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LA AUSENCIA Y EL SILENCIO

Prueben, como yo,
a darse vuelta como un guante
y ser todo labios
V. Maiakovski

La poeta María Laura Blanco nació en la Villa del Cerro, Montevideo, Uruguay. Es Licenciada en Trabajo Social. Tiene varios poemas suyos publicados en antologías y libros propios: “Sartorio” (2020) y “La piedra mordida-La Pierre mordue” (2013). Integra la editorial Civiles Iletrados y hace parte del equipo coordinador del ciclo Martes poético en Lo de Molina, que va por su tercera etapa.

Con la cita de Maiakovski inicia “Cartas sin enviar”, su última publicación que, como el título lo indica, son cartas a un destinatario ausente pero cuyo recuerdo surge, de improviso, y para conjurar ese recuerdo, es decir para poder olvidarlo por completo, es que escribe. Escrita como una carta, en primera persona, el personaje femenino es a la vez la narradora (la escritora de cartas, que a su vez se puede identificar con la escritora del libro). En ese sentido la obra podría ser considerada como una autoficción, inscrita en la escritura del yo. Cuando escribe es dueña de su propia soledad, añorará el tiempo de haber estado junto al otro, que la completó como mujer en esa etapa de su vida y las consecuencias del rompimiento la recrearon, la formaron y la conformaron.

Lo que pudo ser y no fue

El recuerdo se va abriendo paso desde aquellas épocas tenebrosas de la dictadura, sobre todo del año 1976. Nos dice que “yo estoy sola (…) mirando, recordando, dejando que el tiempo transcurra”, mostrando una disposición de añoranza, de morriña, un estado de ánimo de suave tristeza. Pero también ese recuerdo es, puede ser, doloroso, y la imposibilidad emocional de leer sus cartas, guardadas en algún rincón, la anima sin embargo a sumergirse en el pasado. “Busco tu olor, busco tal vez tu boca desconocida. Tu dulce y pausada voz me llama desde el papel, desde los confines del tiempo y la nostalgia”. Y los motivos de esa separación nos son expuestos de forma general: “La distancia nos obligó al abandono, fueron circunstancias impuestas por el tiempo”.

Así que tras ese distanciamiento, obra de unas circunstancias que alude al tiempo de las dictaduras (“allí y acá persecuciones, peligro, muerte”), hay un silencio apenas salpicado de breves apariciones en alguna de las redes sociales o, con mayor claridad, en sueños fugaces o imprevistos recuerdos. “No sé nada de ti, nada. Y por más paradójico que parezca, lo sé todo”. Puede llegar a imaginar las acciones cotidianas mientras la narradora de esta carta prepara la comida o toma un té al tiempo que le duele la espalda, por ejemplo, y también allí se deposita el peso de la historia.

No podrá quedarse quieta, porque la vida siempre avanza, y el recuerdo habla tanto de él como de ella desde lo común de los días. “Mientras el tiempo pasa, vivo en la misma casa y no he cambiado la cerradura. Así que, si alguna vez venís, podrás entrar sin tocar timbre. La perra que tenemos no muerde, eso sí, cuidado con la gata, es traicionera”. Habrá cierto temor, leve, un arquear de cejas: “muchas veces pienso que una mañana llegará la noticia de tu muerte y no será un gran cambio para mí”. Es que ya, de alguna manera, está muerto, aunque aquí intente revivirlo, quizá por querer reencontrarse con ese sentimiento puro, el del amor desinteresado que todo lo da y que una vez fue; la resignación de que “todo queda en manos del azar”. Tiene la certeza, sin embargo, para no engañarnos ni engañarse “de que nunca más nos encontraremos”.

Pero la evocación es poderosa, y vuelve una y otra vez a ella. Y por medio del recuerdo —re-cordis: pasar por el corazón— se vuelve a vivir y a amar otra vez. “Pensé en las trampas que nos hace la vida y que salimos de ellas más fortalecidos o más deshechos”, o ambas cosas.

