Desde Cuba: la hora de los hornos o temporada de huracanes

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  La Lornada: Luis Hernández Navarro, enviado / La Habana. Sentado en un rústico bar en el Callejón de Hammel, que anuncia como su especialidad “El Negrón”, un cóctel elaborado a base de ron, albahaca y miel, entre pinturas, murales y esculturas, muchas dedicadas a deidades santeras, Mario sentencia: “somos especialistas en huracanes. Llegan con sus diluvios, pero pasan y seguimos con nuestra vida. Bailamos, bebemos, comemos, disfrutamos. También somos especialistas en beisbol y en crisis. Las hemos pasado todas. Esta que está provocando Trump no es especial, por más dura que sea. Es una más. Ya pasará”.

Es la misma actitud que tiene un grupo de jóvenes estudiantes de Derecho, que, dirigidas por un coreógrafo, montan un bailable en los patios de la Universidad de La Habana, apenas a unos pasos de una pinta en la acera con la consigna: “Palestina Vencerá!”. Danzan al compás de una canción que suena en un teléfono celular. El lunes habrá un festival cultural en la Plaza de las Artes y ellas ensayan con alegría para participar. Para las futuras abogadas, la vida continúa a pesar de la incertidumbre y las dificultades de los nuevos tiempos.

 

ImagenJair Cabrera Torres

Como sigue para las decenas de vendedores ambulantes, que, en rudimentarios puestos desperdigados en distintas calles, despachan papas, pimientos, cebollas, jitomates, plátanos, papayas, guayabas. O para quienes hacen fila para comprar su pan, en una panadería con una fachada azul que anuncia “Cuba vive y trabaja”. El pequeño comercio florece. Es evidente en la proliferación de esos negocios, pero, también en diversos restaurantes privados, en los que los comensales son cubanos y no solo turistas. Hoy hay menos tránsito en las calles. Circulan menos vehículos. La escasez de combustibles es palpable. Muchas estaciones de servicio están cerradas, por falta de gasolina. Pero la ciudad fluye. Hay mucho movimiento. Los peatones van y vienen. En el malecón, cerca a la estación de ferrocarriles, la gente pesca. Cuando la noche cae, los barrios se llenan de jóvenes realizando actividades culturales, o jugando fútbol o basquetbol.

A pesar de las dificultades, los cubanos se adaptan para seguir su día a día. Llevan más de 60 años inventando soluciones novedosas, llenas de ingenio, a los desafíos que plantea el bloqueo económico. Solo que ahora, ha crecido la indignación contra Donald Trump. Yadira lo expresa con claridad. Ella es una mujer rubia de ojos claros y 32 años. Hace dos que salió de la Isla para tratar de llegar a Estados Unidos. Dejó a su hija de 9 años y a su niño de 7 con sus abuelos. Pero no alcanzó la frontera y se quedó en la Ciudad de México. Trabaja en una pescadería del mercado de Nonoalco. Ahora regresó a La Habana.

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“Por más que esté lejos -dice- hay un pedacito de mi corazón que está en Cuba, y no son sólo mis hijos… No quisiera que pasara nada malo en mi tierra. A mí no me gusta la política, pero lo que estamos viviendo con Trump va más allá de la política. ¿Por qué tiene que venir alguien que no es cubano a decidir cómo tenemos que vivir?”

Quienes apuestan a precipitar un “cambio de régimen” estrangulando la vida de un país, olvidan los resortes que, como en el caso de Yadira, mueven los corazones de ciudadanos de a pie. Sin embargo, lo siguen haciendo.

No es la primera ocasión en la que se anuncia el fin de la utopía antillana. En 1991, el periodista Andrés Oppenheimer publicó el libro La hora final de Fidel Castro. Diez años después fue reeditado. La obra se presentó como resultado de una estancia en Cuba de seis meses y más de 500 entrevistas con integrantes de la oposición y altos funcionarios del régimen.

