La sempiterna cultura patriarcal en tránsito de extinción, la grosera violencia doméstica, la infidelidad, la diversidad sexual y el abuso de poder son los cinco revulsivos ejes temáticos de “La inmensidad”, el largometraje Ítalo hispano del realizador italiano Emanuele Crialese, que indaga en tópicos aun urticantes que hacen a la convivencia cotidiana del pasado, del presente y tal vez hasta del futuro próximo.
Aunque en la superficie de este relato está planteado básicamente el tema vincular, en este caso el afectivo o bien el paulatino deterioro de los afectos, aquí la clave es el abuso del poder, por la hegemonía del hombre sobre la mujer y el sexo femenino como objeto de seducción pero también de mera cosificación.
Empero, el tema adquiere aun más relevancia si lo sazonamos con las singularidades de las clases sociales, aunque esta problemática esté presente en todos los segmentos de la sociedad, en tanto la emancipación de la mujer esté realmente muy distante del ideal que todos deberíamos aceptar y acatar en un sistema democrático.
No en vano, por lo menos en nuestra Constitución de la República, todos somos iguales ante la ley, sin distinción entre sexos o géneros. Sin embargo, la propia norma jurídica sigue sin amparar al sexo femenino del abuso machista, porque la peculiar conformación anatómica del hombre, por su fuerza física y su mayor desarrollo muscular, siempre le otorga ventaja sobre su eventual compañera. Incluso, ante los casos de flagrante abuso, es habitual la revictimización del sexo femenino, azuzado por grupos conservadores, que políticamente tienen su expresión más exacerbada en el Partido Cabildo Abierto.

No en vano, son mucho más habituales los femicidios que nutren cotidianamente la crónica policial que la hipótesis que una mujer mate a su pareja, en la mayoría de los casos para defenderse a ella y a su familia. Aunque el homicidio no es justificable casi en ningún caso, la tesis de la defensa propia debería aplicarse siempre para no penalizar estas conductas.
En Uruguay, gracias al ciclo progresista de quince años, el posicionamiento de la mujer en la sociedad es otro, merced a las leyes que permiten la interrupción del embarazo por voluntad de la eventual madre, la que otorga el derecho a la reproducción asistida, la que penaliza la violencia basada en género, la que consagra la extensión del período de licencia por maternidad, la que otorga el derecho a la mujer a computar un año más de trabajo por hijo, la que ampara la unión libre de parejas con los mismos derechos de los casados incluso entre lesbianas y homosexuales y la que convalida la cuota para la integración de listas al parlamento nacional y, por ende, le otorga una mayor participación a la mujer en la actividad política. Obviamente, la propuesta que fracasó a nivel del Poder Legislativo fue la de paridad, pese a lo cual el Frente Amplio por su cuenta integra listas paritarias.
Salvando la distancia temporal y la coyuntura histórica, porque la “Inmensidad” está ambientada en Roma en la década del setenta del siglo pasado, esta película guarda una intrínseca relación con la formidable “Siempre habrá un mañana”, la disfrutable pero no menos reflexiva comedia dramática de la actriz, directora y guionista italiana Paola Cortellesi, que indaga, con acento crítico, en los patrones de convivencia de una sociedad gobernada por el machismo más radical y recalcitrante.
En ese contexto, la protagonista de esta historia de ficción ambientada en 1946 en una Roma ocupada por tropas norteamericanas, es Delia, una mujer abnegada y trabajadora, que está casada con un hombre rústico y violento y tiene tres hijos, uno de los cuales es una adolescente y dos son varones y niños.
En ese marco, la mujer padece los desmanes de su marido que, apoyado por su enfermo padre, que es tan machista como él y pasa todo el día acostado, ejerce una agresión permanente contra su esposa, quien soporta, casi sin pestañear, los desmanes de su bruto marido. Incluso, además de laborar fuera de su casa cuidando enfermos, dando inyecciones a domicilio y hasta reparando paraguas en un comercio, cumple igualmente con las tareas domésticas y es tratada como una auténtica sirvienta.
Es, a la vez, ama de casa –uno de los oficios más dignos- y una mujer que gana dinero fuera de su hogar, aunque el marido-que además de un tirano es un estafador- le quita lo recaudado, como si se tratara de un mero proxeneta. Sin embargo, esta valiente fémina se las ingenia para ocultar y guardar parte de lo cobrado por sus servicios, porque, pese a que tiene una actitud sumisa, en su interior alberga algún sueño de emancipación.