La anécdota puntual de ver un muerto le generará la necesidad imperiosa de hacer todo aquello que se le ocurra, lo que haya quedado pendiente. Porque entonces puede calibrar lo que sí tiene: “el amor incondicional por mi hijo y mi hija, la felicidad que provoca vivir y (saber) que he sanado”. “Nunca lo vas a reconocer —le escribe, y podemos imaginar una sonrisa sardónica—, pero gracias a mi coraje sos feliz”, porque fue ella que lo alejó de su lado.

Lo sentimental anida hasta en reproches extemporáneos: “…te di la absolución como si fuera una hostia milagrosa, y pudiste, pudiste construir otra vida, para confiar y volver a la ilusión del amor…”, y con todo, “no me costó mucho, pero no supero tu silencio, tus mentiras”, y en conclusión “solo hubo ausencia, barreras para no contar y asumir”.

Ese olvido del otro le duele al personaje y narradora. Y el otro llega a ser “como un monstruo marino al que han dejado en el desierto, con hambre y sed”. Y pese a todo, “ahora sé con certeza que jamás hubiera podido vivir contigo, ni siquiera por largas temporadas” —dice como si hubiera un resto de soledad, o de auto-acompañamiento seguro o, por lo menos, conocido y por ello ausente de temor, en el que afincarse—. No podrá, ni querrá, renunciar a sus hijos, que la llenan de sus miedos y sus alegrías, pero lo otro fue encantamiento, hechizo repentino que no debió suceder pero que sucedió, y no todo fue malo, y que si sucedió entonces hay que dejarlo atrás. Hubo algo tan hermoso, sin embargo, que la recordación se niega a morir.

Porque el recuerdo puede ser un fogonazo, pero también es algo plástico, describe lugares, situaciones, momentos “Hoy es tu cumpleaños”, dice, y se prepara para otra sesión de recuerdos, brinda por lo bueno que has tenido. Hay un impulso que ansía el volver a encontrarse, aunque con cierto escozor, porque ¿qué hubiera hecho? “Un saludo frío, una presentación”, apenas. Pero en realidad es solo una pulsión, pero nada, y así está mejor. Y se desata entonces la memoria, contenida: “…como en aquel enero tórrido en que golpeaste las manos en la casa de mis padres. Yo salí a recibirte con el corazón en la mano y vos estabas completamente decidido a recibirlo”. Y mezclado con los actos cotidianos, el recuerdo se abre camino por la ropa, apelando al olor: “lo huelo, buscando el aroma de otros tiempos”, pero ya no es posible porque “han pasado demasiados años”.

La fecha del cumpleaños, entonces, es el motivo para desarrollar estas remembranzas, y es a la vez la excusa literaria para contarnos una historia que continúa transitando ahora en una época “de cuarentenas, épocas de silencio y muerte”. Porque es la muerte la que anda entreverada en la narración —es decir en el discurso narrativo—, como música de fondo, desde el término de la relación así como del alejamiento definitivo de él, que mientras tanto permanece en una tierra lejana al que se la visita, a mitades iguales, por la memoria y por el olvido. “Se acabó toda plegaria hace una eternidad y sin embargo sigo recordando el día en que naciste”, dirá. El paso del tiempo equilibra las emociones, las iguala a cero.

La narradora-personaje no te dejará ningún mensaje alusivo a la fecha, ni un emoticon siquiera, con un resto despechado, y además “volverás a la cama y abrazarás a otra mujer que sí te ama como vos necesitás…”. Pero en esa ambivalencia, de modo lacónico dice: “por eso yo duermo sola, sin abrazos”. Está en paz, en realidad, esa es la vida que eligió.

