Los responsables del golpe fueron los políticos

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Uruguay fue llevado a una situación en que un golpe de Estado fue el desembocar lógico de la debilidad, incapacidad creativa y estrechez de miras de sus políticos, y medio siglo después la democracia es la única opción institucional indiscutible. Este es el resultado sustancial del intercambio provocado por un otoño que, a estos efectos, culminó el 27 de junio de 1973.

Comenzó allí un invierno de 12 años, y medio siglo después la conmemoración del número redondo propició un extendido trabajo de reflexión, publicación y discusión sobre el tema, que definió lecciones del golpe, el sector con mayor responsabilidad en permitir que se llegara a ese embudo, y las autocríticas que no se hacen. Tal fue el trabajo de pensar y discutir que es difícil de encontrarle paralelo en el medio siglo transcurrido sobre cualquier tema, incluyendo la amnistía encubierta que logra el primer gobierno de transición a la democracia, que se instaló en 1985. Y sobre la que falta explicar por qué fue llevada a plebiscito cuando simplemente una nueva ley podía derogar la ley de caducidad.

Es más, es particularmente difícil encontrar esa dedicación intelectual en las dos décadas anteriores al golpe, en la que ahora hay consenso en que el país se abrió al desgaste institucional con la caída del régimen de sustitución de importaciones, planteada inicialmente como posible columna vertebral de la economía del país, en complemento mayor o menor con el país agropecuario.

El intercambio de ahora mostró asentada a la democracia como única opción, aunque su ontología, sus propiedades trascendentales, no fueron definidas. “No lo discutamos más. Ése es el aprendizaje principal”, dijo el politólogo Daniel Buquet en respuesta al desafío de “Qué aprendió la sociedad uruguaya del Golpe de Estado”, que planteó, a él y otros dos politólogos, el programa En Perspectiva. Otro aporte que recoge esta nota es la del maestro Oscar Bottinelli.

Nombrar en general a la democracia no la define en sus rasgos específicos. No basta con comparar con los peores índices de otros países en materia de los males sociales, de igualdad, económicos, laborales, de condiciones de vida, de perspectivas de futuro para una infancia en la marginalidad a la que se le define su futuro a partir de los 3 años y de la capacidad política existente hoy, que la democracia impera en su formalidad, para estar convencidos de que ésta, y no más profunda, es la democracia que alcanza con haber logrado.

En estos años, las causas del golpe fueron adjudicadas a los militares, al contexto regional, a EEUU. Ellas estaban en la revolución cubana, en la acción sediciosa, en ocasionales excesos de la represión que se fueron demostrando sistemáticos, en la Escuela de las Américas y sus entrenamientos antisubversivos de nuestros militares, en restringir la responsabilidad a la sedición y a los militares y amparar al resto –y fundamentalmente a los políticos– en la teoría de los dos demonios, que se supo traer –cuándo no– de Argentina, en intereses económicos nunca debidamente precisados, y otras muchas cortinas de humo y causas parciales.

Hacer su cronología sería ilustrativo, si este otoño de elaboración del 2023 no hubiera dejado mucho pendiente. El encanto de la reproducción de la sesión del Senado la noche previa de 1973 hecha ahora en el aniversario, fue planteada como la piedra filosofal de que, esta vez sí, hay una democracia que logrará convertir cualquier materia en oro; pero sólo es eso, un encanto.

Esa sesión de la madrugada del 27 de enero de 1973 era de despedida de los políticos. Sacaron pertenencias de sus despachos y se fueron a la noche. El batllista Amílcar Vasconcellos, que tenía un revolver en su despacho, planteó resistir, pero nadie le dio corte. La respuesta vino de los trabajadores, con el contundente paro general que impuso hasta el 11 de julio, tras una marcha testimonial, masiva y reprimida por 18 de Julio el día 9, y sabiamente levantado para preservar fuerzas. El paro no logró impedir la dictadura, pero sí señalarle claramente que tendría oposición. Fueron los trabajadores los que pusieron en riesgo su empleo, su libertad, su hogar, y hubo quienes los perdieron.

En una excelente exposición en la asociación cultural israelita Zhitlovsky, Oscar Botinelli trazó con prolijidad y hondura la marcha de la sociedad uruguaya sin que los políticos articularan alternativas al desarrollo de la situación hacia la inevitabilidad del golpe. El video de esa mesa está publicado en La Onda Digital. Su exposición comenzó por una definición sustancial: “Las instituciones no caen de un día para otro; se erosionan muy lentamente. Y en 1955 tienen un quiebre”.