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Oppenheimer es un periodista argentino, colaborador de The Miami Herald y de CNN, que vive en Estados Unidos, con vínculos estrechos con el exilio cubano en Miami. Su libro describe lo que debió ser el supuesto derrumbamiento del poder de Fidel Castro, tras décadas al frente de la Revolución. Anticipaba la inminente caída del comandante y el colapso del castrismo en la isla.

Pero sus sueños húmedos se evaporaron. Sus vaticinios sobre la inminente caída del régimen cubano, elaboradas al calor de la desintegración del Bloque soviético y la desaparición de la URSS, resultaron pólvora mojada.

Profusamente difundidas como si fueran la Biblia en periódicos y televisión, no se cumplieron. Fidel Castro murió en noviembre de 2016, fue relevado por su hermano Raúl y luego por Miguel Díaz-Canel.

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Contra viento y marea, con múltiples dificultades, con reformas sui generis y ahora con solidaridad internacional encogida, el modelo cubano sobrevive, a pesar de todos los augurios que anuncian su inminente desaparición.

Como sucedió en su momento con Oppenheimer, la agresión militar estadunidense en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro han provocado el renacimiento de la profecía sobre el inminente fin de la Revolución cubana. La fantasía se alimenta de la importancia que el chavismo tuvo para la sobrevivencia del proyecto transformador en la Isla.

En tiempos de Hugo Chávez, se llegaron a distribuir hasta 100 mil barriles diarios, y, tras el cerco económico contra el madurismo, entre 2021 y 2025, la cifra disminuyó en tres cuartas partes, a 30 mil barriles diarios. La Habana produce solo 40 mil de los 100 mil barriles que necesita diariamente. Y su importante plan para cambiar la matriz energética del país impulsando fuentes renovables que le permitan depender menos de combustibles fósiles avanza a un ritmo más lento que sus necesidades.

Ciertamente, la isla vive tiempos muy difíciles. El cerco energético se ha estrechado con la amenaza de Donald Trump de cobrar aranceles a los países que abastezcan de combustible a la Isla. Y ese bloqueo tiene consecuencias en salud, alimentación y, por supuesto, la vida cotidiana. Los cubanos sufren apagones intermitentes y prolongados, escasez y privaciones no vistos desde el “periodo especial” de crisis económica, entre 1991 a 1995.

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Pero eso no significa que esté a la vuelta de la esquina un inminente colapso ni un “cambio de régimen”. A juzgar por la determinación de resistir de tantos cubanos, y la cohesión social nacida del rechazo a los desplantes intervencionistas de Trump, como en tantas otras ocasiones en el pasado, este anuncio sobre la inevitabilidad del fin de la Revolución cubana más que una realidad, parece augurio nacido de los deseos de sus malquerientes y de la necesidad del trumpismo de ganar votantes de cara a las elecciones intermedias de noviembre.

Para justificar la idea de que “el cambio de régimen” camina, diversas plataformas informativas en la órbita de Washington, difundieron ayer y hoy, la versión de que el mensaje del presidente Miguel Díaz-Canel de este 5 de febrero, llamando a Estados Unidos a sostener un diálogo serio, era un cambio de postura del gobierno cubano hacia ese país, provocado por el decreto de Trump contra la mayor de las Antillas, del pasado 29 de enero.

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Arleen Rodríguez, guantanamera y gran cronista, Premio Nacional de Periodismo José Martí por la Obra de la Vida y amiga de juventud del mandatario cubano, sostiene que no es así. No hay -asegura- ningún cambio de postura de su país, y sí coherencia con su histórica disposición al diálogo y entendimiento con Estados Unidos, sobre la base de la igualdad y el respeto mutuos.

Desde su punto de vista, la nueva fase de la ofensiva contra Cuba, arranca con el genocidio en Gaza y la parálisis mundial para frenarlo. Es, dice, recordando la carta que desde Nueva York, en diciembre de 1891, José Martí escribió a José Dolores Poyo, “la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que luz”.

 
06 de febrero de 2026 23:24
 
 

 

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