Entonces entrará a imaginarlo a partir de la imagen, las fotos lo muestran feliz, a pesar de que “nada queda de aquel muchacho sensible que conocí”. Dirá: “sonrío al pensar que hubiera atravesado mares, desiertos y montañas para encontrarte”. Esa dualidad, una especie de amor-odio, porque de alguna manera hay cierto odio ya que las cosas no fueron lo felices que podían haber sido y ahora hay un muro de silencio, una vista fija en el retrovisor, y esa mirada no deja ver hacia adelante, esa dualidad dialéctica necesita de la una para andar con la otra (no hay odio mayor que al momento del mayor amor, porque este ya nunca volverá). Quizá entonces ella “era una chica enamorada e ingenua…”. Y, por supuesto, “el amor necesita alimento, no sobrevive a el silencio y la ausencia”. Claramente.

Y sin embargo, “dos por tres te apareces: un recuerdo, una canción, un sueño”.

En el medio de un torbellino de horror

Esa época, en la que hubo algo mágico, ha dejado su marca por estar asociada a otro tipo de eventos comprometidos. Lo clandestino y todo lo que se puede presuponer, aunque nada dice de ello, y el miedo. Por eso será que le impresiona “la fuerza y el ruido que provoca el silencio”, la no comunicación, después de haber vivido momentos fundamentales.

Hay una pregunta ineludible que quizás nos hicimos alguna vez: “¿cómo nos perdimos en los laberintos de la ausencia y de las fronteras, las reales y las de la ira, el rencor, la venganza?”. Lo que se nos cuenta es lo importante de tener “la tranquilidad de haberte buscado mucho tiempo y por fin encontrarte para que volvieras a desaparecer”. Porque, y acá aparece la uña del conflicto: “ya no volveré a añorar una vida que nunca hubiera sido la mía, en un país extraño, bello pero no mío”. Es decir, hubo un exilio forzoso.

“Me paré bajo los árboles pensando en qué pensarías cuando me extrañabas y me tenías un rencor sordo, entristecido porque no me fui contigo. Traté de equilibrar la balanza, te habilité para reiniciar tu vida, en cambio, yo me quedaré sola para siempre. No habrá otra oportunidad, sentí el rigor de la venganza, el alto precio que hay que pagar por tomar decisiones”.

Y después de ello, dirá que nada ha cambiado aunque haya cambiado todo:

“Todo sigue su curso imperturbable, mirá a los lirios, luchan todo el año para mostrar su esplendor durante un día. Efímeros como una noche de verano, como un chubasco, como una granizada, como un arcoíris. Así fue nuestro encuentro y he pasado una vida añorando imposibles. Es hora de poner punto final”. (p. 25-26)

Porque entonces se nos revela la verdad de aquellos años, los sacrificios y las duras pruebas que se debieron enfrentar. Es que “nos quedábamos callados al escuchar algún ruido, temíamos que derribaran la puerta, que aparecieran por la terraza, que nos llevaran presos y no nos viéramos nunca más”. Y allí estará el miedo, como una fiera agazapada, permaneciendo; es “un miedo extraño que es impersonal y late amenazante”.

Su buen amigo Bernard le escribe cartas (“sus cartas llegaban con fidelidad perruna”), siempre puntual, y le envía “libros, almanaques con láminas de Toulouse-Lautrec, plata, pequeñas joyitas inencontrables en Montevideo”, y eso también establece cierto contacto con aquella época. Porque en el camino de ir contando todas estas cosas que vamos leyendo, se va revelando la personalidad del personaje, sus características humanas (“soy una persona feliz, pero estoy tan sola…” (…)

“¿te conté que lloro siempre en los momentos más inoportunos? Cada vez que el ómnibus da la vuelta desde 18 hacia Bulevar, es una vuelta mojada, he podido sostener las lágrimas por la calle principal, pero ahí ya empiezan a caer, sin importarles nada”), una vida sencilla, alejada de estereotipos y conveniencias y convenciones sociales, y se encuentran sorpresas. Dentro de la vieja cartera ubicará objetos del último casamiento que fue y mientras tanto esa amiga se divorció y tiene nueva pareja, mientras que ella piensa “en lo prolija que he sido, en cómo ha crecido mi jardín, en que hace más de veinte años que vivo en esta casa, en que trabajé siempre en el mismo lugar, que mantengo a mis amigos de la adolescencia, en que es casi seguro que la muerte me encuentre en este mismo sitio”. (p. 29-30)

En aquellos años el terror estaba desatado en la ciudad de Buenos Aires, a donde habían ido ellos dos por una semana, “se veían los autos negros parar de repente y meter gente adentro”.

