Que salga el número 1000 de La ONDA digital es para celebrar. Se trata de un medio pionero en Uruguay en la comunicación política digital. Esto solo ya ameritaría gran destaque.
Si le agregamos la calidad permanente de sus contenidos, la riqueza temática y el pluralismo de sus colaboradores, la celebración es necesaria.
Existe un decaimiento importante en la prensa política a nivel global y nacional.
Primero, por la concentración grosera y abusiva del poder mediático en grandes grupos económicos. Esto conlleva al control de la información, la pérdida del pluralismo y la capacidad de informar ricamente a la opinión pública.
Segundo, por el uso perverso de las nuevas tecnologías y las redes sociales, donde empresas inmorales producen contenido basura para agredir y desprestigiar a pedido y por cuenta de actores políticos, religiosos, económicos más inmorales aún. También, el uso irresponsable de mucha gente que canaliza sus peores atributos en las redes.
Oír de fakenews, de realidad alternativa u otras variantes, es parte del ambiente comunicacional global que persigue intereses espúreos y bien ubicables.
Tercero, en el contexto nacional, las enormes dificultades económicas para sostener cualquier medio independiente del poder, son archiconocidas. Por eso, la Onda Digital merece todo el reconocimiento público por sus logros.
No sería posible sin lo hecho por dos periodistas de primer nivel: Raúl Legnani y Roberto Pereira, con su equipo de producción. Raúl ya no está, desgraciadamente,
pero aquí seguiría, sin dudas. Y Roberto, fiel al proyecto común y resiliente como pocos, sigue asegurando que contemos con la Onda, que salga el número 1000 y se pretenda llegar a muchísimos más. ¿Qué otra cosa que reconocimiento y agradecimiento merecen?
2) De “otro mundo es posible” a “otro mundo es imprescindible”
Hace dos décadas la consigna del Foro Social Mundial sonaba como una utopía a la vez que un rumbo cierto para mejorar los males que marcaban el inicio del tercer milenio.
Vientos progresistas soplaban desde A. Latina e insuflaban a gran parte del mundo. Lula ya se vislumbraba como un referente continental, cosa que su pueblo ratificaría con creces por dos veces.
Quizás los procesos brasileño y norteamericano sean de los más ilustrativos del gran enfrentamiento de la época entre progresismo y reacción. Como en otros momentos históricos, los referentes de cada polo son la mejor expresión de la diferencia entre la esencia de ambos bloques. Tan dramáticamente distintas son la estatura moral y política de Lula con la de Bolsonaro, la relación del primero con la gente más humilde y la cultura, su acción y mensaje pacífico y negociador tan reconocido por las personalidades más destacadas del mundo que lo valoraron como un referente global indiscutido, que la evaluación del Capitán es microscópica. (Y acá hubo muchos que lo celebraron, como al “impoluto” Moro que quedó totalmente en evidencia, no ya siendo ministro de Bolsonaro, sino ante el Tribunal Supremo que acaba de anular todo su juicio contra Lula por improcedente).
Lo mismo puede decirse del abismo Obama-Trump, que ha dejado profunda huella en USA y el mundo y, ahora, Biden trata, desde el primer día, de superar. Me apuro a decir que no se trata de ser lulista o bidenista –que se arreglen brasileros y yanquis con sus líderes-, sino de ubicarse en este debate que define el curso político, ideológico y cultural del mundo actual: progresismo del siglo XXI o reacción oscurantista, anticiencia, y violenta. No hay una tercera posición en esto. Aunque dentro de cada cauce haya todos los tonos de grises imaginables. Pero me atrevo a decir que es una contradicción del tenor de la Segunda Guerra Mundial (SGM): democracia o fascismo, no había opción.
Si las sucesivas crisis del siglo XXI, económicas, sociales, políticas, religiosas, nos liquidaron rápidamente todas las ilusiones del otro mundo posible (mejor) dando espacio a la reacción más temible posterior a la SGM, la pandemia actual vino a desnudar la fragilidad del sistema-mundo vigente.
De un lado, el predominio absoluto de un sistema económico que privilegia el lucro por encima de todo, a la competencia sobre la cooperación, a los intereses corporativos por encima de los humanos y ambientales, es tan evidente y reconocido globalmente, que ya ni parece una denuncia ni protesta. Tan naturalizado está.