Ese devenir se da, como ya se mencionó, a partir de la caída del régimen de sustitución de importaciones a mediados de los 1950, y con él el neobatllismo. En ese país sin proyecto de país entran el neoliberalismo económico y la conformación de una derecha agraria, herrerista, católica tradicionalista, y creativa continuadora de las fuerzas que dieron el golpe de Estado de Gabriel Terra en 1933. Mucho indica que comienza allí la fisura que hoy es grieta en la sociedad uruguaya. Pues no era aquella una sociedad ideal: era necesaria la copa de leche en las escuelas, había pueblos de ratas y la migración hacia la periferia de las ciudades tomó su nombre del contraste social marcado entre la situación de esos uruguayos y el Punta del Este de la postguerra, donde se empezaba a buscar el boato, fastos y opulencia que los diferenciara del resto de la gente. La verdadera gala era no usar corbata.

El argentino Walter Lipman y su esposa Blanza Mazer hacen en 1947 la gran apuesta al futuro de los malla oro edificando el Club Cantegril, al que en 1951 se incorpora un festival de cine de nivel internacional. Y en Montevideo, junto a la cuneta de un grupo de viviendas precarias, los ciudadanos pobres que migraron para sobrevivir tienen el humor de bautizar el barrio con una chapa: Cantegril. Y así se llamaron las viviendas que, con el progreso de la sociología, pasaron a llamarse asentamientos.

Botinelli afirma con precisión que las elites políticas, económicas, sociales y empresarias no atinaron a un diagnóstico preciso del país que desembocó en el golpe. Hay cambios históricos en los partidos de gobierno, la sociedad empieza a polarizarse; el redireccionamiento de la economía acentúa la conflictividad social, y entran a jugar las medidas prontas de seguridad (MPS) en 1959, que casi no se habían usado, salvo en 1951. En 1963 se hace cambio de gobierno bajo MPS. En 1965 se vuelven a imponer, en el marco de una feroz crisis bancara en un año en que el dolar triplica su valor.

Y Oscar Gestido, que en sus 9 meses de gobierno cambia 3 veces de rumbo, debe imponer las MPS.

En 1968, el 13 de junio se implantan MPS que, con distintos nombres y formas, no desaparecen del Uruguay por 16 años. Y no fue un presidente el que las impone, sino que tuvo aval parlamentario casi permanente, ya por votación o por falta de quórum para levantarlo. Y aunque alguna vez se levantaron las MPS, no hubo una acción parlamentaria que llevara la situación al cese del recurso de las MPS. Hay aquí una erosión de la institucionalidad.

El 9 de setiembre de1971, Pacheco, que había centrado los aspectos represivos en la Policía, se siente desbordado ante la fuga masiva de 106 tupamaros el día 6 y otorga la conducción de la lucha antisubversiva a las FFAA. Ese deterioro había encontrado finalmente su Rubicón, y las FFAA lo cruzan. Fue el primer acto formal de participación de las FFAA en este proceso de erosión; es un punto de giro en lo nacional pero también en el interior de las FFAA. A los militares se les da un marco legal de acción, la suposición de un enemigo y las normas de una guerra, que implica la destrucción de un enemigo, al que se puede o no aniquilar. Es un mensaje a las FFAA sobre la lógica en la que deben actuar, con la legitimidad de provenir de una votación del parlamento.

Botinelli señala otras fechas relevantes de este proceso. El 15 de abril 1972, con el 80% del voto de la Asamblea General Legislativa, el parlamento declara el Estado de Guerra interno, no previsto constitucionalmente y al dudoso amparo de su artículo 7, junto con la suspensión de las garantías individuales. El 10 de julio de 1972, la Asamblea General dictó la Ley de Seguridad del Estado y el Orden Público, que reemplazó la declaración de “estado de guerra interno” y transfirió la competencia de los tribunales civiles a los militares para el enjuiciamiento de los civiles acusados de delitos contra la seguridad del Estado. Estuvieron suspendidas transitoriamente 30 días, cuando el secuestro de Dan Mitrione el 31 de julio, y son renovadas por el parlamento, hasta mayo 1973; el presidente Juan María Bordaberry continúa la Ley de Seguridad del Estado con MPS.

Luego llegan las dos fechas de febrero: el 9, del planteo militar aceptado por Bordaberry y el 12, más importante desde el punto de vista institucional pues comienza el cogobierno cívico militar. Ya en febrero y marzo, personas en representación de las FFAA ocupan lugares directivos en instituciones del Estado.

