CINE | “El falsificador”: La dramática tragicomedia humana

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La enconada lucha por la supervivencia en una situación extrema, el visceral odio racial, el terrorismo de Estado y la barbarie de impronta totalitaria de un inclemente régimen autoritarismo liderado por un alienado, son las tres removedoras vertientes temáticas que desarrolla “El falsificador”, el dramático pero potente y sensible filme de la talentosa realizadora alemana Maggie Peren, quien recrea, a través de una peripecia personal con repercusión colectiva, uno de los tramos más críticos y pesadillescos de la historia del siglo pasado.

Aunque este largometraje está ambientado en Berlín en las postrimerías de la dantesca experiencia del nazismo, esta no es una película bélica propiamente dicha, porque la Segunda Guerra Mundial está sólo presente en el audio de la banda sonora, que sugiere permanentes bombardeos contra la supliciada capital germana.

Este inteligente recurso induce a imaginar, con toda lógica, que la ciudad está bajo asedio y siendo atacada permanentemente, presuntamente por las tropas rusas, que, con su imparable avance desde el Este europeo y tras conquistar una sucesión de victorias militares, lograron quebrar finalmente la resistencia del último bastión alemán y consecuentemente la capitulación del imperio.

Previamente, Adolf Hitler se habría suicidado junto a su esposa Eva Braun y de la pareja sólo se encontraron las calcinadas cenizas, lo cual aun despierta fundadas sospechas acerca que el suicidio asistido fue un mero fraude y que el dictador habría escapado rumbo a Sudamérica, ayudado y financiado por acaudalados capitalistas norteamericanos, que en una actitud realmente inmoral, comerciaban y hasta abastecían al Reich.

Empero, el hecho que Rusia fue la que doblegó a la Alemania nazi es incontrastable e incuestionable. Esta es la realidad histórica y no la que narra la idílica y triunfalista literatura de propaganda de las naciones occidentales que, en el primer tramo de la posguerra que siguió a la hecatombe, fundaron la alianza militar Organización del Tratado del Atlántico Norte, para confrontar al bloque comunista. Hoy, luego del descongelamiento de la Guerra Fría, la OTAN sigue activa y apoya militarmente a Ucrania en su guerra contra la Rusia postsoviética, coadyuvando a alimentar la violencia y a poner en riesgo la paz mundial.

En realidad, si bien Estados Unidos y sus aliados abrieron entre otros el crucial frente marítimo en las costas francesas de Normandía, donde desembarcaron sus tropas para iniciar desde allí una furibunda ofensiva, la realidad es que fue la Unión Soviética la que derrotó a Hitler, en una suerte de contraataque iniciado luego del naufragio de la invasión planeada por Hitler a territorio ruso, que culminó con la aplastante derrotada de las huestes del Tercer Reich, que murieron aniquilados o bien congelados por un invierno inclemente, que antes, en el siglo XIX, había sepultado al ejército napoleónico.

Incluso, el relato tampoco se centra sobre un tema recurrente en la filmografía universal: el demencial holocausto que culminó con el exterminio de millones de judíos y opositores.

Estos dantescos episodios –que pasaron a la historia como una de las peores crónicas del espanto de todos los tiempos, ni siquiera sobrevuelan el relato. Empero, el film sí aterriza sobre el drama de los judíos, que, para no terminar en un campo de concentración, ser sometidos a incalificables tormentos, ser gaseados hasta la muerte y luego quemados en grandes hornos crematorios, deben huir, tanto de Alemania, como de los territorios ocupados por uno de los imperios más salvajes de los cuales se tenga memoria.

Obviamente, fue un operativo minuciosamente planificado y calificado, como si se tratara de un fatal eufemismo, como la “solución final”. En realidad, fue un exterminio rigurosamente organizado y, a la sazón, un genocidio realmente abominable, narrado en recordados títulos, entre los que es pertinente mencionar, a título de ejemplo, “La lista Schindler”, la obra maestra de Steven Spielberg, y “El pianista”, del genial cineasta franco polaco Roman Polanski.

En ese contexto, los judíos que tuvieron la fortuna de sobrevivir a los campos de exterminio y aquellos que pudieron zafar al cadalso, fueron los que se ocultaron o bien lograron escapar, mediante variadas estrategias que, en muchos casos, tuvieron un costo económico. Una de ellas, que no fue la más novedosa, fue adquirir documentos falsos para ocultar sus verdaderas identidades. Este procedimiento llegó a transformarse casi en una industria realmente muy lucrativa, ya que nadie, en su sano juicio, se negaba a pagar el valor de un pasaporte trucho que les permitiera partir y liberarse de una segura muerte.

Este es precisamente el tema central que desarrolla “El falsificador”, que se inspira en la historia real de un joven judío que logró burlar el férreo control de la Gestapo – policía secreta del  nazismo- además de ganar dinero y salvar decenas de vidas humanas.

Aunque esta historia comienza en 1942, cuando nadie todavía avizoraba la caída del deleznable dictador y de su aparentemente invulnerable estructura de poder, es claro que la narración se prolonga hasta mayo de 1945, cuando Alemania se rindió ante las tropas soviéticas y los rusos toman el control de la por entonces demolida capital germana. Ese episodio significó también un alivio para los propios civiles alemanes, que padecieron, además del autoritarismo salvaje instalado desde 1933, los permanentes bombardeos de las fuerzas armadas occidentales y soviéticas.

No en vano, en varios pasajes de esta película se escuchan intermitentes cañoneos que hacen temblar los cimientos de las viviendas y hasta abundan versiones- que naturalmente tienen asidero- que el final de la guerra es inminente.