Sin embargo, es la raíz principal de los problemas.
En un mundo donde el 1% se adueña del grueso de la riqueza y, por ende, el poder, es imposible solucionar los problemas más dramáticos.
Es evidente que visto así, cualquier oriental dirá: no tengo chance de actuar para cambiar esto, paso.
Sin embargo, si bien el cambio global será un proceso complejo, contradictorio, imprevisible, a distintos ritmos, lo que cada país y región haga será lo que determine el cuadro general.
Un ejemplo pequeño: nuestro gobierno votó al candidato de Trump a presidir el BID -rompiendo una tradición nunca violada que lo hiciera una persona latinoamericana -. Si se hubiese alineado con varios expresidentes latinoamericanos (incluido Sanguinetti), el Cr. Enrique Iglesias, la oposición uruguaya, los demócratas norteamericanos, etc, esa designación, probablemente, no se habría concretado.
Otro, si los gobiernos del Mercosur hubiesen negociado juntos las vacunas con los distintos fabricantes, muy probablemente otra situación de precios, contratos, tiempos y garantías, habríamos obtenido.
Pero no solo se trata solo ni fundamentalmente de la política exterior del gobierno, tan alineada a USA que el tradicional nacionalismo blanco parece demodé.
La pandemia dejó al desnudo todas las debilidades de la gobernanza mundial: el triste espectáculo de los ricos primeros en la fila de vacunas, el desoír a la OMS sistemáticamente, los grandes laboratorios y empresas vinculadas a la salud ganando lo que nunca abusando de su situación de poder.
No ha sido verdad que todos estamos en el mismo barco o, si lo estamos, la mayoría rema y se debilita mientras que la elite va en primera y se enriquece.
En Uruguay, es la teoría de los “malla oro” promovida por el Presidente Lacalle Pou y su equipo económico y social. Contrariando lo hecho por la inmensa mayoría de países del mundo, de las más diversas orientaciones, se ayuda poco y tardíamente al pelotón y a los rezagados.
Lo reclama toda la oposición, los socios del P. Nacional en la coalición, gente insospechada de progresistas o izquierdistas como Ignacio de Posadas o Ricardo Peirano.
El primero reclamó un plan Marshall para Uruguay, reconociendo que iba contra toda su mirada ideológica pero no veía otra salida para poner de pie al país: mucha inversión pública para mover la economía, generar empleo y levantar el consumo. El segundo, reconoce que nada se ha hecho realmente por las ollas populares a pesar de los anuncios, y deben hacerse esfuerzos estatales muy grandes para levantar al país.
Es evidente que las medidas anunciadas la semana anterior son bienvenidas pero absolutamente insuficientes.
¿Puede alguien vivir con 7 mil pesos al mes? Y son tan pocos los beneficiarios …
El mayor logro del gobierno ha sido el GACH, una iniciativa revolucionaria en el país que marca un hito que, esperemos, su espíritu sea incorporado al quehacer del Estado y los gobiernos de turno: la ciencia en general y la comunidad científica nacional –personas e instituciones- tienen mucho para aportar en todas las áreas. Y lo hacen generosa y patrióticamente.
Pero, desde el informe del 7/2/21, la actitud del gobierno de priorizar su política por encima de la recomendaciones recibidas, no ha tenido buenos resultados. La cuestión es que se mide en muertes y contagios. La decisión de mantener la movilidad en el mismo estado que antes del pico, la insistencia en la libertad responsable ya que todo el mundo sabe que hacer, ha sido un fracaso.
Sin embargo, la vacunación avanza muy bien, más allá de algún detalle que se pueda mejorar.
La reflexión que la situación global y nacional plantea es cómo salimos de la pandemia. Las voces más sensatas y preocupadas por el conjunto de la población, reclaman modificaciones estructurales trascendentes: una nueva gobernanza global y una economía basada en el bien común, parece el mejor camino.
La crisis nacional es oportunidad: el programa del gobierno, hecho para otra situación, no responde ni responderá a la crisis que se instaló.
Y no hay salida sin encontrar algunas medidas estructurales que requieren apoyos consensuales. Sería el mayor logro del Presidente: salir con todos y no seguir corriendo con los malla oro.
Por Eduardo “Ewe” Vaz
Fundador y referente de Fuerza Renovadora

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