A treinta años de la suscripción del Tratado de Asunción, luces y sombras, avances y retrocesos, con cambios sustanciales en el mundo y en cada uno de sus miembros, hacen de su análisis una tarea compleja.
No hay lugar para consignas y mucho menos para simplificaciones.
Los ruidos generados en la reunión de presidentes quedaron atrás. Las salidas de forma y de tono demuestran que la improvisación nunca es útil y el apartamiento de la diplomacia es inconveniente.
Hay coincidencias favorables a buscar mejorar las condiciones de acceso a los mercados diversificados y multiplicados durante las administraciones frenteamplistas.
La “flexibilidad” es una hipótesis ya planteada con anterioridad. Hasta ahora ha chocado con opciones muy complejas en el marco del tratado y sus normas.
Cambiar la unión aduanera imperfecta por una zona de libre comercio dejaría a sus miembros en libertad de definir su política externa al bloque.
Las consecuencias de esa opción dejarían a muchos cientos de industrias que exportan su producción en más de un 90 por ciento al bloque, enfrentadas a una opción de hierro. Cerrar o migrar. Esto acarrearía pérdida de muchos miles de puestos de trabajo directo y otros tantos indirectos. El único sector que se beneficiaría sería el
agroexportador, sector no intensivo de ocupación de mano de obra.
Recordemos que el Mercosur es el segundo destino de las exportaciones uruguayas después de China
Uruguay quedaría en soledad para negociar con otros mercados, con poca capacidad de atracción si dejamos fuera el agro.
La otra opción sería el cambio de condición de país miembro a país asociado. Debiendo enfrentar complejas negociaciones con cada miembro pleno y con las mismas dificultades con terceros mercados que la anterior.
Estas son las opciones que jurídicamente existen para lograr una política externa comercial propia.
El otro camino es la negociación dentro del bloque.
Para Uruguay no es viable ni deseable irse del Mercosur. Ha habido capítulos estratégicos, sobre los que anteriores gobiernos han insistido, que hay que retomar. Objetivos clave para la integración, como por ejemplo las cadenas de valor. Aún no conseguidas, pero sobre las que hay que insistir. Hay múltiples aspectos del funcionamiento del bloque a mejorar con nuevos y mejores acuerdos. Dentro de ellos buscar para nuestro país facilidades de negociación externa que nos permitan mejorar la inserción internacional como parte del mismo.
Para ello hay que descartar libretazos improvisados y consultar a todos los actores políticos, empresariales y sindicales. Abrir una mesa de diálogo en el país y acordar una hoja de ruta, para negociar con nuestros socios con un respaldo lo más amplio posible .
Hay que recordar que servicios tradicionales como el turismo y miles de micro, pequeñas y medianas empresas dependen del turismo regional. La política exterior no puede desconocer que las buenas relaciones y la diplomacia influyen mucho y ayudan a prevenir medidas que nos pueden perjudicar en este rubro estratégico de la economía y del que dependen una enorme cantidad de puestos de trabajo.
Puede parecer optimista pedir una mesa amplia de diálogo, dado el talante mostrado hasta ahora por el gobierno neoherrerista de Lacalle Pou.
Pero el “no, ¿para que?” no asoma como una respuesta sostenible en el tiempo.
El destino de la sociedad depende mucho de la inserción internacional.
Diálogo, búsqueda de acuerdos y de consensos posibles aquí, dentro de fronteras , y allá en el bloque, recurriendo a la mejor política y a la mejor diplomacia, surge como el mejor camino a transitar.
Por Carlos Pita
Médico, político, ex embajador uruguayo en EE.UU.
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