La compleja épica cotidiana de supervivencia, la pasión, el amor, la aventura, la pérdida, el duelo, la despiadada explotación laboral y la soledad son los ocho potentes y removedores pilares temáticos de Sueños de trenes”, el segundo y dramático largometraje del joven realizador Clint Bentley, que es una producción de Nexflix y se puede visionar tanto en salas de cine como en plataforma. Este film tiene cuatro nominaciones al Oscar, entre ellos a Mejor Película.
Esta es una historia de vida, pero, como toda historia de vida que se precie de tal, es también una historia de claroscuros y, de amores, de encuentros, desencuentros y ausencias. Pero, como lo señala
explícitamente el propio título de esta película, es también una historia de sueños, que se cocinan a fuego lento en la espera y en largos trayectos de trenes que devoran kilómetros en busca de destinos y oportunidades para seres humanos itinerantes.
Este es el derrotero que debe recorrer el protagonista, un mero trotamundos que va no a donde realmente desea, sino a dónde hay trabajo, porque es el destino o la condena de alguien a quien le sobra músculo y voluntad pero que carece de educación.
Este relato, inspirado en la novela homónima de Denis Johnson (2011), es una suerte de western ambientado en cincuenta años del siglo pasado, entre 1917 y 1968. Es decir, comienza cuando el protagonista es aun un joven soñador y culmina en el ocaso de su vida. En ese contexto, el protagonista de este film de superlativa belleza formal y profundidad reflexiva, es Robert Grainier (encarnado por el actor australiano Joel Edgerton), un hombre inicialmente sin familia que es trabajador ferroviario pero también leñador, porque para construir el trazado de las vías se requiere talar árboles.

¿Por qué desempeña tareas tan pesadas? Porque sólo está capacitado para ello y no tiene otros conocimientos ni talentos que le permitan dedicarse a otra actividad. Obviamente, este ser itinerante es un engranaje más del aparato productivo de un Estados Unidos que, a inicios del siglo XX, ya comenzaba a despuntar como una gran potencia económica e industrial, proceso que se inició en la segunda mitad del siglo XIX.
Empero, aun en este contexto tan favorable, este hombre debe deslomarse trabajando para sobrevivir, porque no tiene otra alternativa, aunque para ello se tenga que trasladar permanentemente de lugar, lo cual le impide arraigarse y echar raíces. Para él, el tan mentado sueño americano, que es una suerte de construcción simbólica sin ningún sustento empírico, es una quimera. Está condenado a trabajar sin posibilidades de progreso económico hasta que su cuerpo ya no puede soportar más el rigor del esfuerzo y, como un entrañable compañero de trabajo, opte por dejar de vivir, porque ya no es un ser productivo. Esas son las reglas del sistema, que transforman a las personas en meros recursos humanos, situación que los afecta psicológicamente.
Empero, a esos cuadros de degradación se suma también la explotación laboral, al punto que el asesinato de un obrero por parte de un capataz de la empresa contratante se torna algo normal. Así son las reglas del naciente capitalismo en los Estados Unidos, mucho antes que el país avanzara hacia una ley de protección al obrero. En tal sentido, la limitación de la jornada laboral a ocho horas diarias y de 40 horas semanales rigió recién en 1938. En tanto, en Uruguay, que fue pionero en la materia, tanto a nivel regional como internacional, la norma que estipuló en ocho horas el límite de la jornada de trabajo, al amparo del primer ciclo batllista, data de 1915. Es decir, ya tiene 111 años de vigencia.
Antes de ese hito, en Estados Unidos los obreros laboraban hasta 16 horas diarias, por lo cual apenas les sobraba tiempo para alimentarse, higienizarse y descansar. Eran, obviamente, como animales, que desempeñaban sus actividades durante seis días a la semana y, en algunos casos, no tenían asueto, porque el trabajo informal era muy frecuente, en forma particular en el sector fabril. Por ende, el protagonista descansa lo mínimo y acepta esas rutinas extenuantes como normales, porque por entonces las reglas del sistema no otorgaban margen para eventuales debates, ya que el desarrollo de las organizaciones sindicales era aun muy incipiente.
Empero, como la vida es permanentemente mutable y depara siempre contingencias esperanzadoras, este hombre solitario encuentra un vivificante bálsamo a su demoledora soledad cuando conoce a Gladys (Felicity Jones), una mujer que lo colma de felicidad y le otorga un nuevo sentido a su existencia. Luego, nace su hija Kate, que parece completar un panorama muy auspicioso. Por primera vez en su historia, este desdichado hombre conoce la dicha que en sus primeros años de vida le había sido tan esquiva. Los tres comparten una cabaña rodeada de flores y con un arroyo, lo cual, a priori, configura una suerte de paisaje idílico, muy lejano del infierno del trabajo a destajo y de la soledad.

