CINE | “Nomadland”:Los habitantes de la periferia

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La descomunal farsa del idílico sueño americano y la peripecia de una sociedad atravesada por el mito y los delirios de grandeza, es el disparador temático de “Nomadland” (Tierra de nómades), el tercer largometraje de la realizadora de origen chino Chloé Zhao, que obtuvo el Oscar a la Mejor Película que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood en su edición 2021.

El film constituye un potente testimonio del desencanto de miles de norteamericanos, que viven al margen de los cantos de sirena de un capitalismo disfuncional y excluyente, muy similar al de las naciones del denominado Tercer Mundo.

Aunque la película no posee la fuerza de un alegato político, si denuncia- con singular agudeza y rigor crítico- la situación calamitosa de sectores marginales que sobreviven malamente a la intemperie, en un país con una alta tasa de desocupación e informalidad y niveles de pobreza en muchos casos africanos.

Tal es la dramática trastienda del sistema que presenta “Nomadland”, que, al igual que emblemáticos y aclamados títulos como “Perdidos en la noche” (1969), del iconoclasta realizador John Schlesinger, y “Espantapájaros” (1973), de Jerry Schatzberg, desnuda las venas abiertas de un modelo económico y social obscenamente asimétrico.

Sin alcanzar la inconmensurable estatura cinematográfica de las obras antes mencionadas, este trabajo también contribuye a demoler el discurso maquillado y distorsionado de quienes venden a la sociedad estadounidense como un modelo a emular con valor de exportación.

Si bien la historia carece de la impronta trágica de las obras maestras de Schlesinger y Schatzberg, destila igualmente amargura y desencanto y dispara más de una reflexión en torno a la indudable incidencia de la construcción de los relatos.

En tal sentido, “Normadland” descubre al otro Estados Unidos, donde habitan seres marginados y desarraigados, que viven como pueden y con lo poco que tienen, en un registro artístico que mixtura el formato documental con lo testimonial.

Si bien todos los personajes del galardonado film son ficticios, sus peripecias pueden ser perfectamente extrapolables a personas que viven en estos lares e incluso de un Uruguay con cada vez más pobres y personas en situación de calle.

La protagonista de este removedor cuadro dramático es Fern (formidable Frances McDormand), una madura viuda que abandona la desaparecida ciudad de Empire, en Nevada, lanzándose a la aventura a través de las vastas carreteras de su país, a bordo de una furgoneta que deviene en vivienda rodante y con escasas pertenencias.

Su reacción se origina en el profundo dolor que le provocó la definitiva partida de su marido y en las escasas o casi nulas oportunidades de empleo que ofrece el lugar, por la quiebra de una fábrica de yeso a raíz de la caída de la demanda del producto.

Esta situación constituye un cabal testimonio del derrumbe del complejo industrial de los Estados Unidos y del redireccionamiento del capital productivo, que ha devenido especulativo. En esas circunstancias, ya nada la ata a ese espacio que ya no le pertenece y al cual, naturalmente, ahora se siente ajena.

Naturalmente, sola en el mundo y a priori sin tener en quién ampararse, asume el desafío de tomar sus propias decisiones y alejarse del lugar que por mucho tiempo fue su hogar, con un horizonte de absoluta incertidumbre.

Si bien la película fue rodada antes de la debacle económica y social provocada por la pandemia que azotó con singular rigor a los Estados Unidos cuando aun el paranoico Donald Trump era el inquilino de la Casa Blanca, igualmente denuncia un cuadro realmente desolador, que retrata una realidad tan dura como inclemente.

Entre la aspereza, la melancolía pero naturalmente sin olvidar su pasado, este personaje femenino introvertido y nada comunicativo, aspira a redescubrirse y a recuperar la felicidad perdida, en un Oeste que no conoce.

En ese contexto, su vida muta en una auténtica épica de supervivencia, que alterna trabajos informales en empresas que explotan despiadadamente a ancianos jubilados y períodos de inactividad en los cuales apela la solidaridad como barrera de contención contra la infelicidad.