Por supuesto, las golpizas son permanentes, ya que cualquier pretexto vale para que el hombre ejerza desmedida violencia contra su esposa. Sin embargo, la realizadora se las ingenia, con mucha inteligencia, para reducir los decibeles del eventual impacto provocado por los golpes, ideando una suerte de coreografía, que mixtura lo grotesco con un humor de naturaleza intransferiblemente satírica.
Hasta aquí señalamos las semejanzas y las diferencias entre los dos largometrajes, aunque claramente el contexto, particularmente el social, es sumamente relevante. En efecto, en el caso de la película de Paola Cortellesi, que tiene un sesgo bastante más emancipador, la víctima, en este caso la mujer, pertenece a un hogar pobre. En cambio, en el caso de “La inmensidad”, la víctima de los desmanes de su marido está casada con un burgués de sólida posición económica, acostumbrado, como todos los de su clase social, a perpetrar toda suerte de abusos, particularmente contra los empleados de sus empresas, a quienes, en muchos casos, explotan inmunemente.
En efecto, estos señores, que se creen los dueños de sus empleados –hay abundante experiencia en nuestro país- también suelen creerse dueños de sus esposas y con derecho a hacer lo que les plazca porque, cuando la mujer no trabaja fuera de su casa, se transforma en un ser dependiente. En efecto, no hay solo temor a la violencia. También hay temor al desamparo.
En las dos películas, el tema es el abuso de poder, de una sociedad que, en 1946, en el primer año de la posguerra, estaba gobernada autoritariamente por los hombres, y que, en 1970, también mantenía su statu quo patriarcal. Hoy, en muchos países de Occidente, la realidad es diferente, pero no radicalmente diferente. En efecto, la mayoría de las guerras o todas –en el siglo pasado hubo dos excepciones con la primera ministra israelí Golda Meyer y su homóloga británica Margaret Tatcher y en otros siglos con algunas reinas- fueron declaradas por hombres. ¿Esta circunstancia hace a los hombres más violentos que a las mujeres? Por supuesto, no. La diferencia es que el hombre tuvo y sigue teniendo más poder que la mujer y “La inmensidad” lo expresa en forma realmente elocuente.
La protagonista de este largometraje, que destacada por su ambientación en una Italia económicamente próspera pero no exenta de conflictos políticos que en la historia no se visualizan, es Clara (Penélope Cruz), una española radicada en Italia y madre de tres hijos, que vive bajo el mismo techo que su marido Felice (Vincenzo Amato), un poderoso empresario, en un apartamento de lujo. Por supuesto, la protagonista posee materialmente todo lo que desea o puede desear. Sin embargo, carece del amor de su marido -que virtualmente ha desaparecido- pero sí es amada por sus vástagos.
Ese estado de situación se percibe claramente en la agobiante atmósfera del hogar, marcada por la ausencia del hombre, que está dedicado a su trabajo pero también a otros menesteres que mantiene en reserva, pero obviamente por la rutina.

En efecto, la protagonista- virtualmente anulada como persona por su marido- se ha acostumbrado a no hacer nada para ella. Todo es para su hogar y para sus hijos. Es un ama de casa perfecta, pero lejos de disfrutar esa condición la padece.
Sin embargo, se divierte con sus pequeños, por ejemplo en el momento de preparar la mesa para el almuerzo y la cena, cuando reina la alegría, ya que todos cantan y bailan mientras ubican los platos y los cubiertos.
Tal vez ese sea uno de los únicos instantes de alegría que experimenta cotidianamente, hasta que regresa su esposo y todo parece transformarse en una suerte de velorio, ya que la tensión y el desencanto se perciben como una suerte de fétido hedor a lo desgastado. Esa es la palabra que define precisamente este matrimonio en decadencia.
Empero, a ese cisma se suma otra situación crítica, que por entonces se calificaba como escandalosa, ya que Adriana (Luana Giuliani), la hija mayor, que es una preadolescente de 12 años de edad, se percibe como varón y hace todo lo posible para lucir como tal. En definitiva, es homosexual, pero no una lesbiana en sí misma sino un hombre en un cuerpo de mujer.
Más de medio siglo después, tal vez esta situación no sería tan controvertida. Sin embargo, en ese momento sí lo era, particularmente por la actitud del padre que no la acepta y la reprime en lugar de otorgarle su apoyo y su cariño.