Sin embargo, para sostener ese hogar debe seguir ganándose el sustento, ahora con la responsabilidad adicional de tener a quienes proteger y alimentar. En lo sucesivo, este relativo confort, que se basa en mínimos estándares de supervivencia digna, depende únicamente de su esfuerzo y de su gran resiliencia para adaptarse a los nuevos desafíos del mercado de trabajo, en un tiempo histórico en el que, en algunas actividades, la producción se sustentaba únicamente en el músculo, que no era, como hoy, reemplazado por la robotización y la inteligencia artificial. Sin embargo, este contexto, que a priori le aseguraba trabajo a casi todo el mundo, era una suerte de máquina de picar carme porque los humanos tenían que rendir como máquinas, aunque a cambio no recibieran una retribución que les permitiera mejorar económicamente.
En efecto, hace más de un siglo, el sistema capitalista era aun más injusto y le permitía al empresario e inversor recibir una porción aun más cuantiosa de la renta del trabajo, ya que los sindicatos, aunque habían nacido a fines del siglo XVIII en la época de la Revolución Industrial, bien entrado el siglo XX seguían siendo incipientes y su escaso poderío no podría afrontar exitosamente los abusos patronales.
Contemporáneamente y ya bien entrado el tercer milenio, aunque las organizaciones sindicales son considerablemente bastante más fuertes, no pueden contrarrestar la rémora del trabajo informal, que surge de la necesidad y se rige mucho más por la oferta y la demanda que el trabajo formal. Hay un dicho bien popular que establece que “la necesidad tiene cara de hereje”. En realidad, esta sentencia es bien gráfica, ya que la necesidad es siempre la madre del abuso, de los bajos salarios y jornales y de la falta de garantías y derechos.
Esa contingencia es la que tiene que padecer el protagonista, quien, luego de haber formado una familia, ahora carga con la insoslayable responsabilidad de sostenerla dignamente, aunque para ello deba ausentarse por largos período de su casa, ya que el obrero escasamente especializado siempre tiene que estar pendiente de la zafra. Es decir, tiene que desempeñar cualquier tarea en cualquier lugar, ya que no tiene elección. O trabaja y gana dinero para seguir sobreviviendo, o su familia pasa necesidades y está inexorablemente condenada a la pobreza.

Aunque la película no reflexiona explícitamente sobre la explotación laboral y carece de frontales discursos reivindicativos, exhibe descarnadamente la situación de los trabajadores, tanto en el ferrocarril como en el sector forestal, cuyas singulares características representan un riesgo para la seguridad de los operarios. No en vano, en pleno siglo XXI, en nuestro país se registran numerosos accidentes laborales con muertos. Si la realidad en el presente es tan perversa, no es demasiado complejo imaginarse las condiciones en las cuales trabajaban los obreros hace casi un siglo.
Así se van desgranado estos “Sueños de trenes”, que muy a menudo, devienen en pesadillas. Aunque el propio tren es sinónimo de progreso, las paupérrimas condiciones en las cuales trabajan los obreros que talan árboles y construyen vías van en sentido inverso a ese progreso. Es, en efecto, sólo progreso para el bolsillo del empresario pero no para el del trabajador, acorde a las reglas de un sistema que dista de ser justo.
Incluso, los hombres que tienen familia, en un tiempo en el cual la mujer sólo se hacía cargo de las tareas domésticas, pagan un doble peaje: la explotación laboral en su más descarnada y brutal expresión y la separación de sus afectos más queridos.
Asimismo, la historia del protagonista tiene un tercer quiebre, en este caso dramática cuando, de un día para otro, se queda nuevamente solo y, por supuesto, se desmorona emocionalmente. Por razones obvias, no es oportuno revelar el motivo de ese cambio abrupto, sino volver a reflexionar en torno a la soledad como condena.
Aunque esta película tenga un formato de western por los ambientes naturales en los cuales transcurre el relato, nada tiene que ver con ese exitoso género. Sin embargo, hay algo que lo emparienta con esas historias de indómitos vaqueros: la violencia y la impunidad, en este caso concreto con cobertura legal, porque la explotación laboral nunca tuvo sanción penal, ni en el pasado ni en el presente y ni en Estados Unidos ni en Uruguay. La explotación laboral, que es una práctica corriente y admitida, es un delito sin castigo, porque es intrínseca al sistema. Incluso, en el caso concreto de esta película, el abuso patronal esté relacionado nada menos que con el desarrollo del ferrocarril, que mutó radicalmente las características del sistema productivo, en tanto crucial vehículo rápido y seguro que transporta a los productos y a los obreros que laboran en este actividad.

