“Sirāt-trance en el desierto”: Coreografía de libertad y tragedia

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La guerra, la aridez desértica, la pasión por la aventura, la música y el baile como emancipación, la solidaridad y la tragedia son los seis pilares argumentales que desarrolla 

Sirāt-trance en el desierto”, el galardonado largometraje del realizador franco español Oliver Laxe, que indaga en la espiritualidad de personas que buscan en la danza una estrategia para exorcizarse contra las miserias y las agudas disfuncionalidades más dramáticas del presente. Esta película obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

La palabra que identifica a este film ambientado en Marruecos, alude, para los musulmanes, al puente que pasa por encima del infierno y que todas las almas deben cruzar para tratar de llegar al paraíso. Por supuesto, esta creencia tiene mucho que ver con la peripecia de las personas que habitan la árida escenografía de esta historia, que bailan hasta la extenuación no sólo por el mero goce de la danza, sino por la experiencia colectiva del pleno usufructo de la libertad y de cuerpos que se agitan al ritmo de música electrónica, entre luces y otros artilugios visuales.

Quienes participan de estas fiestas clandestinas denominadas raves, que se celebran al aire libre, son personas que buscan en esta experiencia comunitaria intensa, la evasión de normas convencionales y la conexión con la música electrónica, valorando la libertad de expresión, la inclusión y la autoexpresión sin juicios. Estas fiestas, basadas en valores como la paz, el amor, la unidad y el respeto, ofrecen un refugio para la desconexión social y, a menudo, la inmersión en una suerte de ambiente terapéutico, en el cual lo colectivo minimiza lo individual.

Salvando radicales diferencias, estas multitudinarias fiestas pueden parangonarse al mítico Festival de Woodstock, que en agosto de 1969, movilizó a casi medio millón de personas que acamparon en un amplio predio durante tres días, inspirados en la consigna “tres días de amor, música y paz”. Por entonces, los Estados Unidos en su condición de potencia imperial, participaba en la hecatombe de la guerra de Vietnam y, luego de las iniciales expresiones triunfalistas, muchos norteamericanos, alentados por la militancia del movimiento hippie, reclamaron airadamente la retirada de las tropas imperiales de la Península de Indochina, para detener la matanza de civiles vietnamitas y la muerte de jóvenes soldados yanquis.

Obviamente, en aquel festival, donde prevaleció el sexo y la marihuana, actuaron las mejores bandas de rock de la época.

El evento tuvo una connotación simbólica particular, que trasciende a la experiencia colectiva de estos raves, que bailan hasta agotarse físicamente al ritmo de música electrónica, como una suerte de liberación casi mística.

Esta potente película, que obtuvo el Premio del Jurado en el prestigioso Festival de Cannes, dividió las aguas entre los críticos especializados, que si bien valoraron sus indudables cualidades artísticas fustigaron su extremo dramatismo y quienes la elogiaron como una experiencia audiovisual que destaca por su fascinante originalidad y creatividad. En efecto, observando las primeras escenas, nadie imagina su desenlace, en la medida que, a priori, 

“Sirāt” parece un film musical, por más que no tenga el formato de tal ni sus personajes se expresen cantando. Sí se expresan bailando, en un lenguaje corporal que tiene una estatus simbólico. 

No en vano, esta muchedumbre, que en su mayoría está integrada por extras y no por actores profesionales, no es producto de efectos especiales de computadora, ya que todos los humanos que se observan o la mayoría de ellos, son reales. Son personas reales y también raves reales, que hacen lo que saben hacer y hacen, por ende, lo que desean hacer, como si estuvieran en una suerte de éxtasis místico. Se trata, claramente, de una religión sin iglesia, que es la religión del disfrute, de la evasión y de la felicidad compartida, aun con personas que no se conocen.  En ese marco, lo importante es la experiencia en sí misma y no los resultados, que no son cuantificables en función de parámetros económicos, ya que los dividendos son realmente emocionales.