Lo de la carta que nunca le va a enviar, “suena a viejos relatos de gente que se está muriendo y dicen recordar todo en el último segundo”. Después de todo, “las derrotas no son fáciles de llevar”.

“Y este es tu argumento, no podías seguir conmigo porque te perderías tanto resto”, demasiada vida. Es por eso que ella se había apartado y cuando lo vuelve a ver “después de tanto tiempo” ellos ya son otros; fragilidad de las promesas, palabras no dichas. Y las cartas, las de ella que supone que tiene él, y las de él que tiene ella y que no se anima a leer pero tampoco a quemar —porque el pasado siempre permanece, con la convicción de las cosas que efectivamente sucedieron y que no hay nada que pueda cambiar eso—, esas cartas se guardan como un tesoro, “patrimonio de algo que nunca volverá”, una pieza del museo personal.

Todo ello no podrá impedir que, al salir, “me cayó una especie de abatimiento, de alas quebradas, de respiración corta”, porque la realidad es terca y no hay posibilidad de volver a aquel momento; el pasado es mejor que quede allí. “Cada vez que el ómnibus da la vuelta desde 18 hacia Bulevar, es una vuelta mojada, he podido sostener las lágrimas por la calle principal, pero ahí ya empiezan a caer, sin importarles nada”, la memoria te traiciona, terca. En realidad le habla al muchacho que fue, al que quiso y conoció en detalle, aunque no de forma completa.

Otra de esas pistas que va deslizando, nos dice:

“Recordé con lujo de detalle cómo racionalizabas la imposibilidad de seguir conmigo. Yo que fui tu primer beso, tu primera mujer, tu primer consuelo. Se habían ido todos y vos querías morirte, no encontrabas el hueco, el nido exacto donde acostarte a llorar todas tus pérdidas. En eso aparezco tan joven, con aire de superada, de mujer emancipada que ya recorrió mundo y está pensando en irse a vivir sola. Yo tenía otro amor a la distancia, que hoy me duele en los picos del tiempo. Un encastre que pudo ser perfecto, sin fisuras, pero que también resultó ser, décadas después, una gran farsa. Un poco farsante el tipo aquel, alguien que no empezó el amor con la verdad. No importa, estuvo mejor así porque contigo fue bien distinto. Vos sí fuiste honesto, nunca me vendiste nada, al contrario, te mostrabas en la plenitud de tus horrores y eso me hacía quererte más”.

Vuelve al inicio de la relación, va hasta la infancia, que siempre es un territorio seguro y superado, o en superación, pero en el que la distancia, el tiempo, difumina aristas y redondea ángulos rectos. Así, habrá poesía, porque está inscripta en su estilo narrativo: “Las ortigas crecieron en mi pecho, se abastecen de pena, se mojan con lágrimas”. O bien “floto en un mar de sal, sedienta”.

“Hubiese querido regalarte mi jardín entero, las flores cerradas, las que ni siquiera amenazaban con nacer. Las plantas de mi casa que fui cultivando durante décadas, las que muertas igual recuerdo como aquel jazmín inglés que fue asesinado por hormigas negras, la plantita de flor rosada que robé en una vereda, la de la casa de salud que nació de una hojita encontrada en el camino, aquellas que vinieron de la casa de mi abuela. Y estos geranios color púrpura, los lazos de amor, la santa Rita, el jazmín de Hungría, el del país, el paraguayo. Las palmeritas, los ficus, a Maurice y al de la India, el naranjo con todos sus azahares, el limonero tan alto y sus limones tan perfumados, todo, todo te hubiese dado”.