Empero, más allá de sus eventuales vicisitudes, Fern visualiza un nuevo mundo, en el cual interactúa con personas tan desamparadas como ella, que viven en comunidad. Por supuesto, se trata de seres humanos sin radicación ni arraigo.

Allí conoce, entre otros, a Dave (David Strathairn), un hombre tan traumado como desencantado, con quien entabla una entrañable amistad de naturaleza meramente platónica.

Para la madura viuda la clave es vivir el día a día, alimentarse con lo que se tiene, vestirse humildemente e intercambiar con otros compañeros de aventura, en una suerte de economía de trueque que nos retrotrae en muchos aspectos a miles de años y a los orígenes mismos del mercado.

En cierta medida, se trata de un vida bastante más sana que la de las grandes urbes, en contacto directo con la naturaleza y despojada de la contaminación ambiental y de la que produce el propio mercado, con sus cantos de sirena que no generan felicidad sino la necesidad de lo que realmente no se necesita.

La historia presenta la vida en comunidad como una suerte de paraíso aislado del mundanal ruido, donde prevalece el cariño y la preocupación por el otro, sin egoísmos ni actitudes mezquinas.

Obviamente, estos espacios contrastan radicalmente con el malhumor y la alienación de un país sumido en la violencia, donde el espíritu de competencia se transforma en una suerte de guerra cotidiana por la quimera del éxito.

Más allá de eventuales desventuras, la peripecia existencial de la protagonista y de sus compañeros de odisea sintoniza perfectamente con la inconmensurable belleza de un paisaje espléndido pero no exento de crudeza, que es magistralmente retratado por el director de fotografía Joshua James Richards.

Esa estética visual es por supuesto extrapolable a la precaria situación de los personajes que habitan esos espacios abiertos pero a la vez abigarrados y colmados de solidaridad, caracterizada por la desolación.

En esta conmovedora película, la rupturista cineasta Chloé Zhao desestima todo alegato de naturaleza feminista, para dar cuenta de la historia de una mujer emancipada, que sobrevive a todas las peripecias y se redescubre como persona al integrarse a una subcultura que existe en la mayor potencia económica del planeta, aunque esté invisibilizada por la machacona propaganda del sistema.

Contrariamente a lo que se podría pensar, la protagonista no es ciertamente una persona frágil sino muy corajuda, que exhibe una sorprendente capacidad de adaptación al cambio.

En efecto, se levanta raudamente de los demoledores escombros de la tristeza, para erigirse en una especie de heroína de lo cotidiano, partiendo de la tesis que la vida, en contextos complejos, es siempre una no valorada proeza.

“Normadland” no es ciertamente una oda a la pobreza ni a la marginalidad, sino una suerte de recreación de la esperanza, que, sin embargo, denuncia las inmorales asimetrías sociales que coexisten en una sociedad siempre enojada e insatisfecha.

La magistral interpretación protagónica de la oscarizada Frances McDormand, la superlativa calidad narrativa del relato, el atinado trabajo de montaje y la sugestiva música del compositor italiano Ludovico Einaudi, coadyuvan a transformar a este laureado largometraje en un producto cinematográfico profundamente reflexivo, que desnuda, sin ambages, la disfuncionalidades de una sociedad dramáticamente cruzada por la la inequidad social, el exacerbado individualismo y el egoísmo, pero también por la soterrada esperanza.

FICHA TÉCNICA

Nomadland. Estados Unidos, 2020. Dirección y guión: Chloé Zhao. Producción: Chloé Zhao, Frances McDormand, Peter Spears, Dan Janvey y Mollye Asher. Fotografía: Joshua James Richards. Música: Ludovico Einaudi. Edición: Chloé Zhao. Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Swankie, Bob Wells, Derek Endres y Melissa Smith.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico de cine

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