Empero, igualmente se huele el terror en la atmósfera, la presencia de miembros de la Gestapo es permanente y la fábrica de producir pasaportes falsos sigue funcionando.

Lo insólito, que fue real porque la historia es verídica, es que varios judíos, arriesgando sus vidas y ocultando naturalmente sus identidades, participaron en este operativo devenido negocio.

Este es el caso de Cioma (Louis Hofmann), un estudiante de arte de apenas 21 años de edad, que tiene un empleo fijo en una fábrica de municiones para nutrir al ejército alemán, quien cumple tareas en este establecimiento a cambio de sobrevivir a la casa de bruja que se abatió sobre su comunidad.

Es, como bien lo definían los nazis un recurso humano útil, situación que está perfectamente retratada en la ya aludida  “La lista Schindler”, que recrea la peripecia existencial, también real, de un empresario alemán que montó una fábrica metalúrgica para enriquecerse con mano de obra barata. Sin embargo, en este caso este ambicioso hombre experimentó un cambio radical, pasando de mero explotador a héroe que salvó miles de vidas.

En efecto, el joven que protagoniza esta crónica real adaptada al cine, es parte de la perversa selección que practicaba el Tercer Reich, que usaba frecuentemente esos recursos humanos jóvenes en los campos de concentración para los trabajos forzados. En cambio, solía matar a los ancianos y también eliminaba a los denominados “enfermos incurables”, que, según esa ideología del odio,  no cuadraban con su concepto de “raza superior”.

En efectos, las personas con discapacidades físicas y mentales eran vistas como “inútiles” para la sociedad y una amenaza para la “pureza genética aria”. Con ese deplorable y monstruoso criterio segregacionista no merecían vivir.

En ese marco, usufructuando su condición de joven “útil” al sistema, el protagonista sobrevive, aunque siempre está en riesgo porque llega recurrentemente tarde a su trabajo.

Empero, su existencia cambia radicalmente cuando es contactado por una organización dedicada a falsificar documentos, que sintoniza perfectamente con sus habilidades, ya que posee un talento innato para el dibujo y la ilustración.

Esa cualidad le permite ser secretamente reclutado por una organización confesional protestante liderada Franz Kaufmann (Marc Limpach), que se dedica precisamente a falsificar pasaportes para judíos perseguidos y condenados a un infausto destino, en los campos de exterminio y en los hornos crematorios de sus verdugos. La labor la desarrolla naturalmente en un taller clandestino, donde los empleados preparan los documentos con singular esmero, a los efectos que superen la prueba de fuego de los estrictos controles que ejerce el régimen genocida.

El joven vive con su mejor amigo, (Jonathan Berlín), otro judío, que al igual que él, brega cotidianamente para conseguir las cartillas de racionamiento, que tienen valor de mercado, ya que con ellas se puede pagar hasta el arrendamiento de un apartamento en un edificio, cuya propietaria es o finge ser una adherente a la dictadura liberticida. Incluso, el protagonista vende los artículos de su familia, que fue deportada a un centro de exterminio.

El ángulo romántico de la historia lo propicia la irrupción de Gerda (Luna Wedler), una joven judía desprejuiciada que no duda en prostituirse y hasta compartir su cama con oficiales militares nazis, con quien mantiene un vínculo puramente carnal.

La película expone sin ambages el tema de la supervivencia en una situación extrema, en la cual a menudo mantenerse vivo depende de la sagacidad e incluso de la inteligencia para pasar inadvertido ante los ojos de los verdugos.

En esas circunstancias, el tema crucial de esta narración morosa pero de singular riqueza conceptual, es la capacidad de una persona para mimetizarse con un paisaje humano adverso, una actitud que nadie razonablemente reprocharía a una persona que aspira a mantenerse viva.

Obviamente, no se trata de una mutación y menos aun de una metamorfosis. La postura del protagonista es simulación pura, porque la situación le impone actuar como una suerte de comediante y encontrar su lugar en un tinglado de tragedia.

“El falsificador” es un drama que destaca por su superlativa sobriedad, ya que soslaya toda eventual apelación a la violencia explícita. En cambio, sí retrata minuciosamente la violencia implícita, que es la que se expresa -en silencio y sin aspavientos- en una sociedad sometida a una auténtica pesadilla de irracional odio racial y enajenación colectiva.

En tal sentido, la talentosa cineasta trabaja -con singular sutileza-  con la psicología y por cierto con las emociones de los personajes y, particularmente, con la doble personalidad del protagonista, quien se erige en un auténtico ejemplo de cómo sobrevivir a una experiencia histórica verdaderamente monstruosa.

Este film, que vale por su atildada ambientación, por su temática histórica pero aun más por el original abordaje de episodios recreados por el cine de industria bien gastronómico hasta el hartazgo, soslaya todo eventual golpe bajo o de efecto, con el propósito de reconstruir el drama cotidiano de miles de personas sometidas y en muchos casos masacradas por la demencia de una suerte de logia de implacables demonios, mediante un lenguaje sobrio y soterrado, pero no por ello menos ilustrativo y aleccionador en torno a la dimensión real de la tragedia y el terrorismo de Estado.

FICHA TÉCNICA

El falsificador (Der Passfalscher). Alemania 2022. Dirección y guión: Maggie Peren. Fotografía: Christian Stangassinger. Música: Mario Griegov. Edición: Robert Sterna. Reparto: Louis Hofmann, Jonathan Berlín, Luna Wedler, Nina Gummich, André Jung. 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

 

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