CINE | “Oppenheimer”: La verídica crónica de una abominación

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  Oppenheimer es la película ganadora del Oscar 2024

Los dos devastadores holocaustos nucleares perpetrados por la fuerza aérea de Estados Unidos contra Japón los días 6 y 9 de agosto de 1945, así como la secreta fabricación de la más poderosa arma de destrucción masiva que haya creado la ciencia, son los dos removedores y ciertamente desafiantes núcleos temáticos de análisis que propone “Oppenheimer”, el impactante y no menos reflexivo largometraje del exitoso realizador británico- estadunidense Christopher Nolan.

La película, que se ha transformado en un resonante éxito de taquilla a nivel mundial y parece apuntar a apropiarse de varios nominaciones al Oscar en su edición 2024, narra la historia de Julius Robert Oppenheimer (1904-1967), un auténtico genio de la física que pasó a la historia como “el padre de la bomba atómica”, por haber creado una suerte de artefacto de ingeniería realmente satánico, que acabó, en apenas pocos segundos, con la vida de más de 200.000 personas.

Empero, es también incalculable el número de víctimas fatales provocadas entre los 192.000 sobrevivientes reconocidos oficialmente de la salvaje hecatombe, situación se que ha prolongado durante los siguientes 70 años que siguieron a estos dos dantescos días de pesadilla nuclear.

En efecto, en 2015, siete décadas después de los bombardeos atómicos que hicieron blanco en ambas ciudades niponas, los hospitales de la Sociedad de la Cruz Roja Japonesa siguieron atendiendo a miles de personas que sobrevivieron a los estallidos y que aun sufrían los efectos de largo plazo devenidos de la exposición a la radiación nuclear que horadó dramáticamente la salud de las víctimas civiles.  La organización administró hospitales para sobrevivientes en Hiroshima, desde 1956, y, en Nagasaki, desde 1969.

 

Durante estos periodos y hasta el 31 de marzo de ese año, los nosocomios asistieron en conjunto a más de 2 millones y medio de personas como pacientes externos y admitieron como pacientes internos a más de 2.600.000 de japoneses- muchos de los cuales fallecieron- quienes padecieron diversas patologías derivadas de su prolongada exposición a la contaminación.

Las enfermedades más frecuentes que padecen los damnificados por este acto sin dudas deleznable, son cáncer, leucemia y cataratas así como diversas malformaciones generadas por mutaciones genéticas, que afectaron a miles de personas que lograron sobrevivir al impacto de los artefactos atómicos, pero contrajeron esas afecciones por la deletérea acción de los tóxicos con los cuales fueron irradiados.

A ello se suman, naturalmente, los efectos psicológicos de largo plazo, tanto en el caso de los sobrevivientes como de sus descendientes, particularmente depresión y estrés postraumático.

Esta situación configuró un panorama realmente espeluznante, que condenó a varias generaciones del país atacado a un drama casi permanente, a lo cual se añade –obviamente- la persistente memoria de la tragedia, que se transmite a través de los vínculos interpersonales, tanto los familiares como los sociales.

Quien ordenó los lanzamientos de las pesadas bombas que viajaban en el vientre de sendos bombarderos, fue el pusilánime presidente norteamericano Harry S. Truman, quien asumió la primera magistratura de la nación del Norte luego de la muerte de Franklin Delano Roosevelt, un mediocre político que dudó en tomar el mando, quien fue manipulado por los militares, a quienes deberíamos definir como los “halcones del Pentágono”.

Empero, más allá que se trató de una operación de neto cuño castrense, el verdadero responsable político fue el presidente, quien, a nuestro juicio y más allá de la edulcorada  y ciertamente mentirosa historia oficial, fue uno de los peores criminales de todos los tiempos, partiendo de la tesis que los ataques fueron delitos de lesa humanidad que, por la influencia del imperio en el seno de la ONU- a cuya contribución creó junto a Gran Bretaña en la posguerra- jamás fueron admitidos como tales.

Si la humanidad no fuera gobernada por el poder político, militar y económico hegemónico como sucede aun en la actualidad, Truman debió haber sido juzgado por crímenes de guerra, al igual que los nazis que asolaron a Europa en la primera mitad del siglo XX, y fueron enjuiciados y ejecutados en los tribunales de Núremberg.