Esto se produce en el marco del descreimiento ciudadano de las fuerzas políticas, de la poliarquía –dijera Botinelli, que es el gobierno de muchos iguales– de la democracia liberal. Y en sectores importantes del país, en los movimientos sociales y en la izquierda ya no hay preocupación por las formas poliarquícas, afirma Botinelli, sino la sustancia de lo que se iba a debatir. Y hay una visión muy positiva de, particularmente, los comunicados 4 y 7, cuya autoría se adjudica al coronel Ramón Trabal. Hay un deterioro de todas las concepciones poliárquicas.

Y el 12 de julio de 1976 hay otro golpe, dentro de un régimen autoritario, cuando los militares deciden destituír a Bordaberry, que quería hacer un acto refundacional del Estado, negando a los partidos políticos y haciendo permanente la presencia militar en la conducción del Estado. Ya su documento de diciembre de 1975 uno lo ve inspirado en el segundo franquismo, anotó Bottinelli: corporaciones, sindicatos con control estatal. Ya no el falangista sino el que construye la institucionalidad franquista, hasta que llega el tardo franquismo, con corrientes políticas no necesariamente institucionalizadas.

Para las FFAA, los partidos políticos eran el Nacional y el Colorado. “Queriendo la existencia de los partidos políticos, daban un golpe quirúrgico ante la subversion y la corrupción de los políticos. Los militares están así marcando el principio del fin de su poder, que lo que ocurre con el plebiscito constitucional. Ellos se autoimponen (a diferencia, por ejemplo, de Argentina) una democracia autotutelada, Ese proyecto es el que es derrotado en el plebiscito constitucional del 30 de noviembre de 1980. Ellos mismos contribuyen a construir su final, ante una resistencia interior que no era tan grande como uno hubiera deseado y una denuncia exterior mucho más fuerte”.

Hoy, los politólogos se expresan con dureza sobre ese tiempo y la actuación de los políticos. Daniel Buquet recuerda que por tres cuartas partes de su tiempo en la presidencia, Jorge Pacheco Areco gobernó con Medidas Protas de Seguridad, que le permitían gobernar por decreto. “Me causa mucha tristeza la poca altura que tuvieron los partidos políticos para enfrentar esto. La única respuesta al golpe es la de los sindicatos; los partidos políticos desaparecen. La sesión del Senado (en la madrugada del golpe), que a todos nos conmueve, es una sesión de renuncia. Vasconcellos propone resistir y nadie le da bolilla: él es el último en irse. Romeo Perez nos enseñaba que en el golpe de Latorre (1876) tampoco estuvieron a la altura. Los partidos políticos perdieron la centralidad, y eso da pena. Los partidos políticos de hoy son más fuertes; aquellos no supieron mantener un régimen democrático”.

Para Adolfo Garcé, “el golpe es un gran, gran testimonio del fracaso de los partidos políticos en el contexto de grandes desafíos. El de la alternancia, que crispó mucho a la sociedad uruguaya, y era muy fuerte dentro de cada partido. Lo ejemplifica la senadora colorada Alba Roballo –quien luego estuvo entre quienes fundaron el Frente Amplio–, afirmando: “A este gobierno, ni un vaso de agua”; el diario Acción, del batllismo, caricaturizó al ministro de Hacienda Juan Eduardo Azzini como preso del FMI . El desafío de la guerrilla, era enorme. La inflación, con casi 200%, que crispa enormemente a la población, el problema de la sucesión de Oscar Gestido en la presidencia ante su muerte a 9 meses de asumir, la creciente autonomización de los militares resistida por la partidocracia. Y el 9 de febrero los partidos políticos le sueltan la mano a Bordaberry, que se abandona en manos militares. La legitimidad de los partidos políticos se iba desplomando día a día.”

Para Daniel Chasquetti, “los factores estructurales deben tener en cuenta que Venezuela y Colombia, con esas mismas presiones y guerrillas mucho más desarrolladas y potentes, no tuvieron dictadura. El tema es de cómo los actores gestionan la crisis. Al revisar el funcionamiento del parlamento, se encuentra una mayoría que acompañó el proceso: se aprobaron leyes muy importantes: el estado de guerra, la ley de seguridad, y más, con una mayoría conformada por la Unión Nacional Reeleccionista, y el Herrerismo, sector minoritario dentro del Partido Nacional. El parlamento de 1973 llevaba más leyes aprobadas que el actual: 55. Lo que desmiente que el Parlamento no funcionara; hacía las cosas que la mayoría le permitía”. En la antesala del golpe, el 26 de febrero, hay dos sesiones del Senado. “En la primera sesión, que se inicia a las 17 horas, en 2 horas y 40 minutos se vota una comisión investigadora sobre torturas en una unidad militar de Paysandú, una interpelación de Amílcar Vasconcellos al ministro de Defensa Walter Ravenna, Carlos Julio Pereyra hace una exposición sobre Ancap, Wilson Ferreira denuncia atentados de la Juventud Uruguaya de Pie contra militantes blancos. Luego vino la otra sesión, de apenas una hora; citada para las 22:30 y logra un discutible quórum a la 1:30, ya día del golpe”.

