La culpa es tuya, de la artista plástica, docente, analista de sistemas, poeta y escritora Anna Donner, editada por Ediciones Deletreo en 2024, es la última novela que ha publicado la autora, tras
¿Que tiene ella que yo no tenga? (2016), La judía de Montevideo (2012), El amo de Mi Memoria (2017), El espejo vacío (2017), Quiero un príncipe inglés (2019), El Hijo de la ciudad (2019), Made in 1981 (2015, editada en Argentina), y La Cáscara (2022). En poesía ha publicado La Herencia (2014, epopeya), Molinos de Vientos (2021), Amarse con los ojos cerrados y las piernas abiertas (2013, humorística), Mis oídos tienen memoria (2019, antología), Diario de mi pandemia (2022, diario biográfico de los meses de marzo, abril y mayo de 2020). Además de ello debemos incluir Era un monstruo y no la revolución (performance, 18 Festival de Poesía La Habana, 2016) y Un solo mare e la paruola (antología poética de poesía italiano/español de Asociazione Grecam Roma, 2017).
Reseña de un libro de Anna Donner por Sergio Schvarz acompañada de la imagen de tapa.
En la presentación de esta novela, que se realizó en el Mercado de la Ciudadela en diciembre de 2024, Sergio Capurro realizó algunas consideraciones sobre esta obra. En primer lugar se refirió a la situación de la mujer que en los años 80, que es el tiempo en el que está ambientada, se sentía “aplastada por el universo”, en una condición de aislamiento y encierro (como también sucede hoy en día, a pesar de lo que se ha avanzado en el reconocimiento de los derechos femeninos). En segundo lugar recalcó la importancia de las obsesiones en el comportamiento de la protagonista, Alina, el tema de la salud mental como tabú y la internación compulsiva como recurso para castigar a las mujeres independientes y que no se someten al orden patriarcal. Junto a ello habrá trastornos de ansiedad y depresión. Además, trasluce la incomprensión del mundo femenino y, sobre todo, el mandato social que la quiere obligar a una serie de imperativos sociales que le son impuestos, como la maternidad no como algo deseado sino como una obligación, la discriminación al distinto, el bullying, la burla, el ridiculizar al “raro”.
Lo cierto es que esta novela gira en torno a la culpa, la culpabilidad que siente la mujer protagonista, y el sentimiento disminuyente de la culpa. Desde el principio hay consideraciones sobre “lo normal”, que es lo que forma parte de la norma y, por contraposición, los que están del otro lado, anormales o locos. Esas consideraciones iniciales dan el marco necesario para contar algo que, si bien ha sido catalogado hasta no hace mucho de “normal”, de “natural” en el concierto de las relaciones humanas, nos atreveríamos a demostrar, de pique, que es todo lo contrario, y que si antes se aceptaba este estado de cosas nunca debió permitirse. Por suerte hoy hay otro tipo de conciencia sobre esos aspectos de la convivencia en sociedad, aunque, por cierto, la violencia de género y los femicidios lejos de disminuir han aumentado desde la pandemia del 2020.
Conformada por capítulos cortos, donde cada capítulo tiene un subtítulo que centra el discurso, podríamos decir que la obra es casi una nouvelle pero más bien un cuento largo, si atendemos que en
el cuento hay un personaje central y uno o dos accesorios y, teniendo en cuenta que la novela tiene profusión de personajes principales, secundarios y subsidiarios, no podemos catalogarla de esa forma. “Tiene la costumbre de dejar todo anotado, porque teme que un día los recuerdos la abandonen para siempre” (p. 13), donde busca definir, precisar, “cada cosa que le sucede”. El objeto de la narración es el Yo, aunque narrada en tercera persona, lo que podríamos inscribir la obra dentro de la autoficción, el apropiarse, por medio de la escritura, de su propio Yo, entre otras cosas porque expresa la voluntad de dejar registro de hechos y actos. El escribir, donde y cuando se desenvuelve la historia, es una forma de “hacer castillos de palabras”. Cada tanto se intercala otra voz, en letras cursivas, donde se hace presente un narrador heterodiegético, omnisciente, que cuenta lo que sucede desde una posición externa, objetiva, aunque en realidad pareciera ser una proyección, una película, como un trozo del pasado que se presenta, con imágenes, en su mente.