Sin embargo, los aberrantes crímenes perpetrados contra la población civil de esas dos ciudades japonesas supliciadas quedaron impunes, como muchas de las barbaridades cometidas por las dictaduras genocidas que gobernaron con mano de hierro a las naciones latinoamericanas en la fase más álgida de la Guerra Fría, bajo el paraguas, vaya casualidad o causalidad, del imperialismo norteamericano. Obviamente, nuestro Uruguay no fue la excepción, porque, aunque sea en menor escala por su escasa población, padeció el tormento de un régimen abominable durante casi doce años, que, un siglo después del golpe de Estado que derribó las instituciones, aun tiene dolorosas secuelas.

Empero, esta película, que narra la historia del creador de esta arma de destrucción masiva –que bastante más poderosa que en el pasado aun nutre los arsenales militares de las potencias- no es ciertamente la recreación de la hecatombe en sí misma, sino del proceso de preparación de un dispositivo militar que, por su alto poder destructivo, puede simbólicamente parangonarse con el Armagedón narrado en Libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento.

Desde ese punto de vista, esta es la crónica de una infamia, que ha nutrido, durante casi ocho décadas, la literatura, el cine y otras expresiones del arte, que evocan –para que nadie lo olvide- la intrínseca capacidad del hombre para ser el lobo del hombre, tal cual lo proclamó el eminente filósofo y escritor inglés Paul Auster, en su  magistral novela clásica “Leviatán”.

Lo único que se le puede reprochar a “Oppenheimer” es que casi no aborda o aborda sólo tangencialmente las devastadoras consecuencias de ambos holocaustos, a diferencia de recordados e impactantes títulos como “Above and Beyon” (1952), de Melvin Frank y Norman Panama, “Hiroshima mon amour” (1959), del genial cineasta francés Alain Resnais, “Arma secreta” (1989), de Rolan Jofée, “Hiroshima, más allá de las cenizas” (1990), de Peter Werner, y hasta “Rapsodia en agosto” (1991), del inolvidable maestro japonés Akira Kurosawa, quien era muy joven cuando se perpetró uno de los crímenes más repugnantes que permanecen tatuados a fuego en la memoria colectiva de la humanidad.

En efecto, la película, que está inspirada en la novela “Prometeo Americano”, de Kai Bird y Martin J. Sherwin”, que alude simbólicamente al dios griego que robó el fuego y lo entregó a los humanos, se centra en el trabajo del tristemente célebre científico que otorga nombre a esta propuesta cinematográfica y, naturalmente, en el denominado Proyecto Manhattan, la operación militar secreto en cuyo marco fue fabricada la bomba atómica.

El protagonista de esta historia real es naturalmente Julius Robert Oppenheimer  (monumental Cillian Murphy),  quien es un perfecto prototipo de personalidad múltiple. En efecto, además de estar embarcado en un emprendimiento secreto, que costó la friolera de 2.000 millones de dólares en el transcurso de cuatro años, tiene una esposa y también una amante, quienes ignoran las actividades encubiertas que desarrolla este hombre.

Se trata de un ser taciturno, por lo menos así lo presenta Nolan y naturalmente minucioso y calculador, como todo científico que se precia de tal. Sin embargo, es una persona manipulable, al igual que el patético presidente Truman, que es encarnado, en clave casi sardónica, en un breve cameo, por el gran Gary Oldman.

En ese contexto, su vida es una suerte de incógnita, casi una ecuación indescifrable como sus investigaciones y trabajos científicos. Puede ser, cuando está en la alcoba con alguna de sus mujeres, un ser apasionado y, a la vez, un hombre frío como el hielo, cuando trabaja junto a su equipo en un distante y emplazamiento militar situado en una desolada región desértica.

Tal es la dualidad de esta persona, que, cuando se sumerge en el proyecto, se despoja de su lado humano para transformarse en una suerte de brujo o en una especie de inquisidor, como si se tratara de un auténtico Torquemada de la era contemporánea.