Los tres politólogos se refieren después al “Qué aprendimos”. Para los comunistas, señala Buquet, “si bien ellos no atentaron directamente contra la democracia ni alentaron golpe de Estado alguno, la democracia uruguaya se había convertido –en palabras de Rodney Arismendi– en una cáscara vacía”. La democracia les era preferible si permitía avanzar a algo más que una dictadura, tal como elaboró el Partido Comunista después. Luego de la dictadura uruguaya y caído el murode Berlín, la crisis del Paertido Comunista se produce porque Jaime Pérez plantea que “hay que eliminar de los documentos partidarios la dictadura del proletariado. Nosotros no podemos apoyar ninguna dictadura”.

Garcé señala que quienes no aprendieron fueron también los militares; Buquet agrega a los empresarios entre quienes no aprendieron, y Chasquetti a los medios de comunicación, que supieron celebrar el golpe de Estado.

Luego, en diálogo con este medio, Chasquetti amplía sus conceptos. “Todo el mundo trata de dar un testimonio sincero sobre la idea de que nunca más vuelva a ocurrir un golpe, pero para mi gusto hay poca autocritica. El Partido Colorado cometió muchos, innumerables errores. Habilitó a Bordaberry, y pór ejemplo, el sector reeleccionista no daba quórum parlamentario cuando se iban a levantar las medidas prontas de seguridad. En 1973, la Asamblea General Legislativa intentó reunirse 52 veces, y solamente lo logró en tres por falta de quórum. A mí me parece muy simplista y berreta decir, como los sanguinetistas, ‘bueno nosotros tenemos que salir y salimos bien parados. La misma crítica es aplicable al Partido Nacional por el sector de Aguerrondo y el Herrerismo, y al Frente Amplio, obviamente por su apoyo a los comunicados 4 y 7”.

Fue aquella una actitud de muy poca lealtad al sistema –y ni hablar de las Fuerzas Armadas. En esta celebración hay más un debate por quién fue el responsable, y poca autocritica y hacerse cargo de los errores.” Pone el ejemplo de Julio María Sanguinetti: “Es tal vez de los que más ha modificado o reinterpretado su postura. A la salida de la dictadura, él asumía la autocritica. Hay un prólogo a un libro de Rolando Franco que se llama Democracia a la uruguaya donde él se dedica a plantear efectivamente eso, que los partidos políticos cometieron errores, que no estuvieron a la altura. Con el paso del tiempo ha ido abandonado esa postura y trasladado las culpas a los Tupamaros y al MLN; es decir, exonerando los partidos de su cuota de responsabilidad.”

A criterio de Chasquetti, “se cometieron errores muy gruesos. Es censurable de Sanguinetti no hacerse cargo de las condiciones en que un presidente fue electo por su partido. La elección la ganó Pacheco, que no corría pero hizo campaña. Y eso lo toleró la Corte Electoral, la Corte Electoral era dominada por blancos y colorados; una serie de errores que se cometieron y de los que a mí me parece que no se habla. Se habla exclusivamente de la responsabilidad de los tupamaros y de las Fuerzas Armadas, y poco de este tipo de cosas”.

Buquet señaló también la falta de autocritica también de los empresarios. “Sí, porque los empresarios obviamente necesitaban orden y alentaban cualquier solución que les brindara eso; pero sí es una suma de errores. Y entonces, la denominada Teoría de los dos demonios, que lejos está de ser una teoría; es un relato que lo que termina haciendo es simplificar al máximo y cargar la tintas sobre algunos y exonerar a otros.”

La debilidad de los partidos políticos, agrega Chasquetti, es un fuerte factor estructural en el proceso, y a lo estructural se agregan decisiones de los actores que conducen el proceso hacia un lado y no hacia otro. Y es ahí donde se empiezan a equivocar los partidos, que históricamente son los actores centrales.”

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