El tiempo de la narración es “el vacío del estío”
La paradoja de los miedos
La ciudad vacía “es un tesoro” y Alina piensa que “podrá salir a la calle desposeída de las miradas ajenas y eso le provoca un alivio agridulce, (pero) si algo le sucede no tendrá a quien recurrir”. A la vez sentirá pánico a salir a la calle, el vestirse para salir y comprobar que tenga lo necesario es toda una ceremonia. Ese vacío de la ciudad se traslada al personaje, “siente que es parte de la nada”. Hay algo, un dolor antiguo, “eso que interrumpe cualquier momento placentero”. Porque “se siente en un callejón sin salida, es incapaz de estar sola pero tiene fobia a la gente, le da pavor que la vean y la juzguen”. Por suerte tiene la escritura: “las palabras siempre me salvan. Porque escribir era –es– “crear algo bonito” (y, sobre todo, poner en orden el caos del mundo).
Sin embargo hay un memoria borrosa que es como una “ceguera mental”, una nebulosa en donde se confunden los verdaderos recuerdos y los recuerdos implantados (y en este sentido esta obra afronta, por la vía de los hechos que se narran, una indagación acerca del recuerdo y la memoria, una memoria personal inscripta en un momento histórico determinado, donde impera un régimen dictatorial con un discurso que relega al olvido todo lo que no desea que permanezca o que lo contradiga).
Hay ciertas zonas de la conciencia que “le está vedada” a la protagonista. “Piensa que es responsable de algo siniestro y por eso alguien robó parte de los recuerdos que le impiden comprender su vida”. Por ello Alina “está ciega de recuerdos”, como suele suceder cuando alguien ha tenido eventos traumáticos. Ese recuerdo es “el golpe de una puerta que se abre y cierra”, donde “lo único claro es la maternidad”. También ella “supone que por alguna razón le han quitado a su hija. Pero ignora cuándo y cómo. El vientre huérfano, la matriz desgarrada, el cuerpo roto”.
Hay algo oscuro, que parece bordear el delito, que comienza a asomar, un acto terrible que, en cuya violencia, le provoca un hiato en sus recuerdos, pero que se suspende allí, etéreo, presente, como un dolor por ahora difuminado por cuanto no puede localizar el punto exacto donde se manifiesta el sufrimiento. Tiene pesadillas donde su hija se le aparece como una extraña, los ruidos de la casa la sobresaltan, sus nervios están alterados. “Se siente a salvo en su rutina y a la vez presa. Esa contradicción la saca de quicio y es incapaz de resolverla”. Como resultado de todo eso se va configurando un cuadro de extrema angustia en el personaje.
La mirada de la realidad que no se quiere ocultar, más allá del temor: “…ve un bulto, supone un hombre durmiendo en la calle y lo esquiva…”, casi como si fuera un animal. “¿Cuántas veces ha dicho que todas las personas son iguales? (…) Se siente un asco de persona. Sin detenerse a pensar nada, pega la vuelta. Camina rápido hasta la panadería y compra una docena de bizcochos. Sale y vuelve donde el hombre”. Ahora “Alina se siente bien. Hizo algo bueno” (la buena acción del día, que redime de todos los pecados).
Nos ofrece la concepción político-ideológica que la define: “Alina admira a los que militaron durante los años setenta porque arriesgaron la vida por un mundo mejor. Pero si le hubiera tocado ser una estudiante en la época del Mayo Francés le daría terror. Se piensa en la calle, en medio de tiroteos, y siente escalofríos. No hubiera durado un minuto sin cantar al primer toque de picana. Por eso idolatra a esos mártires. Le habría encantado ser guerrillera. Sin embargo, siente alivio cuando piensa que no pudo elegir porque creció en plena dictadura” (p. 21), hemos de recordar que esto sucede en los años 80. “El país fue víctima del terrorismo de Estado cobrándose la vida de muchas personas mientras ella vivía en la Luna de Valencia”. Y “piensa en Sara Méndez. Ella no tuvo la culpa de que le quitaran a su hijo, se lo robaron porque arriesgó su vida por un mundo mejor”.