Cuando el espectador se acomoda en la sala y las luces se apagan, emerge una primera imagen realmente impactante, tanto por su panorámica visual como por su revolución sonora. En ese contexto, se observan una inmensa plataforma de modernos altoparlantes, que, por su altura, desafía incluso la altitud de formaciones montañosas rocosas, que coadyuvan a potenciar la acústica de la música electrónica, la cual suena a un volumen atronador, ambientando un clima festivo que tiene como protagonista a una multitud de personas. Todas ellas están vestidas con indumentaria informal, en la mayoría de los casos muy similar a como vestían los legendarios hippies de las décadas del sesenta y el sesenta del siglo pasado. En ese marco, por obvias razones generacionales, a quien escribe esta reseña le acude a la memoria una consigna que removió al planeta hace 58 años: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, simbólico lema del no menos mítico “Mayo Francés de 1968, que se transformó en un crucial desafío a la lógica del sistema hegemónico capitalista, imaginando utopías y cambios radicales que nunca llegaron. Sin embargo, esta reunión de raves no parece tener una connotación ideológica, sino que parece ser una apuesta puramente individual, más allá que tenga una expresión colectiva.

En este caso, la escenografía marca la singularidad del proyecto cinematográfico, ya que la historia se rodó en el desierto de Teruel, conocido como el Cañón Rojo o Rambla de Barrachina, que se encuentra en la provincia de Teruel, Aragón, España. Se trata de un paisaje árido y rojizo, caracterizado por formaciones de arcilla moldeadas por la erosión. Sin embargo, el film está ambientado presuntamente en Marruecos y concretamente en el desierto del Sahara Occidental, una vasta región que alterna la arena eterna con escarpadas cumbres rocosas.

Este territorio, que luego de haber sido abandonado por el imperio español, generó una cruenta guerra entre Marruecos y Mauritania, es, en un 80%, administrado por el gobierno marroquí. Sin embargo, sigue siendo objeto de disputa y de enfrentamientos bélicos entre este país árabe bereber y el denominado  Frente Polisario, un movimiento de liberación saharaui que reclama la soberanía sobre el Sahara Occidental. Por ende, al margen de la aridez de su paisaje y del calor abrumador, se trata de un vasto territorio en disputa, porque, más allá de lo meramente simbólico, posee riquezas minerales incalculables.

En esta película, que tiene mucho de alucinatorio y hasta de lisérgico, abundan las muchedumbres anónimas pero también los personajes bien identificados que no pertenecen a esta raza de danzantes casi alienados. En ese contexto, los protagonistas son  Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez), a quienes acompaña la perra Pipa. La presencia de estas dos personas en un medio al cual claramente no pertenecen tiene un propósito muy concreto: buscar a Mar, la hija del hombre y hermana del niño, que ha desaparecido hace cinco meses y solía frecuentar estas alocadas fiestas. Como nadie reconoce a la chica en las fotos que son entregadas a los participantes den esta auténtica cabalgata de danza, la opción de la familia es seguir a un contingente de raves rumbo a otra fiesta electrónica similar. La diferencia es que el vehículo que conduce el hombre no está preparado para transitar por un terreno tan accidentado, a diferencia de las casas rodantes de los raves, que si son aptas para desafiar esos suelos arenosos y rocosas formaciones montañosas.

Sin embargo, como no existe otra alternativa, el protagonista sigue a esos vehículos tripulados por personas de ambos sexos que visten ropas de hippies, quienes parecen haber sido muy castigados por la vida, ya que un hombre tiene una pierna cortada y a otro le falta una mano. Obviamente, en ningún momento se explica el origen de ambas amputaciones.

Incluso, antes del comienzo del periplo, que en su devenir muta en tortuoso, comienzan las dificultades, cuando un contingente de soldados armados a guerra desaloja a los danzantes y les advierten que están en una zona militar. Aunque en ningún momento se especifica, todo parece indicar que se trata de marroquíes y que la medida, que parece antipática, es preventiva, porque la zona es disputada por Marruecos y el aludido Frente Polisario. Aunque no haya explicaciones, los espectadores más informados que saben de la existencia de este conflicto comprenden bien lo que pasa.

Empero, este es sólo el prólogo de una aventura que se parece mucho a la popular saga de “Mad Max” o bien a “El salario del miedo”, el formidable thriller dramático de 1953 dirigido por el cineasta francés Henri-Georges Clouzot, que en 2024 tuvo una remake dirigida por Julien Leclercq. Más allá que la temática de esta película no se parece en nada a la de las propuestas antes mencionadas, lo que las asimila es la atmósfera pesadillesca, de padecimientos y privaciones. Empero, aun en el momento de más extremo dramatismo, los danzantes enchufan inmensos parlamentes y se lanzan a bailar alocadamente, a los efectos de olvidar que están perdidos en el desierto y que el alimento y el combustible se están agotando. Por supuesto, este es el preámbulo una sucesión de tragedias, que transforman la película en un cuadro realmente desolador. 

