Uruguay: una enorme familia peleada entre sí…

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   / Todos los países tienen rasgos característicos, sin los cuales seríamos una masa política, económica, cultural, artística, deportiva y hasta antropológica amorfa. Hay países particulares en esas diferencias; supongo que todos creen lo mismo de sí mismos.

Uruguay es una enorme familia de 3.400.000 de integrantes, que crece muy lentamente -más por los inmigrantes que por los nacimientos- y donde casi todos, de alguna manera, estamos vinculados: nos conocemos o tenemos conocidos en común.

El deporte nacional (ahora incluso por delante del fútbol) es el encuentro de dos o más uruguayos en cualquier parte de la ciudad, del país o del mundo, buscando entre ellos familiares y, sobre todo, amigos comunes, haciendo memoria sobre de dónde se conocen, si es que se conocen, y los lugares del país que les son comunes. Estoy seguro de que todos los lectores son excelentes jugadores de ese deporte, que por suerte no requiere un director técnico.

Hace dos días, en el «Expreso de Pocitos», en dos horas me encontré con varios conocidos de mi generación, con quienes hice secundaria hace 60 años; estaba con unos amigos con múltiples lazos comunes, aunque no eran de mi generación, y de regreso a casa también me detuve a conversar con otro conocido. No es un caso excepcional, es la normalidad. Incluso si no lo hemos notado.

¿Es malo o bueno? Cada uno tendrá su opinión. La unanimidad en el Uruguay no existe ni siquiera sobre Bielsa y las diferentes responsabilidades por quedar afuera del Mundial, cuando recién empezaba y los 150 integrantes de la delegación de la AUF hacían planes muy ambiciosos. Creo que la mayoría, aprovechando la volada, sigue por allá.

Personalmente creo que es bueno; le da a la sociedad uruguaya, grandes y pequeñas comunidades, una familiaridad, un contacto humano, formas de compartir la vida -esa cosa tan complicada, maravillosa y a veces dura-, mucho más interesante. Compartir es uno de los mejores verbos que se han inventado.

A partir de ciertas experiencias muy duras que hemos vivido, como la dictadura y su salida, los uruguayos nos sentimos más unidos y confundimos la historia. No siempre estuvimos unidos, ni en los primeros años de la independencia existió esa supuesta gran comunidad nacional. Al contrario, se podría perfectamente escribir sobre casi todo ese largo periodo, desde 1811 en adelante, a través de relatar nuestras profundas y a veces violentas diferencias, que nos llevaron a exterminar a los charrúas, a varias guerras civiles -toditas entre nosotros- y otras involucrando a nuestros vecinos.

No somos esa leyenda, que ya es un anacronismo y una falsedad, de la gran comunidad nacional, y que el centro de nuestros desvelos debe ser unir los bordes de las grietas. Todavía se escuchan apelaciones de ese tipo luego de haber insultado a los adversarios, incluso tratándolos como enemigos, por parte de políticos uruguayos a quienes el sarpullido de la gran unidad nacional les ha surgido hace muy poco.

La división no es solo por razones políticas; es por muchas otras. Por los deportes, con niveles de violencia y de enfrentamiento muy poco civilizados, pero se puede decir que estamos bien divididos por otras muchas razones, sin que ello implique, como en el caso del fútbol, llegar a la violencia.

Tenemos esa combinación de particularidades: los de una gran familia, llena de puntos concretos y humanos de contacto, de gustos, de costumbres como el mate (no tomo), el asado (soy un fanático), la pasta de los domingos, el postre Massini (para el que puede), las morcillas dulces que compartimos solo con los españoles, o el fainá, que hace mucho que dejó de ser llamada «farinata» por los genoveses. Son solo algunos ejemplos.

