“Mente maestra”: Retrato en sepia del “sueño americano”

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La crisis, la decadencia, la represión, la desocupación, el delito y la estupidez humana, son las seis líneas temáticas que propone “Mente maestra”, la irónica comedia dramática de la realizadora estadounidense Kelly Reichardt, cuyo cine ha propiciado un oportuno retorno a la impronta crítica y desencantada a los años sesenta y setenta, que marcaron el cenit de la producción cinematográfica independiente y ajena a la visión edulcorada y complaciente de Hollywood.

 En tal sentido, “Mente maestra” constituye un nuevo testimonio de la agudeza y sapiencia de esta cineasta para indagar en el corazón mismo del denominado “sueño americano”, mediante un pulso pausado y un acento narrativo seco, que enfatiza en los conflictos y las relaciones humanas y, particularmente, en los personajes marginados, que reproducen las contradicciones de una sociedad que vive de espaldas a sus problemas reales y se empeña en seguir votando mandatarios que “venden” un modelo de convivencia que hace agua por todos lados.

En ese contexto, el cine de Reichardt es tan minimalista como realista y despojado de meros artificios cosméticos, lo cual retoma la estética de las dos décadas de oro- la del sesenta y la del setenta- en las cuales la producción de trazo intransferiblemente desencantado concitó multitudinarias adhesiones de aquellos cinéfilos que veían en el cine no sólo un mero pasatiempo sino también un vehículo de difusión de ideas, que apuntara a la deconstrucción de mitos, con fuertes resonancias en el debate político y en los problemas sociales.

Salvando las diferencias temporales y de coyuntura, la paleta artística de Kelly Reichardt y su última película, “Mente maestra”, recuerdan a hitos de los tiempos en que el cine crítico competía con el cine de industria meramente gastronómico, con producciones, por ejemplo, de la talla de  “El graduado” (1967), de Mike Nichols, un ejercicio crítico sobre la hipocresía de la burguesía, El  viaje (1967, de Roger Corman, que plantea el tema de la adicción desde el ángulo de la evasión, “Los ángeles salvajes (1966), también de Roger Corman, que enfatiza en el tema de la violencia callejera y “Busco mi destino”, de Denis Hopper, un alegato pacifista y emancipador que analiza también el tópico de la violencia pero desde un ángulo simbólico y político,  en un tiempo histórico regado por la cultura hippie y por la prepotencia de fascistas radicalmente descarriados.

Otros títulos de la época que merecen una mención especial en esta introducción que pretende ser representativa de la cultura de un tiempo de tensiones y mutaciones civilizatorias, son, por ejemplo, “Perdidos en la noche “(1969), de John Schlesinger, una contundente denuncia sobre el inexorable naufragio del “sueño americano” que visibiliza la marginación social, y  Espantapájaros (1973), de Jerry Schatzberg, que también denuncia la pobreza que padecen quienes viven en la periferia de la sociedad de la potencia económica más rica pero más injusta del planeta.

Otras películas referentes de una época sin dudas inolvidable son: Mi vida es mi vida (1070), de Bob Rafelson, que reflexiona en torno al drama del desamor y el desarraigo, Joe (1970),  de John G. Avildsen, otro ejercicio crítico sobre la fascismo subyacente en la sociedad norteamericana, “Baile de ilusiones” (1969), de Sydney Pollack, una metáfora en torno a las quimera con trasfondo social, “La última película” (1971), de Peter Bogdanovich, un retrato sobre la radical decadencia cultural y humana del cine de sala perforado por la irrupción de la televisión, y  “Las fresas de la amargura” (1971), de 

Stuart Hagmann, un formidable fresco que indaga en torno a la rebeldía juvenil, a partir de la movilización de estudiantes universitarios que son duramente reprimidos por la Policía.

Todos los films mencionados constituyen ejemplos de un cine que apostó fuertemente al realismo, mediante lenguajes casi siempre austero pero no por ello menos explícito y de superlativa representación simbólica de una época particularmente conflictiva, colmada de tensiones y polarización social.

Por entonces, los personajes ficticios o reales de estos relatos convivían con la revolución hippie, con la Guerra de Vietnam, que fue una de las más importantes escaladas imperialistas de los Estados Unidos, con la heroica revolución cubana y la épica del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, con la Teoría del Foco de Regis Debray, con las dictaduras latinoamericanas auspiciadas y apoyadas por la Casa Blanca y el Pentágono, con la resistencia de los blancos supremacistas yanquis que se oponían al otorgamiento del derecho al voto a los negros y, por supuesto, con el emblemático Mayo Francés, que, con su alarido de libertad emancipadora, sacudió la estructuras del pensamiento de la intelectualidad de la época.