Es que, en definitiva, “algunas veces el amor abruma o los destiempo se encargan de ahuyentar” al amor. Y el recuerdo, que puede ser de detalles insignificantes pero que están cargados de simbolismo para la que cuenta, también incluye escenas que se proyectan en la mente. En estos dos párrafos podemos hablar del encuentro y la pérdida:

“Lo cierto es que pasaste como una ráfaga, un terremoto, un tsunami, un huracán imprevisto, un volcán en erupción. No dejaste nada en pie y aprendí tanto que hoy no puedo más que agradecer que no me hayas amado.”

“¿En qué habrá devenido tu olor de aquella mañana cuando te ibas y nos dimos el último abrazo? Era un aroma casi de niño de escuela que corrió mucho durante el recreo, un olor a lágrima, a canción triste y nostálgica. Lo extraviaste al subir a aquel ómnibus que ya no existe y me lo guardé todo al hundir mi cabeza en tu ancho pecho de muchacho errante, de muchacho perdido.”

Siempre hay algo que la atraganta, una espina atravesada en la garganta, y es una señal de que algo hubo, algo demasiado importante. El amor nunca avisa, irrumpe. Hay una mentira, parece, es preferible “permanecer en la ignorancia”, pues hubo “noches de dolor desgarrado, de incomprensión, de sentirme tan imbécil…”. Y sobre todo, “esa que fui contigo murió y vos, aunque sé que ahora quisieras otras cosas, ya no podés conmoverme”. Él fue despiadado y cruel con ella, “no encontraste la puerta que te permitiera salir de tanta vivencia oscura y dolorosa”.

Por eso ella se preguntará “qué sería de mí sin escribir, sin este espacio mío donde puedo hacer exactamente lo que se me antoja”. Y desde ese lugar la narradora no nos ahorra nada: “Voy dejando los pedazos. Un día son las lágrimas, otro, esa risa franca que tanto te gustaba. Restos, desperdicios que ya no sirven y hay que tirar”.

Y también:

“Escucho música buscando un contacto instantáneo con mi esperanza, con mi positividad. Voy a la terraza y el olor a azahares me golpea, es olor a vos porque vos sos eso: naranjas, norte, portuñol, frontera. Yo soy bahía, cerro y también azahares. Escucho un chamamé y se me caen las lágrimas.

Vos y yo somos eso. No le demos más vuelta al asunto. Lloro a mares”.

Por último hemos de anotar que todo esto se va escribiendo y recordando en medio de las actividades cotidianas pero sin perder su esencia humanista:

“Compré angelito para hacer una cazuela y, mientras lo trozaba, pensaba en esos hombres tirando la red, adentrándose, lejos de la orilla, solos. Una vida de zozobra para la familia, un esfuerzo muy grande para sobrevivir.

Nadie se queja, todos saben que la realidad es así, hay que seguir, procurar que los hijos puedan estudiar, que la comida no falte.

Mientras corto la cebolla en juliana, apenas un fondo de aceite de oliva, unos pocos morrones, ajos que vienen de la China y no son tan sabrosos, pimentón ahumado, merkén que cuido como si fuera oro porque no se encuentra, un poco de cúrcuma, unas hojitas de laurel y la carne blanca y carnosa del angelito se baña en estas cosas. Sale un murmullo extraño de la olla, casi un vals, gira la cuchara de madera, es de alerce, gira mi cabeza con los ojos cerrados, bailando.

Las papas cascadas, los garbanzos, la salsa de tomate, un poco de agua.

Tapo la olla con delicado gesto, como si estuviera abrigando a alguien que me importa…”.

Porque está la constatación, el sincericidio final: “no volvería a verte ni aunque me lo pidieras arrodillado, pero también te digo que nunca, ni uno solo de estos días, he dejado de pensarte”.

(Cartas sin enviar, de María Laura Blanco, ed. Astromulo, 2023, Montevideo, 81 páginas)

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