Aquí no hay paraísos musulmanes ni paraísos cristianos. El único paraíso era el paraíso sonoro y corporal de los danzantes, que luego devino en infierno, cuando la naturaleza comenzó a castigar la osadía de los humanos y los estragos de la guerra, como siempre, cobraron vidas de civiles inocentes. Por supuesto, no es necesario concurrir a una sala de cine para consumir violencia y dolor, porque la violencia es de consumo doméstico y obviamente de consumo global, con conflictos bélicos,  genocidios, como el de Franja de Gaza o agresiones militares perpetradas por la potencia imperial hegemónica, que amenazan la paz mundial.

El dramatismo que aflora en la pantalla en la segunda mitad de este controvertido largometraje contrasta claramente con la primera parte, cuando todo parece ser festivo. Es la eterna dicotomía entre la guerra y la paz, la violencia y la tolerancia y la barbarie y la solidaridad. Todo está presente en este film, que por momentos de excede en tragedias, que en algunos casos de originan por imprudencia y en otros por las fatalidades de un destino sin dudas aciago.

Esta película, que es coproducida entre otros por el emblemático cineasta Pedro Almodóvar, pone el foco sobre un tiempo presente sacudido por turbulencias e incertidumbres. En ese marco, el relato mixtura una suerte de coreografía de la libertad y la emancipación con la tragedia provocada por la recurrente pesadilla de la guerra, que sigue siendo un persistente estigma para la humanidad. Aunque este relato no propone un mensaje político explícito, ese mensaje sí está implícito en las imágenes y en las circunstancias. Es claro que mientras gran parte de los humanos deseamos fervientemente vivir en paz y cultivar la solidaridad con los que más sufren, otras personas, todas ellas poderosas, se empeñan en fabricar dolores y padecimientos.

En efecto, si bien la guerra no es el tema central de esta película, sí es la génesis de los desgarradores dramas que padecen los personajes, ya que, lo que comenzó siendo una experiencia de condensa lo lúdico con lo espiritual y hasta con lo solidario, luego muta en algo grotesco, que aparentemente ofendió la sensibilidad de algunos críticos que imaginaron un desenlace diferente.

Sin embargo, algo habrán valorado los jurados del Festival de Cannes para otorgarle a esta película tan alta distinción, porque esta propuesta tiene cualidades superlativas, particularmente desde el ángulo artístico, con particular destaque para la fotografías, toda de exteriores, el montaje y particularmente el sonido, que impacta por una sugestiva intensidad, que rompe con el silencio de un desierto radicalmente desolado.

Desde ese punto de vista, el cineasta Oliver Laxe apuesta a un cine visceral, tanto en su expresión coreográfica como en su faceta trágica, en una suerte de peripecia compartida que le otorga casi tanto protagonismo a los actores profesionales como a los extras, que nutren el paisaje de la peripecia cinematográfica.

“Sirāt– trance en el desierto” sobresale por su superlativa originalidad, por la potencia de sus imágenes, por el lenguaje de los cuerpos, por lo gestual y también por lo psicológico, que sumerge a los personajes inicialmente en el goce y el disfrute y posteriormente en el miedo y en la alienación, en un cuadro que visibiliza la extrema vulnerabilidad del ser humano ante los rigores de una naturaleza inclemente y ante los diversos avatares incidentales y accidentales del destino. 

Este es un film para ver, paladear y reflexionar, por su removedora carga emotiva, pero también para sufrir, como si fuéramos parte de la tortuosa experiencia existencial de los personajes de ficción, partiendo del supuesto que estos podrían ser reales, ya que nada de lo que sucede en la película es insólito ni imposible que realmente suceda.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Sirât: Trance en el desierto (España/Francia/2025). Dirección: Oliver Laxe. Guión: Oliver Laxe, Santiago Fillol. Fotografía: Mauro Herce. Música: David Kangding. Edición: Cristóbal Fernández. Reparto: Sergi López, Bruno Núñez Arjona, Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson, Richard ‘Bigui’ Bellamy, Tonin Janvier y Jade Oukid. 

 

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