En ese contexto, “Mente maestra” tiene pizcas de algunas de estas paradigmáticas películas, porque está ambientada en las décadas más turbulentas y porque propone reflexionar sobre una sociedad en crisis, pero también en coyuntura de mutación. Por supuesto, esa época era radicalmente diferente a la actual en los Estados Unidos, que hoy parece resignado a seguir la inercia histórica de su vocación imperialista y a continuar barriendo inexorablemente sus miserias debajo de la alfombra de la historia.

El propio título de esta película, que es en realidad una comedia agridulce, aparece como una suerte de ironía, porque nadie en este relato tiene una mente maestra sino todo lo contrario, ya que el protagonista es el colmo de la torpeza. Es un estúpido radical, representativo de la decadencia de la propia sociedad.

En efecto, el personaje central de este relato ambientado en un Estados Unidos en plena ebullición por las protestas de las organizaciones antibelicistas que reclaman el cese de las hostilidades en Vietnam y el retiro de las tropas norteamericanas asentadas en la Península de Indochina, es J.B. Mooney (Josh O’Connor), un carpintero desempleado con esposa y dos hijos que reside en una zona suburbana de Massachusetts, quien no sabe bien que hará para superar su situación de aguda postración y desencanto. Es un desgraciado, pese a que su progenitor es juez y, por ende, una persona de alto estatus social.

En ese contexto, pergeña un proyecto realmente descabellado pero posible: la organización de un robo de obras de arte de un museo que carece totalmente de seguridad. Incluso, el guardia que está a cargo de la custodia, está siempre durmiendo y, por ende, totalmente fuera de foco. En realidad, esta circunstancia, que es ya de por sí insólita, simboliza la irresponsabilidad y la molicie de una sociedad en crisis y que se mueve por inercia, en la cual una parte de la población eleva su voz contra la intervención imperialista y la inmolación de sus soldados en un conflicto bélico absurdo, que juega un rol meramente geopolítico pero que no incide en la vida cotidiana de la gente.

Para concretar este auténtico mamarracho reúne a un grupo de amigos tan inservibles como él. El plan es cometer el atraco a plena luz del día, a la hora de visita y a la vista de todo el mundo, con la plena convicción que nadie se inmutará. Obviamente, aunque el valor de lo sustraído es muy dudoso porque se trata de piezas pictóricas de arte abstracto, la intención es dar con un receptador que venda el botín y así obtener algo de dinero.

En forma absolutamente deliberada, la cineasta desestima los habituales clichés del género policial, en cuyo contexto los robos, que son perpetrados por profesionales, son minuciosamente planeados con quirúrgica precisión, con cálculos hasta de minutos de ejecución y eventuales rutas de escape. Obviamente, los ladrones utilizan habitualmente tecnología de alta gama.

Nada de esto está presente en esta película, en la cual los ladrones –que no pueden ser casi calificados de delincuentes- son meros rateros de baja categoría y actúan con singular torpeza, porque nunca antes se embarcaron en una empresa de esta naturaleza.

Empero, como era previsible, a raíz de un garrafal error perpetrado por uno de sus compañeros de andanzas, que comete otro delito y es atrapado, la Policía relaciona al protagonista con el hurto del museo. Sin embargo, como es este es hijo de un juez, zafa del entuerto, lo cual le otorga momentáneamente un insólito estatus de impunidad.

Empero, esa situación no se sostiene en el tiempo y, en lo sucesivo deberá emprender la huída para no ser capturado, para lo cual deberá abandonar a su familia y refugiarse en sitios extraños o en las casas de algunos amigos.

En ese contexto, en su segunda mitad, el relato deviene en una suerte de road movie, aunque sin la impronta habitual del denominado cine de carreteras que ha hecho historia en la filmografía universal, particularmente en la norteamericana.

En efecto, aunque no ha cometido ningún delito grave porque no incluyó el uso de armas ni hubo heridos, su intención de escapar tiene dos interpretaciones muy definidas: desafiar a la Policía pese a su torpeza y seguir usufructuando su libertad. Ambas lecturas son válidas en una sociedad en estado de agitación, porque los manifestantes que casi todos los días anegan las calles de los centros urbanos desafían el poder del Estado con recursos mínimos y su proyecto es naturalmente libertario.