Por supuesto, pese a que es un medio de transporte para pasajeros, en Uruguay, por ejemplo, sólo transporta cuerpos brutos y tiene mero valor comercial, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, cuando trasladaba a las personas a través de las vías emplazadas en nuestra penillanura levemente ondulada y conectaba todos los rincones del territorio. Hoy, en nuestro país, el tren es, sin deliberadas alusiones al título de esta película, un mero sueño de trenes, que habita el recuerdo de los nostálgicos y es totalmente desconocido para las nuevas generaciones, las cuales ignoran que en otros tiempos Uruguay tuvo un ferrocarril fuerte y pujante, que trasladaba seres humanos y no, como hoy, sólo cargamentos de pulpa de celulosa, soja, ganado y otros productos. Es un tren únicamente funcional al lucro y al sistema de acumulación capitalista y no funcional a las personas, porque los dueños del sistema no lo consideran económicamente rentable.
Este film, que es un drama profundo y sensible, puede destilar alegría, pero también destila persistente amargura, la que deviene cuando el universo afectivo del protagonista se derrumba estrepitosamente y su micro “paraíso” terrenal individual deviene en infierno. En efecto, ¿puede haber algo más demoledor que la soledad luego de tener un mundo afectivo pleno en el cual encontrar refugio? Obviamente, no.
Si bien lo único contundente y definitivo es la muerte, la soledad es también una forma de muerte, aunque haya personas que no la padezcan y hasta las disfruten. Empero, el protagonista la padece, porque ese corte abrupto que se registra en la segunda mitad del relato es como un retroceso a un pasado de desdicha.
Empero, “Sueños de trenes” es bastante más que le recreación de la azarosa peripecia personal de un personaje de ficción. Es, ante todo, el retrato de un país que comenzaba paulatinamente a construirse a sí mismo como potencia económica, no sólo en base al esfuerzo personal y al trabajo colectivo, sino por el impulso del espíritu empresarial y por las fuerzas del mercado.
Esta historia abarca virtualmente medio siglo, en cuyo transcurso Estados Unidos experimentó un crucial salto cualitativo hacia la industrialización, lo cual le posibilitó transformarse en una potencia económica de primer nivel, que actualmente tiene en China a su mayor competidor por la hegemonía del mercado.

En ese marco, la peripecia de su desafortunado protagonista es la de miles de obreros, que otrora y también en el presente, vendieron y aun venden su dignidad al bajo precio de la necesidad. Promediando el siglo XXI, muchas de las tareas que en el pasado eran desempeñadas por hombres ahora están a cargo de máquinas, porque, para el capitalismo los trabajadores son mera mano de obra.
En consecuencia, “Sueños de trenes” es un drama con un fuerte arraigo histórico, que, más allá de la peripecia personal en sí misma, conecta sensorialmente al espectador con el paisaje, que tiene su correlato emocional en el trauma de la pérdida y el duelo experimentado por el infortunado personaje central.
Empero, en esta película también subyace una no tan subliminal apelación crítica a la descarnada explotación laboral, al racismo y al abominable saqueo de los recursos naturales en aras más del lucro que del progreso, porque el progreso sólo es tal si es compartido y no se limita a la mera aplicación del catálogo de un sistema de acumulación capitalista que está lejos de deparar la felicidad colectiva.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Sueños de trenes, (Train Dreams). Estados Unidos 2025. Director: Clint Bentley. Guión: Bentley y Greg Kwedar basado en una novela de Denis Johnson. Fotografía: Adolpho Veloso. Edición: Parker Laramie. Música: Bryce Dessner. Reparto: Joel Edgerton, Clifton Collins Jr., Felicity Jones, Alfred Hsing, David Olsen, John Patrick Lowrie, Chuck Tucker, Rob Price, Paul Schneider. Duración: 102 minutos. ¿Dónde verla? Netflix.
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