Sin embargo la voz, esa voz cavernosa que repercute en su cabeza, insiste, machacona: “algo habrás hecho”. Porque “ellos (los otros) la juzgan por no ser una mujer de su casa. Por no priorizar la atención al marido, que llega cansado y necesita cenar. El marido no dice nada. Es cómplice. Ella debe esforzarse más. Es una mujer casada que todavía está estudiando”. Luego llegará el embarazo, “la familia del marido afirma que no será una buena madre. El marido no los contradice. Es cómplice”. Y, también, “¿Alina tiene la culpa de haber enfrentado a su marido y su familia?”. Y ese intentar ser ella misma la llevará a un enfrentamiento con el marido, que amenaza con internarla en un loquero, amenaza que se convertirá en real.
Discusiones, llantos, gritos, advertencias, “sólo cuatro fueron las pastillas que tomó. Se ha degradado de todas las formas posibles. Como persona. Como mujer. Como madre. Porque con esas cosas no se juega. Pero en ese momento, la desesperación le ganó la partida”. (p. 26) Y “nunca imaginó que aquel amor podría transformarse en su peor enemigo. Como nunca le pegó, no se le ocurrió pensar en violencia de género”. (p. 26)
Las otras formas de la violencia
Esta frase lo resume: “Un macho que jamás imaginó que su mujer lo dejara, reaccionó como una fiera y decidió pegarle donde más dolía”. “Alina no importaba como sujeto, sino como un automatismo del que se esperaba cumpliera con excelencia con las tareas “de mujeres” ”, y ella “se esforzaba por encajar pero estaba cada vez más lejos”. Son esas “Piedras de la Culpa”, que se acumulan, y todo lo que hace o lo que no hace es juzgado por los demás, y ellos son la voz cantante, ordenadora, de la comunidad, la que dicta el comportamiento, lo normal –el sacrificio, el postergar su propia esencia, el ser el deseo de los otros y negar su propio deseo– y lo no normal; “si se ocupara de las tareas propias de “su sexo” no tendría depresiones ni angustias” (p. 32), es decir, las tareas propias que se le han asignado desde el momento que nació, sólo por su condición biológica de género.
Tiene fobia al polvo, a los pelos y la mugre, y la limpieza se transforma en un castigo y en una forma de conjurar el odio, la limpieza a fondo, sin descanso, porque “una verdadera señora no se permite sentir el cansancio”, y esa limpieza termina siendo una obsesión, una obsesión malsana. Tendría que haber hecho “buena letra” y no dejar al marido; porque “si ella hubiera hecho buena letra ahora su hija estaría a su lado”, es decir, “callarse todo, aguantar, servir, ser fuerte. Ser nadie”, un objeto, en suma, y no un sujeto que pesa cuarenta y dos kilos y piensa “que no comer es lo mejor del mundo. No comer le causa placer”.
“Se siente orgullosa de no ser una gorda. Piensa que las gordas no hacen el más mínimo sacrificio, son gordas porque comen, se pasan todo el día comiendo, no paran, y después se quejan. Ser flaca no es para cualquiera, hay que trabajar duro, por eso ella se felicita y se enorgullece. Piensa que no comer es una actitud que requiere esfuerzo. Son gordas y se quejan porque los hombres no las miran. ¿Acaso creen que pueden seducirlos con esos cuerpos gordos? Los cuerpos gordos le dan asco” (p. 39), con lo que podríamos elaborar el resumen de una teoría del asco, provocada porque es víctima de abuso (el gordo le pide que lo bese y le dice que “si cooperás, tu novio va a volver contigo”), pero como el gordo, “que coordinaba el grupo de jóvenes” que se reunían para hablar sobre sus preocupaciones mutuas, no la violó, no se configuraba, para ella, el abuso.
Sus amigas no le creyeron, y pensaron que estaba loca.
El final es atroz, imponiendo un corte desgarrador. La protagonista pierde la noción del tiempo y el otro discurso, en letras cursivas, se entromete en la historia (y la complementa), una voz que narra desde afuera, un narrador, como hemos dicho al principio, heterodiegético, omnisciente. Allí se nos cuenta desde el momento que Alina está “en el piso de un calabozo mugriento”. El oficial gordo, el mismo que le había pedido un beso, la viola y la tortura.
De vuelta en el apartamento le reclamará al marido para que le devuelva a su hija, pero ya está escrito que “nunca vas a ser feliz”.
“–Esto es por tu bien” –dice una enfermera, al momento de darle una inyección.
Las últimas palabras quedarán resonando en el aire como la sentencia inapelable de un patriarca: “algo habrás hecho”.
(La culpa es tuya, de Anna Donner, Deletreo Editorial, 2024, Montevideo, Uruguay, 47 páginas)
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