En ese marco, el film toma elementos de títulos del cine crítico de las décadas del sesenta y el setenta del siglo pasado, aunque la radical diferencia es que, en este caso, el relato se centra más en el personaje que en la coyuntura o la circunstancia.

En efecto, al igual que el robo consumado en un museo sin la más mínima seguridad, la huida no tiene nada de espectacular, ya que está absolutamente despojada de violencia, como si este desdichado hombre fuera un ser errante en busca de su destino, sin que ello deba interpretarse como una alusión a la formidable “Busco mi destino”, de Dennis Hopper. Aquí la clave es sobrevivir a como dé lugar, sin actitudes dubitativas ni tiempo para arrepentirse, porque ya no se puede volver atrás.

Es claro que, aunque el “cerebro” del atraco está plenamente identificado, la Policía no parece esforzarse mucho para encontrarlo y capturarlo, porque está muy ocupada apaleando o asesinando estudiantes en masivas manifestaciones en las cuales se reclama el cese de la intervención imperialista en Vietnam y Camboya y el regreso de los soldados norteamericanos vivos y no dentro de ataúdes como sucedió hace más de medio siglo.

En esas circunstancias, la película está narrada mediante un pulso cansino y más bien moroso, sin vértigo ni escenas trepidantes, acorde a lo que reclama la anécdota argumental. En efecto, la cineasta enfatiza más en la peripecia del personaje que en el contexto, por más que el contexto es sumamente trascendente.

Aunque el personaje es un individuo mínimo y anónimo que si fuera real sólo sería recordado por sus familiares, el tiempo histórico en el cual interactúa ciertamente no lo es, porque fue un tiempo de masivos reclamos callejeros y de dura represión policial, de revolución cultural liderada por los hippies y de enconada lucha por los derechos civiles, particularmente de los negros, que durante más de un siglo permanecieron relegados, hasta que en la década del sesenta se les otorgó la potestad de votar y, concomitantemente, de incidir en las decisiones y de ser parte de la soberanía popular.

Esta es la historia de un hombre desdichado como hay tantos en el planeta y en los Estados Unidos, que pese a ser la primera potencia económica del planeta, mantiene dramáticos bolsones de pobreza y exclusión social. En tal sentido, el protagonista de esta película es el rostro visible de un país contradictorio y de fuertes asimetrías, que ponen en entredicho el ilusorio mito del sueño americano instalado en el imaginario colectivo.

Kelly Reichardt sitúa bajo la lupa a la sociedad norteamericana de la década del setenta del siglo pasado, a través de la peripecia de un hombre común y corriente, que para contrarrestar su baja autoestima, consuma un acto delictivo propio de principiantes, con el propósito no sólo de obtener algo de dinero, sino particularmente para reconciliarse consigo mismo.

Esta es la crónica de un desdichado y de una víctima de un sistema radicalmente injusto, que corrobora que el darwinismo social es bastante más que un postulado teórico para mero consumo de académicos.

En esta película, la inquieta realizadora Kelly Reichardt recurre al humor, siempre de acento sarcástico, para reducir los decibeles del drama de la gente que sobrevive como puede en el patio trasero del sistema de acumulación capitalista e incluso para mofarse de los mitos construidos por los apólogos de un modelo de convivencia que hace agua por los cuatro costados.

Con la perspectiva que otorga la distancia temporal, la situación presente de los Estados Unidos no difiere demasiado a la de hace medio siglo, ya que las diferencias sociales se han potenciado aun más por el ingreso masivo de inmigrantes, transformados, a la sazón, en mano de obra barata para el aparato productivo.

Más allá de su impronta por momentos jocosa, “Mente maestra” es una suerte de retrato en sepia de una sociedad disfuncional, encarnada en este caso en un hombre mediocre, que hoy sería un típico votante de Donald Trump, quien lucha contra su propia pequeñez, en un tiempo histórico caracterizado por la impronta contestataria de una malograda generación de jóvenes que soñaron vanamente con un mundo mejor.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Mente maestra (The Mastermind). Estados Unidos. 2025.
Dirección: Kelly Reichardt. Guión: Kelly Reichardt. Fotografía: Christopher Blauvelt. Música: Rob Mazurek. Edición: Kelly Reichardt. Reparto: Josh O’Connor, Alana Haim, Hope Davis, Bill Camp, Sterling Thompson y Jasper Thompson. 

 

 

 

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