Compartimos la buena costumbre de ir a votar en las elecciones, plebiscitos y referéndums. Aunque son obligatorias, siempre superamos las medias mundiales en la materia. Siendo el mate una forma de sociabilidad muy característica, que seamos el país del más alto consumo de yerba mate por habitante del planeta tiene directa relación con compartir mate, charla, truco y bebidas varias. Algunas que no son muy nuestras, por cierto, como el whisky, que también producimos, pero del que consumimos cantidades muy respetables per cápita y la mayor cantidad de marcas imaginable. Comprueben visitando muchos boliches de barrio, supermercados o paradores en las rutas. Esperemos que la bebida la consuman al llegar…

Tenemos heridas muy hondas que arrastramos desde la dictadura que nos dividen, entre una enorme mayoría (nos unen) y minorías, pero que también son uruguayos y que, en algún momento, sin renunciar a principios y derechos, tendremos que resolver. Porque ya ha quedado demostrado que la muerte de los involucrados no resuelve nada. Es uno de los pocos temas que se pasan de generación en generación, de ambas márgenes de la fractura. Habrá que ser muy inteligente, pero alguna solución tendremos que encontrarle.

Tenemos otros rasgos políticos de la gran familia dividida, pero muy singularmente. Somos el único país del mundo -y digo bien, del mundo- sin partido único, donde existe un frente de izquierda o centroizquierda en unos cuantos temas, que es muy amplio, que existe desde hace 55 años, que ganó elecciones departamentales y que ahora atraviesa una situación nueva, como nunca antes tuvo que afrontar. Siempre con la esperanza de que encontraremos el camino, no tanto en base a versos bien dichos, sino a hechos y avances de justicia bien ejecutados y a mucha moral y ética.

Del otro lado, el del frente bicolor con una pizca de violeta independiente, el proceso ha sido paso a paso muy concreto: se han ido fundiendo, fueron los inventores de todas las guerras internas que tuvo el país, se mataron con pasión y pensaban diferente en cosas importantes, hasta… hasta que, pasito a pasito, uno de los dos colores fue imponiendo su liderazgo. Ya van dos veces que ganan a la cabeza de la mélange y gobiernan el país; el otro partido, más colorido, tenía antes del golpe un récord casi mundial de permanencia en el poder -por las buenas y por las otras también- y ahora son furgón de cola patentado.

Lo extraño es que los dos gobiernos de los blancos y celestes, en materia de moral, de ética y de ilegalidad, batieron marcas nacionales de forma insuperable. Y a pesar de que las encuestas (a las que yo sí les creo) muestran que se están preparando para volver al gobierno con un hambre de continuar con sus correrías en el puerto, en las compras militares, en los gastos de la salud y, en general, con la experiencia y la impunidad garantizada, se están preparando para apoderarse de forma mayúscula del país, por las malas, pero también favoreciendo a sus adoradores, los «malla de oro».

Si la cosa quedara ahí, en hacer enriquecer más a los que ya lo son, sería injusto, pero no sería tan grave como que, para alcanzar sus altas metas, invariablemente tendrán que redistribuir la riqueza. Los de abajo, los que viven de su trabajo actual o del pasado, los pequeños productores y comerciantes, los de la ciudad y del campo, alcanza con que sean pequeños para que caigan en la volada. Para no hablar de los relacionados con la educación pública.

No faltará el torpe o el interesado que le atribuya toda la responsabilidad a los sordos e impenetrables de los votantes, que nos han dejado seguramente por los grandes aciertos de nuestro gobierno. Sí, ese que cada día sentimos menos nuestro, a pesar de que se han hecho muchas cosas bien. Seguramente esa contradicción flagrante que grita desde las encuestas y desde las calles se la atribuirán a que falta comunicación, no a que sobran cosas inexplicables y errores en políticas fundamentales.

Ya habrá tiempo de emplear la palabra mágica: autocrítica. Como si usando y abusando de mitos de ese tipo se resolvieran retrocesos históricos e imperdonables de los que alguien tendrá que hacerse responsable. ¿Se harán?

Ahora no hay que aflojar, no por fe, sino por la capacidad y la necesidad de combinar la cabeza, el músculo, el respeto por los bienes ajenos y propios. Y, por sobre todo, las ganas de vivir en este maravilloso país, con una familia más próspera, más libre, más culta y donde ser niño no sea una condena para uno de cada cinco que nacen en esta tierra bendita. No sé por quién, pero que está vendida, lo está.

*Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)

 

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