Pero este físico, amigo del genial Albert Einstein, que aparenta ser un patriota exacerbado cuyo único propósito es fabricar un arma de destrucción masiva antes que lo hagan los nazis y que se niega a engendrar la bomba de Hidrógeno antes que la creen los rusos, tiene otras dualidades: es un judío ligado al Partido Comunista en su juventud, que apoyó al bando republicano en su lucha contra el franquismo, en el marco de la Guerra Civil Española. Esa circunstancia lo torna poco confiable para los servicios de inteligencia norteamericanos y hasta para los militares, que lo vigilan a sol y sombra. Sin embargo, todos asumen que sin su participación en el proyecto Estados Unidos no contará con la ventaja militar comparativa ante el Tercer Reich y ante la monarquía japonesa, aliada de Adolf Hitler.

Por supuesto, el pretexto para parir el monstruo atómico, luego de la rendición de la Alemania nazi, es disponer de un arma capaz de obtener la capitulación de Japón y así acortar la Segunda Guerra Mundial. No en vano, según me narraba mi madre, luego de los dos holocaustos y de la consecuente derrota del Imperio del Sol Naciente, la mayoría de los medios de prensa locales e internacionales titularon en sus portadas con la palabra “paz”.

 

Naturalmente, fue la paz de los cementerios, de la muerte, la devastación, la barbarie, la letalidad y la contaminación, festejada exultantemente por la enfermizas mentalidades de los alienados norteamericanos, quienes celebraron la tragedia como si se tratara de un triunfo deportivo o de la conquista de una o varias medallas en los juegos olímpicos.

Tal la patología colectiva que describe Christopher Nolan en su obra sin dudas más ambiciosa y grandilocuente, al igual que la ulterior persecución y simbólica condena contra el propio científico por su pasado comunista, en el marco de esa suerte de terrible caza de brujas y represión que fue el macartismo.

El film, de tres horas de duración, que en nuestro país se puede visionar en formato 35 milímetros y con títulos electrónicos como en el pasado, es una suerte de ensayo sobre la abominación, que mixtura la crónica histórica con la indagación y el debate político y la ciencia al servicio del poder y la violencia , que, por más que se le tilde de complaciente, denuncia, sin ambages, el alienado fanatismo de un pueblo genéticamente belicista y guerrero por antonomasia, de mentalidad obtusa y fascista, que destila odio y rencor y está crónicamente traumado por sus aventuras militares.

En esta oportunidad, Nolan no apela tanto a sus habituales efectismos visuales y digitales como en títulos precedentes de su ya extensa y no menos exitosa producción fílmica, sino a recursos cinematográficas y a una caja de herramientas creativas realmente genuinas, acorde a su reconocida sabiduría y a su innegable inteligencia para narrar –con singular esmero y lenguaje artístico de trazo elocuente- un relato tal vez excesivamente extenso, pero no menos impactante, agudo y removedor.

Al respecto, el autor de recordados films como “Memento” (2002),  “Recuerdos de un crimen” (2000), “Noches blancas” (2002), “El origen” (2010), Interestelar” (2014)  “ Dunkerque” (2017) – a mi juicio sin dudas su mejor película- y la trilogía del héroe legendario encapotado Batman, integrada por “Batman inicia” (2005), “El caballero de la noche” (2008) y “El caballero de la noche asciende” (2012), concibe una obra de discurso contundente  y por su caligrafía artística no menos fermental, que destaca por su abordaje no exento de denuncia, su acendrada formulación visual y sonora , su soberbio trabajo de montaje y varias destacadas actuaciones protagónicas, como las de Cillian Murpy, Robert Downey Jr, Mat Damon,  Florence Pugh y Kenneth Branagh , entre otros.

 FICHA TÉCNICA

Oppenheimer (Estados Unidos-Reino Unido2023). Dirección: Christopher Nolan. Guión: Christopher Nolan, basado en el libro American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer (2005), de Kai Bird y Martin Sherwin. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Ludwig Göransson. Montaje: Jennifer Lame. Reparto: Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Florence Pugh, Matt Damon, Jason Clarke, Tom Conti, Casey Affleck, Gary Oldman, Rami Malek, Benny Safdie, Matthew Modine, Josh Hartnett, David Krumholtz, Kenneth Branagh, Jack Quaid, Alden Ehrenreich, Michael Angarano, Rory Keane, James D’Arcy y Tony Goldwyn.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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