olvidar la actitud altamente parcial de los medios de comunicación (eso fue dicho muchas veces, pero ahora, por lo menos, es una evidencia): la gran manifestación contra Bolsonaro mereció una atención mínima por parte de la TV. Como observo un periodista, se dio mucho más tiempo a la ex mujer de Bolsonaro, que intentaba “apagar” las declaraciones muy duras que había hecho contra él. Y no se intentó siquiera calcular el número de manifestantes.
La misma cosa, con la ofensiva de Moro contra Lula. Cuando el locutor se refiere a la acusación de que es objeto alguien que actualmente trabaja con Haddad, se muestra no sólo al personaje, sino también a Haddad en campaña… La parcialidad del noticiero, para decir poco, es evidente.
Y, volviendo a las manifestaciones: se celebra el espíritu democrático del pueblo brasileño, que fue a la calle a apoyar o rechazar a un candidato, sin que se registraran incidentes violentos. Doble falsificación: por un lado, la magnitud de las manifestaciones anti-Bolsonaro fue abrumadoramente mayor de lo que las que se hicieron a favor de él. Por otro lado, si el equilibrio entre ellas fuese verdadero, sería una extraña prueba de democracia: mil personas a favor del hitlercito y mil en contra…
Una palabra final sobre el método de ese texto, o antes sobre la actitud general ante la política que tiene aquel que lo redactó. Hay quien diga que no importa argumentar, que el combate político se hace en el plano de los afectos (que tendrían que ser “deconstruidos”) y no en el de la discusión racional.
Cuando los que defienden esa postura hablan de la posibilidad de un golpe militar puro y simple, insistiendo en el papel que tendría en ese proyecto una efectivización plena de una política económica neoliberal en el país, yo no dejo de darles la razón. Pero discrepo de todo el resto.
La idea de que la izquierda fue por demás racional y que es preciso introducir una dosis mayor de irracionalismo está completamente equivocada. La realidad es casi lo inverso: el populismo y el patrimonialismo apelan esencialmente a los afectos. Lo que muestra además que el llamado a los afectos no tiene nada de nuevo, como pretenden algunos, es viejo como el mundo: fue el cerne de la política populista que data de las primeras décadas del siglo 20. Además de ser practicado por cierta extrema izquierda europea (Georges Sorel), que no por casualidad acabó adhiriendo al fascismo.
¿La política no se hace con argumentos racionales? Sin duda no sólo con argumentos racionales, sino que es preciso partir de ahí y, aun más, considero que es lo que está faltando. Eso no excluye la mayor flexibilidad táctica en el plano práctico.
¿No se derrota al adversario con argumentos racionales? Pero los argumentos no se dirigen a los adversarios. Se dirigen a nosotros mismos, a nuestra gente, que vacila, se confunde, puede perderse. Y se dirige también, y sobre todo, a una enorme masa que no sabe bien para dónde va, y tiene necesidad de discusión y esclarecimiento.
Insistir en el carácter negativo de la discusión racional, en provecho de la “alimentación” en buenos afectos y de la deconstrucción de los malos, implica, por ejemplo (a pesar de las intenciones subjetivas de quien defiende esas tesis), en perder de vista puntos esenciales, como precisamente el de la necesidad de autocrítica y de la toma de posición incuestionable en favor de la democracia.
La política de los afectos parece ser la más concreta. Pero no lo es. Es la más abstracta. Se abstrae de lo que es hoy la izquierda em el mundo y em Brasil, se abstrae de su historia. Propone el enfrentamiento y la radicalización: si la izquierda reacciona, sin hacer concesiones legalistas —dicen ellos— ella vencerá… Nada más ambiguo, simplista y peligroso.
¿Qué quiere decir ser radical? Para dar un ejemplo fuera del panorama brasileño, ¿sería recomendable la perspectiva e o estilo de Jean-Luc Mélenchon en Francia, que no vacila en elogiar el castrismo, el poder chino, y de vez en cuando hasta Putin?
Los mismos proponen la ruptura de la legalidad, bajo la alegación de que las leyes son hechas por las clases dominantes (hay por lo menos mucha ambigüedad en ciertos discursos, en cuanto a la actitud ante la legalidad); pero si hay bastante verdad en la tesis de que las leyes son hechas por los dominantes, ella no justifica entre tanto el camino de la violencia (¿qué camino podría ser el de la ruptura de la legalidad?), una ilusión enorme por la cual ya pagamos muy caro.
En resumen, lo que está en cuestión no es la necesidad de un enfrentamiento “radical”. El problema está en definir ese radicalismo. Expresado en el lenguaje pseudo concreto de las “pasiones”, bañado en un anti-intelectualismo no muy distante del populismo (lo que, paradojalmente, atrae muchos intelectuales), la política de los “afectos” puede llevar a resultados desastrosos.
Saber lo que somos, qué victorias obtuvimos (pero también qué derrotas sufrimos, y qué pseudo derrotas), definir racionalmente los términos de una nueva política para la izquierda son exigencias que ningún inmediatismo político y teóricamente tosco, a pesar de las apariencias, podrá poner en jaque. Y esas exigencias no son sólo teóricas, sino también inmediatamente pragmáticas.
Sólo si las satisfacemos, en el escaso tiempo que nos resta, será posible ir al segundo turno, no con la certeza —que no hay certezas en política—, sino con la convicción realista de que la extrema derecha será derrotada.
Es el futuro de la izquierda y del país que está amenazado. Nada menos que eso. Aun hay tiempo para evitar la catástrofe, pero sin mucha lucidez no conseguiremos evitarla.
Traducido por Héctor Valle para LA ONDA digital
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