También blanco es el pelo nacionalista

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Me imagino la incomodidad de los blancos, de los blancos en serio, ante el pase a la Comisión de Etica partidaria de la conducta de dos ediles de la lista 22 que votaron según su leal saber y entender, y consideración debida al voto que los llevó a la Junta Departamental de Montevideo. Su voto facilitó una política de Estado respecto de obras necesariamente de mediano plazo, y realmente necesarias, según fue ampliamente fundamentado en sala y en las muchas conversaciones que precedieron. El intendente de Montevideo Mario Bergara estuvo en ellas, o estuvo en la barra atendiendo a las sesiones. No había nada más importante para su nutrida agenda que sacar adelante esas obras, y lo hizo.

El diario El País tituló su edición de hoy miércoles con una cita de quien lidera la lista 22, Santiago Caramés: “Se dejó entrever que no seríamos parte del próximo gobierno si votábamos”. Le mostraron la fusta del poder que es para ellos el Estado; el título del diario es una definición a recordar de esa forma de hacer política del herrerismo.

No debemos ser los primeros en recordarlo, pero no está de más hacerlo: el Partido Nacional históricamente ha lucido con orgullo su perfil de caudillos indómitos y de rechazo a las imposiciones de los aparatos montevideanos, y se autopercibe como el «partido de los hombres libres».

Han dicho los blancos que esa definición es parte constitutiva de su ser político, que forma parte del ADN cultural e identitario del partido, vinculada a valores como la autonomía, el caudillismo independiente y la resistencia al centralismo. Me temo que ya no, o al menos, ya no tanto. Es francamente espantoso lo que esto sugiere si se sacan inferencias de ese autoritarismo, se comparan con otros de la historia mundial, y se lo reconoce en la cerrazón política de quienes fueron gobierno y hoy oposición.

Ellos, y los que son de otra divisa, saben que por ser uruguayos los ampara el artículo 7 de la Constitución: «Los habitantes de la República tienen derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. Nadie puede ser privado de estos derechos sino conforme a las leyes que se establecieren por razones de interés general.»

Y sin embargo, desde las filas del Partido Nacional se expresa con autoridad vertical el pensamiento único ¿Eso es lo que hay hoy en el Partido Nacional? ¿Por qué no acepta el herrerismo la pluralidad de voces en el seno nacionalista? ¿Por qué empuja a quienes tienen matices de diferencias a recobrar la distinción entre blancos y nacionalistas, para poder ser? Es inevitable considerar que ese autoritarismo vertical es en verdad una muestra de debilidad.

Y, pruebas al canto, la unanimidad no existe en ninguno de los tres mayores partidos políticos del país, y tampoco en el Independiente. Pero la voz que aparece como la del Mesías y sólo dice «29», cree, evidentemente, que su divisa es otra y no la de caudillos indómitos. Y hasta que Él no reaparezca en la escena cotidiana, nada sustancial ocurrirá en el campo de Marte, pues violenta es en definitiva su manera.

 

 

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