/ Las perspectivas políticas del Brasil no se resumen en la mínima diferencia que las encuestas le están dando a Lula sobre Flávio Bolsonaro ante las elecciones presidenciales del 4 de octubre. No se debe perder de vista que el ex presidente Jair Bolsonaro logró darle presencia protagónica a la derecha fascistoide de los 1930 y resurgida con el golpe de Estado de 1964 y sus 21 años en el poder. Ella está allí, y con el conjuro adecuado de palabras y gestos, vuelve a escena.
Hoy, la ultraderecha en Brasil está articulada en torno al fenómeno político del bolsonarismo, un movimiento que combina populismo radical, nacionalismo conservador, liberalismo económico ortodoxo y una agenda fuertemente tradicionalista. El panorama se define a través de sus principales organizaciones, grupos de presión y las perspectivas políticas vigentes de cara al ciclo electoral de 2026.
Intenta dominar el escenario por cuarta vez en los últimos cien años, y es del caso repasar la historia. La presencia de la derecha política en Brasil durante la década de 1930 estuvo marcada por la polarización ideológica, el auge del fascismo y la consolidación del autoritarismo de
Estado. En un contexto internacional sacudido por la Gran Depresión y el ascenso de los totalitarismos europeos, la derecha brasileña se dividió y reorganizó en torno a dos ejes principales: el fascismo de masas de la Acción Integralista Brasileña (AIB) y el autoritarismo nacionalista-estatista encabezado por el presidente Getúlio Vargas.
Tres décadas después, la derecha política y civil tuvo un papel fundamental y coorganizador del golpe de Estado del 31 de marzo de 1964 en Brasil. No fue un levantamiento estrictamente militar, sino una acción cívico-militar donde los sectores conservadores prepararon el terreno político, ideológico y social para deponer al presidente democrático, João Goulart.
Los principales frentes y dinámicas a través de los cuales operó la derecha en este quiebre institucional incluyeron la oposición partidaria e institucional, principalmente de la Unión Democrática Nacional (UDN), principal partido de la derecha liberal-conservadora. Liderado por figuras como Carlos Lacerda (gobernador de Guanabara), fue el mayor instigador civil del golpe en el Congreso, boicoteando las «reformas de base» (agraria, fiscal y educativa) promovidas por Goulart. A esto se sumaron gobernadores de los estados de mayor potencia económica, como Magalhães Pinto (Minas Gerais), Adhemar de Barros (São Paulo) y el propio Carlos Lacerda. Ellos conspiraron directamente con los generales golpistas y pusieron a sus policías estatales a disposición del levantamiento.
El gobierno del hoy encarcelado Jair Bolsonaro (2019-23) siguió una línea política de extrema derecha, políticas ultraconservadoras y una fuerte polarización social.
Su gestión, marcada por el militarismo y el choque con instituciones democráticas, impulsó una agenda de privatizaciones, reducción del tamaño del Estado y reformas estructurales, aumento histórico de la deforestación y los incendios en la Amazonía, generando fricciones con la comunidad internacional. En su manejo de la pandem, rechazó las cuarentenas estrictas, cuestionó públicamente las vacunas y minimizó la gravedad del COVID-19, con un costo sanitario presumiblemente muy alto. En ese marco, enfrentó serias crisis simultáneas y terminó con su derrota electoral frente a Luiz Inácio Lula da Silva.
Jair Bolsonaro no quiso aceptar el fallo de las urnas; conspiró y terminó condenado por liderar un intento de golpe de Estado y otros cargos, derivando en una sentencia de prisión de 27 años y tres meses. Este hecho, primero en la saga, es de gran importancia política y esperemos que trascendental.
Pero los dictadores pasan y la derecha queda. Hoy, el Partido Liberal es el principal vehículo electoral de la ultraderecha brasileña. Bajo la fuerte influencia de Jair Bolsonaro, se consolidó un megabloque parlamentario de 101 de los 513 diputados federales que viene funcionando como el núcleo orgánico del movimiento conservador en el Congreso.