La situación se agudiza aun más cuando esta adolescente de familia burguesa se relaciona con una también adolescente de un campamento de gitanos pobres, que está emplazado al otro lado de un predio separado por un tupido arbolado. Ese lugar opera como una suerte de frontera que no deben trasponer los hijos del matrimonio, fundamentalmente la joven Adriana o Andreas, como ella se hace llamar, ya que desprecia su condición de mujer y se percibe claramente como hombre. Obviamente, se viste como tal y siente los mismos impuestos sexuales que cualquier integrante del sexo masculino. En ese marco, conoce a Sara (Penelope Nieto Conti), una adolescente gitana de la cual se hace amiga, presentándose como un chico y no como una chica. Es habitual que comparta con ella algún juego propio de la edad, que en algunos casos raya con la incipiente sexualidad.
Estos dos problemas se suman a la violencia del marido que no duda en violar literalmente a su esposa cuando esta no quiere tener sexo con él, a las permanentes golpizas que sólo se insinúan a través de ruidos y algunos apagados gritos y a la flagrante infidelidad del hombre, quien se cree con derecho a todo porque es el que sustenta la economía del hogar. Por supuesto, cada vez que la mujer plantea que la mejor opción sería la separación, el hombre, que en realidad es una suerte de dictador, le responde con una contundente pregunta: ¿a dónde irías? Es decir, el no parece dispuesto a irse de la casa, por más que afuera de su domicilio mantiene un vínculo que es más sexual que afectivo con su secretaria. En esa hipótesis, la que tendría que abandonar su hogar sería la protagonista, aunque sin sus hijos. Todo un dilema de muy compleja resolución.
Pese a su hondo dramatismo, la película está jalonada por la cultura disco de la legendaria Rafaela Carrá, entre otras grandes estrellas femeninas de la canción italiana de otrora, partiendo de la tesis que la sugerente Carrá era una mujer profundamente seductora y superlativamente emancipada para la cultura machista de la época. Obviamente, en contrapartida, la protagonista de este film es una mujer sometida, denostada y humillada por su marido burgués, que ostenta todas las ritualizaciones, apariencias e hipocresías propias de su rancia clase social.

Este largometraje, que tiene una visible impronta almodovariana y hasta un aire de culebrón a la italiana, presenta el drama de dos mujeres, una adulta, y la otra adolescente, que padecen, en forma permanente, el radical conservadurismo de la época. Una de ellas por maltratada y humillada y la otra por segregada.
Incluso, en ese mismo escenario están descarnadamente retratadas las inequidades de clase, representadas por esa familia burguesa que vive en su limbo y los pobres gitanos trashumantes, que viven, sin rumbo, y obviamente a la intemperie.
Por supuesto, también en esta historia se visualiza el siempre demoledor peso de la religión, que estuvo claramente alineado con la cultura patriarcal, que le permite al hombre lo que se prohíbe a la mujer. No en vano, la Iglesia es, junto al ejército, la institución más vertical de la sociedad, que ignora radicalmente los derechos del sexo femenino, al punto que jamás una mujer podría ocupar el rango de obispo, cardenal o, por supuesto, de Papa, jerarquías que están naturalmente reservadas a los hombres.
“la inmensidad”, que cuenta con una actuación antológica de Penélope Cruz, que habla un italiano bastante correcto salpicado con el castellano de sus ancestros, es, pese a estar ambientado en la década del setenta, un drama bien contemporáneo, en la medida que replantea la controversia en torno a la supervivencia de la cultura matriarcal, el machismo exacerbado y el autoritarismo, en este caso propio de la elite burguesa, que aplica su impronta de clase hasta en el seno de su propio hogar, partiendo de la errónea e indigerible tesis que el derecho de propiedad puede aplicarse hasta a las propias personas.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
La Inmensidad. (L- Inmmensitá).Italia-Francia/2022) Dirección: Emanuele Crialese. Guión: Emanuele Crialese, Francesca Manieri, Vittorio Moroni, Fotografía: Gergely Pohárnok. Edición: Clelio Benevento. Música: Rauelsson. Reparto: Filippo Pucillo, Luana Giuliani, Penélope Cruz, Vincenzo Amanto, Blanca Li, Clara Ponsot y Aurora Quattrocchi.
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