Hace 106 años moría Florencio Sánchez

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A las 3 de la madrugada del 7 de noviembre de 1910, en el Hospital de Caridad “Fate Bene Fratelli” de Milán, enfermo de tuberculosis moría Florencio Sánchez, uruguayo, militante anarquista, perseguido por la policía, periodista, escritor.
Tenía 35 años.

Vivió en Montevideo, Rosario de Santa Fe, Buenos Aires, La Plata. Fundó El Trabajo, primer diario anarquista del Uruguay. En 1901 la policía quiere encarcelarlo por su prédica libertaria en conferencias y mitines y Florencio se escapa a la ciudad argentina de Rosario. Allí es secretario de redacción de La República pero se queda sin trabajo mi-hijo-el-dotorcuando los periodistas lanzan una huelga y él se pliega a la lucha. Se suma a la pelea de los trabajadores de la refinería de azúcar. Con otros compañeros da nacimiento a La Época y simultáneamente escribe piezas teatrales de contenido social.

Su obra La gente honesta es prohibida y el escritor es golpeado frente al teatro por la policía. Perseguido por la Ley de Residencia, que autoriza al Poder Ejecutivo a expulsar a agitadores extranjeros que fomentaran conflictos obreros, Florencio abandona la ciudad santafesina y viaja a Buenos Aires donde se incorpora a la redacción del diario anarquista La Protesta, que termina siendo asaltado por la represión y prohibido y se edita clandestinamente cada noche en una imprenta distinta. En 1906 se instala en La Plata y en 1909 el presidente uruguayo Claudio Williman lo llama y le encomienda viajar a Italia para una misión relacionada con una exposición artística en Roma. Ya no volvería a su tierra.

En la fecha de su muerte, el 7 de noviembre se conmemora el Día del Canillita en la Argentina y el Uruguay Florencio Sánchez dejó una obra teatral de la que se destacan M’hijo el dotor, Canillita, Cédulas de San Juan, La pobre gente, La gringa, Barranca abajo, En familia, El desalojo.

Dejó también escrito un testamento de breve texto: «Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos”.

Por William Puente
Periodista
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