Su «Bancada BBB» (Buey, Biblia y Bala) es el motor de presión más influyente en la política de Brasil, compuesto por tres frentes transversales:
a) «Buey» (Boi) es el Frente Parlamentario de la Agropecuaria (FPA), que defiende los intereses del agronegocio, la desregulación ambiental y la expansión sobre tierras indígenas.
b) «Biblia» abarca a los políticos evangélicos neopentecostales orientados a la defensa de los valores de la familia tradicional y a combatir las políticas públicas de género.
c) «Bala», son los defensores de la flexibilización en la posesión de armas de fuego, el endurecimiento penal y el apoyo irrestricto a los cuerpos policiales y militares.
A esto se suman grupos militantes de redes sociales y redes de desinformación, con estructuras descentralizadas en plataformas como Telegram, WhatsApp y X, que movilizan a las bases mediante discursos polarizantes, antipetistas (o sea, de oposición al Partido de los Trabajadores) y de desconfianza hacia las instituciones democráticas y judiciales.
Además, hay movimientos radicales y neofascistas, que conforman células extremistas menores compuestas por un variopinto de motivaciones: desde grupos nostálgicos de la dictadura militar hasta facciones neointegralistas, que son herederas del fascismo brasileño de los años 30, y grupos supremacistas periféricos.
Ante la prisión a Jair Bolsonaro y la grabación que dio publicidad al intento de su hijo Flávio de lograr dinero sucio en una cifra fastuosa para financiar una película que presionara a favor de su padre, la situación de la derecha está hoy efectivamente debilitada, lo cual explica la pequeña diferencia de las encuestas a favor de Lula.
El análisis politológico que es de recibo señala que la ultraderecha brasileña enfrenta hoy un momento de reconfiguración y fragmentación interna tras la condena e inhabilitación judicial del expresidente Jair Bolsonaro por su responsabilidad en el intento de golpe de Estado de 2023.
Eso desató una crisis de sucesión dentro del propio clan Bolsonaro. La designación de Flávio como el candidato presidencial para enfrentar a Luiz Inácio Lula da Silva generó resistencias ya antes de conocerse la grabación del sucio negocio de la película, que sólo aumentó con la grabación del negociado afectando a sectores más alejados del núcleo que decide, y en consecuencia, más amplios, del electorado.
Análisis recientes y foros empresariales reflejan desconfianza en la capacidad de liderazgo de Flávio, lo que ha provocado una caída de sus expectativas en las encuestas y un debilitamiento de su candidatura. Esto abre espacio a figuras alternativas de centroderecha y derecha radical, fundamentalmente regionales, que tienen mayor pragmatismo político y el respaldo del sector corporativo.
El nombre paradigmático es el de Tarcísio de Freitas, actual gobernador del poderoso estado de San Pablo, afiliado al Partido Republicano pero muy cercano a Bolsonaro. Tarcísio de Freitas surge como una de las opciones más viables para aglutinar el voto de derecha no radicalizada.
Se agregan a la puja figuras del bloque conservador, que buscan posicionarse como alternativas viables frente al electorado moderado.
Mientras que el discurso de la polarización extrema en redes sociales mantiene su nicho, diversos analistas coinciden en que una gran franja de los votantes brasileños se está alejando de las disputas puramente ideológicas para sufragar de forma pragmática por factores económicos del día a día, como inflación, empleo y mejoras materiales directas.
A pesar de las fracturas internas por el liderazgo presidencial, la ultraderecha conserva un enorme poder de veto y negociación gracias a su masiva presencia en el Congreso. El movimiento mantiene una firme alianza internacional con corrientes del conservadurismo global (como el trumpismo en Estados Unidos o el populismo radical en el Cono Sur), lo que asegura su persistencia en el debate nacional a largo plazo como una fuerza opositora de gran intensidad.
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